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IGUIÑIZ, NUEVO ESTILO VISUAL Después de contemplar -un verbo que se utiliza muy poco en exposiciones o en críticas sobre éstas-, decía que después de contemplar la obra perfectamente acabada -por lo que de sublime tiene el arte de Felipe Iguiñiz-, uno parece escuchar de sus labios: ha llegado el momento de crear un nuevo lenguaje. Su obra es la evolución de una inquietud puesta en escena, gracias a la suma de un tratado de pintura y un exquisito tratado de arte fotográfico. ¿Hasta dónde o en qué porcentaje está mezclado uno con otro? Eso es otro tema. Lo que importa es la recreación -y digo bien lo de recreación-, es el tratamiento de inspiración del tema que surge tras un estudio muy profundo y nada caprichoso de lo que ha de plasmar. Dejamos sentado que el soporte que se emplea en arte -esto no es ni nuevo ni de mi cosecha- es lo de menos; hay cientos de ejemplos. Así pues, no extraña este material que Iguiñiz emplea -coincidente con la fotografía-, pero el arte está aquí doblemente representado, no ya en el valor de la escena representada, sino también en los elementos que componen la escena. Cuando hablamos de color, aquí la rigidez cromática se escapa de lo normalmente establecido para saltar por encima de las características en curso. Así que la pintura -sobre papel- que emplea, es lo que se debe contemplar y analizar con sumo cuidado. Si observamos cualquier cuadro estaremos presentes ante la confesión de la conciencia de sí mismo. El plano pictórico es una realidad que nos lleva, no al objeto como es, sino a la ilusión de su ser, a la participación de su entorno. Hay una verdadera lucha por conseguir la primacía de la forma sin entidad directa a su naturaleza. Los atributos que caracterizan este arte, y su enfoque es lo que es; vemos que el adagio vale ahora para esta obra: "Lo que se ve es lo que se ve". El tratamiento especial de la superficie tiene que evidenciar su contenido, como réplica de lo que ha de ocurrir en el proceso creativo. Por eso, para erigirse en libertador de la forma, tiene que emplear técnicas y métodos que no pueden ser falsificados por mancebos del arte. Cada elemento de su cuadro experimenta una metamorfosis espectacular, constantemente, ante los ojos incrédulos del espectador. Cada día, cada instante, cada amanecida o cada luz, provoca un fenómeno único en la obra de Iguiñiz, hasta hacerla elevarse por arte de magia. Él nos podrá hablar de la creación de su mundo propio, pero aún está por ver si ese mundo no es el de más de uno, en la comunión e identificación general de la comunicación por el arte. Estas formas -o aquellas- van seguidas de un ritmo que transciende de la obra al espectador, para darle la oportunidad de que sea él quien guíe sus sentidos por el espacio del cuadro. Claro, que hay un vértigo en ese ritmo sin fin, de colores bellos, puros, sinceros, intensos, pero es un ritmo necesario para conseguir el efecto de comunicación; son los acordes creados por formas circulares, planos velados, superficies intensas, llenas de color, en las que su relación de contraste y disonancia consiguen la expresión más severa y más pura de la pintura como arte. El color se ve en la fuerza, en intensidad y en módulo luminoso, hasta el tremendismo de reventar de armonía. Es que los módulos tienen un ritmo que crea en el subconsciente un tiempo, una medida en el cuadro, dejando descansar la vista en cualquier dirección. Pero uno de los graves problemas de este pintor es que deja ver demasiado clara su dificultad de concepción artística, la recreación le cuesta y la mano tiembla hasta aparecer en obra como un grito de dolor. Cuando tiene que difuminar un color, se deja el sudor en la penumbra del estudio, para dar paso a un nuevo matiz. Cuando nos plantamos delante de su obra -y digo plantarse, porque son varias las horas que hay que estar mirando un cuadro para conseguir una verdadera medida de su autenticidad-, no hay que invocar a ningún demonio quemando azufre, ni ninguna rebelión cómplice con seres maléficos, ni debe tomarse una actitud plástica; en la obra de Iguiñiz hay fidelidad a la verdad, demasiada verdad desde luego, y no necesita presentar encima fotocopia del acta de originalidad. Claro, cuando se ve cualquier obra de este pintor, vemos seguridad y una lección acabada de lo que puede representar el color en el arte. Sus colores, lejos de ser meros acompañantes, se constituyen en auténticos protagonistas de un mundo intangible, sin condicionamientos o peajes añadidos. Aquí Felipe Iguiñiz encuentra -porque en eso es un profesional consumado- un color sin alusión sentimental, libre y directo, fundamentales en sí mismos. Alguien -inconscientemente- puede dejarse enredar en las palabras y tener cierta confusión limitadora o discriminatoria al calificar al artista. La palabra puede ser la de artista nato y fotógrafo profesional. Bien, de acuerdo; pero en este caso, además hay que añadirle algunos calificativo precisos para definir la personalidad de Iguiñiz como: literato, metafísico, poeta, académico y conceptualista. Ahora sí, ahora se le puede llamar fotógrafo, ¿pero qué quedaría de los pintores sin esa carga definitiva? ¿Y qué importa ahora lo visual si la tragedia estética no levanta el vuelo por sí sola? Ya pasó la época en la que los fotógrafos se sentían inferiores a los pintores. Dicen que fue tan traumatizante que algunos -pobrecillos- llegaban a imitar las pinceladas de los pinceles con goma de bicromato. Pero hoy, la grandeza de la obra de este pintor es doble; es crear un ambiente para realizar su obra de arte fotográfico y después crear la obra plástica para soportarla en ese papel. Quizá lo más genuino es la llamada de la luz, veas el cuadro que veas, ahí esta la luz desparramándose sobre el soporte, para deleite del espectador. La figura tiene una sombra que da un encantador fondo, misteriosamente alejado de la realidad. Fijándonos en la variada y plural obra de arte realizada, nos damos cuenta de que es una pintura que se atiene, única y exclusivamente, al color : aún cuando en alguna ocasión sea en blanco y negro -precisamente por eso, no por contra-. Son contrastes de color que se perciben simultáneamente de golpe y se desarrollan en el tiempo; vamos, que si pudiéramos -sin ofender- extrapolar estas frases a la música, el pintor recrea su propia partitura únicamente a base de fugas y corcheas contra los acordes moderadamente justificados. Iguiñiz no toma nada del pasado, porque en él
es un deber la investigación constante, pero este nuevo arte que
va plasmando lo estigmatiza en nuestra época. Las veladuras de
sus cuadros son el esfuerzo más tenaz por abrirse camino hacia
un abismo luminoso que escapa a los sentidos de los iluminados de hoy.
Hacer una fuga, una traslación poética necesaria para la realización de su metamorfosis, de forma que los objetos e imágenes, portadores de significado, son explorados para cargar con signos, símbolos o palabras, los contenidos expresos de su mensaje y se convierten en armas de comunicación vital y única en ese lenguaje conceptual de su cuadro. Y la gracia en este artista es que su autoanálisis reflexivo coincide con la proyección que hace de su pensamiento, el arte que le rodea se llena de referencias y de participación de su yo. Felipe Iguiñiz aborda la comunicación con su público, con su sociedad y asume o examina el sentido lúdico o de ansiedad de su ámbito urbano en el que convive. La grandeza de esta formación pictórica es esencial para un tipo de arte como éste. Lo que se puede aseverar es que, dada la cultura de este pintor -suma de los conocimientos de historia, mitología, arte clásico y arte contemporáneo-, su mensaje nos llega como un viento fresco y acariciador que despabila toda la nostalgia de otros momentos y lugares. La ensoñación no ha lugar ante un cuadro, porque sus luces y sombras no nos permiten lo lúdico o lo infernal. La filosofía y la mística, ambas en dirección conceptual, se disipan contra ese fondo multicolor -puro- de su obra. Así, vemos palpablemente que su obra está llena de inquietudes espirituales, desde lo más ingenuo de un vértice apuntando obstinadamente al cielo, hasta lo cotidiano del chisporroteo de luvces multicolores, salvaje en su intensidad. Seguro que, como todo el mundo, Iguiñiz ha tenido sus problemas, desgracias, luchas, pero él prefiere reservarlas para él, no transportar nada de dolor a su obra, no contemplar en su contemplación las fugaces manías de su yo, sino que nos da la alegría del universo, la alegría de pintar lo que es su gozo, pero no la transverberación de su dolor hasta conseguir ese hito. Si ya ha conseguido lo más difícil, que es convertir esta técnica en estética, poco le puede importar que algunos desalmados -sin alma y por ello sin espíritu para contemplar la obra-, llamen fotografía a lo que es arte consumado desde el más puro principio artístico. Por fuerza he de recordar aquí una frase que es conocida suficientemente por los expresionistas; la dijo Munch, pero también podía haberla dicho algún espectador de la obra de Iguiñiz: "Oigo el grito de la naturaleza, oigo el grito del color. Porque los colores gritan cuando se siente constreñidos a la realidad de su contorno; lo que hace falta es saberlo oír". Que un color termine en punta -por muy rojo que sea-, que unos anzuelos se queden de plata -digo se queden y no sean- sobre un testimonio rojo a rabiar, debe ser muy crítico su grito. Aquí no se habla de dificultad porque toda la obra en sí, encierra mucha tarea -sea la obra que sea del pintor que sea-, pero enfrenntarse con la dimensión inusual de un color hasta rayar en lo puro, tiene que ser más difícil que diluir un amarillo en gris. Puede ser que, desde el principio de su trabajo de investigación
-con los riesgos que esto comporta- descubra en el instante que se enfrenta
a su creación, una libertad, una facilidad y una alegría
que le lleven directamente e inexorablemente a lo analítico y ese
sea su tormento, porque hay cosas en arte y en la misma vida que no se
deben -que no se puedan- analizar. Still decía que cada uno debe aceptar la total responsabilidad de su intuición y de su valor para realizar su propia visión y eso es lo que hace Iguiñiz, condenarse -si condena es vivir en plena inquietud creativa- a avanzar hacia la claridad para eliminar todos los obstáculos entre el pintor y la idea, entre la idea y el espectador que, al final, es el consumidor de esta obra de arte. ¿No hay un gigantismo en la pintura -preferible siempre al enanismo moderno-, que deja exhaustas las texturas brillantes o las materias opacas? Si es así, estamos ante lo que sería la huella de su paso por este mundo y se opone a acomodar su línea pictórica, y artística, al pensamiento como tal, expresado verbalmente o a lo hechos ópticos en sí, su rebeldía es plasmar su verdad desde la emoción de la nueva obra. Las experiencias, ya físicas o espirituales del pintor, lo que conoce de este tema o lo que desconoce, así como su descubrimiento quedan expresadas plásticamente en base a su color y su línea. El que este pintor investigue con su proceso creador nuevos caminos, nuevas actitudes para comunicar su tema, que explore terrenos despoblados y desérticos para muchos, casi siempre -por no decir siempre- en solitario, en lo que lo único válido es el repliegue de su experiencia vivencial interior y de su recordatorio, angustias, fantasías, luchas, inquietudes, ansias, dominio, violencias, exaltaciones, lleva a la pintura reflexiva justa a la comunicación social, aunque les pese, y i toman sus obras como respuestas a lo que hoy es moneda de cambio, el realismo psíquico. La gran lucha de nuestro pintor es que mientras los academicistas intentan justificar lo injustificable, en los días que vivimos, él navega en una canoa india -sin más consuelo que saber que, por muy encrespadas que estén las olas, nunca zozobrará. Salta por el aire con pirueta que puede costarle la vida en el más amplio sentido económico de la palabra, porque los circuitos artísticos de hoy restriegan más que nunca su visión corta sobre el arte pictórico. Pero como era de esperar, los auténticos delfines del arte arte, ésos pusieron sus ojos en Iguiñiz hace mucho años y no lo dejan ni a sol ni a sombra. El ha encontrado en su interior toda la riqueza de símbolos y de palabras como para estar comunicándose con su público años enteros. Ahora sólo le falta quien, hábilmente, le pregunte para que él se lance a contestar, aún a riesgo de que tenga que decir cosas que pueden comprometerle ante su sociedad. Su constante investigación y su lucha por nuevas artes, le llevan indefectiblemente hasta el punto más claro-oscuro de la pintura mística, aunque parezca raro. Felipe Iguiñiz ha conseguido realizar la combinación perfecta de un papel protagonista en una solución de colores imposible de paleta y cuando él ya expone no hay forma de poner un ápice a lo que ya está hablando. La grandeza de este arte está explicado en su propia exteriorización de lo simbólico. Acercarse a la obra de este pintor es tener la suerte de llegar antes de que se haya montado la meta.
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