No se puede hablar en la actualidad del hecho artístico sin referirse al concepto de multidisciplinariedad a la hora de entender la mayor parte de procesos creativos que derivan de la reflexión, contemplación y análisis estético del artista y su entorno, así como del artista y su peculiar mundo interior o vivencia personal. La libertad de creación y la ausencia de un referente unidireccional en los ámbitos de la valoración artísitca y de la crítica propician una voluntad de investigación y experimentación constante, a través de la cual los lenguajes, las técnicas, los soportes e incluso las temáticas se entrecruzan en una dinámica propia donde la necesidad de expresión por un lado y el imperativo comunicacional por otro, van confor- mando los parámetros por donde discurre finalmente la obra de arte. No es fácil encontrar hoy día un solo artista plástico que se atreva a prescindir, de hecho, de tantos y tantos recursos pictóricos, materiales, soportes o nuevas tecnologías al alcance ya de todo el mundo y que constituyen en definitiva las nuevas herramientas con las que el pintor actual aborda su trabajo artístico y creativo. Es el caso de la artista ilicitana María Dolores Mulá, la cual ya nos tiene acostumbrados en el uso creativo e interdisiciplinar de todos estos nuevos instrumentos o herramientas de expresión con las que la artista ha ido conformando todo un discurso pictórico propio, habitado de fragmentos matéricos que conviven armoniosamente con el color, el dibujo, los objetos o incluso con los soportes y los marcos de las composiciones. Si alguna cosa ha caracterizado realmente la poética personal de Dolores Mulá a lo largo de su trayectoria pictórica, esto ha sido, sin duda, la aleatoría presencia del elemento sígnico combinado con el juego simbólico, que junto al uso enigmático de la materia y de los elementos procedimentales (pigmentos, tierras y objetos) le han permitido construir un universo visual muy sugestivo e identificador de su propio punto de vista poético hacia el hecho pictórico y artísitco. En anteriores series pictóricas el simbolismo céltico, el paisaje matérico o los utensilios artesanales propios de la industria del calzado habían sido el punto de' partidá de una investigación pictórica arriesgada donde la artista -utilizando diferentes disciplinas y técnicas expresivas- supo llegar a la consecución de un discurso plástico lleno de coherencia y dotado de verdaderos hallazgos poéticos y visuales. En el nuevo trabajo que ahora nos presenta, justo en su ciudad de Elche, Dolores Mulá parece haberse dejado desbordar por una profunda intuición poética desde la que se atreve a adentrarse en un difícil y complejo ámbito de representaciones mono temáticas donde combina casi artesanalmente la figuración pura, concretada en el dibujo y la pintura por un lado, y por otro, la escurridiza presencia de la materia y los elementos muertos de la naturaleza. Más que presentarnos una serie más o menos convencional de lienzos, tablas o papeles, se diría que la autora nos propone el participar en toda una escenificación plástica a través de la cual el elemento único: la rosa, ocupa un lugar central en el calidoscópico desorden de fragmentos, presencias y significaciones poéticas en que de viene el uso arbitrario del color; el lápiz, la tela, las tierras, los pigmentos o incluso todas las rosas reales a la manera de naturalezas muertas que insinúan y multiplican el aliento de vida o el principio mítico de la belleza. A partir de una intensa vivencia de la contemplación y de la simplicidad, la pintora Mulá es capaz de situar su propia mirada bajo unos sorprendentes parámetros de búsqueda consciente de elementalidad y de desnudez. Tomando como ejemplo la realidad concreta de la rosa, de las rosas reales, inicia todo un ejercicio estético y conceptual de deconstrucción y reconstrucción del objeto que es la rosa, asumiendo y superando el esterotipo implícito al propio objeto, y ofreciéndonos al espectador una mirada y una visión diferente y renovada, llena de subjetividad emocional o poética al lado de una mirada próxima a la investigación naturalista o cientifista. No se trata de un ejercicio de clasificación o disección de las rosas a la manera ilustrada, pero en cambio, sí que encontramos una aproximación a esa actitud delicada, serena y curiosa hacia el objeto fascinante de la naturaleza que son en general las flores y que es en concreto la rosa como exponente máximo del mito y del símbolo de la belleza y de la fragilidad, mito y símbolo como consecuencia de una apreciación y coincidencia culturales y al mismo tiempo como vivencia pura, directa y personal de la artista. Más allá de la simple metáfora o del símbolo, María Dolores Mulá ha sabido penetrar desde el color, el dibujo y la materia, esa enigmática realidad de la naturaleza exultante y pura que se manifiesta en la presencia azarosa de la rosa. Desde un posicionamiento estético próximo al minimalismo poético la artista ha sabido tejer un multiforme y calidoscópico mural donde la rosa oficia como hilo conductor de una sugeridora ceremonia poética, de una ceremonia plástica hecha de retales y de fragmentos de realidades extraidas del mundo orgánico al tiempo que del mundo onírico y sensible tanto de la artista como del espectador, ceremonia o ritual que hace de la naturaleza el objeto máximo de una liturgia intensamente sentida donde la rosa se eleva, sobre todas las posibles metáforas como el misterioso y fascinante signo de los signos. José Luis Peris Gómez
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