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DIAZ AZORÍN: DE LA AUTONOMÍA
A LA FUNCIONALIDAD DEL ARTE
«Todo arte se edifica directamente sobre un arte
anterior, e indirectamente sobre una actitud valiente del artista en la
consideración de sí mismo y de su entorno».
ADRIAN STOKES
Painting and the Inner World.
«El arte induce en el espectador circulaciones no propiamente
de significaciones y menos aún de informaciones, sino de afectos».
J.F.LYOTARD
Des dispositifs pulsionnels.
He de confesar que siempre me sorprendió ese interno contraste
con el que Díaz Azorín -casi connaturalmente- ha ido dotando
a sus obras. Contraste que se establece, de manera continua, entre la
tensión producida por un cierto dramatismo existencial - retenido
y profundo- y la sutil poeticidad que, arropándolo, se desprende
en gradación del conjunto compositivo.
Vienen a ser, en el seno de su actividad plástica, como dos significativos
registros opcionales, capaces tanto de combinar equilibradamente su correspondiente
riqueza expresiva, como de acapara en sí mismos -llegado el caso-
toda la fuerza unilateral que respectivamente, en principio, les caracteriza.
De ahí que el juego de la expresión pueda llegar a ser incluso,
a veces, hasta abiertamente incisivo y desgarrado, y, en otras, insistentemente
poético sin dejar por ello jamás, en el fondo, de inquietarnos.
¿No es esa, acaso, una parte de la íntima función
asignada por Azorín a su quehacer artístico? Sorprender
e
inquietar. Pero nunca, sin embargo, de forma inocua y gratuita. Siempre
-más bien- con una oculta e inesperada intencionalidad, prendida
directamente de los recursos plásticos tan diversificadamente,
por él, utilizados.
Y es que, de hecho, en el horizonte mismo que preside y delimita la evolución
estética de toda trayectoria creativa existe, en cualquier caso,
una determinada manera de entender el arte, de asignarle funciones, de
ubicarlo en el conjunto de opciones y posibilidades socioculturales que
el momento y la época delinean y exigen. Es precisamente esa misma
Kunstanschauung la que -como caldo de cultivo- ayuda, en última
instancia, a definir la serie de poéticas (en cuanto modos genuinos
de hacer. en cuanto modalidades y programas de trabajo propuestos o como
ideales arquetípicos de arte) que prenden y se consolidan en el
panorama histórico respectivo...
Sorprender .e inquietar, decíamos. a través de la tensión
establecida entre dramatismo y poesía, en base siempre a un singular
lenguaje plástico. que Azorín desarrolla con igual pormenor
y sensibilidad en el dibujo, la pintura o el grabado.
Alguien me comentaba alguna vez. en esta línea de cuestiones, cómo
en los trabajos de Díaz Azorín no tenía sentido alguno
la tan traída y llevada polémica entre la escueta perfección
formal y la presencia de un intenso y espontáneo pathos. Y es el
caso, ciertamente, que en él la búsqueda elaborada -y hasta
minuciosa- no deviene por ello cerebral sino que se convierte, paradójicamente.
en inmediata reivindicación de profundos sentimientos.
Sin embargo. un tema tan básico como es el del sentimiento no ha
dejado de plantear múltiples cuestiones en el dominio del arte.
Porque realmente las instancias emotivas, sin ser las únicas influyentes,
constituyen
sin duda una parte fundamental de la configuración y comportamiento
humanos, y -en consecuencia- también de los fenómenos artísticos.
en los que se proyecta y refleja -con todas las mediaciones que se consideren
pertinentes- el latido de la realidad circundante.
En tal sentido convendría diferenciar, quizá, algo así
como una especie de doble presencia del sentimiento en la experiencia
estética, puesto que una cosa serían los sentimientos virtualmente
contenidos en la obra, en la medida en que ésta expresa -objetivada
en imágenes- la propia sensibilidad del artista, transvasada de
la vida al arte («purificados» los sentimientos de su inmediato
alcance pasional y «distanciados» gracias a la genuina universalización
que el reflejo estético les confiere), y otra muy distinta vendría
a ser la emotividad concomitante que ciertamente acompaña tanto
al proceso de creación -con la alegría y la pasión
de crear- como a la misma contemplación artística.
No obstante, como hemos brevemente indicado, los sentimientos transfigurados
en el arte adquieren un cierto significado universalizador, es decir que
dejan de ser «contenidos» de sentimientos determinados y concretos
para construir toda una rotunda espiritualidad -un mundo propio de la
obra- en la que se recogen por medio del pulso del autor, los ecos de
la época y de la sociedad que la hizo posible. Y a su vez toda
esa espiritualidad se conjuga plenamente en el estilo y el lenguaje de
la obra: es inescindible de ellos.
¿No existe acaso en la poética de Díaz Azorín
un cierto guiño de persuasión de juego de efectos concienciadores
que emana precisamente del diálogo mutuo que lo sensible mantiene
con ese trasfondo espiritual?
Incluso en estos tiempos tan desnudos de utopía y tan escasos en
aventuras prospectivas, no faltan quienes propician códigos artísticos
en los que, junto a la fruición estética correspondiente.
siguen respirando el fundamento humano y el eco -entre referencial y simbólico-
de la apelación a un ethos compartido. incluso bajo los pliegues
de la propia y exacerbada individualidad imperante.
¿Supone ello, quizás, una cierta renuncia al ejercicio mismo
de las experiencias plásticas- un rechazo al seguimiento de esa
abierta autoconsciencia que los lenguajes artísticos han proyectado
sobre sí mismos o una relegación de la erótica del
propio hacer?
En absoluto
Y buena prueba de tal respuesta nos la da el mismo Azorín. ¿Han
faltado en su pausado trabajo las reiteradas experiencias plásticas,
las paulatinas depuraciones técnicas o los ensimismamientos autorreferenciales?
Sin duda no Pero Díaz Azorín ha sabido arbitrar tales propuestas
en estrecha conexión con sus preocupaciones éticas, aunque
procurando, a su vez. que ese mismo trasfondo surgiera de la plasticidad
de la obra misma como efecto y no como fin del correspondiente quehacer
estético.
Me, explico: es evidente que la experiencia estética provoca en
los receptores -como hemos indicado todo un conjunto de diversificados
sentimientos, dentro de una amplia gama que de hecho, puede ir desde una
conmoción física visceral hasta una depurada vibración
emotiva en la contemplación, pasando virtualmente por todo el espectro
de la afectividad. Sin embargo todo ello no constituye ni es el objetivo
de la praxis artística. sino tan sólo un efecto complementario.
toda vez que el auténtico y primordial fin del arte se concentra
en la ejemplar
existencia de la obra, que en sí misma no se convierte en medio
para nada ajeno a ella Ahí radica precisamente su rotunda autonomía
y la realización de sus valores específicos.
Una cosa es -como diría Luigi Pareyson- conseguir un fin complementario
en el arte y otra. muy distinta, perseguir un objetivo determinado con
el arte, supeditándolo en consecuencia a algo distinto a su propia
axiología estética.
Posiblemente ése haya sido uno de los más destacados logros
de Díaz Azorín: aplicar, sí, una eficaz «poética
del efecto» en sus realizaciones artísticas, pero sin desvincular
tal intencionalidad de la rotunda existencia plástica de sus propuestas.
Sin duda sigue latiendo en Azorín el rescoldo utópico que
une indisolublemente el arte y la vida. Y este enlace bien merece ser
comentado.
No se trata -en su poética- de considerar la experiencia estética
como una oportuna evasión de la existencia, ni como un esporádico
vuelo de la fantasía. Más bien en sus postulados se adivina
la asignación al arte de un campo de acción tan amplio e
intenso como la vida misma, aunque sin difuminar su correspondiente especificación.
Y es que tanto como la vida penetra en el arte así el arte es capaz
de actuar en el seno de la vida misma.
Pero atención: si el arte es capaz de desempeñar también
funciones no artísticas deberá llevarlas a cabo únicamente
en cuanto arte. sin renunciaren lo más mínimo a sus particulares
valores estéticos.
¿No era Dewey quien afirmaba que «el arte es siempre más
que arte»? ¿Por qué no considerar. pues, que los distintos
tipos de valores de la existencia pueden contribuir a la genuina realización
del valor artístico, sin tener por ello que anularse o disolverse
en
su posible encuentro sino más bien alimentando, complementariamente.
su «polifónica» funcionalidad"?
Los valores no específicamente artísticos para penetrar
y objetivarse en la obra deberán hacerlo asumiendo y refrendando
precisamente -en sí mismos- los valores inmanentes del fenómeno
estético.
¿O es que acaso en el obrar humano podemos desvincular, sin más,
unas actividades de otras sin poner en serio peligro nuestra coherencia
personal? ¿Y existe, por otra parte, algo tan profundamente personal
y unitario como la creación artística?
Díaz Azorín. en su trayectoria se ha esforzado siempre -fiel
a sus presupuestos- por reflejar en los resultados de su quehacer artístico
las exigencias de la interna dialéctica que se establece en toda
creación entre la condicionalidad social del arte y la impronta
de la mediación personal del artista. quien con su propia inventiva
transforma las diversas condiciones que le afectan en otros tantos recursos
para la elaboración de su obra, es decir en «materiales»
utilizables en el propio acto creativo.
Fuertemente influido, ya desde los años sesenta, por aquel juego
expresionista que comprometidamente suponía tanto un cierto discurso
sobre la realidad como la correspondiente opción personal -en cuanto
respuestaante la misma. Azorín ha ido depurando su lenguaje plástico
pero sin renunciar a esa paralela funcionalidad conminatoria que emerge
-aún hoy- de cada una de sus propuestas.
Y lo relevante en esta línea de cuestiones es no olvidar -insistimos
en ello una vez más- que las condiciones existenciales devienen
condiciones internas al quehacer artístico y. como tales, ocasiones
estéticas de conformación, estímulos creativos y
posibilidades de dicción. Más que interferir en el proceso
son, así, asumidas e incorporadas personalmente en el respectivo
lenguaje poético, traducidas siempre en términos de estilo_
En el «mundo» de las obras de Díaz Azorín resuena
pues sin duda alguna. esa suma de instancias sociales y personales, no
como finalidades a perseguir con el arte sino como elementos a utilizar.
como opciones a conseguir en el arte mismo, instaurando de este modo,
a la vez, la «autonomía» y la «socialidad»
del quehacer artístico
Pero junto a los valores vitales que vehicula. el arte desarrolla en sí
mismo una apoteosis de valores sensibles y formales. No sólo es
juego expresivo. resorte y vía de específico conocimiento.
sino también y ante todo un hacer en el que la realización
misma supone la invención del proceso y el modo de efectuarlo.
Ese aspecto productivo, realizador y ejecutivo del arte alcanza a veces
un sentido eminente y casi absoluto. ¿No hablamos acaso de creación
a tal respecto? Tras dicha metáfora insinuarnos así que
ejecución e invención son momentos de hecho. indisolublemente
unidos en el proceso artístico
Díaz Azorín. en su coherente itinerario. destaca la manera
muy especial por su portentoso dominio del dibujo. Clave y eje de la consolidación
de su lenguaje plástico, el dibujo no es en él sólo
vehículo de la forma sino también soplo de vida que anima
la expresión de los seres que plasma. Diríase que es tan
rotundo en sus propuestas que necesita apelar insistentemente a la simplicidad,
a la insinuación, al recurso de lo intencionalmente no-acabado.
Si alguna vez en él afloran las ya viejas rencillas académicas
entre el dibujo y el color, sin duda tendremos que apostar si no por la
radical victoria, sí por la primacía del primero.
Tal imperativo nace precisamente de su personal poética de su pasión
rotunda por asumir el dibujo no como medio sino como composición
completa en sí misma. como proceso de análisis creativo
donde relaciones, ritmos, movimientos, contrastes y volúmenes se
conjugan unitariamente.
Con el juego de líneas y el sencillo recurso tonal Azorín
es capaz de esculpir sorprendentes anatomías de conformar propuestas
de imágenes orgánicas que saltan del plano o de ofrecernos
fragmentos de vida que en su tensión expresiva atenazan inmediatamente
nuestra mirada.
Más de una vez he pensado que en Díaz Azorín se halla
-como agazapada y a la espera- una intensa vocación escultórica.
aguardando quizá el «fiat» que dé plena y rotunda
realidad a tales capacidades tridimensionales.
¿No se adivinan en sus dibujos. grabados y pinturas una estrategia
y factura casi comunes por el modo de abordar su realización. en
base a la determinante concepción del volumen que generan sus formas?
De hecho no tiene sentido alguno litigar lo más mínimo acerca
de la excelencia respectiva de las distintas modalidades artísticas.
Y no se trata ciertamente de eso. Más bien pretendemos indicar
los saludables efectos de ciertas extrapolaciones, asumidas como recursos
pictóricos y cuyo abonado campo demostración suele ser tradicionalmente,
de hecho, el ámbito de la escultura.
Se ha hablado a veces de la escultura interpretándola como una
especie de dibujo en el espacio. Y esa fue una de las obsesiones creativas
de Julio González. Pues bien, ¿no cabría, a la inversa.
referirse también a cierta modalidad de dibujo, entendiéndolo
como un sutil proceso de modelado conseguido en el escueto plano de lo
bidimensional? ¿Puede. incluso. violentarse el medio gráfico
hasta el extremo de trasparentar -casi como un presagio- la intensa plasticidad
escultórica que, in nuce, se halla inserta en el dibujo? ¿No
hay trazos que poseen realmente la solidez de los volúmenes de
bulto redondo? ¿Y ese uso singular de lo non finito, de los inacabado,
no apunta, de hecho_ en el dibujo -e incluso en el grabado- a mostrar
los logros del detalle, rotundo en sí mismo. como si se tratase
de mostrar las posibilidades de ese estudio en pormenor. destinado a otras
opciones aún en proyecto ?
Es a ese reto -que nos introduce en el dominio de los efectos perceptivos,
en la magia de la imposible tridimensionalidad- al que ahora nos acercamos.
Pero sin hábiles recursos de trompe-L'oeil. Porque Díaz
Azorín no juega ni hace concesiones al simple alarde que puede
ocultarse en la directa apelación efectista al transpantojo. Quizá
por ello compensa constantemente su propio virtuosismo con insistentes
propuestas fragmentarias, casi como meros apuntes -aunque completos en
sí mismos-, incluso con violentas instancias expresivas, primeros
planos que invaden por completo el encuadre compositivo, parcos en color.
pero profundamente ricos en dinamismos y contrastes que emergen -corno
valores plásticos- a la superficie de la obra, siempre junto a
la fluidez del trazo que le caracteriza.
Las recurrentes referencias iconográficas, por otro lado nunca
excesivamente amplias, por las que opta Díaz Azorín, facilitan
en buena medida tales recursos; no en vano su singular universo de discurso
empieza y acaba en la inmediata y explícita realidad humana.
De ahí precisamente las eficaces metonimias visuales que nos ofrece.
La parte por el todo. lo corporal por la versión anímica,
las manos -con su universal e intenso lenguajes comunicativo- como sinécdoque
de la presencia humana, las ataduras como metáfora acumulativa
de mil diversos tipos de opresión y de violencia...
Incluso en una breve etapa de su itinerario. muy al inicio de la década
de los setenta, en la que Díaz Azorín parece optar por una
cierta aproximación al ámbito de las experiencias abstractas.
siguen manteniéndose una serie de constantes que identifican sus
trabajos. Las composiciones retoman elementos con claras connotaciones
a lo orgánico, a las tensiones musculares, aunque sin referencia
figurativa alguna.
Es como si se tratara de penetrar en la morfología de las estructuras
musculares para -desde esa interna lectura anatómica- extraer toda
la plasticidad que el dibujo creativamente puede ofrecernos a partir de
tales motivaciones, no por indeterminadas -referencialmente- menos «tematizables»
en una lectura lineal del conjunto de su producción artística.
De hecho de una u otra manera, numerosos trabajos suyos de todas las épocas,
cuando descarnan y dislocan la anatomía humana, recurren con eficacia
a múltiples juegos de combinaciones lineales y contrastación
tonal que. en sus pormenores, mantienen vivos los logros de una equívoca
indefinición de la imagen, a nivel semántico. propiciando
así la pesquisa interpretativa.
¿Y las apelaciones simbólicas? Gusta Azorín de retomar
la figura de la paloma en sus composiciones, pero cargándola de
expresividad y de pulsión. Para él no aletea aún
pletórica de vida. Sigue siendo - tal meta - simplemente todavía
una necesaria e irrecusable esperanza, cargada de futuro. Posiblemente
se trate. en Díaz Azorín de un cierto ensimismamiento personal,
como reacción a esta época pobre de utopías. De ahí
surgen esas recurrentes metáforas, y los símbolos y las
sinécdoques que trenzan en sus extraordinarios aguafuertes o en
sus trabajos a punta seca el contorno expresivo de este mundo convulso
e inquietante que no deja tampoco de latir a sus dibujos.
Es curioso que aquel inicial interés suyo por la humildad de las
cosas cotidianas o por el paisaje del entorno se diluirá rápidamente
y no haya vuelto a surgir, desde entonces, a sus composiciones. Y no será,
ciertamente, porque a sus alrededores no existan tentadoras propuestas.
Altea, en este sentido, bien puede considerase cómo especialmente
privilegiada.
Aun así la sensibilidad artística de Díaz Azorín
se ha interiorizado cada vez más en la minuciosidad con qué
realiza la expresiva plasmación de ese universo, áspero
y a la vez amoroso, al cual da forma y vida. Porque la apuesta comunicativa
es, en cualquier caso, evidente en Azorín. Sus fantasmas no han
estado exorcizados gratuitamente por ningún cambio. ¿O es
que quizás aquellas expectativas, por las cuales apostó
en su día, fueran de alguna manera excesivas para ser viables en
realidad?
Y de aquí se derivaría, sin dudas, aquella recursiva función
catársica que -contra cualquier cosa- asigna todavía a sus
propuestas artísticas.
Existe, con todo, un pathos expresivo que coge principalmente al plano
significante, a la factura misma de la obra: es "el expresionismo"
por antonomasia, en el que el lenguaje, -en su substantividad- se convierte
en directo vehículo de la tensión donde el gesto, la deformación,
la pincelada, los desgarrados cromatismos y el trazo no son sino el sismógrafo
que recoge y refleja el grado emotivo del trance y la fiebre creativa
que desde el proceso de conformación se extrapola y registra en
la obra.
Pero junto a él existe, asimismo, otra forma de recurso expresivo.
fuertemente mediada por el equilibrio apolíneo, por la instancia
eficaz de la reflexión. que traslada al plano del contenido la
carga emotiva, permaneciendo el estrato significante bajo un pormenorizado
control perfectivo.
Se abre así. una vez más. toda un curiosa estrategia dual
en el conjunto de la obra que se establece y resuelve precisamente entre
el pathos del significado y el ratio que, de hecho, regula los valores
plásticos significantes. El resultado aporta de este modo una especie
de distanciamiento y curiosa «objetividad» que viene a ser
como un rasgo añadido a la composición misma, la cual opera
virtualmente como espejo de una planteamiento descriptivo.
Es como si el artista quisiera permanecer en un segundo plano frente al
argumento vital que formula la obra. El «tirón ético,
no haría sino metamorfosearse de un cauto equilibrio frente al
alarde desgarrado del lenguaje expresionista.
Díaz Azorín ha efectuado, ciertamente, incursiones en ambos
dominios. pero sobre todo ha cultivado, más bien la opción
apolínea, de honda raíz clásica, como vehículo
de su poética.
El tema de la muerte, de la lucha, del amor o de la libertad retorna siempre
-como leit motiv- a sus cuadros. La propia descontextualización
a que somete sus composiciones funciona como catapulta universalizadora
de tales temas.
El apunte central -aislado- genera un espacio imaginario y simbólico,
tan versátil como simple en su parca escenografía. Intensificador
y distanciado, el mensaje humano deviene histórico gracias a nuestra
mirada que lo recupera así de esa atemporalidad originaria en la
que Díaz Azorín parece, genéricamente. proponérnoslo.
sin enlaces narrativos, sin apelaciones circunstanciales. sobre la indefinición
espacial que refuerza indirectamente - por contraste- la presencia figurada
de los volúmenes anatómicos. orlados de vacío y huérfanos
de un estricto y unilateral sentido.
Esa poesía de la fragmentación y del juego metonímico
-a los que ya
antes nos hemos referido- opera además en esa misma línea
paradigmática de «obra abierta».
Es. en fin. como si el espejo retrovisor -ofreciendo a nuestra memoria
apuntes del pasado- cooperase de algún modo a un cauteloso proyecto
de futuro.
Pero. a veces, el pasado sigue abierto en el presente. Ciertas imágenes
-insólitas en un grabado o un dibujo- pueden ser triviales, por
cotidianas, en el registro de esas omnipotentes 625 líneas que
se entrelazan a nuestra existencia.
¿Jugar a la metáfora o reflejar la realidad?
¿O es que la propia metáfora no es a menudo el camino más
directo y efectivo para evidenciar unas realidades tocadas de sutil ceguera?
Ya hemos afirmado más arriba que los valores artísticos
y no artísticos (propios de otras esferas existenciales) pueden
estar tan estrechamente conexos. en la experiencia estética que
es de facto, imposible una específica valoración y comprensión
de los unos sin la correspondiente apreciación y penetración
en los otros. No se trataría, pues, de moralismo alguno, ya que
aquí los valores no se confunden ni relevan entre sí. Es
más. cada uno se desarrolla en su propio campo, aunque realmente
no se realizan en plenitud a no ser juntamente con los demás valores,
es decir, a través de ellos en el conjunto de la obra.
La alternativa entre esteticismo 0 moralismo es en sí misma equívoca,
porque anula e ignora la auténtica solución viable: su mutua
superación, la eliminación de la disyuntiva. sin dar lugar
a uniteralidades exclusivas y, por ello, asimismo excluyentes.
Desde ese gozne de planteamientos, articulando entre sí los diferentes
estratos en los que la obra se resuelve - como unitaria totalidad-. debe
partirse para analizar y comprender globalmente la aportación artística
de Díaz Azorin.
Detenernos exclusivamente en la plasticidad de sus logros, en el alarde
de sus registros técnicos, en la rotundidad de sus tratamientos.
o por el contrario maximizar el eco vital de su denuncia, de sus ideales
o exhortaciones no sería sino desgajar la síntesis que,
sobre todos esos distintos valores, opera su personal lenguaje.
La reflexión teórica ya ha subrayado muchas veces que ni
el gusto estético puede reemplazar al deber moral, ni tampoco -por
contra- cabe, sin más, aceptar la instrumentalidad del arte respecto
a los demás valores. El devenir histórico -con sus distintas
poéticas- zigzaguea, a veces, extremosamente por tales excluyentes
derroteros. Pero también, en otras muchas ocasiones, han dado ejemplos
admirables de sobrio y singular equilibrio entre tales límites.
En estos tiempo, parcos -como hemos recordado varias veces- de utopías
y de proyectos abiertamente esperanzadores, no han faltado rotundas tentaciones
de unilateralidad. Y aún asistimos a ellas. Sin embargo no debemos
sorprendernos cuando nos topamos -de improviso- con solitarios y ensimismados
cultivadores que hacen del estilo una cuestión de humanidad (por
apelar una vez más a Luigi Pareyson) o que -sin residuo alguno-
resuelven sus propios postulados existenciales en signos plásticos.
No en vano, en la actividad artística, expresar y hacer, decir
y producir son, radicalmente. una y la misma cosa. Por eso la presencia
inmediata de la obra es ya «dicción», diálogo
amplio y hasta inagotable. La tan subrayada infinitud interpretativa,
que asalta al contemplador, no es sino la otra cara de la moneda de esa
misma inagotabilidad que caracteriza a toda obra de arte.
Y a ello ahora -como en tantas otras ocasiones- debemos justamente remitirnos.
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