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AZORÍN, CRÓNICA DE UNA INVENCIÓN
Enrique Cerdán Tato



Sucede que José Díaz Azorín ha sido y sigue siendo algo así como un atleta de la metáfora continuada: de la realidad a su transformación artística, en un itinerario impecable y depurado. De la observación de su obra puede sobrevenir el asombro. primero: después, una inquietante revelación; y siempre, el planteamiento riguroso de su propuesta y la coherencia ideológica.


Azorín nos muestra, en ocasiones. una sintaxis forense, la del anatomista minucioso. magistral y escueto: y unos contenidos líricos que se acentúan en su más reciente expresión plástica. Ni en el dibujo, ni en el grabado, ni en el óleo. cede un ápice de su espacio a la presumible persuasión retórica. Porque sus formulaciones arrastran todo el vigor necesario para desalojar del papel y de la tela cualquier otro signo de referencia circunstancial, cualquier otra postdata recurrente y superflua.


De ahí, sin duda, la sobriedad cromática y el presunto aislamiento de las formas, en sus series ¡cónicas más emblemáticas, hasta ahora. Presunto aislamiento o presunta evaporación del entorno, porque el ilusorio vacío responde a una formidable y bien meditada invención: un fértil campo de fuerzas que equilibran y fijan el tema figurativo, lo tensan y lo erigen en un conjunto autónomo y total. Ocurre que las claves de su poética y la utilización de los recursos técnicos pueden inducir, de pronto, a deducciones apresuradas: el tiempo como suspendido que se percibe, en la inicial mirada y por esta aparente desconexión del contexto, en ningún caso deja de ser el detalle de una crónica de actualidad y simultáneamente la memoria de antiguos y vigentes episodios.


Azorín registra en su obra la convulsa realidad de nuestra época, el momento histórico y el recuerdo abrumador, y lo hace, desde la experiencia y la reflexión, desde la sensibilidad y el conocimiento, con un lenguaje muy personal y lleno de eficacia, donde los músculos y las vísceras son una rotunda sinécdoque del hombre; y el hombre cruel o sutilmente enmudecido y supliciado, y la paloma ensogada -quedan aún tanta ligadura y tanta mordaza encubiertas-, una situación cotidiana y una diáfana metáfora de este mismo y de otros muchos tiempos.
Pero Azorín, que mantiene insobornable su conciencia y su fidelidad a unos principios éticos, no se permite el discurso arrebatado, sino que resuelve la denuncia de los hechos y los datos con la poética de su invención, en una síntesis admirable donde comparecen, sin más hegemonía
alguna que el conjunto de la obra, las reivindicaciones individuales y sociales, y los valores específicamente estéticos. Y en esa síntesis radica la plenitud de su expresión artística.


Expresión más sobria, en sus recientes composiciones de considerable formato, en la que el color -sanguino, siena, negro- es el contrapunto de unas estructuras geométricas y de connotaciones humanas, iluminadas por el efecto de una lírica emergente, poderosa y fluida. Azorín nos ofrece, en esta muestra última, un nuevo impulso de su singular y sólida concepción plástica.