| PORTICO
Enrique Llobregat Conesa
Pepe Díaz Azorín expone en Alicante dentro del ciclo de
ART-SUD, una iniciativa muy interesante que reivindica a un grupo de autores
de primera categoría frente a ciertas posturas últimas,
reduccionistas al extremo perfectamente válidas desde su propio
enfoque de la realidad artística, pero que pueden lícitamente
ser criticadas en público y que cada cual haga de su capa un sayo.
No es la querella lo que me interesa mencionar aquí, que no incide
en la realidad de la exposiciónde las exposiciones- que Azorín
nos ofrece, sino el hecho, para mí singularmente gozoso, de que
podamos volver a disfrutar de sus dibujos y de sus grabados, aunque no
haga mucho tiempo que ha expuesto en nuestra ciudad.
Mi papel debe de ser reducido por obvios motivos: ¿qué voy
a decir que no haya sido expresado por los autores cuyos textos se publican
en este catálogo? ¿En qué avispero me metería
al lado de personas de gran experiencia, y notabilidad en el ámbito
de la crítica artística cuando mi vocación es la
de amante del arte, gustador de los infinitos placeres que proporciona
su contemplación, a quien interesa mucho más la huella que
esa contemplación, deja que la teorización más o
menos filosófica sobre las raíces más escondidas
de la obra que se presenta ante nuestro sobre las raíces más
escondidas de la obra que se presenta ante nuestro ávidos ojos?
Siempre me ha dado mucha aprensión e inquietud el escribir sobre
las obras artísticas por la inseguridad en que me deja: es tan
variopinto el panorama que se abre ante nuestros pasmados ojos que es
normal quedarse con un resquemor que en el fondo trasluce el miedo a pasarse
o a no llegar, Una reciente
lectura de Alois Riegl ha venido a darme una cierta paz en ese campo.
Desde el momento en que la tradición clásica deja de ser
considerada como norma válida e inmutable en el enjuiciamiento
de las obras de arte, se entroniza necesariamente el libre arbitrio y
el gusto personal, mejor cuanto más ilustrado y conocedor de las
realidades. Más simplemente me explicaba yo hace treinta años.
en mí adolescencia mi dificultad de entenderlas creaciones de la
primera mitad del siglo, que exigen una poderosa información bibliográfica
para llegara ser disfrutadas en la medida de que no son parlantes a la
vista como ocurría otrora Mi planteamiento era, esencialmente,
que aquel arte, válido tras el estudio y difícil antes de
él, tenía como principal valor inicial la complacencia personal,
y el juicio que se hacía de él era más o menos elogioso
en la medida de que el contemplador se sentía más o menos
identificado con la obra contemplada. La primera vez que disfruté
una exposición de Picasso (creo que la primera que se hizo en España,
después de la guerra, en la Sala Gaspar de Barcelona si la memoria
no me falla) toda mi teoría se ratificó por completo. La
sympátheia entre contemplador y obra era la clave de la intelección
y del acercamiento al arte del siglo. Digo todo esto tanto para justificar
posturas adversas anteriormente mencionadas como para justificar la mía
en lo que queda de texto pues la obra de Pepe Díaz Azorín
me gusta mucho, me complazco en su contemplación, y, naturalmente
me siento atraído por ella, por lo que me muestra y por lo que
me gratifica. Y no es que los temas, a menudo, sean especialmente halagadores.
Hay músculos distorsionados bandas y vendas que oprimen carnes
inocentes a punto de la laceración, cuerpos incompletos, no sabemos
si debido a las mutilaciones previas o a
la voluntad omnímoda del autor que suelta a sus criaturas incompletas,
mostrando tan sólo lo mas representativo de lo que le interesa
narrar ante el espectador. llevándole a un vórtice en el
que tan pronto estás en el anfiteatro anatómico como en
una fantasía de los Ciento veinte días de Sodoma sadianos.
¿Qué duda cabe de que esta carnes, dibujadas tan bella y
perfectamente como las de los atlas anatómicos del siglo XVIII,
son el reflejo en el espejo de la crueldad que nos rodea en todo momento
y en todo el orbe? ¿Qué duda cabe que las palomas fajadas
no son sino el blasón de nuestro tiempo bárbaro, inhumano
e inmisericorde, frente a las palomas optimistas que pintara Picasso en
otros tiempos
?
Detrás de la pintura de Azorín está todo el sufrimiento
de un mundo desigual e injusto como jamás en la historia de los
hombres se ha dado, y esos dibujos, esos grabados. están dando
la explicación más sencilla y pura, en su mudez de papiro
No son los únicos temas, naturalmente, que Azorín ha empleado,
pero sí que son los más emblemáticos. Al hilo de
esto recordemos sus bellos grabados sobre la Festa d'Elx, en un gran libro
en el que tuve el placer de colaborar con Sixto, otro entrañable
personaje. y con él. Sus apóstoles son los de la Festa pero
sobre ellos pesa, como el pecado original, la misma carga que sobre las
carnes incompletas de sus dibujos. Azorín, puede que hasta de modo
inconsciente, nos transmite de continuo una verdad opresiva. Ojalá
seamos capaces de escuchar su muda voz, y más aún de sentirnos
parientes, amigos, vecinos, de sus obras. En esas ascesis está
también la raíz de ta paz
|