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LAS RAZONES DE LA SENSIBILIDAD
Román
de la Calle
Hace justamente quince años -en 1985- redactaba una monografía,
dedicada al quehacer artístico de Díaz Azorín, que,
de algún modo, me hizo penetrar en una especie de paradójica
tensión, descubierta en el seno mismo de su personal actividad,
entre la exigente autonomía, que para sí parecía
reivindicar, a gritos cada una de sus obras, y la funcionalidad de un
evidente compromiso con la vida y su entorno que desplegaban sus siempre
inquietas intenciones.
AI abordar ahora -transcurrido ese período- la lectura de sus últimos
trabajos, sin duda es aquella autonomía, sobre la que se ha ido
replegando la propia funcionalidad, la que atrae básicamente mis
intereses y acapara ml atención.
Diríase que es la propia obra -la imagen pregnante de su radical
corporalidad- la que reclaman sus derechos y despliega sus singulares
argumentos existenciales. Quizás ha menguado su locuacidad -en
el sentido de que ha restringido sus referencias externas y sesgado, en
buena medida, sus precedentes denotaciones- para mejor poder acentuar,
junto a su ambigüedad, su creciente indeterminación. Incluso
parece haberse replegado, cautelarmente, sobre sí misma, con el
fin de concentrar -con una mayor simplicidad de recursos- la eficacia
estética de sus procedimientos y estrategias.
Posiblemente sea esa especie de ensimismamiento de la obra lo que provoca
-y nos descubre- la capacidad autorreferencial de las imágenes
que conforma Díaz Azorín. Porque, curiosamente, en una coyuntura
como la actual, en la que priman por doquier los apropiacionismos y las
citas, los préstamos y los guiños compartidos, como marca
y caracterización generalizadas, Azorín -puestos a citar-
sólo se apropia y cita a sí mismo. De ahí que sus
paradigmáticas Imágenes articulen, ante todo, el lenguage
-decíamos- de la autorreferencia, a la vez que su indeterminación,
es decir, su ambigüedad su inacabamiento, su apertura de sentido
difícilmente puedan traducirse y formularse en términos
de una marcada significación_ Más bien se decantan -cabría
afirmar- hacia el ámbito inestable, y siempre flexible, de las
sugerencias. Ese, y no otro es el reto que, al fin y al cabo, lanza, cada
una de sus obras, a nuestra mirada.
Sin embargo, la experiencia estética -lo sabemos bien- cada vez
apela más a la reflexión. Y, antes o después, todo
un conjunto de Interrogantes desfilan y acompañan -arropando- los
indeterminados juegos de nuestra imaginativa percepción, en esa
continuidad de acercamientos y distancias que constituyen el entramado
vivencial de la contemplación artística.
Sabedor, sin duda alguna, de tales claves, Díaz Azorín ha
venido acentuando la íntima correlación existente entre
el proceso de conformación de sus propuestas y la obra misma, como
resultado. Precisamente podría decirse que la habitual diferencia
entre la «estética del proceso» y la «estética
del objeto» queda por completo disfuncional, toda vez que la propia
obra recoge e incorpora la virtual historia de su desarrollo, sin ocultar
ni su génesis ni sus pautas compositivas.
Es así como el iter recorrido por Díaz Azorín no
sólo queda expuesto -en el doble sentido del término-, sino
que se transforma en método, en vía de acceso y de lectura:
debemos volver a recorrerlo, en cada caso, también nosotros, para
mejor penetrar y descubrir las claves de su quehacer, que no son sino
los entresijos constituyentes de sus obras.
A partir, pues, de esa explícita complicación entre obra
y proceso, no podemos dejar de aproximarnos a un ámbito tan particular,
como es el de la técnica artística.
Somos ciertamente conscientes de que, a menudo, se interpreta la técnica
como un simple medio, olvidando que -desde esa óptica, aquí
asumida, de la autonomía artística- todo cuanto entra a
formar parte del proceso de concepción y realización de
la obra adquiere, de pleno, la categoría de fin y no de medio,
porque todo aporta su huella directa y establece su propia impronta en
el resultado operativo. En realidad la obra se transforma en extensión
pragmática del proceso -forma parte de él-, al igual que
el proceso entero se acumula resolutivamente en aquélla, sobre
todo cuando -como es el caso de Díaz Azorín- se opta exactamente
por exteriorizarlo, sin ocultar ni disimular su dinámica ejecutiva.
Pero hemos relacionado, intencionadamente, la técnica con el proceso
global de concepción y realización, y no exclusivamente
-como se hace, por lo común- con el segundo, porque consideramos
fundamental subrayar, en tal sentido, determinados extremos.
En primer lugar, no queremos pasar por alto el hecho mismo de que, en
el quehacer artístico, se trata, de entrada, de convertir cualquier
tipo de técnica empleada en técnica artística. Y,
desde un planteamiento fenomenológico, el dato es relevante, toda
vez que la admisión de cualquier posible procedimiento en el contexto
de la creación artística -y todo está, en este sentido,
virtualmente disponible para la intervención creativa- implica,
de inmediato, que queda totalmente regulado por la acción concertada
de la sensibilidad y la razón.
No sólo la razón -la recta ratio que implanta la consciente
ordenación a un fin- sino también la sensibilidad, en su
máxima capacidad selectiva, intervienen en el ejercicio de la técnica,
que deja de entenderse -por supuesto- como algo mecánico y transitorio,
para constituirse en eje básico del proceso y del resultado.
Es, pues, desde esta perspectiva que cabe preguntarse tanto por las razones
de la sensibilidad como por la sensibilidad de la razón, a sabiendas
de que «las razones» se refieren por igual a los motivos -al
origen- y a las finalidades -el por qué-. Cuestiones, ambas, que
tienen directamente que ver con el proceso y con la obra.
Pero, en segundo lugar, conviene dejar claro que la técnica artística
alcanza más acá de la escueta realización de la obra.
Y, en consecuencia, es obligado distinguir entre lo que Dino Formaggio
define como técnica interna -vinculada a la concepción de
la obra, y que ya forma parte del proceso- y la técnica externa,
propiamente dicha, en la que a su vez se articula el «momento del
saber» (en relación al dominio y experiencia particular)
y el «momento del hacer».
Diríase, por tanto, que ante tal articulación -sometida,
como hemos comentado, a la sensibilidad y a la ordenación intencional-
la espontaneidad impremeditada es sólo un término que utilizamos
para denominar todo lo que desconocemos, porque incluso el inesperado
azar deberá ser o no asumido, en el instante mismo en que pueda
presentarse, a lo largo del proceso. Y en el caso de ser incorporado,
ya pasa a formar parte de tal regulación volitiva. Lo cual significa
que la virtual participación del ámbito de la inconsciente
podrá latir en el seno del proceso y aflorar en la obra, pero el
proceso mismo, en su relación con la técnica artística,
se desarrolla en la égida de ese encuentro, siempre paradójico,
de la sensibilidad y la intención.
Es, pues, la técnica -en cuanto técnica artística-
la que conduce la diversidad y la heteronomia de los ingredientes participantes
en el proceso, a la unidad de la obra, y nunca cabe reducir la intervención
de la técnica a puro medio, como recurso complementario.
Tal digresión -de alcance general- nos ha parecido imprescindible
para mejor entender y apreciar el quehacer artístico de Díaz
Azorín, a partir de las piezas expuestas en esta muestra monográfica:
obra sobre papel de medio y gran formato.
Sin embargo, las técnicas son inseparables de los instrumentos
y materiales. Y Díaz Azorín siempre ha preferido mantenerse
adscrito -por convicción y necesidad- a unas técnicas externas
básicamente primarias y de profunda raigambre manual. Precisamente
en ellas la dimensión del saber y la vertiente del hacer quedaban
plenamente armonizadas por su sensibilidad, experiencia y clara regulación
intencional. De hecho sigue trabajando, como ha sido indicado, sobre soporte
de papel de alto gramage (entre 300/400 gramos, metro cuadrado), bien
sea alisado o de grano suave y, de momento, parece hacer dejado aquel
papel artesanal de altísimo gramage (entre 600/1.200 gramos), con
superficie muy rugosa y grandes barbas del papel a la vista, que durante
tanto tiempo atrajo particularmente su atención. Hoy enmarca a
sangre sus trabajos.
También los materiales restantes son escueta y directamente simples:
barra seca (bien sea negro, bistres o sanguinas) para sus dibujos y técnica
de punta seca para sus grabados.
Austero sumamente, pues, en todo. Incluso en la vertiente cromática.
Le atrae hasta la saciedad -últimamente- el total predominio del
negro, con determinados contrapuntos e indicaciones de color, y en tales
casos esa pautada presencia de variación cromática es totalmente
autorreferente, una vez más, entrando así en el estricto
juego estructural de la obra.
Más de una vez he pensado que tal austeridad técnica y de
materiales, por parte de Díaz Azorín, quizás obedezca
a una visceral necesidad de seguir, paso a paso, el inmediato proceso
de emergencia paulatina de la obra, de constatar cómo, en cada
instante, se desliza la forma entre sus dedos, controlando -en ese diálogo
de la mano que ve y siente, y de la mirada cerebral que ejecuta- radicalmente
el proceso de su génesis. Y lo mismo, mutatis mutandis, puede afirmarse
tanto del dibujo como de las incisiones, a punta seca, sobre las planchas.
Sin embargo, como es lógico, la contrapartida de ese seguimiento
tan inmediato como vivencial, del «aparecer» de la obra, radica
en el indiscutible riesgo que supone toda posible rectificación.
Y esa dificultad es, a priori, claramente asumida por Díaz Azorín
respondiendo adecuadamente a las exigencias que impone la realización
rápida y directa. El momento del saber es plenamente inseparable
del momento del hacer, lo cual no implica ni supeditación al mero
virtuosismo, ni culto a la simple espontaneidad. De hecho, yo diría
que nunca ha creído en la infalibilidad del puro gesto, ni confiado,
a ultranza, en la estricta perfección del hábito.
Más bien se ajusta a ml deseo el desvelar en Díaz Azorín
la existencia de un curioso apego por un especial sentido de provisionalidad
permanente respecto a su obra. Esa tensión entre una estética
de lo provisional frente a una estética de lo definitorio, quizás
sea uno de los rasgos más característicos de su propia poética,
planteada ésta como programa operativo y como modo de entender
el hecho artístico en su vitalidad y fluencia.
Al fin y al cabo esa «estética de lo provisional» no
hace sino demostrarnos que, en cuestiones de arte, siempre estamos de
viaje, persiguiendo una meta que posiblemente siempre nos es enigmáticamente
desconocida. Por ello conviene desplazarse con los estrictos e imprescindibles
impedimentos, con un bagaje escueto. Lo demás -diría Díaz
Azorín- es pura sobrecarga que, a menudo no legamos ni a desembalar,
procurando constantemente rastrear las huellas de la máxima síntesis,
en esa «rápida y directa» transmutación de formas.
Pero, en realidad, tal síntesis no deja de ser el triunfo de la
estructura. Una estructura que exhibe enfáticamente sus propios
recursos y elementos constitutivos, hasta el extremo de narrarse a sí
misma, aunque dejando que, en cada una de sus articulaciones, anide la
sugerencia. Es un hecho que en las propuestas de Díaz Azorín
las formas representadas/transfiguradas están, por lo general,
contrapunteadas por estructuras geométricas simples, que de alguna
manera vienen como a vaciar y/o completar los atisbos de conformaciones
orgánicas que, por doquier, se insinúan, como raíces
simbólicas de la memoria.
Esa tensión entre formas orgánicas versus formas geométricas
se suma a la marcada dualidad entre monocromía y contrapuntos de
color, ya citada anteriormente, sin que por ello la simplicidad de las
técnicas manuales se vea alterada por nuevas exigencias de complejidad
que
podrían retrasar u obstaculizar esa inmediatez de realización
tan cara y connatural en Díaz Azorín.
En verdad, siempre he considerado que los dibujos de Azorín son
dibujos de escultor. Ellos mismos conllevan esa apelación volumétrica
que reclama -a voz en grito- la tridimensionalidad, su desenvolvimiento
en el espacio, como si el espíritu de escultor no-nato -en él
oculto- pugnase por abrirse, constantemente, paso desde la íntima
concepción de sus trabajos y aflorase, incluso voluntariamente,
entre sus manos.
Sin embargo, no deja de ser curioso que Díaz Azorín no se
preocupe, en absoluto, de dónde proviene la luz en sus composiciones,
limitándose a utilizarla como potente recurso visual -por otra
parte, ineludible- a la hora de representar/construir el volumen -mediante
la estrategia del claroscuro- en que se encarnan, y toman cuerpo y vida,
sus formas.
Cabría decir que, aunque ignorando el origen -la fuente- de la
luz, la incorpora directamente a la autonomía de las formas, dotándolas
de elocuente e ilusoria volumetría, relegando cualesquiera otros
efectos escenográficos de conjunto. Porque quizás considere
excesivo, en su austera concepción, recurrir además al reforzamiento
de la descripción espacial del entorno.
Ciertamente podría, Díaz Azorín, contextualizar las
imágenes en determinados espacios de ilusoria profundidad, apelando
al juego de otras perspectivas complementarias, en el propio ámbito
del «cuadro». Pero, por el contrario, prescinde totalmente
de dicho convencionalismo y deja el fondo en blanco, o a lo sumo mantiene
-en él- un tono de radical uniformidad, lo cual acentúa,
una vez más, la citada autonomía de sus propuestas, como
entidades plásticas dotadas de independencia. Prefiere que la mirada
del espectador resbale por los volúmenes, cruce sus estructuras,
salpique los contrapuntos cromáticos y se detenga -ambiguamente
extraviada- en esa frontera visual del espacio, no referenciado, en el
que habita la imagen, para mejor reanudar luego, de nuevo -por la propia
inercia visual de la mirada- el intenso recorrido por las formas.
Todo ello incita, por supuesto, a participar -incluso mentalmente- en
la propia construcción interna de la obra, que provoca tales experiencias,
completando, podría decirse, el proceso. El cierre de la obra,
a partir de la propuesta se convierte, pues, de cara al espectador, en
el programa eficaz que virtualmente puede guiar sus pasos.
Por otro lado, a esa misma intención operativa obedece el hecho
de no completar la imagen. La obsesión por lo inacabado, como estrategia
de participación, ha venido siendo otro de los rasgos más
destacados del quehacer artístico de Díaz Azorín,
que enlaza con aquella comentada «estética de la provisionalidad»:
ver las obras en continuo proceso, porque de hecho -al convertirse ellas
mismas en proyecto se resuelven en una ininterrumpida promesa, trasladada,
a su vez, de serie en serie, anunciando siempre una conclusión
que permanece indefinidamente abierta y disponible. La revancha -optimista-
del futuro sobre la azarosa continuidad del presente.
En esa frontera, donde se diluyen y difuminan los límites entre
la imagen figurativa y la opción abstracta, ha sido, reiteradamente,
la tierra de nadie donde se ha movido, con soltura, el dibujo de Díaz
Azorín. Como declaración marginal, quizás sea oportuno
confesar -por mi parte- que siempre he experimentado una particular atracción
e interés por los dibujos de los escultores. Consultar sus cuadernos
de apuntes se convierte en un ejercicio, que considero apasionante, capaz
de aportar claves fundamentales para su trayectoria artística.
Y algo parecido me ha sucedido también, siempre, con los trabajos
de Azorín, en esa potencial faceta de escultor no-nato, a la que
ya he hecho referencia.
Diríase, en ese sentido, que el dibujo se articula como un dominio
específicamente volcado a la privaticidad, como si no estuviesen
sino concebidos y realizados para el uso exclusivo de su propio autor.
Quizás por ello es en ellos donde late con mayor fuerza, resolución
y soltura tanto el instante directo de la aparición de la forma,
como la secreta pulsión de la subjetividad, no mediada ni constreñida
-aún- por la tarea de una obligada conformación tridimensional
posterior.
¿No son esos dibujos el vuelo fascinante de la mano/mente que atraviesa
el hortus conclusus de la memoria personal? Al fin y al cabo es el dibujo
el que confiesa las cosas secretas y recoge las sombras de la vida del
espíritu. Es la forma expresiva que -posiblemente, más que
ninguna otra-, por la inmediatez de la transcripción, la elementalidad
del medio y por su propio poder, puede raptar, al máximo estado
de tensión gráfica, ese remoto palpitar del gesto controlado,
que se siente técnicamente libre -frente al espacio en blanco-
al hacer deslizar la barra seca, aplicada directamente sobre el soporte
rugoso o alisado del papel, que aguarda -en silencio- la anunciada visita
de la imagen.
Ciertamente, como en un diario personal, esas crisis intermitentes, que
atraviesan y presiden las continuas metamorfosis del sujeto con la realidad,
parece que lenitivamente se aplacan, de manera casi súbita, en
el proceso del hacer, al ir reflejándose las intensas vivencias
en el conjunto de signos que gráficamente los transcriben, en el
austero predominio de la monocromía. De ahí que los dibujos
sean asimismo testigos y testimonios de ese trasfondo que encierra la
arqueología de las experiencias vividas.
Las razones de la sensibilidad pueden ser muchas, sin duda. Pero aquí
-en estas líneas, que no han podido sino contagiarse con los gestos
que habitan los dibujos de Díaz Azorín- hemos intentado
deshojar paulatinamente algunas de ellas, con la esperanza -quizás
ilusoria de trenzar una cierta barandilla para la mirada, lo más
silenciosa posible, que, si no logra ayudar, al menos, sólo distraiga
mínimamente.
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