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Culturas y civilizaciones> La época de la expansión exterior de Roma. Cartago
Textos
Para hacer frente a los itálicos sublevados contra Roma durante la Guerra Social o de los Aliados (91-89 a.C.), el cónsul Pompeyo Estrabón contó con la ayuda de un escuadrón de caballería denominado Turma Salluitana por haber sido reclutado en la localidad hispana de Salduie, sobre la que más tarde Augusto fundaría la colonia Caesaraugusta. Como premio a su valor en la toma de la ciudad de Ascoli, el cónsul les concedió -entre otras recompensas- la ciudadanía romana y registró el hecho por escrito en una tabula de bronce que, descubierta en Roma en 1908, es conocida desde entonces como Bronce de Ascoli (CIL VI 37045). Esta inscripción recoge los nombres de los jinetes hispanos, localiza su procedencia en el valle medio del Ebro y evidencia los progresos de la romanización en esta región al mencionar entre ellos a individuos cuya onomástica es ya romana, mientras que la de sus padres es todavía inequívocamente indígena. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín). Gneo Pompeyo, hijo de Sexto, imperator, según decisión del
Consejo (de oficiales en campaña) y en virtud de la ley Julia,
proclamó ciudadanos romanos a los jinetes hispanos a causa de su
valor. Estuvieron en el Consejo: Lucio Gelio, hijo de Lucio, de la tribu
Tromentina; Gneo Octavio, hijo de Quinto, (...); Marco Cecilio, hijo de
(...); Sergio Sulpicio, hijo de Cayo, de la tribu Aniense; Lucio Junio,
hijo de Lucio, de la tribu Galeria; Quinto Minucio, hijo de Marco, de la
tribu Terentina; Publio Atio, hijo de Publio, de la tribu Oufentina; Marco
Manoleio, hijo de Marco (...) ; (...) hijo de (...), (...); Marco Emilio,
hijo de Quinto, de la tribu Palatina; Gneo Cornelio, hijo de Gneo, de la
tribu Palatina; Tito Anio, hijo de Tito, de la tribu Oufentina; Marco
Aurelio, hijo de Marco, de la tribu Voltinia; Lucio Volumnio, hijo de
Lucio, de la tribu Aniense; Lucio (...), hijo de (...), de la tribu
Sucusana; Tito Pompeyo, hijo de Tito, de la tribu Cornelia; Cayo Rabirio,
hijo de Cayo, de la tribu Galeria; Décimo Ebucio, hijo de
Décimo, de la tribu Cornelia; Marco Tejedio, hijo de Marco, de la
tribu Polia; Cayo Fundilio, hijo de Cayo, de la tribu Quirina; Marco
Mayanio, hijo de Marco, de la tribu Sergia; Tito Acilio, hijo de Tito, de
la tribu Velina; Gneo Opio, hijo de Gneo, de la tribu Velina; Quinto
Petilio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Lucio Terencio, hijo de Aulo,
de la tribu Velina; Tito Terencio hijo de Aulo, de la tribu Velina; Lucio
Vetio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Cayo Fornasidio, hijo de Cayo, de
la tribu Polia; Gneo Pompeyo, hijo de Gneo, de la tribu Clustumina; Sexto
Pompeyo, hijo de Sexto, de la tribu Clustumina; Marco Hostilio, hijo de
Marco, de la tribu Velina; Lucio Ebucio, hijo de Lucio, de la tribu
Menenia; Quinto Hirtuleyo, hijo de Lucio, de la tribu Sergia; Lucio Junio,
hijo de Quinto, de la tribu Lemonia; Quinto Rosidio, hijo de Quinto, de la
tribu Quirina; Cayo Tarquicio, hijo de Lucio, de la tribu Falerna; Quinto
Marcio, hijo de Lucio, de la tribu Papiria; Lucio Opimio, hijo de Quinto,
de la tribu Horacia; Lucio Insteyo, hijo de Lucio, de la tribu Falerna;
Tito Nonio, hijo de Tito, de la tribu Velina; Lucio Nonio, hijo de Tito, de
la tribu Velina; Cayo Herio, hijo de Cayo, de la tribu Clustumina; Lucio
Pomecio, hijo de Tito, de la tribu Quirina; Marco Lucanio, hijo de Marco,
de la tribu Horacia; Lucio Sergio, hijo de Lucio, de la tribu Tromentina;
Publio Pedanio, hijo de Publio, de la tribu Emilia; Cayo Letorio, hijo de
Cayo, de la tribu Velina; Aulo Fulvio, hijo de Aulo, de la tribu
Tromentina; Quinto Ampudio, hijo de Quinto, de la tribu Emilia; Lucio
Minucio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Tiberio Veturio, hijo de
Tiberio, de la tribu Velina; Gneo Busenio, hijo de Gneo, de la tribu
Estelatina; Tito Pulieno, hijo deLucio, de la tribu Menenia; Manlio
Ebucio, hijo de Manlio, de la tribu Polia; Publio Salvieno, hijo de Lucio,
de la tribu Marcia; Lucio Otacilio, hijo de Lucio, de la tribu Pupinia. Traducción de Guillermo Fatás, en Guillermo Fatás, Miguel Beltrán, Historia de Zaragoza, 1. Salduie, ciudad ibérica, Zaragoza, 1997, p. 55.
Tras ver fracasadas sus aspiraciones al consulado en los años 66 y 64
a.C., Lucio Sergio Catilina, antiguo propretor en África, conspira contra
el Estado romano proponiendo medidas radicales que fueron apoyadas por grupos
sociales descontentos con la situación de la república, lo mismo
deudores y nobles arruinados que veteranos y gentes proscritas por Sila. Desde
una visión pesimista el texto de Salustio apunta cómo la corrupción
moral reinante en Roma representó el caldo de cultivo idóneo para
el desarrollo de los propósitos de Catilina. La ciudad de Roma, según tengo yo entendido, la fundaron y la
poseyeron al principio los troyanos, que erraban fugitivos sin sede cierta
al mando de Eneas, y junto con ellos los aborígenes, raza de hombres
agreste, sin leyes, sin jerarquía, libre y sin trabas. Una vez que
estos pueblos se juntaron dentro de las mismas murallas, con ser de
desigual origen, de diferente lengua y vivir cada cual con sus costumbres,
resulta increíble al contarlo lo fácilmente que se
fusionaron. En tan poco tiempo la multitud heterogénea y vagabunda
quedó convertida por la concordia en una sociedad organizada. Pero
una vez que su estado aumentó en ciudadanos, costumbres y
territorio, y daba la impresión de ser bastante próspera y
bastante poderosa, como acontece por lo común con las cosas
mortales, de la opulencia nació la envidia. Así que reyes y
pueblos vecinos la ponían a prueba con la guerra; pocos de sus
amigos le prestaban auxilio: pues los demás, paralizados de miedo,
se alejaban del peligro. Ahora bien, los romanos, alerta en el interior
como en campaña, actuaban rápido, se preparaban, los unos
animaban a los otros, salían al encuentro de los enemigos,
protegían con las armas libertad, patria y parentela. Más
adelante, una vez que habían rechazado el peligro con su coraje,
llevaban auxilio a aliados y amigos y se granjeaban amistades haciendo
favores más que recibiéndolos. Tenían un poder, poder
con nombre de rey, legal. Unos individuos elegidos, cuyo cuerpo debilitaban
los años, cuya inteligencia era vigorosa por su sabiduría,
deliberaban de consuno sobre el Estado; estos señores, bien por la
edad, bien por el parecido de la tarea, se llamaban padres. Más
adelante, cuando el poder real que al comienzo había existido para
garantizar la libertad y fortalecer el Estado se trocó en arrogancia
y tiranía, dando un giro al régimen, se dieron un gobierno
anual y un par de gobernantes por año. De este modo consideraban que
el espíritu humano muy poco podía insolentarse a causa de la
libertad excesiva (...) Salustio, Conjuración de Catilina, 6-14 (selección), traducción de Bartolomé Segura, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2000.
Con los Comentarios a la Guerra de las Galias, la conquista romana
de la Galia (58-52 a.C.) se convierte en objeto de una narración elaborada
precisamente por el mismo Julio César que llevó a cabo dicha empresa
en el Occidente romano para enfrentarla a los anteriores éxitos de Pompeyo
en Oriente. Se trata de una narración en la que, junto a una evidente
finalidad propagandística, se refleja un interés por los espacios
y pueblos de la Galia que se plasma en numerosos pasajes geográficos
y etnográficos. Toda la Galia está dividida en tres partes, de las cuales habitan una los belgas, otra los aquitanos y la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos éstos se diferencian entre sí por el idioma, las costumbres y las leyes. Separa a los galos de los aquitanos el río Garona; de los belgas, el Marne y el Sena. Los más fuertes entre todos éstos son los belgas, porque son los más apartados del refinamiento y de la civilización de la Provincia, porque rarísima vez llegan a ellos mercaderes con aquellas cosas que sirven para afeminar los ánimos, y porque son vecinos de los germanos, que habitan al otro lado del Rin, con los cuales están en continua guerra. Este es también el motivo de que los helvecios aventajen en valor a los demás galos, pues casi diariamente traban lucha con los germanos, ya alejándolos de sus propias fronteras, ya haciendo la guerra en las de ellos. La parte que, según hemos dicho, ocupan los galos comienza en el Ródano y confina con el Garona, con el Océano y con las fronteras de los belgas; por el lado de los secuanos y de los helvecios llega hasta el Rin, doblando luego hacia el Septentrión. Los belgas comienzan en los últimos límites de la Galia, se extienden hasta el curso inferior del Rin y están orientados al Septentrión y al Oriente. Aquitania llega desde el Garona a los Pirineos y a aquella parte del Océano que baña las costas de Hispania; está orientada a Poniente y al Norte. César, Guerra de las Galias, I 1, traducción de Valentín García Yebra e Hipólito Escolar Sobrino, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1996.
Cayo Julio César (100-44 a.C.)
fue sin duda uno de los más grandes hombres de Estado en la historia
de Roma. Cónsul por primera vez en 59, entre los años 58 y 52
conquistó las Galias y, tras derrotar a Pompeyo en 48, se convirtió
en dictador perpetuo de Roma hasta su asesinato en los idus de marzo del año
44 a manos de un grupo de conjurados, recelosos de la instauración de
un régimen personalista en Roma, encabezados por Marco Junio Bruto y
Caio Cassio Longino. En el momento en que tomaba asiento, los conjurados le rodearon so pretexto
de presentarle sus respetos, y en el acto Tilio Cimbro, que había asumido
el papel principal, se acercó más, como para hacerle una petición,
y, al rechazarle César y aplazarlo con un gesto para otra ocasión,
le cogió de la toga por ambos hombros; luego, mientras César
gritaba «¡Esto es una verdadera violencia!», uno de los
dos Cascas le hirió por la espalda, un poco más abajo de la
garganta. César le cogió el brazo, atravesándoselo con
su punzón, e intentó lanzarse fuera, pero una nueva herida le
detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes
con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga,
al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies,
para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también
cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas,
sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido
al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco
Bruto, le dijo: «¿Tú también, hijo?». Mientras
todos huían a la desbandada, quedó allí sin vida por
algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado
sobre una litera, con un brazo colgando. Según el dictamen del médico
Antistio, no se encontró entre tantas heridas ninguna mortal, salvo
la que había recibido en segundo lugar en el pecho. Los conjurados
habían proyectado arrastrar el cuerpo del muerto hasta el Tíber,
confiscar sus bienes y anular sus disposiciones, pero desistieron por miedo
al cónsul Marco Antonio y al jefe de la caballería, Lépido. Suetonio, Vidas de los Doce Césares, I. El divino Julio, I 82-85, traducción de Rosa María Agudo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1992.
Casi exactamente un año más tarde de la muerte de César, el texto nos sitúa en una reunión ante el senado celebrada a comienzos de marzo del año 43 como resultado de la cual Publio Cornelio Dolabela, gobernador de Siria y representante de Marco Antonio en Oriente, es declarado enemigo público por haber ordenado la muerte de Caio Trebonio, gobernador de Asia. En su discurso Cicerón propone entregar el mando de las operaciones contra Dolabela a Cassio, uno de los tiranicidas, y critica por encima de todo a Antonio, del cual Dolabela no es sino un instrumento. Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) nace en Arpinum, en el seno de una familia de rango ecuestre. Inicia su trayectoria política como cuestor en Sicilia en 75 y alcanza el consulado en 63, magistratura esta última desde la que reprimió la conjuración de Catilina. Partidario de Pompeyo durante la guerra civil, tras la victoria de César se retira de la política, pero tras la muerte del dictador retorna a ella con la intención de restaurar el sistema republicano tradicional y se enfrenta a Marco Antonio con la ayuda de Octavio. Sin embargo, el acuerdo entre estos dos últimos sellado con la creación del Segundo Triunvirato (año 43) le priva de dicho apoyo y muy pronto se convierte en víctima de la venganza de Antonio. Su abundante obra literaria se conserva casi íntegramente, y entre ella destacan sus discursos -Catilinarias, Filípicas- sus escritos retóricos -Sobre el orador, Bruto- y filosóficos -La República, Del supremo bien y del supremo mal- y su nutrida correspondencia -Cartas a Ático. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín). El profundo dolor, o más bien la consternación que en mí
veis, padres conscriptos, la ocasiona la cruel y miserable muerte de Caio
Trebonio, óptimo ciudadano y persona de la mayor moderación;
creo, sin embargo, que en tal suceso hay algo provechoso para la república
en lo futuro. Esta muerte nos demuestra hasta dónde puede llegar la
barbarie de los malvados que han empuñado las armas contra la patria.
Porque los dos seres más crueles y repugnantes que han nacido de raza
humana son Dolabela y Antonio, de los cuales el uno consiguió lo que
deseaba, y el otro ha descubierto lo que meditaba. Cruel fue Lucio Cinna;
perseverante en sus odios Caio Mario; vehemente Lucio Sila; sin embargo, ninguno
de ellos fue más allá de la muerte en sus acerbas venganzas;
y esta pena, aplicada a los ciudadanos, juzgábase excesivamente cruel.
Pero he aquí dos gemelos en maldades, dos bárbaros de una ferocidad
nunca vista ni oída. Recordaréis que hubo entre ambos grandísimo
odio y empeñada lucha; vedlos hoy unidos por los apretados lazos de
singular afecto y simpatía como ya lo estaban por la identidad de su
impurísima naturaleza y de su vida abominable. Luego lo que ha hecho
Dolabela con el que pudo prender es lo mismo que amenaza Antonio hacer con
muchos de nosotros. Pero Dolabela estaba lejos de nuestros cónsules
y de nuestros ejércitos; ignoraba la unión de sentimientos y
de propósitos del Senado y el pueblo romano, contaba con el apoyo de
las tropas de Antonio y pensaba, sin duda, que crímenes cometidos por
él los había realizado ya en Roma el socio en sus furores. ¿Creéis
que este último pueda tramar otra cosa, ni abrigar otros propósitos,
ni tenga otros motivos para esta guerra? Todos nosotros, los que expresamos
libremente nuestras ideas respecto a la república; los que emitimos
opiniones dignas de nosotros; los que quisimos la libertad del pueblo romano
no somos para él adversarios, sino enemigos, y medita para nosotros
mayores suplicios que para los enemigos. Considera la muerte como castigo
de la naturaleza, y que los tormentos y los suplicios lo son de la iracundia.
¿Qué especie de enemigo hemos de ver en un hombre a quien será
preciso agradecer como beneficio el sufrir la muerte sin torturas? Cicerón, Filípicas, XI 1-3, traducción de Juan Bautista Calvo, Barcelona, 1994. |
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