Pedro Bazán de Mendoza (1758-1835) nació en Cambados (Pontevedra), en el seno de una familia de la pequeña nobleza. Tras sus estudios en Santiago, recibió el grado de doctor en derecho en 1782. De espíritu liberal y progresista, fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago y de la Real Academia de Derecho de Madrid. El juramento prestado a José Bonaparte le valió gran número de cargos y honores: intendente general del ejército, jefe de policía de Santiago, caballero de la Orden Real de España, director de la Universidad de Santiago. Con todo, al término de la ocupación francesa fue exonerado de todos sus cargos y expulsado de la universidad por sus propios colegas. Se trasladó a Francia siguiendo al ejército de Napoleón y se estableció en París, donde murió. Antes de salir de España había empezado a traducir obras francesas: Ester y Británico de Racine se representaron con cierto éxito, aunque no llegaron a imprimirse; se le atribuye asimismo la traducción de la tragedia de Sauvigny Hirza ou les Illinois, con el título Religión, patria y honor triunfan del más ciego amor, que se publicó sin nombre de traductor en 1806. Durante la guerra de la Independencia publicó una Carta de un patriota español y un Discurso sobre la toma de Tarragona por las tropas francesas. Y, ya en Francia, dio sus dos traducciones más importantes, la de La Henriada de Voltaire (1816) y la del Arte poética de Boileau (1817). Redactor: Francisco Lafarga
Manuel Bretón de los Herreros (Quel, La Rioja, 1796-Madrid, 1873). Dramaturgo español, sin duda el más exitoso y prolífico de la primera mitad del siglo XIX, puesto que, entre piezas originales (comedias, piezas breves, dramas, zarzuelas), refundidas y traducidas, su producción consta de ciento setenta y siete obras teatrales. Siguiendo el ejemplo de Leandro Fernández de Moratín, su declarado maestro, ya visible en su primera pieza, A la vejez, viruelas (1817, pero estrenada en 1824), llegó a crear, con Marcela o ¿A cuál de los tres? (1831), una fórmula cómica nueva y personal, caracterizada por la observación de las costumbres burguesas de su época, la habilidad teatral y métrica, el lenguaje rico y espontáneo, el sentido de la caricatura y del humor. Entre sus piezas más valiosas hay que recordar Todo es farsa en este mundo (1835), Me voy de Madrid (1835), Muérete ¡y verás! (1837), El pelo de la dehesa (1840). Hacia los años 50 del siglo, se acercó, con menor éxito, a la alta comedia (El valor de la mujer, 1852; El duro y el millón, 1853; La niña del mostrador, 1854). También ofreció alguna contribución al drama romántico (Elena, 1834). Desempeñó varios cargos administrativos: director y bibliotecario mayor de la Biblioteca Nacional (1847), administrador de la Imprenta Nacional y director de La Gaceta de Madrid (1843-1847). Perteneció a la Real Academia Española (1837), de la que posteriormente fue secretario perpetuo. Su labor de traductor de teatro, muy amplia, se concentra entre 1823 y 1836 y cuenta con piezas cómicas y dramáticas, sobre todo de autores franceses, entre ellos E. Scribe, C. Delavigne, Marivaux, Beaumarchais, Houdar de la Motte, Molière, J. Racine, Destouches, L. Ancelot, V. Ducange, Latouche, Lefranc de Pompignan, Monvel, Desvergers, V. Hugo, A. Dumas padre, pero también italianos, entre ellos, Alfieri y Maffei. Escribió muchas composiciones poéticas, sobre todo satíricas, y desarrolló una intensa actividad periodística –reseñas de teatro, textos de teoría teatral, artículos costumbristas– en varios periódicos, entre ellos, El Correo Literario y Mercantil, La Abeja, El Universal, La Ley, La Aurora de España, El Boletín de Comercio y El Semanario Pintoresco. Redactora: Patrizia Garelli.
Mariano Antonio Collado (¿Valencia, finales del s. XVIII?-¿Barcelona, 1853?). Magistrado, escritor y traductor, fue regente de la Audiencia de Albacete hacia 1845-1846 y rector de la Universidad de Barcelona entre 1850 y 1853. Miembro activo del Ateneo de Madrid y colaborador en la prensa valenciana de la época. En el ámbito del derecho, colaboró en los primeros tomos (del I al IV, publicados entre 1848 y 1852) de la Enciclopedia Española de Derecho y Administración, o Nuevo Teatro Universal de la Legislación de España e Indias, dirigidapor Lorenzo Arrazola. Es, sobre todo, conocido como traductor de Les aventures de Télémaque de Fénelon,de las que realizó dos versiones: una, en edición bilingüe, en 1832 (Valencia) y otra ampliamente renovada y, a su parecer, mejorada en 1843 (Valencia). También realizó traducciones desde otras lenguas, como es el caso de la novela The History of Rasselas de Samuel Johnson que vertió del inglés con el título de El héroe de Abisinia (Valencia, 1831). Es asimismo autor de Honor y deber o el fiel polaco (Valencia, 1831), relación histórica del alzamiento de Varsovia de noviembre de 1830 y del movimiento de independencia de Polonia. Redactor: Juan F. García Bascuñana.
Enrique Díez-Canedo (Badajoz, 1879-México, 1944), tras haber vivido durante su infancia en distintas ciudades (Badajoz, Valencia, Vigo, Barcelona), se trasladó a Madrid, donde estudió la carrera de Derecho y se afincó profesionalmente (impartió clases de historia del arte y de francés). Su asidua asistencia a diversas tertulias madrileñas le permitió participar en la vida literaria e intelectual de principios de siglo. Colaboró como crítico en las principales revistas y periódicos culturales de la época (La Revista de Occidente, España, El Sol, Renacimiento, Revista Crítica, etc.). Gracias al prestigio que adquirió con sus colaboraciones (especialmente las de crítica teatral), pudo ayudar a jóvenes escritores –como León Felipe, Juan Ramón Jiménez o Gerardo Diego– a abrirse paso en el mundo de las letras. Como poeta, se caracterizó fundamentalmente por su estética modernista: Versos de las horas (1906), La visita del sol (1907), La sombra del ensueño (1910), Epigramas americanos (1928), El desterrado (1940). Vivió en París desde 1909 a 1911, donde trabajó como secretario del embajador de Ecuador y conoció el ambiente literario francés (colaboró con el Mercure de France y La Nouvelle Revue Française). También pasó largas estancias en América del Sur, gracias a las cuales adquirió un profundo conocimiento de la literatura hispanoamericana. Durante la Guerra Civil dirigió la revista Madrid, en la que colaboraron numerosos intelectuales antifascistas. Se exilió en México, donde trabajó como profesor en la Universidad Autónoma de México y acogió a muchos de los exiliados españoles. Por su intensa y variada actividad literaria Díez-Canedo es un ejemplo conspicuo de dinamizador cultural: gracias a su exhaustivo conocimiento del panorama literario y a su perspicacia como crítico, reconoció los nuevos valores y apostó por ellos para enriquecer las letras españolas. Siguió con la misma atención la literatura extranjera y destacó como traductor. También en esta faceta cabe subrayar su labor innovadora: con sus numerosas traducciones dio a conocer a los principales escritores contemporáneos. En diversas revistas literarias tradujo textos de los poetas más relevantes del momento (Rimbaud, Laforgue, Valéry, Maeterlinck, Verhaeren o Whitman). Publicó también diversas antologías poéticas (Del cercado ajeno, Pequeña antología de poetas portugueses, Imágenes). Entre estas destaca La poesía francesa moderna (con Fernando Fortún, de 1913, ampliada en 1945 con el título La poesía francesa del romanticismo al superrealismo), que sigue considerándose un certero balance de la renovación literaria modernista en Francia: sin disponer de la perspectiva que concede el alejamiento temporal, reconoció los grandes escritores que pasarían a la historia y anticipó las líneas que iba a seguir la nueva literatura. También tradujo en volumen a Baudelaire (Poemas en prosa), Gide (La puerta estrecha), Verlaine (La buena canción), Giraudoux (Siegfried), Whitman (Hojas de hierba), etc. Si la traducción empezó siendo para él un mero ejercicio estilístico (a modo de descanso de su creación poética propia), fue adquiriendo un mayor protagonismo en el conjunto de su actividad literaria, tanto por el número de traducciones como por sus reflexiones sobre la traducción y su lucha por mejorar las condiciones profesionales de los traductores. En cuanto a su poética de traducción, se distanció de las normas imperantes a principios de siglo y abogó por estrategias extranjerizantes que respetasen los rasgos estilísticos propios del original; una estrategia en consonancia con la función que le asignaba a la traducción como instrumento renovador de la literatura. Redactor: David Marín Hernández.
Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) fue hijo del escritor Nicolás Fernández de Moratín. Empezó trabajando de joyero, y fue premiado en 1779 y 1782 por la Real Academia en dos certámenes de poesía; pasó un año en Francia en 1787 en calidad de secretario de Cabarrús por recomendación de Jovellanos; en 1789 publicó su sátira La derrota de los pedantes; estrenó poco después dos comedias, El viejo y la niña (1790) y La comedia nueva, sátira de los éxitos teatrales de la época (1792), y el mismo año viajó otra vez a Francia, pasando rápidamente a Inglaterra por temor a la Revolución, y de allí, ya protegido por Godoy, a Italia, redactando unas Apuntaciones sueltas de Inglaterra y el Viaje de Italia, ambos publicados con sus Obras póstumas (1867-1868). A su regreso (1796), se le nombró secretario de la Interpretación de Lenguas, y director (1799) de una Junta de dirección y reforma de los teatros, cargo al que renunció. Durante aquel periodo de estabilidad y desahogo material, se representaron sus tres últimas comedias, El barón (1803), La mojigata (1804) y su obra maestra, El sí de las niñas (1806). Durante la guerra de la Independencia, libre ya de la censura inquisitorial, reeditó en 1811 la relación, publicada en 1611, del Auto de fe celebrado en Logroño en 1610, comentándola con notas satíricas y anticlericales. Nombrado bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, dio a luz una adaptación de Molière, La escuela de los maridos (1812), pero tuvo que huir a Valencia después de la victoria de Los Arapiles, llegando por fin a Barcelona, donde estrenó otra adaptación del comediógrafo francés, El médico a palos (1814). Pasó a Italia en 1817 y regresó a Barcelona en 1820, donde publicó las Obras póstumas de su padre (1821). Huyendo de una epidemia se estableció en Burdeos, donde trabajó en la edición de varias obras suyas y vivió en casa del exalcalde de corte Manuel Silvela, refugiado como él y que dirigía un colegio para españoles; vivió en medio de compatriotas, entre ellos su amigo Goya. En 1825 se publicaron en París, por Auguste Bobée, sus Obras dramáticas y líricas. Dos años después, habiéndose trasladado los Silvela a París, fue a reunirse con ellos y, dos meses escasos después del fallecimiento de Goya en Burdeos, un cáncer de estómago puso fin a su vida (1828). Dejaba manuscrito, por no haber conseguido publicarlo con Bobée, su estudio sobre los Orígenes del teatro español, que se había de incluir en la edición de 1830 por la Academia de la Historia. Redactor: René Andioc.
José García de Villalta (Sevilla 1801 (?)-1846) fue, además de escritor, periodista. De ideología liberal, emigró a Francia y a Suiza. A su regreso colaboró en la revista El Siglo (1834) de la que fue fundador, entre otros, junto con Ventura de la Vega, Antonio Ros de Olano y Espronceda quien, por cierto, le dedicó un poema: «A ti de las musas/alumno querido,/mi dulce Villalta,/mis versos te envío». Fue autor de El astrólogo de Valladolid (1839), comedia histórica en cinco actos y en verso, y de El golpe en vago: cuento de la 18ª centuria (1835), novela anticlerical. Como traductor, destacan, además de El último día de un reo de muerte de Hugo, el Macbeth de Shakespeare en 1838 y la Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón de Washington Irving en 1834. Redactor: Antonio Álvarez de la Rosa
Ignacio García Malo (Cuenca, 1760-Madrid, 1812) recibió las órdenes menores y ocupó varios puestos en Madrid (oficial de la Real Biblioteca de San Isidro y de la Secretaría de la Junta Central, secretario del obispo Antonio de Sentmenat, patriarca de las Indias), antes de trasladarse a Mallorca. Compuso varias obras originales: la más conocida es una colección de siete novelas de corte didáctico titulada Voz de la naturaleza. Memorias y anécdotas curiosas e instructivas (1787, 6 vols.), que gozó de numerosas reimpresiones, novela moral de cuyo éxito dan fe sus muchas reimpresiones. Entre sus obras dramáticas, la más interesante es la tragedia Doña María Pacheco, mujer de Padilla (1788), muy elogiada por los críticos, en la que defiende la posición gubernamental y el absolutismo, en detrimento de los valores de libertad que el pueblo veía en la viuda de Padilla. Si en Doña María Pacheco se manifiesta un García Malo netamente conservador, en algunos ensayos posteriores, como Los derechos de la sabiduría nacional contra el despotismo y la hipocresía (1810) y La política natural o Discurso sobre los verdaderos principios del gobierno (1811) se revela como el polo opuesto. Colaboró –usando en ocasiones los seudónimos de Mariano de Anaya y Gil Cano Moya– en diversas publicaciones periódicas, como la Minerva, el Mercurio de España, las Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, el Semanario Patriótico y El Espectador Sevillano, con artículos sobre filología, literatura y política. De su faceta de traductor, conviene destacar que fue el autor de la primera traducción castellana de la Ilíada (Madrid, 1788), que ha merecido críticas encontradas. Es notable también su versión –a partir de una traducción francesa– de Pamela Andrews o La virtud recompensada de S. Richardson (Madrid, 1794-1795, 8 vols.). También del francés tradujo El Plutarco de la juventud (Madrid, 1804, 7 vols.) y la Escuela de costumbres o Reflexiones morales e históricas sobre las máximas de la sabiduría del padre Blanchard (Madrid, 1786, 4 vols.). Se le atribuye la traducción de El Demofonte de Metastasio, que se publicó en Madrid en 1791 y que fue representado con el título de El inocente usurpador. Si bien no puede considerarse a García Malo propiamente un teórico de la traducción, expuso algunos criterios en los prólogos de sus versiones, en particular el relativo al uso de la prosa o del verso, que juzga aptos en función del público al que va destinada la traducción. Insiste en los problemas inherentes a la traducción de la poesía: imposibilidad de realizar una versión literal; dificultad de reflejar la invención, agudeza y energía del original; adopción de un estilo sencillo, fluido y elegante. Redactor: Eterio Pajares.
Manuel García Morente (Arjonilla, Jaén, 1886-Madrid, 1942) es uno de los mayores representantes, junto con J. Ortega y Gasset, de la renovación intelectual en la España del siglo XX. Gracias a una estancia durante los cursos 1909 a 1911, becado por la Junta para la Ampliación de Estudios, en las universidades de Berlín y de Marburg, donde asistió a las clases de Cassirer, Cohen y Nartop, se convirtió en un germanófilo aperturista. Su visión, dicho sea de paso, no se debe monopolizar en una admiración por el espíritu alemán sino que se mezclaba con una cercanía intelectual hacia Francia, donde anteriormente había estudiado. De vuelta de Alemania y con una tesis doctoral sobre la estética de Kant consiguió en 1912 la cátedra de ética en la Universidad de Madrid. Fue un importante intelectual de la llamada Edad de Plata y contribuyó sobre todo (y ciertamente por sus experiencias en universidades extranjeras) a la modernización de la enseñanza superior en España. Como traductor cuenta con una extensa lista de obras alemanas, aunque tampoco se debe olvidar su labor para difundir a los filósofos franceses en España. Tradujo, por ejemplo, a Descartes, y publicó una importante obra sobre el pensamiento de Henri Bergson. En el campo alemán destacan los Opúsculos filosóficos de Leibniz (1919), un año más tarde, La educación estética del hombre en una serie de cartas de Schiller, después La decadencia de Occidente de Spengler y un largo etcétera de textos de Simmel, Franz Brentano, Keyserling, Husserl y Worringer. De Kant tradujo la Crítica de la razón práctica en 1913, un año más tarde la Crítica del juicio, la Fundamentación de la metafísica de las costumbres en 1921 y, finalmente, la Crítica de la razón pura en 1928. Sobre este filósofo publicó varios estudios, primero su tesis doctoral La estética de Kant (1912) y, más tarde, La filosofía de Kant. Una introducción a la filosofía (1919). Redactor: Arno Gimber.
Leopoldo García Ramón (Sevilla, 1847-?). Escritor, crítico y traductor, una vez concluidos sus estudios se trasladó a París (1875), donde residió, seguramente, hasta el fin de sus días, que tuvo lugar en fecha y lugar inciertos. Conservó siempre, sin embargo, una estrecha relación con España. Parece que fue persona de considerable importancia en el mundo literario español y francés; apoyó de diversas formas a escritores como Emilia Pardo Bazán y el uruguayo Juan Montalvo, a quien acompañó incluso en su lecho de muerte. Dio varios artículos de crítica literaria en Revista Contemporánea, La España Moderna y El Correo de Ultramar. Publicó algunas novelas encuadrables en el Naturalismo: Extranjeros en París (1925), La nena (1890), Dos amores (1886), además de trabajos de carácter filosófico, en un sentido muy amplio, como Filosofía de bolsillo. El arte de vivir (1893) El magnetismo, sonambulismo y espiritismo, estudios curiosos y filosóficos (1880) y Seres humanos (estudios de mujer) (1884). Un tanto incalificable, aunque plenamente accesible, pues se ha reeditado varias veces en facsímil, hasta en 2009, es su Arte de fumar. Tabacología universal (1881). También publicó en París ediciones de autores españoles: varias obras de José Quintana, y piezas teatrales de Juan Ruiz de Alarcón y de Calderón de la Barca. Mantuvo cierta relación profesional con E. Pardo Bazán: esta redactó el prólogo de Seres humanos y varias reseñas de otras obras suyas, mientras que García Ramón hizo una reseña de Los pazos de Ulloa de Dª Emilia, así como una traducción al francés de Bucólica, y sirvió de intermediario en la negociación de la traducción de varias obras francesas por La España Moderna, de J. Lázaro Galdiano. Pese a todo ello, hoy día es un gran olvidado. Sólo su actividad traductora, publicada en su mayor parte en París, es lo que ha pervivido de toda su actividad. Además de los Cuentos de Andersen, publicó otros relatos para niños en la Biblioteca Selecta de Garnier: varios volúmenes de cuentos de la inglesa Louise Swanton Belloc, así como algunas obras más de diversos autores. Pero tradujo también novela, incluyendo una el año mismo de su llegada a la capital francesa, El expósito de Étienne Enault (1875), así como, al francés, según se ha indicado ya, Bucolique, de la Pardo Bazán (1887) y dos obras de temática científica como Galería de historia natural sacada de las obras completas de Buffon (1885) y La acústica ó los fenómenos del sonido de R. Radau (1875). Como en todo traductor, algunos trabajos son más “alimenticios” que otra cosa. Su traducción literaria más reconocida, sin embargo, es un libro de viajes de Guy de Maupassant, En el mar (Madrid, sin año). Es también destacada su versión de los Cuentos de Boccaccio (París, 1882). Redactor: Enrique Bernárdez.
E. P. Garduño es el seudónimo con el que Pedro Henríquez Ureña (Santo Domingo, 1884-Buenos Aires, 1946) publicó en la Biblioteca Nueva (1920) sus versiones de los cuatro cuentos de Huerto de granadas, la novela corta El retrato de Mr. W. H., y la tragedia en un acto Salomé, todas ellas de Oscar Wilde. Filólogo, crítico y escritor dominicano, ejerció la profesión de periodista durante su estancia en Washington y Nueva York a mediados de 1920, momento en el que empezó a utilizar el seudónimo de E. P. Garduño para firmar sus críticas de arte y literatura. Extrañamente, aparece como cotraductor junto a Julio Gómez de la Serna del cuento El fantasma de Canterville, que Alianza comenzó a editar individualmente en 1997, aun cuando este viene siendo reeditado por la Biblioteca Nueva desde 1918 bajo la única firma de Gómez de la Serna. Ha de suponerse que la doble atribución de autoría de Alianza se trata de un error, ya que en 1979 publicó una recopilación de cuentos firmada por ambos traductores bajo el título El fantasma de Canterville y otros cuentos, cuya doble autoría parece haber heredado El fantasma de Canterville editado individualmente a partir de 1997. Su labor como traductor se limita a las citadas obras de Wilde, sobre quien también escribió un estudio incluido en sus Ensayos críticos (1905). En su faceta de autor destacó también como ensayista y prosista, y contribuyó de forma notable a la difusión de las letras hispanoamericanas. Redactor: Alberto Fuertes Puerta.
Lamberto Gil. Poco se sabe de su vida, aparte de lo que él mismo indicó en el prólogo de sus versiones camonianas y de lo que Menéndez Pelayo reseñó en la Biblioteca de traductores españoles: que fue sacerdote y confesor del Real Oratorio del Caballero de Gracia en Madrid durante el primer cuarto del siglo XIX. Los prólogos a sus traducciones camonianas muestran una obvia cultura religiosa y también una formación básicamente neoclásica. Además de la traducción de las Poesías varias de Camões (Madrid, Miguel de Burgos, 1818), dio una traducción en verso del poema Los Lusíadas del mismo autor(en la misma imprenta y el mismo año de 1818), reeditada en varias ocasiones (1887, 1911, 1914 y 1921) y la versión de una obra deFénelon, la Demostración de la existencia de Dios y de sus atributos, publicada por el mismo impresor en 1819 y reeditada en México, en 1852. Redactora: Elena Losada Soler.
Gertrudis Gómez de Avellaneda (Santa María de Puerto Príncipe, 1814-Madrid, 1871). Nació en Cuba y a los veintidós años se afincó en España, aunque siempre sintió añoranza de su tierra natal, a la que solo pudo volver temporalmente. Está considerada como la poetisa más característica del Romanticismo. Cultivó todos los géneros literarios: periodismo, ensayo, lírica, teatro y novela –con materiales americanistas como la esclavitud en Sab, y el indigenismo en Guatimozín, el último emperador de Méjico–. Buscó emular en castellano la poesía francesa traduciendo tanto el contenido como la forma con muy diferentes grados de literalidad. Por ello la calificación más exacta de estos trabajos no es la de traducción, ni imitación, sino la de recreación. Tradujo e imitó a los poetas Parny, Millevoye, Lamartine y V. Hugo. Vertió asimismo varias piezas teatrales: La aventurera de Émile Augier (1853), La hija del rey René de Gustave Lemoine y Eugène Scribe (1855) y el drama Catilina de A. Dumas y Auguste Maquet (1867). También en estas obras aplicó un criterio de libertad en la traducción, modificando personajes, cambiando el lugar de la escena o ampliando los elementos sentimentales en detrimento de los históricos (en Catilina). Por todo ello, la autora no debe ser considerada exactamente traductora teatral, sino más bien adaptadora o recreadora. Redactor: Alfonso Saura.
Julio Gómez de la Serna (Madrid, 1896-Madrid, 1983). Prolífico traductor, cuya labor abarcó varias lenguas y numerosos autores literarios y ensayistas. Hermano de Ramón Gómez de la Serna, quien despertó en él su interés por las letras, estudió en Francia, Italia, Portugal e Inglaterra, donde aprendió las distintas lenguas que después le servirían en su profesión. A lo largo de toda su carrera tradujo alrededor de un centenar de obras que incluyen teatro, narrativa, ensayo e incluso biografías. Es asimismo autor de numerosos prólogos. Vertió al castellano obras de autores franceses, ingleses e italianos, como H. G. Wells, A. Conan Doyle, B. Russell, Gide, Baudelaire, Chateaubriand o Colette, y publicó las obras completas de O. Wilde, Molière, E. A. Poe y M. Proust, entre otros. Comenzó su andadura profesional en la revista Prometeo, que dirigía su hermano, y donde se publicaba la obra de autores entonces inéditos como, Wilde. En 1910 Ramón propuso la publicación de su versión de El retrato de Dorian Gray a la Biblioteca Nueva, iniciando así una relación muy fructífera para Julio. Ejerció de director literario en la editorial Oriente y más tarde, en 1929, fue cofundador de Ediciones Ulises, editorial en la que desempeñó la misma labor. Su interés por las literaturas inglesa y francesa queda patente en las primeras publicaciones de la editorial; también fue impulsor de la colección «Valores Actuales», especialmente dedicada a jóvenes promesas de la literatura. La editorial cerró en 1932 por problemas económicos, tras publicar sesenta títulos, y Julio intentó entonces hacer carrera diplomática y consular. En 1936 ya era oficial de secretaría y traductor del Colegio de Abogados de Madrid. Su hermano se exilió a Argentina al final de la Guerra Civil, pero Julio permaneció en España, a pesar de haber recibido una oferta de una universidad puertorriqueña en 1943. En el mismo decenio comenzó a traducir y editar obras para la editorial Aguilar y en 1961 recibió el Premio Nacional de Traducción Fray Luis de León. El éxito de sus traducciones es indudable, y todavía hoy se siguen publicando numerosas reediciones de sus versiones. Redactor: Alberto Fuertes Puerta.
José Goya y Muniain (Azanza, Navarra, 1756-Sevilla, 1807). Sacerdote y humanista, su profundo conocimiento de las lenguas clásicas explica su labor como traductor y bibliotecario, y su formación en leyes le valió un puesto en el Tribunal de la Rota. Perteneció a una familia muy cristiana: tres hermanas y un hermano profesaron como religiosos. Él mismo redactó un “Libro de memorias y cuentas de don Josef Goya”, por el que disponemos de algunos datos sobre su vida. Tras enseñar latín, filosofía y retórica en varios centros, fue tonsurado por el obispo de Pamplona en 1773. En Zaragoza se graduó de bachiller en Leyes en 1778, y estudió Cánones. Más tarde se trasladó a Valencia, donde trató a Gregorio Mayans y donde se graduó de doctor en Cánones. Se trasladó a Madrid, en cuya Real Academia de Sagrados Cánones, Liturgia y Disciplina eclesiástica de San Isidoro entró en enero de 1781. En la capital trabajó en la pasantía de José Ibarra y más tarde se presentó, sin éxito, a la plaza de canónigo doctoral en Burgo de Osma. Aconsejado por Juan de Santander, bibliotecario mayor de la Real Biblioteca, estudió griego (1783) en los estudios reales de San Isidro. En este mismo año visitó dos veces a Francisco de Goya y solicitó, sin éxito, ingresar en la Real Biblioteca. Por fin, en marzo de 1784 fue admitido en el último grado del escalafón, el de “últimos escribientes”. Quizás para agradar al nuevo director, Francisco Pérez Bayer, intensificó sus estudios de griego. Su obra se reduce prácticamente a varias traducciones. En 1787 tenía lista la traducción al castellano del Comentario de la guerra de las Galias, de César, que no se publicó hasta 1798. Según Menéndez Pelayo, esta traducción “continúa siendo la mejor de las castellanas, especialmente por la pureza del lenguaje, no inmune, sin embargo, de algún resabio de ranciedad afectada”. Como recompensa por este trabajo fue ascendido a oficial primero de la Real Biblioteca en 1789. En 1798 se publicaron también su Catecismo católico trilingüe y El arte poética de Aristóteles en castellano. La primera es una traducción (con el texto latino y griego) del catecismo italiano del padre Pedro Canisio, teólogo jesuita. La segunda es una nueva versión de la poética de Aristóteles, editada en griego y castellano con notas del propio Goya, cuyas versiones de las obras de César y de Aristóteles han seguido editándose con éxito durante el siglo XX. Sin embargo, fue acusado de apropiarse del trabajo de otros autores: de José Petisco en la obra de César, de Pedro Luis Blanco en la de Aristóteles, y de algún jesuita exiliado en el catecismo. Una acusación cuyo único fundamento son las insinuaciones del jesuita Manuel Luengo en su Diario de la expulsión de los jesuitas de los Dominios del Rey de España. Poco antes, en 1797, se había jubilado de bibliotecario para ingresar como auditor en la Rota española. Además, Carlos IV le concedió una canonjía en Sevilla. Parece que mantuvo buenas relaciones con Godoy, ante quien intercedió para que Navarra conservase su “constitución”, motivo por el que la Diputación y las Cortes de Navarra le mostraron su agradecimiento, aunque no consiguieron que fuese promovido a la sede episcopal de Pamplona. Poco después, y por motivos poco claros, perdió su puesto de auditor en Madrid y hubo de volver a Navarra. Al no conseguir su rehabilitación, se trasladó a Sevilla para cumplir con sus obligaciones como canónigo. Redactor: José Checa Beltrán.
Juan de Grimaldi (1796-1872), de origen francés, llegó a España en 1823 como soldado del ejército del duque de Angulema y ese mismo año se hizo con la empresa municipal de la que dependían las dos salas más importantes de Madrid, el teatro de la Cruz y el del Príncipe. Su labor como empresario, director de escena, promotor del Parnasillo y animador de la vida cultural de la Villa y Corte le convirtieron rápidamente en toda una personalidad en los círculos teatrales de la capital. Como escritor tradujo un drama de Ducange (El abate l’Epée y el asesino o La huérfana de Bruselas) y un melodrama de J. B. Charles Vial, Justin Gensoul y J. B. Marie de Milcent (Las consecuencias de un momento de error o Lord Dadvenant), compuso una pieza en colaboración con Bretón de los Herreros y Ventura de la Vega (1836 o lo que es y lo que será) y adaptó una comedia Le pied de mouton de C. Ribié y A. L. D. Martainville, estrenada en París en 1806, con el título de Todo lo vence amor o La pata de cabra. A finales de los años 30 volvió a Francia, aunque siguió atento a la vida teatral española hasta la década de los 60. Redactora: Montserrat Ribao Pereira.
Francisco Gutiérrez-Brito, Su carrera profesional abarca las facetas de periodista, escritor, traductor y político. Después de residir bastantes años en París, donde ejerció de corresponsal para varios periódicos madrileños, regresó a España a principios del siglo XX tras haber sido elegido diputado a Cortes. Su producción incluye especialmente traducciones del francés, aunque también escribió varias obras originales, y en ambos casos la temática es variada (historia, literatura y física, entre otros campos). Tradujo dos novelas de Walter Scott: Kenilworth (París, Garnier Hermanos, 1906), y Waverley o Hace sesenta años (París, Garnier Hermanos, s. a.), esta última con Isidoro López Lapuya. Redactor: José Enrique García González.
Tomás de Iriarte (Puerto de la Cruz, 1750-Madrid, 1791). Pertenecía a una familia de intelectuales y poetas y fue educado en Madrid dentro de la tradición francesa por su tío Juan de Iriarte, que fue condiscípulo de Voltaire en un colegio de París. Pronto entró en contacto con los círculos literarios de la capital y empezó a traducir obras francesas a partir de 1768. En 1770 escribió su primera obra de teatro, Hacer que hacemos, que sin embargo no llegó a estrenarse. Tras la muerte de su tío, heredó su cargo de oficial traductor de la Secretaría de Estado y accedió a la dirección del Mercurio histórico y político.
Se convirtió en el prototipo del intelectual y cortesano afrancesado de la época de Carlos III, a la vez que era conocido por las variadas polémicas literarias y extraliterarias que provocó y sostuvo; una de ellas, dirigida contra personas e instituciones eclesiásticas, le acarreó problemas con la Inquisición, que le acusó de «seguir errores de los filósofos ultrapirenaicos». Una de las causas del procesamiento fue una sátira de 1786, Metrificatio invectivalis contra studia modernorum, en la que irónicamente se pronuncia contra las ciencias físicas, naturales, matemáticas, la astronomía, etc. y alaba las disputas de escuelas, prácticas rutinarias, limitación de estudios, etc. En 1773 publicó una sátira literaria, Los literatos en cuaresma, fundamental para conocer la profesión literaria de la España dieciochesca. Es una de las figuras más características de la tertulia literaria y artística de la fonda de San Sebastián, donde entabló amistad con Moratín y Cadalso. Su traducción del Arte poética de Horacio (1777) es programática de su orientación clasicista y fue muy discutida. Gran éxito tuvo su poema didáctico La música (1779), que fue traducido al inglés, al francés, al alemán y al italiano. La fama literaria le vino a Iriarte por sus Fábulas literarias (1773), otra muestra de su interés por la educación y los asuntos didácticos. Él mismo insistía en que no eran imitaciones de las de Esopo, sino textos originales conformes a la poética neoclásica y que tenían por fin mejorar los gustos literarios de los lectores y la producción literaria de su época.
También en sus comedias al gusto francés, neoclásicas todas ellas, se refleja su preocupación por los problemas derivados de la educación de los hijos: El señorito mimado (1783) trata de un señorito irresponsable que en lugar de estudiar se dedica al juego y La señorita malcriada (1788) de la excesiva tolerancia que algunos padres conceden a sus hijas. A esta temática se ajusta perfectamente El nuevo Robinsón (1789), versión del alemán Campe. Su última obra dramática, El don de gentes (1790), no llegó a estrenarse. En Guzmán el Bueno (1791) introdujo el monólogo dramático con acompañamiento de orquesta.
De su faceta como humanista ha dejado algunas composiciones neolatinas y, fundamentalmente, traducciones de clásicos latinos, en concreto Horacio, Virgilio y Fedro. Es de destacar, además, que cuidó de la edición de la Gramática latina de su tío Juan. Gran parte de su producción puede leerse en la propia Colección de obras en verso y prosa, que él mismo preparó en 1787, aumentada y corregida posteriormente en la edición de 1805. También hay que recordar que al morir en 1791, con solo 41 años, dejó inéditas unas Lecciones instructivas sobre la Historia y la Geografía, que se publicaron en 1794 y que hasta 1878 se reimprimieron nada menos que 38 ocasiones. Redactor: Francisco Salas Salgado.
Luis Lamarca y Morata (Torrente, 1793-Valencia, 1850) era hijo del ingeniero mecánico Luis Lamarca Artola y de Antonia Morata Pellicer. En Torrente pasó los primeros años de su infancia hasta finales de 1796, en que la familia se trasladó a Valencia; allí realizó los estudios primarios y más tarde los de Humanidades. Estudió gramática latina con el maestro Maura y asistió a la academia nocturna de gramática francesa de Bouynot. Muy joven, y con motivo de la guerra de la Independencia, se alistó en un regimiento de artillería, donde permaneció siete años. Mantuvo una cordial relación con su capitán Ildefonso Díez de Ribera, conde de Almodóvar, como él liberal y más tarde preso en las cárceles de la Inquisición. El alzamiento de Riego sacó a ambos de la prisión y aclamó al conde de Almodóvar como capitán general de Valencia. Fueron años de gran agitación política motivada por las luchas entre las dos facciones en que se había escindido el liberalismo. Lamarca fue un personaje inquieto, polémico, heredero de la tradición iniciada por los preilustrados valencianos. Su gran personalidad está conformada por su faceta de autor literario, su actividad política en el bando liberal, sus vicisitudes y vivencias en el extranjero (exilado en Francia e Inglaterra), su labor como traductor, su trabajo en el ayuntamiento de Valencia y más tarde en la Diputación y en el Consejo Provincial. Durante el Trienio liberal (1820-1823) entró a trabajar en el Ayuntamiento como ayudante en la secretaría, y tuvo a su cargo la redacción de las actas de las sesiones de la corporación, así como los bandos y edictos políticos. El fin del período liberal trajo consigo el regreso al ayuntamiento de los cesados en 1820 y la subsiguiente expulsión de los empleados liberales. Lamarca fue reclutado de nuevo para la milicia sin tenerle en cuenta los siete años que había pasado como artillero en el ejército. Ante esta situación prefirió emigrar a Francia e Inglaterra. En el exilio contó con la protección de una familia valenciana, la del editor Vicente Salvá, que le ofreció trabajo en sus establecimientos de París y Londres, iniciando con ellos una considerable tarea como traductor. Sabemos que tradujo mucho tanto del inglés como del francés, que era muy amigo de los principales editores valencianos como Ferrer de Orga, Salvá, Cabrerizo, Mallén y Berard, Miguel Domingo e Ildefonso Mompié, y que, sin duda alguna, tradujo muchas novelas para ellos. Introdujo el pensamiento europeo desde las traducciones que realizó al castellano de obras, entre otros, de Víctor Hugo, Chateaubriand, Norvins, Irving, Buffon, el vizconde d'Arlincourt, Cohen, etc. Se le atribuyen la Historia de Napoleón del barón de Norvins, Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, El Buffon de los niños del conde de Buffon, El renegado o el triunfo de la fe del vizconde d'Arlincourt, Isidoro o el paje misterioso de Cohen, El lente. Novela satírico-moral de autor desconocido, etc. Como miembro de la Sociedad Literaria participó en la versión de obras de Chateaubriand y en otras muchas traducciones que se publicaron sin su firma. Al regreso del exilio mantuvo relaciones con un grupo de jóvenes intelectuales que habían creado una academia, la Academia Apolo, que se convirtió en un incipiente foco del romanticismo. Fue socio de número de la Sociedad de Amigos del País y de mérito del Liceo Valenciano. También fue un asiduo a las tertulias político-literarias que organizaba Mariano Cabrerizo en su casa de Valencia para difundir las ideas románticas a la vez que la agitación literario-política. Lamarca fue habitual colaborador de diarios y revistas. Son notables sus escritos en El Turia. Periódico de agricultura, artes, comercio, literatura y ciencias, de tendencia liberal. También lo hizo en La Verdad, continuador del Turia, y en El Diario de Valencia. A su vez colaboró en las revistas El Fénix, semanario de literatura, arte, historia y teatro y en El Liceo Valenciano. Al regresar a Valencia, sus amigos liberales le colocaron en la Diputación Provincial como oficial de la secretaría, donde llevaba la sección de censor de teatros (era un gran aficionado a la escena, llegando a representar como actor diferentes comedias), luego fue oficial mayor, secretario interino y secretario en propiedad. En 1843 se le propuso para ocupar la plaza de secretario de la recién creada Junta de Centralización de Fondos del IV distrito militar. Al constituirse el Consejo Provincial de Valencia, la principal institución para su gobierno político, Lamarca fue nombrado uno de sus cinco consejeros. Durante los años de dedicación a la Diputación, publicó numerosos trabajos sobre historia y temas eruditos. Son monografías de corta extensión, editadas todas en la imprenta de su amigo José Ferrer de Orga. En 1831 apareció la obra Valencia vindicada en el carácter de sus naturales; y en 1838 la Noticia histórica de la conquista de Valencia por el rey D. Jaime I de Aragón. Le siguió en 1839 el Ensayo de un Diccionario valenciano-castellano. En 1840 apareció El teatro en Valencia desde su origen hasta nuestros días, al que siguió su último libro, editado en 1848, Valencia antigua o sea relación de las puertas, calles y plazas que tenía dicha ciudad en los siglos más inmediatos a la conquista y las que respectivamente les corresponden en el día. Se tienen noticias de que escribió poesías, un ensayo Sobre el arte dramático. Apuntes sobre el arte de representar y una obra inédita titulada Dos tardes de paseo. Redactor: Javier Villoria Prieto.
Eugenio
Llaguno y Amírola (Menagaray, 1724-Madrid, 1799). Político
y escritor español, Se trasladó a Madrid (antes de 1744) y
residió en casa de su pariente Agustín de Montiano y Luyando;
bajo su protección entró en la Secretaría de la Cámara
de Gracia y Justicia y de la Cámara de Estado de Castilla, para llegar
a ser, sucesivamente, secretario del primer Despacho de Estado, secretario
de gobierno de la Suprema Junta de Estado, ministro consejero secretario
del Despacho Universal de Gracia y Justicia y, también, consejero
de Estado. Consagró su vida a servir a la administración borbónica,
a la causa ilustrada y al neoclasicismo. En su condición de hombre
de letras debió asistir a las tertulias de la marquesa de Sarria.
Fue amigo de Tomás Antonio Sánchez, de Nicolás Fernández
de Moratín -otro alto servidor de la casa real- y de su hijo Leandro,
e inicialmente de Juan Pablo Forner y Tomás de Iriarte. Jovellanos
le dedicó su epístola III y Juan Meléndez Valdés
se refiere a él en el Elogio de la vida campestre llamándole
Elpino. Fue miembro de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País
y de la Real Academia de la Historia, en la que ocupó el cargo de
secretario (véase Palacios Fernández 1984a), y perteneció a
la orden militar de Santiago. Se encargó de la edición de 1789
de la Poética de Luzán, y, según Cayetano A.
de la Barrera, «renovó en la Academia el pensamiento de la publicación
y reimpresión de nuestras antiguas Crónicas. Cinco de ellas,
las de don Pedro de Castilla, don Enrique II, don Juan I, don Enrique III
y don Pedro Niño, conde de Buelna, debieron su ilustración
al señor Llaguno, imprimiéndose en los años de 1779
y 1782, con curiosos o importantes apéndices» (La Barrera 1860:
229a). Con el nombre de Patricio de España, publicó, en 1765,
la traducción de la Crianza física de los niños de
Ballexerd. Redactó unas Noticias de los arquitectos y Arquitectura
de España, que legó a su amigo Juan Agustín Cean
Bermúdez para que las incorporase a su Diccionario histórico
de los profesores españoles de Bellas Artes; aunque de hecho
no se publicaron, sueltas, hasta 1829, por expreso deseo de Fernando VII.
En el ámbito teatral, publicó en 1754 su traducción
de Athalía de Jean Racine (no representada hasta 1804) y
se le atribuye la versión de La joven isleña de Chamfort,
que permanece inédita. Por otra parte, sus Apuntes para la historia
de la poesía no dejan lugar a dudas de su adscripción
neoclásica, sin que se observen grandes diferencias respecto a la
preceptiva de su maestro, Ignacio de Luzán. Redactora: Nathalie Bittoun-Debruyne
y Josep M. Sala Valldaura.
Teodoro Llorente y Olivares (Valencia, 1836-Valencia, 1911). Poeta y traductor, estudió leyes en la universidad de Valencia y demostró desde muy joven su afición a la escritura, en general, y a la poesía en particular. Durante años ejerció también como cronista de la ciudad de Valencia. Dirigió el periódico La Opinión, fundó posteriormente el diario Las Provincias, y colaboró en La Il·lustració Levantina, Arte y Letras y otras publicaciones periódicas. Su producción literaria salió a la luz tanto en revistas y periódicos, como en antologías poéticas. En su producción poética temprana se encuentran los Versos de juventud 1854-1866, de los que años más tarde renegó, aunque, en tal afirmación se adivina un punto de falsa modestia. También fue poeta en lengua catalana (Llibret de versos, 1885). Su pasión por el género poético le llevó a crear antologías varias, entre ellas el Álbum de poesías de escritores valencianos (1895). Desarrolló, por otra parte, un activísimo trabajo de traducción, que inició con la publicación de Poesías selectas de V. Hugo (1860) y de El corsario de Byron (1863, en colaboración con V. W. Querol). Aun cuando tradujo asimismo la tragedia Zaira de Voltaire (1868) y el drama Fausto de Goethe (1882), la mayor parte de sus versiones fueron de poemas y normalmente en verso. Es excepción la traducción de las Fábulas de La Fontaine, que hizo en prosa (1885). Formando volumen unitario publicó dos tomos de poemas de H. Heine, el Libro de los Cantares (1885) y Poesías (1908). Con todo, su mayor interés parece dirigirse a la edición de volúmenes colectivos de versiones poéticas. De 1875 es la primera serie de Leyendas de oro, que incluía poemas de Hugo, Lamartine, Goethe, Schiller, Uhland, Byron y Longfellow. Del año siguiente es la antología Amorosas, con textos de varios de estos poetas, más Heine y Musset. Centrada en una sola literatura es la antología de Poetas franceses del siglo XIX (1906), con poemas de cuarenta y siete autores (los mejor representados: F. Coppée, Gautier, Hugo, Lamartine, Musset y Sully-Prudhomme). Una segunda entrega de Leyendas de oro (1908) incluía una variada muestra de poetas franceses, alemanes, ingleses, italianos y catalanes. El criterio utilizado por Llorente a la hora de llevar a cabo la selección de poemas es de orden temático, aunque los poetas fuesen de la más diversa procedencia geográfica y estilística. En segundo lugar, en sus prólogos hace, por regla general, un repaso a las ideas poéticas imperantes en el periodo correspondiente, periodo escogido por él para su selección antológica. Consciente de la responsabilidad de un traductor para dar a conocer en toda su pureza la obra creativa de un autor extranjero, con frecuencia alude a la calidad del mismo y al esfuerzo con que el traductor tiene que emprender su tarea en calidad de puente entre lenguas y culturas.Redactora: Pilar Martino.
Mariano José de Larra (Madrid, 1809-Madrid, 1837). Periodista, escritor y dramaturgo, tuvo contacto con la lengua francesa desde muy temprana edad, puesto que en 1813 su padre, que se había incorporado a la sanidad militar del ejército napoleónico, siguió a los franceses en su retirada. Durante los cinco años que pasó en Francia –la familia regresó a España en 1818– cursó su enseñanza primaria en Burdeos y París. Toda su vida estuvo vinculada a Francia, la admiración por la cual le hacía ver todavía con más nostalgia y tristeza la condición intelectual de España. La publicación, en 1828, de El duende satírico, obra considerada subversiva, le valió una represalia tal que abandonó durante un tiempo la prosa de crítica social aunque volvió a ella al cabo de unos años, pudiendo afirmarse que es el género en el cual sobresalió. A partir de 1831 se dedicó al trabajo de adaptación y traducción de textos franceses. A su trabajo de traductor cabe añadir la de crítico y comentador de las obras francesas que se representaban en España. Si como crítico utilizó el seudónimo “Fígaro”, como autor o adaptador teatral utilizó el anagrama “Ramón Arriala”. Figuran en su haber un buen número de obras de Eugène Scribe (Felipe, El arte de conspirar, Partir a tiempo), Roberto Dillon, el católico de Irlanda de Victor Ducange o Don Juan de Austria o la vocación de Casimir Delavigne. Un lugar muy especial ocupa la traducción de Paroles d’un croyant de Lamennais, que tituló El dogma de los hombres libres (1836), puesto que su elección no responde a cuestiones pecuniarias, sino al paralelismo existente entre su ideario político y el del autor francés. Redactora: Lídia Anoll.
Isidoro López Lapuya. Combinó la labor de escritor con la de traductor del francés, con obras literarias, filosóficas y de contenido histórico que se publicaron en España y Francia. De Walter Scott tradujo dos novelas: Carlos el Temerario: Ana de Gaierstein [sic por Geierstein] o la Hija de la Niebla (París, Garnier Hermanos, 1909), y Waverley o Hace sesenta años (París, Garnier Hermanos, s. a.), esta última con Francisco Gutiérrez-Brito. Redactor: José Enrique García González.
Guillermo Macpherson Hemas (Gibraltar, 1824-Madrid, 1898) fue diplomático, traductor y naturalista. Perteneciente a una próspera familia de mercaderes asentados en Cádiz, Guillermo Macpherson fue el tercero de los once hijos de Donald Macpherson, inmigrante escocés, y Josefa Hemas. Pese a haber nacido y pasado los primeros años de su vida en Gibraltar, a donde su familia se había trasladado para escapar de la represión política de Fernando VII, Macpherson pasó la mayor parte de su vida en Cádiz. Allí participó en las actividades mercantiles familiares y en la intensa vida literaria de la ciudad. Sus primeros intereses se centraron en la geología y la prehistoria, y fruto de ellos lo constituyen sus primeras publicaciones, La cueva de la mujer (Cádiz, 1870-1871), en donde da cuenta de los resultados de sus excavaciones en Alhama de Granada, y Los habitantes primitivos de España (Madrid, 1876). Entró a formar parte de la Sociedad Española de Historia Natural (SEHN) en 1872, y su influencia fue determinante en la vocación de su hermano José, uno de los geólogos españoles más importantes del siglo XIX. La afición de Macpherson por la literatura fue muy temprana, como lo demuestran la fundación a los quince años de la sociedad literaria La Amistad (1839) con su amigo Eduardo Benot, con quien también publicó el periódico La Alborada en 1844. Cuando Adolfo de Castro creó la Academia de Buenas Letras Alfonso el Sabio de Cádiz en 1854, Macpherson fue uno de los promotores de la empresa. Profesionalmente, dejando de lado las diversas empresas financieras en las que participó, Macpherson fue funcionario del servicio consular británico en Cádiz y Sevilla entre los años 1865 y 1877. En 1878 fue nombrado vicecónsul en Madrid, y cónsul en 1885. Coincidiendo con el empuje que experimentó su carrera diplomática, Macpherson comenzó a publicar un importante número de traducciones shakespearianas, si bien la primera (Hamlet, príncipe de Dinamarca) ya había aparecido en Cádiz en 1873. Entre 1879 y 1882 se publicaron en Madrid siete versiones de dramas shakespearianos: una segunda versión revisada de Hamlet en 1879 y una tercera en 1882, dos ediciones de Romeo y Julieta (1880 y 1882), Macbeth (1880), Otelo (1881) y Ricardo III (1882). Posteriormente, la colaboración entre Macpherson y el editor Luis Navarro hizo posible que se publicaran un total de veintitrés traducciones de Shakespeare en la colección la «Biblioteca Clásica» (1885-1897), que incluyen las ya publicadas por el traductor más dieciséis nuevos títulos. El éxito de estas traducciones fue incuestionable, hasta el punto que llegaron a eclipsar a otras versiones rivales que aparecieron durante la misma época. Este éxito, debido tanto a la calidad de las traducciones como a la solidez de la colección, hacen de Macpherson uno de los traductores más importantes de Shakespeare en la segunda mitad del siglo XIX, y referencia obligada para evaluar el impacto de la presencia shakespeariana en España. Redactora: Laura Campillo Arnáiz.
José Marchena (Utrera, 1768-Madrid, 1821), fue comúnmente conocido como el abate Marchena por haber estudiado teología, aunque no pasó de las órdenes menores. Se le considera por sus ideas, escritos y modo de vida como un personaje controvertido y provocador, lo que le otorga para sus estudiosos un atractivo singular que llega hasta nuestros días. Calificado como afrancesado por su vinculación con el país vecino en tiempos de la Revolución y por la defensa ardiente de ideas liberales contra el régimen imperante en España, fue perseguido por el Santo Oficio y mal visto también en Francia, donde se había exiliado, valiéndole su comportamiento la prisión. Allí colaboró en L'ami du peuple y se codeó con la élite intelectual de la época, que le mostró en principio su deferencia. Exhibió asimismo buenos conocimientos en matemáticas, filosofía, economía y literatura. Cultivó con éxito la poesía, el teatro, el periodismo y la traducción literaria del francés y del latín al castellano. Regresó a España durante el gobierno de José Bonaparte, ejerció como redactor de la Gaceta y fue archivero mayor del Ministerio del Interior. Con la proclamación de las Cortes de Cádiz, en 1813, se vio obligado nuevamente a exiliarse en Francia. Se dedicó entonces a traducir a Voltaire y a Rousseau y se consagró a la historia de la literatura. Murió en Madrid, adonde había regresado un año antes tras el levantamiento de Riego y el triunfo del liberalismo. Redactor: Rafael Ruiz Álvarez.
Pedro Montengón y Paret (Alicante, 1745-Nápoles, 1824) fue miembro durante unos años de la Compañía de Jesús, que abandonó al poco tiempo de su expulsión de España (1767). Pasó la mayor parte de su vida en distintas ciudades italianas (Ferrara, Venecia, Génova). Aun cuando es conocido, sobre todo, por su novela Eusebio (1786-1788), su producción literaria fue amplia y variada. Otras novelas fueron Antenor (1788), El Rodrigo (1793) y Eudoxia, hija de Belisario (1793). Como poeta se dio a conocer con las Odas a Filópatro (1778-1779), que conocieron varias ediciones; también compuso dos extensos poemas narrativos: La conquista de México por Hernán Cortés y La pérdida de España, publicados ambos en 1820. También se le deben, entre otras obras, unas Frioleras eruditas y curiosas (1801), conjunto de ensayos sobre temas diversos. Como traductor, vertió varias tragedias de Sófocles, Séneca y V. Alfieri, unas publicadas y otras inéditas, así como el poema Fingal (1800) del supuesto Ossián (James Macpherson), a partir de la traducción italiana de Melchiorre Cesarotti. Redactor: Francisco Lafarga.
José Mor de Fuentes (Monzón, 1762-1848) fue oficial de la Armada y ejerció de ingeniero naval hasta que en 1796 abandonó la carrera militar para dedicarse al cultivo de las letras. Inició su actividad literaria con una edición de Poesías (1796), muy influenciadas por sus lecturas de los clásicos y los poetas ingleses, así como por la poesía de su admirado Juan Meléndez Valdés. La guerra de la Independencia y los acontecimientos políticos posteriores dieron lugar más tarde a una poesía épica de tintes patrióticos, y a la fundación de un periódico, El Patriota, que llegó a convertirse en portavoz de las ideas liberales próximas al espíritu renovador constitucional de Cádiz. Fue también dramaturgo (El calavera, 1800; La mujer varonil, 1800; El egoísta o el mal patriota, 1813; La fonda de París, 1836) y es autor de una de las novelas españolas originales más destacadas del momento, La Serafina (1807). De su admiración por Cervantes dejó testimonio en su Elogio de Miguel de Cervantes (1837), así como de otros escritores de su generación: para el impresor barcelonés Antonio Bergnes de las Casas editó las Obras de Leandro Fernández de Moratín (1834), el Teatro de Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1836) y las Poesías de Juan Meléndez Valdés (1838), y publicó un Elogio de D. Nicolás de Azara (1840). Hay que destacar también que José Mor cultivó un género raro aún en las letras españolas, la autobiografía (Bosquejillo de su vida y escritos, 1836).
En diferentes momentos de su vida, Mor de Fuentes se dedicó a la traducción. Fiel a su interés por los clásicos, en los inicios de su carrera publicó en la prensa algunas traducciones poéticas de Horacio y, sobre todo, el Ensayo de traducciones que comprende La Germania, El Agrícola y varios trozos de Tácito con algunos de Salustio […] y una epístola a Tácito (1798), esta última en colaboración con Diego Clemencín. La obra tiene especial interés porque en su «Discurso preliminar» Mor de Fuentes desarrolla sus ideas sobre la traducción. La mayoría de sus traducciones, sin embargo, datan de los años treinta del siglo XIX, cuando, tras una estancia en París al inicio de la década, se instaló en Barcelona, y comenzó una fructífera colaboración con Bergnes de las Casas. Tradujo entonces, entre otros textos menores, las voluminosas Historia de la Revolución de Francia de Adolphe Thiers (1836), Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano de Edward Gibbon (1842) y, sobre todo, dos de las novelas más importantes del siglo XVIII, Las cuitas de Werther (1835) de Goethe, en versión hecha directamente del alemán, y Julia o la Nueva Heloísa de Jean-Jacques Rousseau (1836-1837). Redactora: Mª Jesús García Garrosa.
Eugenio de Ochoa (1815-1872) es conocido en el panorama de la literatura española por sus propias obras de creación que comprenden distintos géneros, así como por sus labores de compilador, traductor, crítico y editor. Vasco de nacimiento, cursó sus primeros estudios en Madrid completando su formación en París donde tomó contacto con los máximos exponentes del romanticismo francés. Su predilección por la pintura se vio truncada por problemas de salud y, a su regreso a España en 1834, entró en la redacción del periódico oficial del Estado, la Gaceta de Madrid. Con unos escasos veinte años asumió la dirección de El Artista, revista literaria de corta pero trascendente existencia: el periódico tomaba como modelo la publicación francesa de ese mismo nombre (L'Artiste) de Achille Ricourt, en la cual escribía la propia George Sand. Ochoa y sus colaboradores, disconformes con el nivel cultural de sus compatriotas, perseguían crear un órgano de difusión de las nuevas ideas. Pese a su deseo de apertura este presupuesto conllevaba su contrapartida: Ochoa se había sentido molesto ante las acusaciones que en el extranjero se dirigían a su patria y pretendía desmentirlas reivindicando lo nacional. En otro sentido, la colaboración con I. Sancha, impresor de El Artista, contribuyó a fomentar su producción literaria, además de alimentar su intensa actividad traductora (entre los autores traducidos figuran Victor Hugo, Alexandre Dumas, Quinet, Walter Scott o George Sand). Dicha actividad ocupa un puesto destacado si se tiene en cuenta que desde 1836 hasta 1851 Ochoa traslado al castellano casi un volumen por año. Entre sus propias obras figuran los dramas Incertidumbre y amor o Un día de 1823; las novelas Los guerrilleros y El auto de fe, así como varios cuentos, poemas y biografías de artistas o contemporáneos ilustres. Adquirió gran prestigio como hombre de letras según confirma su ingreso entre los miembros de la Real Academia o su nombramiento de director general de Instrucción Pública. Redactora: Mª Carme Figuerola.
Ignacio de Ordejón. Casi nada se sabe de la vida de Ignacio de Ordejón excepto que era abogado y que residía por entonces en Madrid y que por lo que parece intentó completar sus ingresos con la traducción, al igual que hicieron otros muchos abogados, militares, clérigos y literatos. Siempre tradujo obras del francés. Además de Tom Jones de H. Fielding, constan como versiones suyas Victorina o la joven desconocida de Jean-Claude Gorjy (Madrid, 1798), con reimpresiones en 1804, 1812 y 1837 y, del mismo autor, La familia benéfica o Aventuras de Blanzé referidas por el mismo (Madrid, 1798). También tradujo Los cuadros de la penitencia del obispo Antoine Godeau (Madrid, 1819, 2 vols.), con reedición en 1856. Otras traducciones no llegaron a publicarse: el Tratado sobre el modo de criar sanos los niños, de J. P. Frank (1803) y el libreto de la ópera cómica El Jockei o Cazadorcito de moda de François-Benoît Hoffman, con música de Pierre Solié (1802). Redactor: Eterino Pajares Infante.
Ceferino Palencia Tubau (1882-1963) fue hijo del dramaturgo Ceferino Palencia y de la actriz María Tubau, y marido de Isabel Oyarzábal, periodista, escritora y diplomática española. Aunque estudió derecho, se dedicó por completo al arte y a la literatura, con obras pictóricas propias y artículos de crítica de arte en periódicos y revistas. Dio algunas obras originales, la adaptación para la escena del cuento de O. Wilde El fantasma de Canterville (1929) y las traducciones de El leproso de la ciudad de Aosta y Los prisioneros del Cáucaso de Xavier de Maistre (1922). Redactora: Concepción Palacios Bernal.
Emilia
Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1951) fue una
de las escritoras españolas más eminentes del siglo XIX. Escribió más
de quinientas obras utilizando variedad de géneros literarios, aunque
se conoce más como novelista. Una de sus mayores contribuciones fue
el hecho de propagar el movimiento literario del naturalismo en España,
iniciando un gran debate sobre el tema. Su postura busca paliar los idearios
extremos de Zola con el cristianismo; en este sentido en 1882 la condesa
de Pardo Bazán inició la publicación de su serie de
artículos que posteriormente reunió en La cuestión
palpitante en 1883. Se dedicó también a la traducción:
aparte de su versión de Los hermanos Zemganno de Edmond de
Goncourt, publicada en 1891, dio una traducción del volumen París,
de Auguste Vitu (1890). Antes había dado versiones de poemas de Eduardo
Pondal y de Heinrich Heine, así como la traducción de Adriana
Lecouvreur de Scribe y Legouvé y, posiblemente, de Stello de
Alfred de Vigny. Redactor: Flavia Aragón Ronsano.
Pedro Pedraza y Páez (Antequera, Málaga, 1877-¿?). Escritor español de pluma fácil y gran soltura divulgativa, prolífico en obras originales y traducciones. Tras una primera formación en el colegio San Luis Gonzaga, empezó estudios de Filosofía en Málaga para terminarlos en Italia en el seminario de Gaeta; a finales del siglo XIX estudiaba Leyes y Teología en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, y emprendía obras de historia eclesiástica de cierta envergadura, a la vez que defendía posiciones católicas en ensayos polémicos sobre temas de actualidad en la época (Fe y ciencia, Combatiendo el darwinismo, etc.). A inicios del siglo XX regresó a España, donde participó de la efervescencia cultural y editorial de las primeras décadas del siglo; su producción cambió de rumbo, decantándose por una literatura de tipo popular y de ficción, aunque sin abandonar la perspectiva histórica. Muchas de sus novelas históricas, ya a partir de Carlomagno en Al-Andalus (1901, reeditada en 2000), así como Numancia, María Antonieta, Nerón, Hernán Cortés y otras, aparecieron con el seudónimo-anagrama de Pedro de Azar y Azpe. Vinculado a varias editoriales, pero sobre todo a la catalana Sopena, desarrolló una incansable actividad paralela como traductor de varios idiomas al castellano. Estas traducciones, firmadas preferentemente con su verdadero nombre, abarcan obras narrativas de ficción como Las mil y una noches; pero la mayoría de los títulos están más en sintonía con las preferencias señaladas, como algunas novelas históricas de autores europeos tan conocidos como H. Sienkiewicz, Hugo, J. Verne o N. P. Wiseman. En cuanto a sus traducciones del italiano, idioma que conocía perfectamente, se concentraron en las primeras décadas del siglo, y sus preferencias se decantaron también en el mismo sentido. Aparte de la versión de la Vita de V. Alfieri (1921), constan otras ocho traducciones. Al lado de cuatro obras de ficción, una de Scipio Sighele (La mujer y el amor, 1921), dos de Giovanni Verga (Eros, ¿1920? y Eva: historia de una curruca, 1922), y una de Grazia Deledda (El camino del mal, ¿1922?), destacan cuatro novelas históricas, por este orden cronológico: Sixto V (Historia del siglo XVI) de Luigi Capranica (1912); Historia de Napoleón de Mario Paschetta (antes de 1918); Marco Visconti de Tommaso Grossi (1918), y Beatriz Cenci de Francesco Domenico Guerrazzi (1921). Si los nombres de Capranica y Paschetta son de segunda fila en la historia literaria (aunque importantes en la historia política), los de Grossi y Guerrazzi están, después de la primacía de Manzoni, entre los autores más representativos de ese género en la producción italiana romántica y postromántica. De la novela histórica de M. Paschetta, Pedraza publicó también (en 1918) una adaptación, ampliada en lo que se refiere a España, para la colección infantil “Biblioteca recreativa” de la editorial Sopena. Dividida en tres partes, en todas se hace figurar la doble autoría Mario Paschetta y Pedro Pedraza. Ello nos da idea de su capacidad adaptadora y de su propensión a intervenir textualmente en la obra original, en simbiosis participativa con la finalidad compartida de la divulgación. Con la abundancia de sus escritos contrasta la escasez de noticias biográficas; su nombre no está incluido en el proyecto del Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, y no se conoce la fecha de su muerte. Redactora: Cristina Barbolani.
Juan de la Pezuela y Ceballos, conde de Cheste, recorrió en su larguísima vida (1809-1906) todo el siglo XIX español, una de cuyas caras, el tradicionalismo no carlista, simboliza a la perfección. Antonio Urbina, marqués de Rozalejo, publicó en 1935 (2ª edición 1939) una biografía, prologada por Joaquín de Entrambasaguas, titulada Cheste o todo un siglo 1809-1906. El isabelino tradicionalista (Madrid, Espasa Calpe). Esta biografía es, junto un completo repertorio de temas y obsesiones franquistas, una exaltación de la figura de Cheste como contrapunto del liberalismo masón que el autor considera el error esencial del siglo XIX. Juan de la Pezuela, hijo del virrey del Perú Joaquín de la Pezuela, fue militar, participó en la primera guerra carlista en el bando isabelino y fue capitán general de Madrid, jefe del ejército en Cuba y Puerto Rico (donde fundó la Real Academia de Buenas Letras) y capitán general de Cataluña en 1867, donde sofocó la rebelión del Priorato. También fue político conservador, ministro de Marina, Comercio y Ultramar (1846), senador, académico desde 1845 y director de la Real Academia de la Lengua desde 1875. Como literato es autor de un poema épico, El cerco de Zamora, y de una comedia, Las gracias de la vejez, así como de un volumen de poesías. Como traductor es uno de los nombres canónicos de la traducción en el siglo XIX a pesar de que, incluso en su época, sus versiones fueron objeto de polémica. Tradujo grandes obras del canon occidental como La Jerusalén libertada de Torquato Tasso (Madrid, 1855), Los Lusiadas de Luiz Camões (Madrid, 1872), La Divina Comedia de Dante (Madrid, 1879) y Orlando furioso de Ludovico Ariosto (Madrid, 1883). Rredactora: Elena Losada Soler.
Ángel Pumarega. A pesar del notable papel político que jugó y de la importante tarea que desempeñó en el mundo de las letras, existe muy poca información sobre aspectos fundamentales de su vida. Ocupó un cargo en la directiva de la Federación de Juventudes Socialistas y participó, en 1920, en la fundación del PC en los orígenes de la Internacional Comunista (IC). Acudió al III congreso del Komintern celebrado en Moscú (1922), formando parte de una delegación conjunta de ambos partidos. El mismo año fundó la Unión Cultural Proletaria (UCP), cuya filosofía era fomentar las relaciones entre intelectuales y obreros, así como defender y divulgar una literatura y un arte de vanguardia “rehumanizados”. Con esta intención, se creó la revista Post-Guerra (junio 1927-septiembre 1928), que, al igual que otras de la época (El Comunista, La Guerra Social, La Antorcha, Bandera Roja), intentaba transmitir ideas marxistas-leninistas, fomentando el compromiso en el terreno de las artes. Tras una temporada en París, Pumarega regresó a España en 1925 y fue condenado a prisión en Barcelona, de la que libró mediante una carta abierta en la que negaba el dogma comunista y prometía obediencia a la dictadura de Primo de Rivera. Tras el desencanto por el fracaso de la UCP, fundó y administró a título personal Biblos, editorial independiente de izquierdas, que representaba la transición entre las editoriales del PC y las que iniciaban los jóvenes intelectuales de Post-Guerra. Biblos desapareció muy pronto quizás debido a que su intento por acercar los libros hasta sectores tradicionalmente alejados de la vida cultural fue precoz y aislado. Pumarega se involucró plenamente en el desarrollo cultural de su tiempo siendo sus aportaciones como traductor una de sus tareas más relevantes. Su hermano Manuel fue también un acreditado profesional de la traducción pero, en su caso, desde el inglés. Las obras traducidas provienen mayoritariamente del francés (Jeanne de Coulomb, Gaston Leroux, Maurice Dekobra, Jean-Jacques Rousseau, André Rouveyre, Richard Kreglinger) y del ruso (K. Aleksandrovich, L. Trotsky, M. Gorki, K. Marx, A. Leontiev, P. Tatavora, N. V. Krylenko), pero también vertió textos del inglés (John Reed) y del alemán (Ernst Toller, Lucien Laurat, Emil Ludwig). El tipo de obras traducidas comprende novelas, tratados, ensayos y, sobre todo, escritos políticos de inspiración comunista. Las editoriales que publican sus traducciones desde la primera década del siglo XX hasta 1933 fueron numerosas (Eva, J. Pueyo, Calpe, Biblos, Oriente, Cenit, Bolaños y Aguirre, Bergua, Sáez Hermanos, Fénix). Entre las traducciones de obras políticas destaca Comienzos del fascismo italiano (1923?) de Pietro Gorgolini, con un prólogo de Benito Mussolini, por ser el primer libro sobre el fascismo publicado en España y ¿Adónde va Inglaterra?: Europa y América de Trotsky (1927), por ser la primera edición española de dicha obra. Asimismo, son importantes los prólogos que incluyó en varias de sus traducciones, puesto que enriquecen la teoría marxista española de la época. En ocasiones puntuales, su trabajo como traductor lo realizó en colaboración con otros intelectuales como Fernando de los Ríos (Contrato social de Rousseau, Madrid, Calpe, 1921; traducción reimpresa en Madrid, Boreal, 1999). Su incursión en el mundo del periodismo se desarrolló en dos fases y tuvo lugar después de su aventura tipográfica y de su dedicación a la traducción. En primer lugar, tras su regreso al PC, ocupó el puesto de redactor y subeditor de Mundo Obrero; posteriormente, en 1934, trabajó para el diario gráfico Ahora redactando tanto artículos de corte social como literario. Redactora: Irene Aguilà Solana.
Fernando Nicolás de Rebolleda. No se sabe prácticamente nada la vida de Fernando Nicolás de Rebolleda, conocido de modo exclusivo por ser el autor de la versión castellana de Les aventures de Télémaque de Fénelon, publicada en Madrid en 1803. Menéndez Pelayo no lo menciona en su Biblioteca de traductores españoles, como de hecho suele ocurrir con la mayoría de traductores posteriores al siglo XVIII, por lo que podríamos deducir que Rebolleda debía de ser bastante joven cuando publicó su traducción del Telémaco, o en todo caso, era un completo desconocido antes de dicha traducción. En su brevísima «advertencia del traductor» que aparece al inicio de la primera edición de 1803 no consta ninguna referencia que nos pueda orientar sobre su biografía. Con mucha cautela, nos atreveríamos a sugerir a este respecto, analizando detalladamente el prólogo de Rebolleda a su edición bilingüe de Las aventuras de Telémaco de 1829 (Madrid, Fuentenebro), que probablemente en dicha fecha aún vivía. Redactor: Juan F. García Bascuñana.
Pascual Genaro Ródenas. Poca cosa se sabe de Pascual Genaro Ródenas. En la obra de Gaspar de Jovellanos (1811), se le cita como oficial de la secretaría del Gobierno Central (Junta Suprema Central gubernativa de España e Indias). Según la heráldica aragonesa, Ródenas fue Vocal de la Comisión de Liquidación de Deuda con Francia, en 1830, concediéndole los honores de Intendente del Ejército. Por otra parte, el portal temático «Antigua. Historia y arqueología de las civilizaciones» de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge diversos documentos que demuestran la presencia y actuación de Ródenas en las excavaciones romanas de Cártama (Málaga), entre los años 1830 y 1834. No es extraño así que en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando conste como Académico de Honor y Honorario en 1836: fue nombrado el 18 de septiembre, a propuesta de otro académico de honor, Juan Nicasio Gallego. En esta academia, se manifiesta que es «intendente de Ejército y Provincia» y se le nombra «en consideración a su instrucción, amor a las nobles artes y demás circunstancias que le adornan». Se conserva también una carta suya acusando recibo del nombramiento y dando las gracias, fechada en Madrid el 18 de octubre de 1836. Anteriormente (de noviembre de 1834 a julio de 1835) había sido presidente de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz. Como autor consta únicamente que realizara la traducción de Atala de Chateaubriand, publicada en 1803. Redactor: Marta Giné Janer.
Nicolás Salmerón y García. Hijo de Nicolás Salmerón Alonso, presidente de la I República Española, vivió en París junto con su familia en la época del exilio de su padre. Tuvo, al igual que algunos de sus hermanos, un protagonismo destacado durante la II República, siendo diputado por el Partido Radical Socialista. Es traductor de ensayos de índole social, política y filosófica, entre otros, Las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo de Rudolf Eucken (1912), La crítica del darwinismo social (1914) y El problema de la miseria y los fenómenos económicos naturales (1915) ambos de I. Novikov, o Psico-fisiología del genio y del talento (1901), Degeneración (1902) y El sentido de la historia (1911) de Max Nordau. De este mismo autor tradujo también la novela El mal del siglo (1892) y el drama El derecho de amar (1917). Se le deben asimismo las versiones del Viaje a Italia de Ch. de Brosses (1922) y de Expedición nocturna alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre (1921). Redactora: Concepción Palacios Bernal.
Pedro Simón Abril (Alcaraz, Albacete, 1540?-¿?, hacia 1598) es una de las figuras más importantes del Humanismo español. Poco se sabe de su infancia y juventud (familia, estudios). Fue docente de varias materias (gramática, filosofía, latín) en distintas localidades de Aragón (Uncastillo, Huesca, Tudela, Zaragoza), y pasó más tarde a Castilla (Medina de Rioseco y Salamanca). Es autor de numerosas publicaciones, aparecidas en Zaragoza, aunque también en Madrid y Alcalá, que pueden reunirse en cuatro grupos fundamentales. En primer lugar se hallan las obras gramaticales, destinadas a sus alumnos para que adquirieran los conocimientos necesarios tanto para comprender el latín como para escribir en él; siguiendo el método tradicional, comenzó editándolas en latín, para darlar luego en edición bilingüe o sólo en castellano, de acuerdo con el principio defendido por él de que las ciencias deben estudiarse en la lengua vulgar del alumno: Latini idiomatis docendi ac discendi methodus (1561); De lengua Latina vel de arte grammatica libri quatuor (1568), Artis Grammaticae Latinae Linguae rudimenta (1576), Los dos libros de la gramática latina escritos en lengua castellana (1583), Aphorismi siue breves sententiae de uitiis orationis barbarismo et solaecismo (1584), La gramática griega escrita en lengua castellana (1586). En segundo lugar, dio varios métodos de lectura y escritura, destinados a los niños: Tablas de leer y escribir bien (1582), Cartilla griega con correspondencia de letras latinas para aprender por sí el leer y escribir en griego fácilmente (1586), Instrucción para enseñar a los niños fácilmende el leer y el escribir (1590). En tercer lugar, conviene recordar, fruto de su reflexión como docente y humanista, las notas sobre la reforma de las enseñanzas contenidas en sus Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas y la manera de enseñarlas (1589), así como en varios prólogos que puso a otras obras suyas sobre gramática. Y finalmente, una parte notable de su producción está formada por traducciones, tanto de obras literarias como de carácter filosófico. Entre las primeras destacan, entre otras,varias ediciones de Epístolas de Cicerón (1572, 1586), las Fábulas de Esopo (1575) y las seis Comedias de Terencio (1577). En cuanto a las versiones de filosofía, conviene mencionar las de Aristóteles: Lógica (1572), República (1584) y Ética a Nicómaco (no publicada hasta 1918 por Adolfo Bonilla y Sanmartín). Redactor: José Luis Calvo Martínez.
Antonio Valladares de Sotomayor (Rianxo, A Coruña, 1737-¿Madrid, 1820?). Perteneciente a la pequeña hidalguía gallega, llegó a Madrid en 1760, donde inició su intensa actividad literaria. En 1785 accedió al cargo de administrador de la Renta de Correos de Osuna, e ingresó en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de esa localidad sevillana. Si bien es esencialmente conocido como dramaturgo, abordó otros géneros y arriesgó su capital en varias empresas periodísticas. Ya en los años 60 le tentó la prensa crítica, y llegó a publicar algunos números de El dichoso pensador, obra periódica en la que pretendía desagraviar a las mujeres de las supuestas ofensas del conocido Pensador de Clavijo y Fajardo. Su gran proyecto, sin embargo, fue el Semanario erudito (1787-1791), cuya continuidad se vio frustrada por la suspensión de los periódicos decretado por Floridablanca en 1791. Fue editor de obras de carácter geográfico, político, o religioso y durante varias etapas de su vida intentó editar obras de autores antiguos y modernos, como en su Almacén de frutos literarios inéditos de los mejores autores (1804). Prolífico dramaturgo, su producción supera el centenar de composiciones. En el teatro abordó todos los géneros populares: comedia de magia, heroica y sentimental. También escribió tragedias y un buen número de sainetes. Hizo refundiciones y compuso piezas políticas con ocasión de la Guerra de la Independencia. Con gran libertad tradujo o adaptó a varios autores franceses (Regnard, Destouches, Mme de Graffigny, Gresset, Mercier, Fenouillot de Falbaire, Laharpe, Caigniez, entre otros), así como varias piezas de Goldoni. Confiando, sin duda, en que el éxito de la novela en España en la última década del siglo XVIII aliviara su difícil situación económica, emprendió la composición de La Leandra (1797-1807), extensa novela epistolar en nueve volúmenes que quedó inconclusa. Su última obra parece ser Tertulias de invierno en Chinchón (1815-1820), miscelánea en cuatro volúmenes en la que reúne material de divulgación, obras de teatro y novelas y cuentos, tanto originales como traducidos. Redactora: María Jesús García Garrosa.
Dionisio Villanueva y Ochoa (Córdoba, 1774-Madrid, 1834) era el verdadero nombre de quien fue, en su sentido más pleno, un hombre de teatro. Después de estudiar música, retórica y poética en Sevilla y de trabajar como violinista con una compañía de cómicos, llegó a Madrid en 1793. Desde 1799 fue primer apuntador del teatro de la Cruz y más tarde también del Príncipe, oficio que no dejó hasta 1819. Para los teatros de la capital tradujo y refundió obras, y al teatro estuvo ligado también por su matrimonio con una actriz, María Ribera, y su amistad con grandes actores como Isidoro Máiquez. Su actividad como traductor teatral comprende una quincena de títulos. El primero de ellos es Misantropía y arrepentimiento (1800), drama alemán de August Kotzebue, traducido a partir una versión francesa. Le siguieron versiones de Corneille (Camila), Voltaire (Mohanmed, La sevillana), Alfieri (Virginia, Orestes), Gresset (El enredador), Saint-Cyr (El delirio o las consecuencias de un vicio), Chénier (Juan de Calás o la escuela de los jueces), Shakespeare (Romeo y Julieta, a través de la versión francesa de Ducis) y Ducis (Zeidar o la familia árabe), entre otras comedias, tragedias y óperas traducidas del francés y del italiano, además de alguna de atribución aún dudosa. Solís escribió también una decena de comedias y tragedias originales (Las literatas, La pupila, La comparsa de repente, Blanca de Borbón, Tello de Neira), pero su nombre está asociado especialmente a las refundiciones del teatro barroco. Sus veinticinco adaptaciones de Calderón, Lope, Tirso, Moreto y otros dramaturgos áureos reavivaron el gusto por el teatro clásico español desde la segunda década del siglo XIX, cuando este teatro no gozaba ya de tanto favor de público como en el XVIII, y sirvieron en cierto modo de puente hacia el desarrollo del drama romántico. Buena parte de sus obras quedaron manuscritas, tanto las originales como las traducidas o refundidas, pero se representaron con éxito y le ganaron la estima de otros dramaturgos contemporáneos y de la crítica, que apreció sus dotes como versificador y la riqueza de su lenguaje en sus traducciones y obras originales y su acierto al reinterpretar a los clásicos sabiendo al tiempo imitar su estilo y adaptar sus obras a los preceptos de la nueva estética. Redactor: Mª Jesús García Garrosa.