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Periodos

constantinopla durante la edad media


Los últimos siglos de Bizancio

José A. Marín Riveros


La muerte del Imperio Bizantino fue precedida de una larga y dolorosa enfermedad, que poco a poco fue minando política, económica y militarmente sus cimientos. Después del glorioso período de la dinastía Macedónica, y desde la segunda mitad del siglo XI, Bizancio sufre pérdidas de territorios y desmembramiento del estado, confusas luchas dinásticas, agresión de extranjeros (latinos y turcos) y una aguda crisis económica.

I. La contracción territorial

El desastre de Mantzikert, en 1071, marca el inicio de un drama que tendrá un punto álgido en 1204 -la Cuarta Cruzada- para finalizar en un fatídico epílogo en 1453, uno de esos «momentos estelares de la Humanidad», en palabras de Stefan Zweig.

Mantzikert puso en evidencia, de manera rotunda, que el aparato militar bizantino ya no estaba para grandes conquistas; en la práctica, por lo demás, el ejército estaba formado por mercenarios, de dudosa lealtad y escasa disciplina. El mismo emperador, Romano Diógenes había sido capturado por los turcos infieles, lo que le valió perder la corona y ser cegado cuando volvió a la Capital, falleciendo al poco tiempo a causa de las heridas. Al mismo tiempo, pero en el flanco occidental, el reino normando de Sicilia arrebataba a Constantinopla sus últimas posesiones en Italia, al apoderarse del estratégico puerto de Bari.

La historia del Imperio ya no volvería a ser la misma; Bizancio no sólo no pudo reconquistar todos los territorios perdidos, sino que, incluso, en las centurias siguientes tuvo que ver a su Corte Imperial instalada en el exilio, ser testigo del desmembramiento progresivo de sus dominios (por ejemplo, el Despotado de Morea o del Epiro), y presenciar, sin gran poder de intervención en el proceso, cómo sus dominios directos se reducían cada vez más en manos de los turcos, primero selyuquíes y luego otomanos, hasta que finalmente la Capital se confunde con el Imperio todo, quedando como una ínsula cristiana en medio de un océano islámico. El Imperio había ido cayendo poco a poco, igual que algunos de sus vecinos, varios de ellos otrora poderosos estados rivales. Asia Menor, zona clave desde el punto de vista estratégico y económico, ya en el siglo XIV está en poder de los turcos, quienes también avanzan ya sobre Europa conquistando la región de los estrechos; la caída de la importante ciudad de Adrianópolis, era cuestión de tiempo, y desde allí el camino quedaba abierto hacia la Europa Balcánica: Serbia y Bulgaria debieron aceptar el yugo otomano, que ya entonces se empinaba como un Imperio eurasiático.

Permítasenos ahora una pequeña digresión con el objeto de comprender mejor una noción que puede ser confusa para el público lego en la materia: ¿Es posible, cuando Bizancio ya no es más que una Capital sitiada, seguir hablando de Imperio? De hecho, el espacio geográfico no basta para definir un Imperio, aunque tendemos a asociar este concepto con enormes extensiones de territorio que obedecen a un monarca único. Aparte del aspecto geográfico, es preciso agregar una conciencia que tiene que ver con una tarea histórica y misional, lo que está siempre detrás de la pretensión universal de los imperios. Esa convicción es la que lleva y empuja a civilizar el resto del orbe para integrarlo a un orden superior. Es necesario considerar aquí, como motor y fuerza generadora, la identificación con una religión superior, con una fe que igualmente tiene pretensiones universales.

La realidad del Imperio es, además, mimética, ya que imita, aquí en la tierra, el mundo celeste, único, firme e inconmovible. De allí que al cielo se le llame, justamente, «firmamento», que contrasta con las realidades siempre cambiantes del mundo histórico. Así como existe un Dios en lo alto, y un Reino Celeste, así también debe existir un emperador que gobierna sobre un reino terrestre. De allí que la tarea histórica y misional del emperador no es sólo garantizar el bienestar material (que, de suyo, es importante), sino conducir a la humanidad que le ha sido encomendada, a la salvación eterna.

Así, pues, mientras esos imperativos estén vigentes, el Imperio existe, independientemente de su extensión geográfica. El caso bizantino, precisamente, es ejemplar al respecto: a lo largo de su milenaria historia, en el siglo VI llegó a dominar todo el Mediterráneo; más tarde, debido a invasiones de diversa índole (lombardos, ávaros, eslavos, musulmanes), su territorio se redujo notablemente, para lograr luego una cierta recuperación (en el ámbito del Mediterráneo Oriental) con la dinastía Macedónica; finalmente, en vísperas del asalto otomano, el Imperio no es más que Constantinopla, y sin embargo podemos afirmar que éste existe, porque allí están, en la Capital, el emperador y el patriarca, convencidos de su misión histórica. No importa, en verdad, si ya no es más que una cabeza sin cuerpo; lo que de verdad es relevante es que, frente a los avatares históricos, la convicción imperial sigue vigente: y es que muchas veces el Imperio pareció sucumbir y, no obstante, se vivieron luego épocas de recuperación. En definitiva, no se claudica de los ideales sino que se confía en la Providencia.

II. La crisis económica

Por otro lado, mientras Bizancio tambaleaba, en el oeste del Mediterráneo se encumbraban nuevas potencias, como Venecia, Génova o, más tarde, Aragón y Cataluña. Ya en el siglo XI, y antes de la Primera Cruzada, el Imperio (obligado por sus necesidades militares) había firmado tratados desfavorables con las potencias italianas, de modo que, poco a poco, el comercio fue pasando a manos occidentales. En el siglo XII, por ejemplo, la aduana veneciana de Constantinopla, recaudaba 300 mil libras de oro, mientras que la aduana bizantina, sólo 20 mil. «En el siglo XI se revitalizan las líneas comerciales mediterráneas, favorecidas por el impulso de ciudades como Amalfi, Palermo, Génova, Pisa, Venecia, Barcelona, Mallorca o Ragusa. (…) La capitalidad comercial se libra a Génova o Venecia, dos verdaderas repúblicas comerciales de distinto sesgo... Controlan el mercado oriental, mediatizando la Rumania, es decir, el agónico Imperio romano oriental, de modo claro tras el asalto de su capital en 1204, acentuando una tendencia suficientemente nítida ya en 1180, cuando Bizancio acogía 60.000 italianos, principales gestores de la comercialización, tanto de los productos orientales como de la elevada producción bajo control estatal destinada a la exportación».

El Imperio de Constantinopla se empobrecía, mientras sus vecinos se enriquecían. Así, pues, a la debilidad militar y a la contracción territorial, debe sumársele la crisis económica. La época en que todo el Mediterráneo transaba con la moneda bizantina, el solidus, quedaba atrás. Antaño, en el siglo VI, Cosmas Indicopleustes había señalado que todas las naciones hacen el comercio con la moneda romana, que es «signo del poder que Dios ha concedido a los romanos». En el siglo X, Liutprando, obispo de Cremona, escuchó decir a un dignatario bizantino: «Nosotros tenemos el oro, y con ese oro podemos sublevar a todos los pueblos contra ustedes, y destruirlos como a una vasija de barro, que, una vez rota, no se puede componer».

Después de ocho siglos de estabilidad monetaria -cosa ciertamente inédita en la historia-, en la segunda mitad del siglo XI se produce la primera gran devaluación de la moneda, lo que acarreó inflación y desequilibrio en la balanza fiscal. La reforma monetaria del 1080 llevó a que el hyperpyron tuviera sólo 1/3 del valor original. Llega un momento en que el Imperio, cada vez más dependiente económicamente, debe responder a sus compromisos externos en moneda «dura», esto es, en oro fino, mientras que los impuestos se perciben en moneda devaluada, lo que a la larga generó un déficit fiscal.

En buena medida, el deterioro económico tuvo que ver con el abandono de las prudentes políticas de protección del pequeño campesinado que se había aplicado en época Macedónica, cuando el Imperio alcanzó el pináculo de su poderío. Las políticas económicas entonces buscaban fomentar la producción del pequeño propietario, asegurando de paso el servicio militar y el pago de impuestos. En el siglo XI la llegada de los Comneno al poder supuso el triunfo de la aristocracia bizantina latifundista (los llamados dynatoi), frente al cual el pequeño propietario derivó en un paroiko, una suerte de vasallo. Si el sistema macedónico garantizaba producción, defensa e impuestos, el nuevo implicaba desincentiva al pequeño productor, cuyo servicio militar quedó ligado al señor, así como el pago de los impuestos, cuestión que se agrava al considerar la excoussía, esto es, la exención del pago de los tributos que a veces se concedía a los dynatoi.

Debilitada su base económica, Bizancio entró en un lento proceso de declinación, sin que hubiese ningún plan de conjunto para hacerle frente. Si los mercados internos sufrieron una contracción, los externos se vieron afectados por las frecuentes guerras.

El testimonio de algunos cronistas del siglo XIV es elocuente. Nicéforo Gregoras, dice: «La tierra ha quedado sin cultivar, la campiña está completamente desierta y, por así decirlo, en estado salvaje. Los latinos se han apoderado no sólo de toda la riqueza de los bizantinos y de casi todos los productos del mar, sino también de todos los recursos que alimentaban el tesoro imperial». Juan Cantacuceno, por su parte, señala: «Ya no hay dinero en ninguna parte. Las reservas se han agotado, las joyas imperiales han sido vendidas, los impuestos no producen nada porque el país está en la ruina».

El broche de oro habría de ser la imprudente visita de Juan V, en 1369, a Venecia, después de haber pasado por Roma para tratar cuestiones relativas a la unión de la Iglesia. El Dogo de Venecia retuvo -preso, en la práctica- al emperador por empréstitos no satisfechos. Hasta 1371, cuando su hijo Manuel acudió en su rescate con el dinero suficiente, no pudo Juan regresar a Constantinopla. La afrenta tiene dimensiones económicas y políticas, pero también, por así decir, psicológicas, por lo que significó ver al emperador comprometido en tan penosa situación. Cabe recordar que, a la muerte de Juan en 1391, la Capital era prácticamente ya una ciudad sitiada.

III. Las Cruzadas: una herida mortal

Comencemos recordando la célebre Alexíada de la princesa Ana Comnena (1083-1153/54), hija mayor del emperador Alejo I Comneno, testimonio de inigualable valor a la hora de ponderar las actitudes y sentimientos de la corte bizantina frente a la Cruzada. La princesa manifiesta claramente un sentimiento antilatino, y no deja de ser sintomático que escriba, precisamente, en una época de acercamiento a Occidente, como fue la de Manuel Comneno (1143-1180). Ana llegó a decir que la captura de la Capital por los cruzados sería cuestión de tiempo, y tenía razón. Su padre había pedido ejércitos a Occidente, pero jamás imaginó que llegarían en tal magnitud y con tales ambiciones.

No es éste el momento para detenerse en detalle en el origen y desarrollo de la Cuarta Cruzada, tema complejo y difícil de abordar que ha suscitado gran controversia entre los historiadores. Pero sí subrayar que la Cuarta Cruzada no sólo distanció a la Cristiandad Latina de la Griega, sino que además implicó un golpe mortal al corazón de Bizancio.

Después de pasar por Corfú y Scutari, en julio de 1203, los cruzados llegaron a Constantinopla. Tras un breve sitio, la ciudad capituló y los latinos pusieron en el trono a Alexis, junto a Isaac II Ángel, todo lo cual -promesas de ayuda incluidas- no pudo evitar las disputas entre griegos y latinos ni el saqueo de buena parte de la ciudad. Las rivalidades entre cruzados y bizantinos, las ambiciones venecianas, las promesas no cumplidas, las intrigas palaciegas en Constantinopla, se sumaron para dar ventaja a los cruzados que, en 1204, terminan por imponer un emperador latino en la Capital Imperial. Ese fue el equívoco destino de la IV Cruzada, que culminó con la destrucción del Imperio Griego -cuyo emperador hubo de permanecer en el exilio en Nicea hasta 1261-, sin haberse siquiera aproximado a Tierra Santa.

El cronista Villehardouin da cuenta del enorme botín capturado en el sitio y saqueo de Constantinopla: «Igual que este palacio se rindió al marqués Bonifacio de Montferrato, el de las Blaquernas se rindió a Enrique, hermano del conde Balduino de Flandes, salvando igualmente las vidas de los que estaban dentro. También allí fue encontrado un tesoro muy grande, no menor que el de Bucoleón. Cada uno llenó con sus gentes el castillo que le fue entregado e hizo custodiar el tesoro; y las otras gentes que estaban dispersas por la ciudad hicieron también gran botín; y el botín fue tan grande que nadie os podría hacer la cuenta: oro y plata, vajillas, piedras preciosas, satenes, vestidos de seda, capas de cibelina, de gris y de armiño y toda clase de objetos preciosos como nunca se encontraron en la tierra. Godofredo, mariscal de Champagne, da testimonio según la verdad y en su conciencia que, desde que el mundo fue creado, nunca se hizo tanto botín en una ciudad».

La brutalidad con que cristianos saquearon una ciudad de cristianos, según relatan los cronistas, fue un golpe del cual los bizantinos no pudieron recuperarse, y que dejó abierta una herida que sangra hasta el día de hoy. Nunca en Europa se había saqueado una ciudad tan sistemáticamente y nunca un ejército cristiano había obrado de tal manera. A los muertos y heridos, a la deshonra perpetrada contra laicos y eclesiásticos, mujeres y niños, se agregó un pillaje despiadado que no respetó ni palacios ni iglesias ni casas. Una prostituta ebria se sentó en el sitial reservado al patriarca en la iglesia de Santa Sofía, y cantaba obscenidades mientras soldados borrachos saqueaban el templo. Evidentemente, los bizantinos nunca podrían entender cómo cristianos, que habían hecho votos de peregrinar a los Santos Lugares para rescatarlos de manos de infieles, habían sido capaces de cometer tales tropelías contra hermanos de fe; la brecha entre la cristiandad oriental y occidental quedaba abierta, y esta vez era definitivo. El saqueo de 1204, como dice Frolow, parece aún más impío si se toma en cuenta que se hizo bajo el signo de la Cruz.

Entre el año 1095 y el año 1204, cuando las Cruzadas pusieron en contacto directo por primera vez a ambos mundos, las diferencias fueron poco a poco agudizándose, hasta llegar al colapso final con la instauración del Imperio Latino de Constantinopla. Para los bizantinos era prácticamente algo esperado, puesto que desde un comienzo dudaron de los fines reales de los cruzados, como bien señala tempranamente Ana Comneno. Para los occidentales, era terminar con un gravoso problema, el imperio oriental, que entrababa sus planes en el Cercano Oriente. Charles Diehl ha trazado, con la fineza que caracteriza a su pluma, el cuadro de las sociedades que se dieron cita en Constantinopla con ocasión de las Cruzadas.«En el momento -escribe- en que las bandas indisciplinadas de la Cruzada desbordaban sobre el imperio griego su flota de invasores, Constantinopla era aún una de las más admirables ciudades del universo. En sus mercados, verdadero centro del mundo civilizado, se acumulaban y se intercambiaban productos de todos los rincones de la tierra. De las manos de sus artesanos salía todo aquello que la Edad Media conoció de lujo precioso y refinado. En sus calles circulaba una multitud abigarrada y bulliciosa, en suntuosas y pintorescas vestimentas...». Los cronistas de la época no escatimaron palabras para expresar su admiración por la ciudad que Villehardouin llamó «reina de las ciudades». Era notorio el contraste, que los cronistas bizantinos hicieron notar, con los rudos caballeros occidentales, cuyas diversiones consistían en la caza y la guerra, y que poco entendían de refinamiento y protocolo. Para los bizantinos no eran sino bárbaros despreciables (keltoí, los llama Ana Comneno, esto es: celtas), que amenazaban con querer apoderarse de la Ciudad; los occidentales, por su parte, sentían su orgullo herido por el desprecio. «Así -anota Diehl- desde el primer contacto, Latinos y Griegos se miraron con desconfianza, y el antagonismo fundamental que separaba las dos civilizaciones, se hizo manifiesto en sospechas mutuas, continuas dificultades, incesantes conflictos, acusaciones recíprocas de violencia y traición».

La exacerbación de los sentimientos mutuos de hostilidad tuvo su culminación en la ya referida desviación de la Cuarta Cruzada, la que, por no contar con la bendición del Papa Inocencio III, no podría considerarse como una «guerra santa». Aún más, esta desafortunada Cruzada aparecerá sólo como una expedición de carácter militar cuyo fin es el dominio político y económico del Imperio. No es que los motivos religiosos ya no estuviesen presentes; sin embargo, se estaban disociando las dos sociedades que conviven en la Cruzada, peregrinos y milites, por cuanto estos últimos, los caballeros, ya no luchan solamente por los primeros, que sí conservan un ideal religioso, sino por intereses propios y mundanos. Éstos, que son legítimos en último término, habían sido siempre aceptados, pero considerados totalmente secundarios respecto del fin religioso; a comienzos del siglo XIII, tales intereses se habían transformado en las verdaderas motivaciones, al menos de los dirigentes de la Cruzada. Inocencio III, tristemente célebre por estos acontecimientos, en realidad condenó la acción de los cruzados, tanto en Zara como en Constantinopla, por lo cual, como ha señalado Gill, atribuir a este Papa el destino de la IV Cruzada es una injusticia para con su reputación. No obstante, es preciso señalar que el Papa, una vez consumados la toma y saqueo de Constantinopla, como apunta la historiadora argentina Sara de Mundo Lo, «alabó al Señor que milagro tan grande se había dignado operar», puesto que, entre otros motivos, no se debe olvidar que la Cruzada contemplaba la existencia de una Iglesia Católica Universal, con centro en Roma. En carta dirigida a los eclesiásticos de Constantinopla, y fechada el 13 de noviembre de 1204, Inocencio III señalaba que Dios «ha transferido el Imperio de Constantinopla del orgulloso al humilde, del desobediente al devoto, del cismático al católico, esto es, de los griegos a los latinos... la recta mano del Señor ha dado hechos de valor para exaltar la Santa Iglesia Romana, como haciendo regresar la hija a la madre, la parte al todo, y el miembro a la cabeza». Siendo justos, hay que reconocer que el Papa no podía obrar de otra manera, es decir, después de condenar a los cruzados, perdonarlos y aceptar los hechos consumados.

Como sea, la IV Cruzada aceleró irremediablemente el proceso de desintegración del Imperio Bizantino. Al mismo tiempo, dado el traumatismo causado por el comportamiento de los cruzados y la frustración griega, nació un nuevo «patriotismo bizantino», marcado por el odio antilatino y los sueños de restauración del Imperio.

IV. Luces y sombras

a. Las letras y las artes

En los siglos que marcan el fin de la civilización bizantina, hubo también momentos brillantes, que llevaron a los romanos a confiar nuevamente en la grandeza imperial.

En 1261 se recuperó la Capital, después del exilio en Nicea, época en la cual la labor de los Lascáridas fue notable, destacándose como buenos gobernantes que supieron mantener viva la idea imperial. «Revitalizaron la economía agraria y el comercio, frenando, al menos momentáneamente, la creciente presencia en el Mediterráneo oriental de las ciudades-repúblicas italianas, protegiendo los productos autóctonos, sobre todo de la industria textil. Sin duda la recuperación de Constantinopla y el paso a Europa de contingentes importantes del antiguo Imperio de Nicea fueron factores que debilitaron considerablemente la fuerza del elemento griego en el norte de Asia Menor, facilitando posteriormente la conquista de los turcos otomanos».

Es interesante, hacer mención de una obra de carácter político, del bizantino Nicéphoro Blemmydes († c. 1272), quien supo mantener en alto la noción de Imperio en medio de los avatares del exilio en Nicea, llamando la atención acerca del ser y deber ser de la dignidad imperial, testimonio elocuente de la vigencia de los ideales bizantinos aun en los momentos más dramáticos de su existencia. Nicéphoro Blemmydes fue un cristiano, filósofo y poeta de una personalidad fuerte y polémica. Su tratado político es el Andrias Basilikon, obra en la cual se preocupa de las virtudes del emperador y el fin del Imperio. También fue un hombre de acción en materia política.

En el Tratado de Blemmydes, dirigido al emperador Theodoro II, y que consta de 14 capítulos, se nos presenta una colección de lugares comunes y principios moralizantes, que ubican a su autor en la larga tradición política bizantina. Bizancio no produjo una teoría política muy original, sino que, preservando la herencia griega, helénica y helenística, desarrolló y expandió su propia teoría política sobre lo que el emperador es y debe ser. En esta tradición, en esta labor de recapitulación y restauración del saber antiguo, la obra de Blemmydes hay que situarla dentro de los «espejos de los príncipes», escritos de elogio y consejo.

Grosso modo, los argumentos que desarrolla Blemmydes en su Andrias Basilikon son los que siguen. Se define al rey como «cabeza y cerebro del cuerpo político». El rey debe preocuparse del bien común y, como no tiene nada propio, debe velar por la seguridad y la propiedad de sus súbditos. Se preocupa de la inteligencia del emperador: «Grandes pensamientos -dice- son adecuados para aquellos que son grandes, altos pensamientos son los más propios de los pensamientos para aquellos que son altos». El rey debe ser virtuoso y de conducta ejemplar: «¿Cómo puede ser el rey llamado justamente base y fundación (de su pueblo) -se pregunta- si cae en deseos irracionales y es víctima de desordenadas e indecorosas pasiones?»; éste debe guiarse, primero, por la razón, pero debe ser capaz de actuar resueltamente si es necesario. Continúa luego enumerando las virtudes del monarca: temperancia y cordura, clemencia, debe preservarse de la avaricia y la vanagloria, debe guiarse por la verdad, y preocuparse del cuidado de toda la administración. Es fundamental, pues, y el caso de Blemmydes es ejemplar, que en momentos tan aciagos, haya habido voces autorizadas capaces de recordar al emperador su tarea histórica.

En fin, la inesperada recuperación de la Capital fue vista, casi, como un milagro. Constantinopla seguía confiando en la defensa sobrenatural de su Imperio, como se aprecia, por una parte, en la acuñación de monedas en 1261 (en las que, sobre el fondo de la ciudad amurallada, se representa a la Virgen en actitud orante) o, por otra, en la magnífica déesis de Santa Sofía, que dan cuenta de este singular momento en el cual se mezcla la tragedia con el drama, en medio de la alegría.

Finalmente, en los siglos XIII y XIV se vuelven a estudiar los autores clásicos y cristianos con renovado vigor, tal vez debido a que se tuvo conciencia del desastre que se aproximaba, de modo que se buscaba intensamente, frente a los tiempos adversos, un consuelo en aquel pasado esplendoroso, buscando allí las respuestas para las dramáticas interrogantes del momento. Sabios bizantinos de renombre, como Crisolaras o Gemistus Plethon, emigraron a Italia impulsando allí los estudios clásicos, primeros pasos del Renacimiento Occidental de los siglos XIV, XV y XVI, mientras que otros sabios griegos fueron acogidos en diversas cortes occidentales.

De esta época data también uno de los monumentos artísticos más impresionantes de Bizancio: la iglesia de San Salvador in Chora, verdadero relicario donde se guardaba el icono milagroso de la Panagia Hodigitria, atribuido al apóstol san Lucas. Los mosaicos y pinturas de esta iglesia constituyen uno de los más egregios testimonios del arte bizantino, por la solidez conceptual de su programa iconográfico, su fino acabado artístico y la exposición clara de las tendencias clásicas del llamado «Renacimiento Paleólogo»; es uno de los más logrados y famosos monumentos de Constantinopla, y una de las galerías de arte más interesantes del mundo.

b. Belisario y el desastre

Hacia 1395 debió redactarse un poema singular, que ha llegado hasta nosotros en una versión realizada hacia el año 1450, y que nos pone en contacto con deseos y aspiraciones de la sociedad bizantina de la época. En esta obra literaria su autor anónimo, frente a la adversa realidad que le toca vivir, vuelve sus ojos hacia un pasado especialmente glorioso, cuando Constantinopla era el centro del mundo mediterráneo, y éste, un lago dominado por la thalassocracia bizantina. Es la época del gran Justiniano, destacado emperador que no sólo emprendió la Reconquista, sino que reconstruyó la Capital y dejó como legado una obra legislativa de inestimable valor. Pero el poema no está dedicado a Justiniano, sino a Belisario, su general, cuya figura histórica entró en la leyenda, desdibujándose y redibujándose, fundiéndose con otros personajes y tradiciones legendarias. En definitiva, en este escrito nos encontramos con un personaje que se ha salido de la historia, pero que tiene algo que decirle a esa misma historia.

El poema celebra, evidentemente, la figura del general, pero desde los primeros versos anuncia su sino trágico:

«¡Oh, paradoja increíble! ¡Oh, enorme desgracia,
inconsolable tristeza, y dolor y amargura!
En tiempos de los romanos, en los días felices
del emperador Justiniano, el gran rey,
vino a instalarse entre ellos una envidia peor que la muerte
-la envidia, que prendiendo en todos desde el principio,
no abandona ni a emperadores ni a príncipes, ni a pobres ni a ricos:
ciudades y castillos han arruinado las habladurías de la gente-,
y por esa envidia desaforada hubo quienes perdieron la vida».

A juicio del poeta, en la envidia la que está corroyendo al Imperio; es ella la que, mediante el engaño y la maledicencia, lleva a que hombres viles sean capaces de abatir a los virtuosos. Ese es justamente el drama de Belisario, a quien llegan a indisponer delante del emperador que le manda a encarcelar, después de haber dado tanta gloria a su corona.

Sin embargo, enfrentado después el Imperio a una armada enemiga, el pueblo de Constantinopla pide a su héroe y, liberado Belisario de su injusto cautiverio, logra vencer al enemigo. La trama es más imaginaria que real, pero el mensaje del poeta en relación a las tensiones de su propio mundo, es claro: a pesar de las intrigas palaciegas, urdidas por la envidia de algunos nobles, el pueblo bizantino confía en un caudillo popular.

No obstante, la tragedia persigue a Belisario, como al Imperio en el siglo XV. Su brillante triunfo no hace sino aumentar la envidia y los nobles calumnian al general, hasta que Justiniano lo manda cegar.

Al final del poema, después de narrar una victoria de Alexios, hijo de Belisario que actuó siguiendo los consejos de su padre, se nos dice que, cuando Justiniano recibe unos embajadores, aparece el antaño gran general, ahora como un menesteroso, casi como una imagen del Imperio en sus últimos años.

«El emperador, recibiéndoles con gran agasajo,
solicitó a los embajadores que se sentaran en unos valiosos asientos.
Mas he aquí que los nobles señores comenzaron a preguntarse entre sí:
¿Quién de éstos es Belisario, ese señalado varón
que ha sometido ciudades y fortalezas, la gloria de los romanos?
Sabemos de oídas que es muy leal al Imperio.
En ese momento, Belisario se acercó hasta el centro de la sala;
en una mano llevaba la escudilla de las limosnas,
y en la otra mano portaba un bastón.
Se paseaba entre aquellos nobles señores,
ante el emperador y ante los embajadores,
pronunciando entre lágrimas palabras que inflamaban el corazón:
Poned a Belisario un óbolo en su escudilla,
a quien el tiempo encumbró y la envidia ha cegado.
Los nobles señores miraban, contemplaban y observaban
al gran Belisario, presos de una increíble extrañeza;
se estremecían los príncipes, temblaban, no alcanzaban a comprender
cómo de una forma tan inicua le habían destruido y cegado.
Belisario lo había hecho de cara al emperador,
para que probara ante aquella insigne embajada
censura y baldón, deshonra y reproche.
Así pues, comenzó a pasearse de nuevo escudilla en mano,
y, entre lamentos y suspiros, les iba diciendo a los nobles señores:
Poned a Belisario un óbolo en su escudilla,
a quien el tiempo encumbró y la envidia ha cegado.
Los capitostes, al oír sus palabras, lloraron y se entristecieron,
censuraron e hicieron reproches al magnífico emperador».

Y concluye el drama así el poeta:

«De incuria adolecen los romanos, de envidia mucha y grande,
en cambio, sierva de un solo amo y muy esforzada es la estirpe de los agarenos,
rinden culto a un solo Dios, y tiemblan ante un solo dueño,
y profesan hacia su caudillo una inclinación y una lealtad admirable.
Nunca tal lealtad entre los romanos, nunca un solo señor,
pues nunca podrán ver a los hombres honestos recuperando su honra».

La tragedia de Bizancio en el siglo XV está, por un lado, en las divisiones internas que han debilitado al Imperio, y por otro, en necesitar a hombres de la talla de Belisario, sin contar ya con ellos.

El 29 de mayo de 1453 se cerraba un capítulo de la Historia. Después de ser sometidas las murallas de la ciudad a un incesante cañoneo que duró un largo mes, ella cedió ante el enemigo. Constantino Paleólogo, último emperador y héroe nacional griego, antes de morir había arengado así a sus tropas:

«(Los turcos) se apoyan en las armas, la caballería, la infantería y el número, mientras nosotros nos entregamos al Señor, Dios y salvador nuestro, y después a nuestras manos y nuestras fuerzas con que nos ha gratificado el poder divino. Os ruego y suplico hagáis honor y obediencia debida a vuestros jefes, cada uno según su categoría, grado y servicio. Sabed bien que, si observáis sinceramente cuanto os he dicho, yo espero, con ayuda de Dios, evitar el justo castigo que Dios nos envía».

Pero ya nada pudo evitar que el sultán Mehmet II entrara a la Capital y, en Santa Sofía, gloria de la ortodoxia, diera gracias a Alá por la victoria.


 
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