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La época de Isabel I

Biografía

Si la reina Isabel I de Castilla ocupa un lugar de primer plano en los anales, es por el protagonismo que le tocó ejercer en la formación de la doble monarquía castellano-aragonesa y del Estado moderno, conformando un modelo político que recogerán y ampliarán los Austrias y que se mantendrá por lo menos hasta la extinción de aquella dinastía, a finales del siglo XVII. El primer paso lo constituyó la marcha al poder. No fue fácil. Isabel actuó con determinación y astucia para convertirse en princesa de Asturias, heredera y luego reina «propietaria» de Castilla. Para ello tuvo que humillar a su sobrina Juana, a esa que ha pasado a la Historia como la Beltraneja. En Guisando (1468), Enrique IV no declara que su hija es ilegítima; sencillamente la excluye de la línea sucesoria por miedo a un sector de la aristocracia; en último término, Isabel debió la corona de Castilla, no a sus derechos, sino a la fuerza de los que la apoyaban; ella le quitó pues el trono a la verdadera heredera, aunque luego, con el tiempo, después de su victoria en la guerra de sucesión, gobernó de tal manera que logró legitimar a posteriori su reinado, lo mismo que hiciera su nieto, Carlos I, que realizó un golpe de Estado para reinar junto con su madre -a la que siempre se consideró como reina legítima de Castilla- y que, tras una guerra civil, acabó siendo aceptado y legitimado. En ambos casos, si no salieran bien las cosas, los protagonistas hubieran sido acusados de haber usurpado el poder e incluso se les hubiera podido destronar.

El segundo paso lo da Isabel en 1469, ya admitida como princesa de Asturias, al decidir casarse con Don Fernando, heredero de la corona de Aragón. Lo hace con suma cautela y muchas precauciones. El acuerdo de Cervera reservaba a la sola Isabel la condición de heredera de la corona de Castilla. En Segovia, muerto Enrique IV (1474), Isabel se proclama «reina y propietaria» de Castilla; Fernando queda reducido a la humillante situación de rey consorte, y eso que él se consideraba, por línea de varón, como el más directo sucesor de Enrique IV. Hace falta mucha diplomacia para llegar a la sentencia arbitral de Segovia (enero de 1475) en la que se vuelven a reiterar los derechos de Isabel pero se conceden a Fernando amplios poderes que lo equiparan de hecho con su esposa. Pero aun así no se pierde de vista la meta: la unión definitiva de las dos coronas de Castilla y Aragón. Al redactar su primer testamento, en mayo de 1475, en vísperas de la guerra con Portugal, Fernando instituye a la Infanta Isabel, entonces hija única del matrimonio, como su heredera, incluso para Aragón, donde convendría suprimir la cláusula que excluye a las mujeres de la sucesión al trono. Toma estas disposiciones «por el gran provecho que de los dichos reinos resulta y se sigue de ser así unidos con estos de Castilla y León, que sea un príncipe rey y señor y gobernador de todos ellos».

La unión dinástica logró transformar la variedad de reinos de la España medieval en un cuerpo político con una sola dirección, una sola diplomacia, un solo ejército. Este cuerpo reunía pueblos con lenguas, tradiciones históricas, costumbres e incluso instituciones distintas; cada uno conservaba su autonomía administrativa y se regía conforme a sus propios fueros o leyes; todos ellos estaban unidos por la persona del monarca soberano y los extranjeros no se engañaron: llamaron España a la unión de Castilla y Aragón y reyes de España a sus soberanos a pesar de la titulatura que siempre tuvieron escrúpulo en abandonar. Los Reyes Católicos no crean una España unificada, pero la doble monarquía no es tampoco una simple unión personal. En la Edad Media ya se podía hablar de España como de una realidad geohistórica. Con los Reyes Católicos, España se convierte en ámbito político y toma una forma original que conservará por lo menos hasta principios del siglo XVIII. En la doble monarquía, la preponderancia de Castilla se explica por una economía en pleno desarrollo y por la extensión territorial - un territorio en expansión, ha escrito Pierre Vilar, se une con otro que languidece -, lo cual permite entender mejor el predominio de lo castellano en todos los ámbitos.

La decisión de Don Fernando de volverse a casar después de la muerte de Isabel parece en contradicción con aquella voluntad de realizar la fusión de ambas coronas; de haber sobrevivido, el hijo que nace en 1509 de la unión de Fernando el Católico con Germana de Foix hubiera puesto en peligro este objetivo. La situación se explica por los recelos que le inspiran a Don Fernando los acontecimientos de Castilla después de la muerte de Isabel: Felipe el Hermoso pretende reinar en nombre de su esposa, Juana la Loca, y encuentra partidarios en Castilla; a Fernando lo echan del reino que había gobernado durante treinta años. La desaparición de Felipe le permite tomar otra vez las riendas del poder, pero no le hace ninguna gracia la perspectiva de tener como sucesor a su nieto Carlos de Gante, educado en Flandes, rodeado de una corte de extranjeros y de castellanos que aspiraban a restituir a la nobleza la influencia política que había tenido antes de 1474. Estas inquietudes permiten entender, primero el matrimonio con Germana de Foix, luego el testamento, pronto anulado, en el que, después de su muerte, dejaba la gobernación de los reinos de Castilla y Aragón, no a su nieto primogénito, Don Carlos, sino a su otro nieto, el Infante Don Fernando, que vivía y se educaba en España. Más que a sentimientos anticastellanos, hay que achacar estos proyectos y estas vacilaciones al temor de ver la obra de todo un reinado arruinada por la llegada de una dinastía extranjera y en esto también se mostró fiel Don Fernando a las grandes orientaciones definidas en estrecha conformidad don Doña Isabel, ya que si Don Fernando aceptó finalmente las cláusulas matrimoniales de 1469 y la proclamación de Segovia de 1474 que reservaban a la sola Isabel el título de reina y propietaria de Castilla era precisamente para evitar que las vicisitudes de una sucesión futura hicieran recaer un día la corona en cabeza extranjera, al casarse la heredera del reino con un príncipe de otra nación.

La monarquía que nace en 1474-1479 es autoritaria, más que absolutista. No es absolutista porque respeta ciertos principios generales, al menos en teoría, concretamente el gobierno con asesoramiento de una serie de consejos especializados en diversas materias. Pero es autoritaria en el sentido que no tolera más autoridad que la del soberano. La historia política de Castilla en los dos primeros tercios del siglo XV había sido marcada por las banderías y las luchas de grupos nobiliarios que procuraban acrecentar sus feudos y privilegios a expensas del patrimonio real y de esta forma controlar el reino. La preocupación constante de los Reyes Católicos fue acabar con aquella situación. Algunos nobles apoyaron en un principio las ambiciones al trono de la todavía princesa Isabel contra los derechos de Juana, despectivamente llamada la Beltraneja, porque esperaban de esta forma disponer de mayor influencia cuando Isabel se convirtiera en soberana. El acierto de los Reyes Católicos fue servirse de estos cálculos interesados para llegar más fácilmente al poder, pero sin prometer nada a nadie y, sobre todo, con la intención de no consentir ninguna merma de su autoridad, una vez instalados en el poder. La lección fue recogida por los primeros Austrias. El emperador Carlos V lo declara explícitamente en 1543 en las instrucciones secretas que deja a su hijo, el príncipe Felipe, al encomendarle la gobernación del reino durante su ausencia: «en el gobierno del reino no debe entrar ningún Grande». Felipe II no se olvidó de la lección, como no dejaron de observarlo aquellos observadores perspicaces que fueron los embajadores de Venecia: «Su Majestad - escriben - desconfía de los Grandes; no se sirve de ellos porque no quiere darles autoridad o influencia excesiva». Letrados e hidalgos, es decir, gentes de las clases medias, forman pues el aparato burocrático del Estado moderno y la presencia de obispos en los altos puestos, tradición inaugurada también por los Reyes Católicos -pensemos en fray Hernando de Talavera, en el cardenal Mendoza, en el cardenal Cisneros...-, acaba configurando la fisonomía política de la España de los siglos XVI y XVII. El Estado moderno inaugurado por los Reyes Católicos presenta así características que van a perdurar durante toda la época de los Austrias, hasta los últimos años del siglo XVII: la supremacía de la corona, como fuente del poder, una corona que asume la dirección del Estado, pero que respeta aparentemente los varios territorios de que se compone la monarquía sin obligarles a someterse a una norma unificadora; una corona que puede delegar en señores laicos o eclesiásticos o en los municipios de realengo prerrogativas importantes pero que conserva siempre el control general de la política del reino por medio de los consejos y de las audiencias y chancillerías; una corona, por fin, que evita confiar a las grandes familias nobiliarias responsabilidades importantes en los asuntos de gobierno y que prefiere apoyarse en las clases medias: letrados, hidalgos, clero.

¿Es legítimo estudiar separadamente a Isabel y Fernando? Al examinar el reinado desde un punto de vista más amplio, resultaría sumamente difícil señalar lo que corresponde a cada uno de los dos soberanos. Solo se pueden apuntar algunas direcciones, no siempre rigurosamente documentadas. Como es natural, Don Fernando dirige las operaciones bélicas durante la guerra de sucesión y la de Granada, pero Doña Isabel casi siempre estuvo presente en la retaguardia en las principales batallas y encuentros. En todo lo demás, tratándose de los grandes acontecimientos como son el establecimiento de la Inquisición, la expulsión de los judíos, las negociaciones con Colón, la política indiana, la diplomacia, la instauración de un orden nuevo y una monarquía autoritaria..., es casi imposible determinar la parte de iniciativa que le cupo a cada uno de los reyes y esto se debe a una intención deliberada. Tanto Isabel como Fernando habían meditado lo que había ocurrido en los reinados anteriores, cuando el poder real se veía sometido a las presiones de partidos y facciones opuestas en detrimento del bien común y de la corona. De ahí su determinación de actuar siempre de común acuerdo sin permitir que nadie pudiese dividirlos. Después de la subida al trono, esta determinación se hizo aún más fuerte hasta llegar a la consigna dada a los cronistas de no separar nunca al uno del otro. Hernando del Pulgar caracteriza la monarquía de los Reyes como «una voluntad que moraba en dos cuerpos». Por eso, en las monedas, los libros, los edificios públicos..., siempre andan grabadas juntas las iniciales de sus nombres y el yugo y el haz de flechas, sus empresas respectivas.

Las normas de gobierno inauguradas por los Reyes Católicos parecen inspiradas por un principio básico, que no está nunca explícitamente formulado, pero que opera en todos los sectores: la política es cosa reservada exclusivamente a la corona; por consiguiente, los problemas propiamente políticos quedan reducidos a sus aspectos técnicos que deben resolver los Consejos. Este sería el verdadero alcance de la reforma del Consejo Real realizada en 1480, con la exclusión práctica de los Grandes y la preponderancia de los letrados; el Consejo no es un órgano deliberativo en el que se elabora la política de la monarquía, sino un aparato burocrático en el que los especialistas del derecho y de la administración examinan las consecuencias técnicas de las medidas decididas por el poder real. En todos los sectores del Estado parece notarse semejante tendencia a la despolitización: en los Consejos, pero también en las Cortes y en los municipios dirigidos por un cuerpo fijo de regidores sometidos al control de un representante del rey, el corregidor; de esta forma también los regimientos se convierten en simples instrumentos técnicos encargados de solucionar problemas concretos como las obras públicas, el abastecimiento, el urbanismo, etc.; al corregidor le toca velar para que el regimiento no se entrometa en discusiones políticas.

La imagen y la memoria de Fernando e Isabel domina los siglos XVI y XVII hasta convertirse en verdadero mito. Los mismos reyes se cuidaron de crear en torno a su figura un nimbo de gloria que la posteridad recogió y amplió. Los cronistas y cortesanos de Fernando e Isabel, siempre dispuestos a censurar «los tiempos pasados», «el tiempo de las turbaciones», pintan todo el período anterior con tintas negras: guerra civil, bandolerismo, en una palabra: anarquía. Los Reyes Católicos restablecen el orden y la autoridad monárquica; España se convierte en una nación fuerte, dinámica y expansiva. Su llegada al trono significa un cambio de rumbo decisivo: «algo nuevo empieza en España», escribe Diego de Valera a principios de 1476 (Doctrinal de príncipes). Para el profesor Pedro Ciruelo, en 1498, se trata nada menos que de una edad de oro («Nunc igitur rediit aurea aetas»). En 1539, en las honras fúnebres para la emperatriz Isabel, nieta de la reina Isabel, el sermón del obispo de Nicaragua suena a blasfemia: «predicó en el propósito muy ruinmente, porque se metió en comparar abuela y nieta y dio muchas ventajas a la nieta en menoscabo de la abuela, insufrible comparación a los oídos deste reino». Y en el siglo siguiente, el cronista Diego de Colmenares no duda en exaltar a la reina como soberana fuera del común: «Sin competencia puede gloriarse [Segovia] de que con ella [la proclamación de Isabel] dio principio a la mayor monarquía que el mundo ha visto después de Adán, su universal señor».

Estos elogios a la sola reina Isabel son más bien excepcionales en la época. Por lo general, es don Fernando el que es presentado como el protagonista principal del reinado. Desde este punto de vista, hay que señalar el temprano juicio de Maquiavelo, en El Príncipe (1513): «Fernando de Aragón, actual rey de España, puede ser llamado príncipe nuevo, porque de rey débil que era ha venido a ser, en la fama y en la gloria, el primer rey de los cristianos». En otra parte, Maquiavelo juzga al Rey Católico «más astuto y afortunado que sabio y prudente» y le atribuye «astucia y buena fortuna, más bien que saber y prudencia». Estas frases han dado origen al tópico de un Fernando maquiavélico y calculador contrapuesto a una Isabel que se movería siempre por motivos inspirados por la más alta rectitud moral. Nada en los textos y en los hechos permite corroborar tal contraposición. Lo cierto es que, hasta muy entrado el siglo XVII, Don Fernando, más que Doña Isabel, pasó por un modelo de soberano. De Felipe II refiere Gracián que se inclinaba reverentemente ante el retrato del rey Católico, con el siguiente comentario: «A este lo debemos todo». Olivares proponía a Felipe IV que siguiera los pasos de Don Fernando, «el rey de reyes».

La imagen de los Reyes Católicos en los siglos XVI y XVII es netamente positiva; presenta indudables rasgos de mitificación pero también es cierto que siguió inspirando fundamentalmente la teoría y la práctica de los soberanos de la Casa de Austria. Hay que esperar a la nueva dinastía de los Borbones para que cambie sustancialmente el ordenamiento legado por Fernando e Isabel; tendencia al absolutismo y a la centralización sustituyen los principios anteriores. Los ilustrados se apartan de los Austrias pero siguen fieles admiradores de los Reyes Católicos en los que ven la última dinastía verdaderamente nacional que ha tenido España. La biografía de la reina por Diego Clemencín (publicada en 1821) inaugura una nueva etapa historiográfica al centrarse sobre la reina y relegar la figura de Don Fernando a un segundo plano. En el siglo XIX los liberales vieron en Isabel y en Castilla la raíz de la unidad nacional, de la lucha contra los privilegios «feudales», mientras la figura de Fernando sufría con la creación de tópicos, generados por la historiografía de la renaixença catalana, que veía en él un introductor del «centralismo», un elemento causante de la decadencia de Cataluña.

Es cierto que el nieto de los reyes, Carlos I, abre una nueva era: España se ve envuelta en una problemática europea (la lucha contra el protestantismo) que no siempre coincide con sus intereses estrictamente nacionales. El hecho quedó ocultado durante los dos siglos en los que los Habsburgos reinaron pero, en el siglo XVIII, empieza a notarse la añoranza de la última dinastía nacional; así Cadalso en sus Cartas marruecas escribe: «La monarquía española nunca fue más feliz por dentro, ni tan respetada por fuera, como en la época de la muerte de Fernando el Católico» (carta LXXIV). Nótese la referencia a Fernando, con omisión de Isabel. Los liberales y los románticos del siglo XIX están en la misma línea. Ellos consideran a los Austrias como responsables de la decadencia de España; los ven como una dinastía extranjera, tiránica e intolerante que derrotó a los comuneros, puso fin a las libertades de Castilla, enzarzó al país en una serie de guerras en defensa del catolicismo que acabaron arruinándolo e impusieron una feroz intolerancia. Esta era la opinión de Moret en 1886: después de los Reyes Católicos que conquistaron a Granada, unieron «bajo un solo cetro casi todos sus territorios», abrieron «la era moderna con el descubrimiento de América», vino Carlos I y «aquella España torció su dirección histórica y se fue a combatir en el norte de Europa las ideas protestantes a nombre de los intereses de la Casa de Austria». Dadas aquellas premisas, era lógico que los Reyes Católicos aparecieran como los últimos monarcas verdaderamente nacionales que tuvo España y los liberales les perdonaron mucho en aras de las circunstancias, pasando casi por alto la expulsión de los judíos y el establecimiento de la Inquisición.

Joseph Pérez



 
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