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Por mediación de las parodias de este bloque obtenemos una vía alternativa de aproximación al fenómeno teatral, en lo que éste supuso de espectáculo social. Son muchos los estudios académicos que describen esa realidad histórica del siglo XIX, pero realmente es a través de los productos de creación artística donde encontramos una visión más próxima del fenómeno y donde apreciamos desde la perspectiva crítica de los autores que lo reflejan su verdadero alcance. Quizás sea el género narrativo el que presente una relación más detallada, reflexiva, profunda y crítica del auge del espectáculo teatral, pues en teatro, debido a su espacio y tiempo limitados, sobre todo por el contexto teatral de espectáculos breves, las posibilidades son menores y, en la mayoría de ocasiones, se reducen a la presentación de tópicos al respecto de las modas teatrales y sus repercusiones sociales; así habría que entender una parodia como ¡¡Un disparate!!, de Ricardo Velasco Ayllón, en la que un padre está obsesionado con la educación teatral de su hija y propone al fingido profesor de arte dramático, cuyas cualidades histriónicas son ridículas (imitadoras de las técnicas de la diva Adelaida Ristori), el casamiento con su hija, como acto de generosidad.
Más desarrolladas están las parodias La cómico-manía, de Eduardo de Lustonó y Eduardo Saco, subtitulada «boceto de malas costumbres», y El palco del Real, de Celso Lucio y Enrique García Álvarez. En la primera se parodian las puestas en escena de tres obras diferentes (Don Juan Tenorio, El joven Telémaco y El zapatero y el rey), aunque no se trate tanto de una parodia de esas obras específicas como de una parodia del afán de los diferentes colectivos sociales por representar obras de forma ramplona y sin los medios adecuados, además de una crítica a la conducta de los espectadores de cada ámbito propuesto (un café-teatro, una casa de clase media y un palacio de la nobleza); puede ser considerada como una intento de acabar con esas representaciones celebradas en espacios no adecuados para el arte teatral y, a la vez, como un medio de denuncia para que se adopten las medidas oportunas de adecuación en aquellos espacios habilitados para realizar funciones teatrales, pero carentes en realidad de las condiciones mínimas imprescindibles para una puesta en escena al menos segura. Por lo que respecta a El palco del Real, los autores juegan con la conducta frenética de los personajes, a los que han cedido un palco para asistir a una función de ópera del Teatro Real, de tal modo que nos hacemos una idea, desde el campo creativo del teatro, de la sociedad que acudía al coliseo madrileño y de las reacciones que generaba en otras capas sociales la posibilidad de asistir a una función de ópera, llevadas a una situación límite.
No sólo englobamos en este apartado las parodias del mundo teatral, sino que conscientemente hablamos de mundo del espectáculo, porque la actividad que se daba en los coliseos era diversa. En este marco cabe entender Entre Pinto y Valdemoro o la doble vista (1860), de Fernando Osorio y Ricardo Puente y Brañas, donde los actores Arderíus y Cubero pusieron en escena unos juegos de manos con mucha gracia mediante los que imitaban en bufo los del prestidigitador Hermann, de gran fama en la época y habitual en las salas teatrales de la capital.
En las obras de este bloque coexiste en igualdad de condiciones la sátira y la parodia. Si las vemos como parodias es por el aspecto metateatral que comportan, ya que el espectador tiene en mente la realidad teatral o espectacular remedada. Pero junto a ello, un elemento de crítica actúa en estas parodias, con el fin de satirizar y denunciar algunas circunstancias de la realidad teatral del siglo XIX y de principios del XX, que reflejaban a la par el estado de desarrollo social del arte dramático y la situación de despreocupación que pesaba sobre él.
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