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Bloques temáticos

2. Parodias del Neorromanticismo y Posromanticismo

Recogemos en este apartado las parodias de las tendencias teatrales de la segunda mitad del siglo XIX derivadas del movimiento romántico, como son el Neorromanticismo y el Posromanticismo. En el caso del Posromanticismo la productividad paródica se reduce al éxito escénico de la versión adaptada al español de un texto francés: el Cyrano de Bergerac, de Rostand. Para el Neorromanticismo existe una mayor y más variada corriente paródica, pero sólo en lo que respecta a textos remedados, no tanto a autores.

Hablar de parodias del Neorromanticismo en España significa hacerlo casi exclusivamente de las parodias del dramaturgo de más éxitos escénicos en España durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX: Echegaray. El premio Nobel español planteó un teatro burgués de rasgos tradicionales: expresividad lírica afectada, temas del honor y la honra, palabrería huera, pasional, exaltado y, en un elevado porcentaje, anacrónico. Debido a la conjunción del éxito escénico y de las características de los dramas echegarayescos, el trabajo de los parodistas se hizo sencillo, porque se cumplían todas las premisas para que el juego paródico surtiese efecto. En este caso, sin embargo, ese juego va acompañado de altas dosis de sátira, porque las parodias se erigieron en duras invectivas contra un teatro de gran efectismo, pero huero.

En el apartado de las parodias retóricas sólo hemos documentado una obra: Un drama de Echegaray... ¡ay! En ella aparecen esos rasgos genéricos aludidos, a los que, con sólo añadirles un punto hiperbólico más, los parodistas convierten en motivos de escarnio. No obstante, son más usuales las parodias de algunos de sus dramas específicos, porque al parodiar sus obras también suele parodiarse al mismo tiempo el estilo que emplea el autor. Y en este caso, el estilo grandilocuente e hiperbólico característico de los dramas de Echegaray facilita la labor del parodista, que, añadiendo un grado más de exageración al original, obtiene ya la parodia casi sin esfuerzo.

Prácticamente la totalidad de obras de Echegaray sufrió la deformación paródica. Vemos en la clasificación propuesta que fueron remedadas El gran galeoto, ¡Cómo empieza y cómo acaba!, Dos fanatismos, Mancha que limpia, La esposa del vengador, La peste de Otranto, Mariana y El loco Dios; y algunas de ellas fueron caricaturizadas en más de una parodia, como ¡Cómo empieza y cómo acaba!, Mancha que limpia y El loco Dios.

Estos datos demuestran que Echegaray ha sido el dramaturgo más parodiado en la historia de la parodia teatral en España en cuanto a la diversidad de obras que han recibido su contrapunto burlesco: ocho obras suyas han resultado caricaturizadas, tres por partida doble, y una más sobre el estilo del autor. No hay parangón en la historia de la parodia teatral, pues ningún otro dramaturgo ha sido tan vilipendiado al respecto de su producción teatral completa.

El centro de interés de este grupo son las parodias echegarayescas, pero hemos incorporado dos epígrafes más. Uno de ellos se refiere a las parodias de un autor ideológicamente próximo a Echegaray: Pedro Novo y Colson. Su drama La bofetada, melodrama sentimental, con el tema del honor como eje argumental, obtuvo un éxito atronador y, al poco, ya se representaba la parodia de Salvador María Granés, en la que los convencionalismos del drama melodramático eran puestos al descubierto con eficaz acierto.

El otro epígrafe al que hacemos alusión encaja en el ámbito del Posromanticismo, otra de las derivaciones del movimiento romántico en la segunda mitad del siglo XIX. Se trata de la saga paródica que propició el éxito escénico de Cyrano de Bergerac, de Rostand. Tenemos documentadas cinco parodias: ¿Cytrato?... ¡De ver será!, de Gabriel Merino y Celso Lucio, Cipriano del arrabal, de José María Vázquez y Salvador Riese, Don Cyrano, de Eugenio Gerardo López, El chato del Colmenar, de Manuel Altolaguirre, y la anónima Cirano de Fuenlabrá. Sólo hemos localizado las tres primera, que son las que ofrecemos. En estas parodias no existe intención correctiva, como la había en las parodias neorrománticas. Es un simple juego, en el que los autores aceptan el reto de remedar una obra ya cómica y, por tanto, de mayor dificultad para el proceso de reconstrucción burlesca; la sensación resultante dista de la deseada por los autores, pues dichas parodias apenas disponen de momentos de mayor eficacia cómica que la obra parodiada.



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