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A pesar de que el período modernista vaya moldeándose en la década de los ochenta del siglo XIX y adquiera relevancia literaria a partir de 1888, fecha del poemario Azul..., de Rubén Darío, que se erige convencionalmente en el hito fundador del movimiento, no será hasta finales de la primera década del siglo XX su aplicación teatral, llevada a cabo principalmente por una serie de dramaturgos escasamente recordados hoy día: Eduardo Marquina, Francisco Villaespesa, Fernández Ardavín o López Alarcón. El Modernismo se dejó sentir sobre todo en lírica y, por esa misma razón, los textos paródicos del Modernismo se acogieron en gran medida a formas líricas; de hecho, incluso el teatro poético de corte modernista se aferró a la lírica como vía de expresión de los personajes.
Ante esa circunstancia comprendemos la escasez de obras que presentamos en esta sección. Y no sólo eso, sino que además de las tres parodias que hemos documentado, sólo dos son parodias del teatro poético modernista: la anónima El desafío de Tarfe o El combatiente más fiero o El triunfo de la belleza o Malegro verte güeno, donde la tópica, o conjunto de motivos temáticos más frecuentes, del teatro modernista (entre otros: el honor, la pasión, el amor, el patriotismo o la venganza) ha sufrido el proceso de inversión paródica, y Yo puse una pica en Flandes, de Luis Gabaldón y Rafael de Santa Ana, remedo burlesco del drama poético de Eduardo Marquina En Flandes se ha puesto el sol. Y de estos dos textos únicamente hemos localizado el segundo, aunque da cuenta por sí solo del tipo de teatro que fue el poético modernista, de sus convenciones y de la favorable recepción de que gozó, premisa básica ésta para la creación paródica.
El otro texto que recogemos no parodia un drama modernista. Como el propio título indica, es la obra zorrilesca la que está en la base argumental del Tenorio modernista de Pablo Parellada; de hecho, la podemos localizar también en el apartado de parodias del mito de Don Juan Tenorio, en la sección de parodias románticas. Sin embargo, la intención del parodista no fue remedar el ya clásico drama romántico de Zorrilla. Lo seleccionó sólo como motivo argumental. Su verdadero propósito era fustigar el estilo modernista, el lenguaje florido, de minorías, de que hacían gala los poetas modernistas; así lo apreciamos en el subtítulo de la parodia: «Remembrucia enoemática y jocunda en una película y tres lapsos». Precisamente por ser parodia del estilo modernista la hemos incluido en el apartado de parodias de la retórica modernista, pero recordemos que no remeda específicamente a los dramas poéticos modernistas.
De las parodias específicas sólo disponemos del ejemplo de Yo puse una pica en Flandes. En ella reconocemos en burla los rasgos prototípicos del teatro poético de corte modernista: el efectismo brillante, pero huero, de las tiradas de versos, el espíritu antañón (sentido nacional, honor, patriotismo), la idealización, el retoricismo, la abstracción, la evasión, su desconexión con el presente nacional y su espíritu apologético. Los parodistas aciertan plenamente en la selección del guión argumental: de un conflicto bélico a un conflicto taurino. Además de incardinarse en la línea de polémicas sobre la tauromaquia existente a principios del siglo XX, el tema recoge en su mismo espíritu la vertiente modernista de la fiesta (apuntada en esos fastuosos trajes de luces y en el ambiente aristocrático) y la tradicional castiza (la fiesta nacional por excelencia). Sólo le faltó a esta parodia la necesaria comicidad lingüística para obtener un éxito similar al de la obra de Parellada, que es quizá, junto a La venganza de Don Mendo, la parodia teatral más recordada del siglo XX.
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