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Bloques temáticos

5. Parodias de tragedias

El presente bloque debe su existencia a los éxitos circunstanciales de, sobre todo, dos tragedias, de raíces neoclásicas. Las obras de este género no destacan en la historia del panorama escénico del siglo XIX, pero sus características genéricas principales son muy reconocibles y posibilitan parodias de los convencionalismos trágicos; a su vez, el éxito de tragedias como Guzmán el Bueno, de Gil y Zárate, y La muerte de César, de Ventura de la Vega, fomentó su recreación paródica. De esta doble posibilidad paródica nacen los dos apartados en que dividimos este bloque: las parodias de la retórica o convencionalismos trágicos y las parodias específicas.

Del primer apartado sólo hemos localizado una parodia que tome como centro de sus burlas todo un género determinado, como el de la tragedia, del que explotará sus artificios y convencionalismos más tópicos. Si retrocedemos en el tiempo, recordaremos el ingenioso sainete de Ramón de la Cruz Manolo, un buen ejemplo de parodia del género trágico, sobre todo ya al final del sainete cuando los personajes se enfrentan al tópico de la necesaria muerte. De 1947 es la parodia que hemos documentado: La venganza de Alifonso, de Agustín Azcona. Remeda, al estilo de los sainetes de Ramón de la Cruz, los convencionalismos de las tragedias afrancesadas del momento, centrada a su vez en motivos de la ópera Lucrecia Borgia.

Más ejemplos hemos encontrado al respecto del apartado de las parodias específicas de tragedias. En este apartado debemos hablar del éxito escénico de dos textos de naturaleza trágica, como fueron La muerte de César, de Ventura de la Vega, y Guzmán el Bueno, de Antonio Gil y Zárate. Ambos textos no son originales del siglo XIX, sino que se integran en la tradición teatral trágica clásica, no sólo española. La muerte de César presenta antecedentes ingleses (la tragedia de Shakespeare), franceses (es el caso del neoclásico Voltaire) e italianos (de la primera mitad del siglo XIX es la tragedia de Vittorio Alfieri), pero en España hubo que esperar a 1863 para encontrar la versión española del episodio trágico, a cargo de Ventura de la Vega, que representaba la vertiente clásica del teatro español decimonónico, en claras vías de retroceso. Sin embargo, el éxito de La muerte de César fue atronador, como demuestra el hecho de que haya generado tres parodias, un número considerable en términos de comparación con otras obras parodiadas; además, el mismo suceso dramatizado por Ventura de la Vega fue continuado por autores como José María Díaz o Víctor Balaguer.

De esas tres parodias que generó la tragedia de Ventura de la Vega, hay una, La muerte de Curro Cejas, que no dispone de autoría segura, a pesar de que sea atribuida por diversos estudiosos al propio Ventura de la Vega, que en ese caso se autoparodiaría. No podemos asegurarlo, porque la edición original que manejamos de 1866 sólo indica que es producto de una autoría múltiple («parto laborioso de una compañía de ingenios averiados»), sin citar nombres. Otros autores optaron también por mofarse de la tragedia de Ventura de la Vega: Darío Céspedes en La muerte de Cepas y Ramón Crooke y Saturnino Esteban M. y Collantes en La muerte de don César.

El otro título significativo fue Guzmán el Bueno (1847), de Antonio Gil y Zárate. También dispone de antecedentes dieciochescos, del mismo título, como el «soliloquio o escena trágica unipersonal, con música en sus intervalos», de Tomás de Iriarte, la tragedia de Cándido María Trigueros (1768) o la tragedia de Nicolás Fernández de Moratín (1777), la cual se encuentra en la base del drama de Gil y Zárate. Esta historia trágica fue altamente productiva en el ámbito literario: de 1857 es la novela histórica original Guzmán el Bueno, de Ramón Ortega y Frías; en 1876 Tomás Bretón la convirtió en ópera; y gracias al éxito escénico y, en general, literario de que disfrutó la historia trágica de este personaje medieval, pudo desarrollarse su posterior recreación paródica, de la que hemos documentado tres títulos: El tío Zaratán, de Gutiérrez de Alba, original de 1850 y reeditada en 1871, Guzmán el malo, de Francisco Flores, y El Bueno de Guzmán (1913), de Enrique García Álvarez y Ramón Asensio Más.



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