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Rubén
Benítez
Universidad de California (Los Ángeles) Desde 1822, fecha de su publicación en Londres, Vargas. A Tale of Spain ha sido obra atribuida a José María Blanco White. Antes de argumentar en favor de esa atribución, conviene recordar que Blanco White evidencia en muchos momentos su interés por los géneros narrativos. Es autor de una novela inconclusa de tipo sentimental, Luisa de Bustamante o la huérfana española, publicada por primera vez en 1859, y de varios relatos breves recogidos en Variedades o el Mensajero de Londres, como Costumbres húngaras; Historia verdadera de un militar retirado, con una descripción de un viajito, río arriba, en el Támesis; Intrigas venecianas o Fray Gregorio de Jerusalén. Ensayo de novela española; El Alcázar de Sevilla (Prat, 1975); La marca en la frente se publicó como Apéndice VI en el tomo III de la Vida (Blanco White, 1845) y Atmos, the giant en un libro editado por Lady Fox (Blanco White, 1833). Entre 1822 y 1823, Blanco White ensayaba un tipo distinto de narraciones, en las que se asociaban la historia, el costumbrismo y la creación imaginativa. Preparaba entonces una novela sobre la corte de Juan II y el privado D. Álvaro de Luna, de acuerdo con un plan similar al de Vargas: los materiales proporcionados por las fuentes históricas, en ese caso el falso Centón epistolario y la obra de Juan de Mena, se volcarían sobre el marco de la descripción de usos y costumbres de la época. Blanco se refiere a esa obra en la carta a Robert Southey que recoge Vicente Llorens. En nota, Llorens aclara que ese relato nunca se terminó, pero que los materiales fueron usados en artículos aparecidos en New Monthly Review y en el mismo periódico de Blanco, el ya citado Variedades, entre 1823 y 1825 (Llorens, 1972, pág. 151, nota 17). En 1839 imagina otra novela,
Diario secreto de un Inquisidor español o
Aberraciones religiosas, cuyo argumento resume: Un sincero sacerdote
católico, muy ilustrado y de refinado espíritu, es designado
inquisidor al llegar a los treinta años de edad. Hombre de claro
razonamiento y de un auténtico amor por la verdad, interroga a los
prisioneros en privado tratando de descubrir la legitimidad de los distintos
credos religiosos. Sus crecientes dudas lo alejan
Si esa obra proyectada se desarrollara en Sevilla, tendríamos casi una réplica de Vargas. El asunto gira en los dos casos alrededor de la inquisición y del fanatismo católico; el joven sacerdote sevillano es ahora un inquisidor, y Cornelia se ha transformado en una hermosa judía. Llorens nos proporciona el título de otras dos novelas inconclusas con títulos muy similares al de Vargas: Contreras. A Spanish Tale of the 15th. Century y The Tainted Blood, a Spanish Tale (Llorens, 1971, pág. 151 y nota 17)48. Tale se denomina también el relato Atmos, the giant, escrito en Junio de 1832, que nada tiene que ver con sucesos históricos (Blanco White, 1833, pp. 190-216). Pero Blanco White no menciona Vargas, ni en su Vida ni en su diario personal, que, como advierte Martin Murphy, conocemos sólo muy parcialmente (Murphy, 1989, pág. 195). Ese silencio ha sido interpretado como prueba de que no es el autor de la novela; para mí, por el contrario, confirma su autoría. Blanco sabía que algunos amigos, e incluso un conocido crítico, le adjudicaban esa obra, privada y públicamente. ¿Cómo un hombre tan celoso de su reputación dejó correr ese rumor, si es que era infundado, sin salirle al paso o defenderse? El manuscrito fue entregado al editor Baldwin, quizá por necesidades económicas, antes de la aparición de las Cartas de España49; más tarde, según el testimonio de William Walton que analizaré más adelante, el autor quiso detener infructuosamente la impresión del libro. Es para mí evidente que el inesperado éxito de crítica de las Cartas contribuyó al mantenimiento del incógnito. Desde entonces y hasta 1825, Blanco se dedica casi de lleno a la literatura «seria»; en el nuevo planteamiento de su vida, impuesto por la creciente fama, nada tenía que hacer, en ese momento, el aún poco prestigioso género de la novela.
El primero en atribuir la obra a Blanco White, en España, fue Mario Méndez Bejarano en 1920. Bejarano conoció su existencia a través del catálogo de la Biblioteca del British Museum, donde se adjudica a Blanco con la nota siguiente «Vargas. Novela española. Atribuida en el Prefacio a Cornelius Villiers, pero en verdad escrita por José María Blanco y Crespo». Esa nota del Catálogo no es de desestimar; el catalogador del British Museum suele ser un bibliógrafo eminente, y la catalogación un resultado de serias pesquisas50. Bejarano propone como prueba de su atribución el citado testimonio de Walton, en esta carta, algo mal traducida: En el sobre se leen las siguientes señas: «Benjamín B. Wiffen Esq. Near Woburn. Bedfordshire» (Méndez Bejarano, 1920, pág. 439). Benjamin B. Wiffen era un estudioso de la vida y obra de los
heterodoxos y reformistas españoles; Llorens cuenta sus vicisitudes
cuando intentó comprar los libros raros que poseía Don Miguel de
Riego, exiliado español en Londres (Llorens, 1954, pp, 48-49). En 1874
se publica la
Biblioteca Wiffeniana, dedicada a reformistas
españoles de los siglos XVI y XVII (Bohemer, 1874). No extraña
pues ese interés por
Vargas, que actualiza en cierto sentido la
historia de Antonio Pérez, el ministro de Felipe II. Ese Wiffen era
hermano
William Walton debía de conocer personalmente a Blanco White. Era hombre muy versado en asuntos hispánicos, sobre todo en aquellos relacionados con los intereses económicos de Inglaterra. Publicó un libro titulado El estado actual de las colonias españolas, obra que, según Robert Southey, fue reseñada por Blanco White para el Quarterly Review (Curry, 1965, pág. 38, nota 3)51. Walton murió en Oxford dos años después de escribir la carta, en 1857 (Stephen, 1986, págs. 737-738). El «curioso folleto español» al que Walton se refiere, y que según él tiene estrecha relación con Vargas, es a mi juicio la novelita Cornelia Bororquia (si es que folleto es, como pienso, una mala traducción de la palabra inglesa hooklet.) De ser así, el editor Correa, mencionado en la carta, puede ser el que en las reimpresiones londinenses se oculta como Don A.C. y G. (Dufour, 1987, pp. 53-55)52. Martin Murphy, en su biografía de Blanco White, trae una segunda prueba de la autoría de Vargas: la reseña de John Gibson Lockhart aparecida en Blackttood’s Edinburgh Magazine (Murphy, 1989, pág. 120)53. Lockhart, autor de Ancient Spanish Ballads; Historical and Romantic (1823) y de una autoriza da biografía de Walter Scott, era el yerno de éste y formaba parte del grupo intelectual de Edinburgo, con el cual tenían muy estrecha relación Lord Holland y su hijo, Henry Edward Fox, discípulo de Blanco54. Southey da indicios de que Lockhart tenía familiaridad con Blanco White, pues en las muchas cartas que dirige al primero de ellos se refiere a Blanco con frecuencia, sin necesidad de explicar las alusiones y sobreentendidos. Para comprender el valor de la reseña de Lockhart muy extensa
y favorable, debe recordarse que el
Blackwood’s Edinburgh Magazine, llamado
así por ser Blackwood su editor, era una de las cuatro revistas de mayor
importancia en aquel entonces55. Nada dice, en cambio, sobre
Vargas, el
Quarterly Review; no es extraño, ya que
nunca publicaba reseñas breves.
The Gentleman’s Magazine comenta extensamente
las
Cartas de «Leucadio Doblado», en
Noviembre de 1822, y publica una breve nota sobre el periódico
Variedades o El Mensajero
Ésas son las dos únicas pruebas externas sobre la paternidad de Vargas. Son pruebas indirectas y ninguna de las dos constituye una evidencia rotunda. Pero los datos que sobre los autores de esas notas he recogido más arriba sirven para reafirmar que se trata de intelectuales muy conocidos en Inglaterra, relacionados con Blanco White o con el círculo de sus amigos, y que tuvieron por consiguiente más oportunidad que nosotros para recabar de fuentes muy cercanas la verdad sobre esa autoría. Sus opiniones son por lo menos conjeturas serias, bien fundadas y basadas en la opinión general de ese momento.
Hay que reconocer, sin embargo, que no son pruebas suficientes para
contrarrestar la fuerza que tiene, para cualquier estudioso de la literatura
española del siglo XIX, la opinión de Vicente Llorens, es decir
de quien conocía más y mejor la obra de Blanco White. Llorens
refuta la atribución de Bejarano en la siguiente nota de su
Antología: «Atribución
errónea: M. Méndez Bejarano, op. cit., fundándose en
recuerdos personales de William Walton de 1855, y el
Catálogo de la biblioteca del British
Museum, atribuye a Blanco la novela
Vargas, a Tale of Spain, London, 1822, no
obstante indicarse en el prefacio que era obra de un tal Cornelius Villiers.
Los diarios de Blanco y su correspondencia, aparte del estilo de la obra,
prueban que tal atribución es insostenible. Sólo en 1823
empezó a escribir una novela en inglés, que no
acabó» (Llorens, 1971, pág. 58). No hay duda sobre lo
erróneo de esa afirmación, pues Cornelius Villiers es un
personaje novelesco y no un ser real. Me parecen mucho más convincentes
que las indicadas pruebas, sin embargo, los argumentos que surgen de la
comparación de la novela con otras obras del mismo autor. Para no
abundar en ejemplos, algunos de los cuales comenta ya Bejarano, baste indicar
los contactos de mayor evidencia. Los usos y costumbres a los que el novelista
confiere más atención son también puntos claves de las
Cartas de España; pero la
explicación de frases coloquiales como
pelar la pava o
gente de paz, de fórmulas oficiales como
nobles por los cuatro costados o
hidalgos de casa y solar conocido, o de
costumbres muy sabidas como la de dormir la siesta, podría figurar en el
libro de cualquier viajero inglés interesado en describir la vida
andaluza. Una curiosa observación, que por rara torna indudable la
presencia del mismo autor en ambos textos, es la coincidencia que Blanco White
observa entre la lengua española y la griega; en la novela se habla de
esas similitudes en general (Blanco White, 1822, pág. 53); las
Cartas se refieren particularmente a las formas
de cortesía usadas para convidar a un banquete (Blanco White, 1822b,
pág. 328). No olvidemos que el seudónimo «Leucadio
Doblado» une un término español a uno de raíz
griega. Una costumbre religiosa, los rituales que rodean el paso del
Viático, destaca tanto en las
Cartas como en
Vargas, por su extensa explicación. El
relato de Blanco White en las
Cartas se basa en un hecho real que le
ocurrió durante su visita a Cádiz; por consiguiente los detalles
provenientes de esa experiencia personal no podrían haber sido repetidos
en otro texto por alguien ajeno a esa misma experiencia. Dice en las
Cartas que el
sonido de la campanilla de mano anunciando la
llegada de la hostia con sagrada obliga al transeúnte a retroceder o a
arrodillarse en el fango hasta que el sacerdote, que lleva la hostia para ser
ofrecida a un moribundo, esté en el punto más alejado del lugar
donde comenzó a escucharse el campanilleo. La regla en esa
ocasión es expresada en la frase proverbial
Al Rey viéndolo; a Dios,
oyéndolo. Dios y el Rey están acoplados en el lenguaje del
lugar por el mismo título de Majestad que se les aplica. Un día
en Cádiz, al acercarse el
Viático, Blanco procura apartarse. Un
gallego, al ver su indiferencia, le advierte amenazadoramente que se trata de
Dios, Su Majestad. Blanco White intenta
retroceder, pero el gallego repite tres o cuatro veces la frase, lo empuja al
suelo y expresa a voz en cuello esta temible acusación: «Este
hombre es un herético». Los actores de teatro y los bailarines de
fandango
En Vargas, el gitano que se dirige a la Inquisición detiene su marcha ante una pareja de bailarines que al son de la guitarra bailan precisamente el fandango. Ya cerca de las puertas de la ciudad, oye un cascado tambor que repite la información dada por una tintineante campanilla; el Viático se aproxima. «¡Su Majestad! ¡Su Majestad!», musita la gente. Y el autor aclara «Éste es el más alto tratamiento que se dispensaba entonces y se dispensa hoy en España a sus Majestades, Dios Todopoderoso y el Rey, unidos en esa familiar apelación». En una nota a pie de página atribuye a la arrogancia de Carlos V la invención de ese uso en tiempos en que tal tratamiento se aplicaba sólo a Dios. Al gitano le ocurre exactamente lo mismo que a Blanco White. La gente cae arrodillada; el gitano permanece de pie y una devota mujer le tira de la capa y le dice: «¡Señor... Su Majestad!». Como el gitano intenta retroceder, la mujer grita con vehemencia: «¡Un herético! ¡Un herético que rehúsa adorar a Su Majestad!». El gitano, como el autor de las Cartas, intenta borrar con gestos toda sospecha de herejía (Blanco White, 1822b, pp. 294-295). También son de carácter eminentemente personal las observaciones sobre el paisaje de la ruta que va de Madrid a Sevilla. Blanco White hace ese viaje en Julio de 1812: «No había modo de llegar a Andalucía -dice en las Cartas- sin atravesar la provincia de Extremadura; y no existía otro transporte, en ese tiempo, que dos coches aragoneses que, por parar en una pequeña venta a tres millas de Madrid, estaban fuera del contralor inmediato de la policía francesa» (Blanco White, 1822/a, pág. 425). Sale de Madrid, sin equipaje, en pleno verano, y recorre penosamente el trayecto hasta Extremadura. Vargas sigue en la novela el mismo itinerario, también en el mes de Julio, pero un año después, en 1813. La coincidencia del viaje del personaje con el del autor, efectuados ambos en las mismas condiciones y bajo el rigor del mismo clima veraniego, favorece la acertada descripción, paso a paso, de las fatigas y vicisitudes del camino; el novelista no hace más que objetivar sus recuerdos personales. El paisaje más detenidamente descrito es el de Sierra Morena.
La sierra, que separa Andalucía de la Mancha, se levanta abruptamente
ante Vargas al llegar a Alange. Se trata de unas colinas rocosas de
difícil acceso por los cuatro lados, que se vuelcan en forma de
precipicio sobre el llano. Esas mismas estribaciones aparecen descritas en las
Cartas desde la otra ladera, cuando el autor
pasa por las cercanías de Córdoba para dirigirse a Madrid. En una
de las colinas de la Sierra ve Blanco White, y lo dice en las
Cartas, unas miserables casuchas habitadas por
ermitaños. Las dimensiones de esas casuchas proporcionan apenas espacio
para unas tarimas, que levantadas a un pie del suelo y cubiertas de una felpa
sirven de lechos, para un asiento triangular y para una diminuta mesa en que
descansan un crucifijo, una calavera humana y uno o dos devocionarios. La
puerta es tan baja que nadie puede traspasarla sin inclinarse (Blanco White,
1822, pág. 234). Vargas visita al Fray Lorenzo en una casucha similar,
situada en un idéntico paisaje; su celda presenta las mismas
características
Cerca del castillo de Alange descubre Vargas una cruz rodeada de montículos de piedrecillas, arrojadas por fray Lorenzo después de hacer sus penitencias. Blanco White no hace más que animar allí novelescamente lo que dice en las Cartas respecto a las cruces y montículos de piedra que honran, en los caminos de España, a las víctimas de asesinatos. Con citas de Hamlet y del Libro de los Proverbios muestra que ese raro hábito conservado en España era común antiguamente en otros países de Europa y supone que se habría originado en la costumbre judía de apedrear a los condenados. Los cristianos modernos aplicaron el uso a las tumbas de quienes no merecían ser enterrados en sagrado; y, con la frecuencia de robos y asesinatos en los caminos de España, se unió a la vieja costumbre la idea del crimen (Blanco White, 1822a, pp. 320-321). No es extraño, pues, que la rústica cruz de piedra en la novela marque el sitio en que fray Lorenzo arrojó presuntamente al heredero de los Dávila, y que ante esa cruz fray Lorenzo se discipline y arroje luego una piedra por cada Padre Nuestro (Blanco White, 1822b, pp. 145-146). Otra experiencia absolutamente personal, e inusitada en autores de su tiempo, se refleja en las Cartas y en la novela con indudables coincidencias, me refiero al magnífico testimonio de Blanco White sobre los motines populares. En Mayo de 1808, Blanco vivía en Madrid, en una casa cercana al Parque de Artillería. Asiste a preparativos del ejército francés y las escaramuzas de la población madrileña. Al salir a la calle, ve en sus últimos momentos al herido Daoiz, compueblano y conocido suyo, que al pasar a su lado en la camilla parece reconocerlo (Blanco White, 1822a, pp. 402-403). Esas páginas están estremecidas de vida, y denotan la moderna sensibilidad de un autor contemporáneo de la Revolución Francesa. Evidencian además un palpable interés por analizar la formación de los motines y el comportamiento de la muchedumbre. En Vargas, los movimientos populares de Zaragoza con motivo de la prisión y del vergonzoso proceso de Antonio Pérez aparecen descritos del mismo modo y con particularidades y detalles que crean la ilusión de una observación directa (Blanco White, 1822b, cap. II y pp. 367-374). Es evidente que Blanco White transporta en esos pasajes sus experiencias de 1808, vivificando la información de las crónicas con una más moderna intelección del proceso de las revoluciones populares. Las páginas de Vargas complementan así las de las Cartas, y ambos textos constituyen el mejor testimonio contemporáneo de las asonadas revolucionarias de la masa española; esas páginas merecerían ser ilustradas con las pinturas negras y los grabados de Goya, inspirados en hechos similares. Si todavía quedaran dudas sobre la paternidad de Vargas, sería fácil disiparlas con dos ejemplos más. En las Cartas se cuenta el milagro de un dominico que sufre de parto, del modo siguiente:
En Vargas, se atribuye el mismo milagro al padre Nicolás de la Ermita del Punto:
La conversión de Vargas al protestantismo está basada en el vivo recuerdo que tiene Blanco White de su propia conversión. Vargas queda admirado de la sencillez del culto anglicano, cuya belleza crea en él un estado espiritual receptivo y propicio al cambio, sobre todo al escuchar el Salmo LXV, Jubilate Deo Omnis. (Blanco White, 1822b, pp. 107-108). Ese pasaje de la novela repite punto por punto la descripción que hace Blanco White de similar experiencia en su Preservativo contra Roma, en un párrafo bien conocido desde que Menéndez Pelayo lo transcribió en su Historia de los heterodoxos españoles (1932, VII, pp. 190-191 y nota)57. Blanco destaca allí también la sencillez de las ornamentaciones y de los rituales y la sobrecogedora impresión que le causó oír el mismo Salmo LXI cantado en inglés. Con respecto a otras prácticas religiosas, las similitudes
entre la novela y las obras de Blanco White son tan numerosas y tan claras que
no merecen discusión. La crítica expresada en la
Vida con respecto a la confesión
auricular (u oral) sirve para explicarnos la ambivalente actitud de Vargas al
escuchar las confidencias de la marquesa de Montemolín en sus
últimos momentos. La opinión de Blanco sobre la extremada
devoción por los santos y las imágenes, sobre todo en
Andalucía, constituye la base sobre la que se asientan sus
ironías
No extraña pues que tanto el personaje de la novela como el narrador ficticio Cornelius Villiers sean dobles de «Leucadio Doblado». Cornelius Villiers parece otro seudónimo de Blanco White: Cornelius recuerda a Cornelia, víctima de la Inquisición; y Villiers, llamado también Correvillas, es un andariego Juan sin Tierra que padece un doble exilio. Villiers está vinculado, los mismo que Blanco, con Sevilla y con Cádiz. Destinado desde niño a la Iglesia, abandona los estudios de la Universidad y entra como tenedor de libros en la firma de uno de sus parientes (que comercia entre otras cosas con lana), donde trabaja durante 10 años. Odia la vida de comerciante. Blanco White, como se recordará, entra a los ocho años a trabajar con el padre y los tíos en el comercio de exportación de lanas. Está allí ocupado por 6 años, ya que a los catorce pasa a la Universidad. Autor y personaje sienten fastidio ante las notas de crédito y otros documentos similares de la vida mercantil. Tanto Cornelius como Blanco White dan directo testimonio de la Guerra Peninsular y ambos recuerdan a los amigos con quienes compartieron inquietudes intelectuales y con quienes leyeron crónicas españolas sentados bajo el naranjal de la Cartuja de Sevilla. El personaje principal de la novela es también sevillano y participa de la misma formación religiosa; estudia para el sacerdocio, como Blanco White, en el Colegio Mayor de Sevilla, y llevado también él por el acuciante deseo de saber, pone en duda las verdades teológicas, sobre todo la inconsistente doctrina de la infalibilidad, que Blanco White discute en varios lugares. Esa constante reflexión crítica le hace perder la fe. El establecimiento de Vargas en Inglaterra sigue los pasos, salvadas las diferencias de siglos, de la llegada y la lenta integración de Blanco en la vida londinense. Ambos son instructores de niños pertenecientes a familias ricas y poco a poco van estableciendo relaciones del más alto nivel. Pero sobre todo coinciden, como hemos visto, en su conversión al protestantismo. No creo en la necesidad de aducir más pruebas. Si la novela
no fuera de Blanco White habría que probar la existencia en Londres, en
ese mismo momento, de un sacerdote sevillano convertido al protestantismo que
tuviera con Blanco White tantos puntos de contacto en su pensamiento y en su
obra como los que hemos indicado. Conste que las
Cartas conocidas a través de la
publicación periodística no son todas las que se recogen en
volumen en el mimo momento en que
Vargas está en prensa. Nadie más
que el autor podía
Según Méndez Bejarano, las dudas de muchos «doctos críticos» acerca de la autenticidad de esa atribución se deben en parte a que Varas tiene como modelo «una insoportable novela epistolar, publicada en España antes de la emigración de Blanco a Inglaterra, con el título de Cornelia Bororquia» (Méndez Bejarano, 1920, pág. 442). Bejarano no parece haber leído la novelita de Luis Gutiérrez, que hoy conocemos gracias a la citada edición de Gérard Dufour. Se trata, es verdad, de una obra de importancia secundaria, pero bien pensada, bien escrita y sobre todo, como observa Dufour, sólidamente asentada sobre un fondo ideológico que deriva de los filósofos ilustrados, en especial de Voltaire (Gutiérrez, 1987, pp. 42-44). Blanco White pudo conocer la novela en Sevilla, en Madrid o en Inglaterra, en cualquiera de las 13 ediciones que aparecen entre 1801 y 1822, algunas de ellas impresas en Londres. La historia central de
Vargas y los personajes principales provienen
indudablemente de
Cornelia Bororquia. Pero la acción se
multiplica en gran cantidad de episodios de variado tipo: escenas
costumbristas, duelos de capa y espada, viajes, subterfugios y engaños,
milagrerías fraguadas o imaginarias, comidas; todo salpicado de sales
humorísticas, de diálogos llenos de mordacidad e ingenio en los
que se oyen los ecos de dialectos y regionalismos de toda España. Blanco
White ha extendido además el argumento uniendo las historias de Cornelia
y de Antonio Pérez, tejiendo alrededor de ellas incidentes,
cómicos y trágicos, y modificando de modo muy significativo dos
momentos fundamentales en el desarrollo del relato: el retiro pastoril en el
que Vargas se ponía en contacto con la religión natural, e
indirectamente con el pensamiento de Rousseau, se suplanta ahora por el breve
viaje a Inglaterra en el que se produce su conversión; y el final
trágico de
Cornelia Bororquia se convierte en un final
feliz, más acorde con la justicia poética y sentimental. Los
personajes de
Vargas adquieren también dimensiones
distintas. Vargas, que en la novela de Gutiérrez era un joven incapaz de
una acción heroica, crece en Blanco White y se convierte así en
auténtico protagonista tanto en los episodios que rodean el
aprisionamiento de Antonio Pérez como en el rescate de Cornelia y la
consiguiente huida de la pareja a Inglaterra. El autor vuelca sobre el
héroe, en muchos aspectos, las características de su propia
psicología y las experiencias de su vida personal, convirtiéndolo
en un personaje autobiográfico. Meneses se transforma en un
auténtico caballero y sus escaramuzas y engaños para rescatar a
Cornelia de las manos del astuto arzobispo constituyen los mejores momentos de
la novela. Cornelia, en cambio, pierde algo de la tesitura trágica,
propia de una Juana de Arco española, de la novelita de 1801; en la
entrevista con el arzobispo hierve de indignación y adquiere estatura
casi heroica; pero a partir de ese momento se empequeñece y se torna la
sumisa compañera de Vargas. El arzobispo, pintado con tintas extremadas,
es una araña negra, un insecto lleno de pasiones y de bilis, incapaz de
manifestar un sentimiento humano, ni siquiera una sincera emoción
amorosa; no ocurre así, en cambio, con el
La novela de Blanco White se destaca sobre todo por la variedad y riqueza de los personajes secundarios: el padre Cacafuto, Maese Roca, los muleteros, los nobles y criados del castillo de Alange, la marquesa de Montemolín, los gitanos que ayudan a Vargas, adquieren por momentos rasgos de individualidad que superan la determinación costumbrista. Hasta los animales manifiestan en Vargas personalidad; cada una de las mulas tiene comportamiento distinto, y la cabalgadura de Meneses, muy acorde con el idealismo de su dueño, se destaca por su elegante porte y su belleza. Vargas es, a diferencia de Cornelia Bororquia, una novela histórica. La vinculación de las historias de Antonio Pérez y de Cornelia resulta verosímil ya que ambos personajes fueron víctimas de procesos inquisitoriales durante el reinado de Felipe II: en 1559 Cornelia, y en 1574 Antonio Pérez. Ambos procesos aparecen detalladamente descritos en la Historia crítica de la Inquisición en España de Juan Antonio Llorente. En el tomo III se dedican varios capítulos a las intrigas políticas que determinaron la acusación del ministro, su huida a Francia y a Inglaterra y el auto de fe condenatorio in absentia (Llorente, 1817-1818, III, pp. 316-345). En el tomo II refiere Llorente las circunstancias que rodean el juicio de las dos Bohorques, María y su hermana Juana (esta última, torturada durante su embarazo, perdió al hijo, como la Cornelia de la novela de Blanco; pero es María la persona real sobre cuya vida y condena se basa la ficción). Como advierte Llorente: «Murieron en el mismo Auto de Fe (Sevilla, 1559) Doña María de Virués, Doña María Cornel y Doña María de Bohorques, que eran todavía jóvenes, y cuyos padres pertenecían a la más distinguida nobleza. La historia de la última de esas jóvenes merece ser conocida a causa de algunas circunstancias de su proceso, y porque un español ha compuesto con ella una obra bajo el título de Cornelia Bororquia, que es según él una historia más que una novela; pero no es ni una cosa ni la otra, sino un conjunto de cosas y de escenas mal concebidas en las que el autor no ha sabido ni conservar los verdaderos nombres de los actores, ni siquiera de la heroína, por no haber entendido la historia de la Inquisición de Limborch» (Llorente, 1817-1818, III, pág. 266)58. Blanco White cita la obra de Llorente como básica referencia para la Historia de la Inquisición que prepara hacia 1840: en Julio de ese año anota en su diario lo siguiente: «Es mi intención usar la energía mental de que pueda aún disponer para compilar una breve Historia de la Inquisición utilizando los materiales históricos contenidos en la extensa obra de mi infortunado amigo Llorente» (Blanco White, 1845, pág. 197)59.
Los sucesos de Zaragoza, el excarcelamiento de Antonio Pérez, sacado ilegalmente de la manifestación y encerrado en la Aljafería, sede del Santo Oficio, siguen en la novela la cronología y desarrollo de los acontecimientos narrados por Antonio Pérez mismo en la Relación sumaria de las prisiones y persecuciones de Antonio Pérez que Blanco White manejó en la edición de Génova, citada en nota del capítulo XXXI con la fecha equivocada. 1654 por 1644; en la carta de Beamonte, el amigo gaditano de Cornelius, se habla de ella como edición «abominablemente impresa y llena de errores» (Blanco White, 1822b, pp. 10-11). Otra documentación utilizada por Blanco, especialmente en el penúltimo capítulo de la novela, deriva de la Información de Don Lupercio Leonardo de Argensola (Leonardo de Argensola, 1808). El autor respeta fielmente esas fuentes pero las aprovecha en todo aquello que favorece a su intención novelística. Amplía la información sobre ciertas leyes, usos y costumbres, presuntamente fuera del conocimiento de su público. Explica así el sentido de los fueros, el derecho a la manifestación, la lucha entre poderes políticos y religiosos en tiempos de Felipe II, la creencia en los zahoríes, etc. Da vida a personajes históricos como el marqués de Almenara, los La Nuza, el obispo de Teruel, manteniendo un discreto balance entre verdad histórica y ficción; crea en cambio, libremente, los personajes secundarios como doña Engracia o los líderes de los amotinados, siguiendo en la creación de todos ellos los procedimientos típicos de la novela histórica inglesa. El diálogo deriva de la literatura clásica española y presenta un tono arcaico que nos remonta al siglo XVI, sobre todo cuando se trata de nobles; el diálogo popular, que forma parte de la caracterización de tipos costumbristas como la dueña de la pensión, los vecinos y criados, refleja en cambio una más directa observación de la realidad, es mucho más rico, más libre, y se maneja con más moderno sentido del humor y de la gracia. Como es Vargas una temprana novela histórica escrita en inglés, la comparación con Walter Scott resulta inevitable; pero como afirma Lockhart en el comentario ya citado, no es Walter Scott el único modelo posible. En Sur la manière d’inventer une fable, Mme. de Scudery se había anticipado al novelista escocés estableciendo como regla de oro de ese tipo de novela la fusión de acontecimiento y personajes históricos con otros creados libremente. Vargas, dice el mismo comentarista, tiene que ver con las novelas de Walter Scott, pero supera las de muchos imitadores (Lockhart, 1822, pág. 730). En verdad, muchos de los detalles de color local que Vargas presenta derivan de las crónicas que le sirven de base y no de lecturas contemporáneas. Y la seriedad en el manejo y la transcripción de la información histórica se destaca en Vargas con mayor claridad que en sus posibles modelos. Es más importante para nosotros determinar la deuda de la
novela con la tradición del género en España. En ese
sentido, Vargas es la creación característica de un escritor
español muy consciente de los valores universales de la novela
cervantina y de la novela picaresca60. En primer, la estructura en que se
Hay algunos elementos en Vargas que muestran con claridad la conexión íntima entre ciertos recursos efectistas de la novela dieciochesca y la denominada novela popular del siglo XIX. El humorismo grotesco tiende ya a complacer a un público vasto y poco instruido, y el evidente deseo del autor de lograr el beneplácito de sus posibles lectores lo lleva a extenderse demasiado, en perjuicio de la economía del relato, en la descripción minuciosa de las picardías del ventero o de los exabruptos y milagrerías del padre Cacafuto. Lo mismo ocurre con los rasgos de sentimentalidad, que adquieren por momentos dimensiones patéticas. Son también típicos de la novela popular española ciertos rasgos que molestaban a Lockhart. Vargas es una novela de aventuras; los acontecimientos se suceden en una incesante y vertiginosa cadena, en detrimento de la caracterización profunda de los personajes y del desarrollo de un tema. El autor se esfuerza por dar coherencia lógica a los múltiples incidentes de la obra, pero muchos de los sucesos ocurren azarosamente. Los encuentros más importantes, como el de Meneses y Vargas, el de Vargas, Fray Lorenzo y la marquesa de Montemolín, el de don Félix y su ignorado hermano, y el de Perico y Vargas en Zaragoza, son absolutamente casuales; en los dos momentos en que Vargas está dispuesto a huir de Sevilla, circunstancias fortuitas lo ayudan en su propósito: topa con Mendoza, que está a punto de zarpar para Inglaterra, y sorprende a unos arrieros discutiendo oportunamente el viaje a Madrid al que se unirá de inmediato. En una palabra, el azar juega ya en Vargas el importante papel que tiene en las novelas folletinescas; y como ocurre en esas novelas, el narrador maneja el relato a su antojo, pasando de lugar a lugar, remontando el pasado o anticipándose al futuro; posee una llave que abre las puertas más secretas, en este caso las de la Inquisición; sus constantes y a veces enojosas interrupciones nos anuncian el propósito de transportarnos a otro ambiente y a otras escenas, sin dejarnos saber a veces, como en el episodio de la noble dama perseguida por la Inquisición, cuáles son las causas y las consecuencias de un determinado incidente. La omnisciencia se restringe cuando se trata de la información más necesaria, como ocurre con la espeluznante historia del infanticidio, y en general con los sucesos que rodean el nacimiento de Vargas. Algunos sucesos o las acciones de ciertos personajes no tienen demasiada justificación, como ocurre con los caprichosos silencios del marqués o con su absurda fidelidad hacia el miserable arzobispo, actitudes que le impiden proteger debidamente el honor y la libertad de su hija. Como ocurre en los folletines, los innecesarios secretos o las palabras mal entendidas provocan la larga separación de los amantes y son la razón de muchos de sus infortunios.
El autor evidencia, sin embargo, gran brillantez y talento en los
pasajes decididamente románticos en que los principios doctrinarios dan
lugar a una visión más profunda de la vida humana. Es evidente,
sobre todo en la comparación con
Cornelia Bororquia, que blanco White tiende a
abandonar el tipo de novela filosófica en la que los personajes
solían ser ejemplos de una doctrina desarrollada como un ensayo a lo
largo del relato. En la novelita de Luis Gutiérrez ese carácter
es aún preponderante; en
Vargas ocurre sólo por momentos, cuando
se ataca decididamente a la Inquisición o aspectos de la
clerecía. De cualquier manera, el fondo filosófico existe, pero
no abotarga o paraliza la vitalidad de los personajes que, aunque representan
ideas, tienen un carácter individual, una dimensión humana, que
los aparta del símbolo. El padre Lorenzo, por ejemplo, el
ermitaño culpable del supuesto infanticidio, parece, por el furor de su
manía religiosa y la violencia de sus alucinaciones diabólicas,
una figura desprendida de Shakespeare. Por un lado, es el anacoreta que al
extremar sus penitencias adquiere un carácter satánico; pero un
resorte trágico mueve sus acciones. Como un Rey Lear deambula por el
yermo inquiriendo la razón de su destino; o como Macbeth, experimenta en
el fuego de su pasión y de su culpa un castigo infernal anterior a la
condena. Vargas tiene también rasgos románticos: es un ser por
naturaleza triste, o como dice el autor con un término apropiado a la
época que se describe,
melancólica; indiga demasiado la
razón última de sus acciones, de sus modos de pensar y de sentir.
Sus estados de felicidad y de alegría, reducidos a los capítulos
finales, nos convencen menos que sus tristezas, y apenas compensan los
lamentables padecimientos que se desencadenan sobre él
fatídicamente desde el comienzo de la novela. Los tópicos
característicos de la novela dieciochesca, como el incesto (Vargas se
casa con quien podría ser su hermana), el infanticidio, la
violación y en general el crimen, se analizan ahora desde una
perspectiva pesimista y por momentos desesperanzada. El asesinato, motivo tan
presente en los folletines decimonónicos, es el punto central de ese
pensamiento, pues en él se evidencia la naturaleza humana en su nivel
más animal, y quizá más esencial. Blanco White presenta
dos ejemplos extremados y los conjuga: el joven soldado que canta junto a la
ermita de Fray Lorenzo ha cometido un asesinato y no siente por ello culpa
alguna; Fray Lorenzo, que es sólo autor de un crimen imaginario, siente
la culpa y el más duro remordimiento. En ambos personajes se trasluce la
presencia de Satán: y de un Satán más agresivo y
más terrible que el sátiro o diablillo de la lujuria y de la
perversión sexual, presente en la composición del arzobispo. La
confrontación del bien y del mal se expresa directamente en la lucha
entre personajes, como Meneses y el arzobispo, en las contradicciones de la
historia y en las controversias teológicas; y de modo más
indirecto se manifiesta también, simbólicamente, en los paisajes
sublimes o pintorescos. Pero es, sobre todo, el recinto del alma la arena en
que ambas fuerzas se encarnizan y se aniquilan. Como en el
Caín de Byron, el bien y el mal forman
en
Vargas el tejido de la realidad; y las
honduras, los precipicios, los valles de flores y los luminosos cielos
andaluces constituyen el
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