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Gérard Dufour
Université de Provence (Francia) Comentando la «conversión» de Olavide y el libro que dio testimonio de la vuelta al seno de la Iglesia del que había sido condenado por el Santo Oficio como «hereje formal», El Evangelio en triunfo o memorias de un filósofo desengañado, Menéndez y Pelayo declaró: «La preparación y demostración evangélicas están ahogadas en una especie de novela lacrimatoria que tiene cierto interés autobiográfico, pero que daña al valor absoluto y a la seriedad de libro. Olavide debió escoger entre escribir una defensa de la religión o escribir sus propias confesiones. Prefirió mezclar ambas cosas, y resultó una producción híbrida» (Menéndez y Pelayo, 1946, pág. 409). No le falta razón al polígrafo santanderino, ya que en los cuatro tomos que constituyeron las primeras ediciones publicadas en Valencia por los hermanos de Orga en 1797-1798, y luego en Madrid por Joseph Doblado a partir de esta fecha (Dufour, 1966, pp. 197-198), el lector encuentra sucesivamente (y a veces mezclados) los más diversos géneros literarios, desde la (pseudo) autobiografía, la correspondencia, la polémica filosófico-religiosa, la apologética, la predicación, el catecismo y hasta la suma teológica. Incluso encontrará el lector algún resabio de drama lacrimoso, ya que el tema del duelo (que transforma al filósofo protagonista de El Evangelio en triunfo en homicida, lo que provocará su huida del mundo, y luego su conversión), aunque no es más copia casi literal de una «obrita» que «tenía a la mano» (Olavide, 1797-1798, I, pág. VIII), no deja sin embargo de recordar el drama escrito por Jovellanos en Sevilla: El Delincuente honrado (Sarrailh, 1943 y Dufour, 1966, pp. 70-71). En esta mezcolanza de géneros literarios no podía faltar la novela. Según el traductor en francés de El Evangelio en triunfo, J.F.A. Buynand des Echelles, fue precisamente el carácter novelesco de la obra, con acciones imprevistas y el consabido suspense, lo que, despertando el interés del lector, hizo que, en un siglo tan frívolo (según él) como el XIX, una apología de la religión católica pudiera convertirse en un auténtico best seller:
Pero, por muy útiles y muy satisfactorios que parezcan (o hayan parecido a fines del siglo XVIII y principios del XIX) los elementos novelescos diseminados en El Evangelio en triunfo, ¿bastarán para hacer que esta obra «híbrida» (como decía Menéndez Pelayo) sea fundamentalmente una novela y pueda clasificarse sin más en la novelística dieciochesca, al lado de Eusebio o de Cornelia Bororquia, como puede leerse en una tesis doctoral defendida en Montpellier hace ya unos años (Muñoz Vidal, 1991, pp. 274-333)? En las primeras líneas del prólogo de El Evangelio en triunfo, Olavide subrayó el carácter novelesco de su obra recurriendo a la estratagema cervantina del manuscrito descubierto que se da a la imprenta. Leemos que Olavide se había enterado de «la historia reciente de un filósofo muy conocido en una serie de cartas escritas por él mismo, y por algunos de sus amigos» y que comprendió, pues, que podría ser útil la publicación de estas Cartas, especialmente en España, donde el Cristianismo tiene su mejor trono» (Olavide, 1797-1978, I, pág. VII). Pero con esta referencia implícita a Cervantes, ¿subrayaba Olavide el carácter de novela de su obra, o se contentaba con explicitar que la Historia del filósofo desengañado que presentaba en El Evangelio en triunfo (y a la que se refería desde el título) no era autobiográfica, como los lectores pudieran creerlo? Lo que podía confirmar para un lector de 1797 que se trataba
efectivamente de una novela era la forma del relato: el género
epistolar, tan utilizado por los novelistas. Sin embargo, mirándolo
más atentamente, no se puede decir que la correspondencia publicada en
El Evangelio en triunfo corresponda
precisamente a las reglas del género de la novela epistolar. Tenemos
efectivamente dos grupos de cartas: las del Filósofo a su amigo Teodoro
(cartas I-XXXV) y las de Mariano a Antonio (XXXVI-XLI). Si no hay ruptura en la
narración, tenemos en cambio una ruptura temática, ya que las
treinta y cinco primeras cartas redactadas por el Filósofo corresponden
a la historia de su conversión, mientras que las seis últimas
corresponden a una especie de utopía (Dufour, 1986 y 1990) que nos
cuenta la evolución de un pueblo y del nivel de vida de sus habitantes
gracias a los esfuerzos de un Filósofo que es el mismo que el de los
tres primeros tomos de
El Evangelio en triunfo, pero que hubiera
podido ser otro, sin alterar en lo más mínimo la credibilidad del
relato que hace Mariano a
Cabe observar, por otra parte, que en ambas partes Olavide utiliza de manera muy específica el género epistolar. Efectivamente, no nos presenta la correspondencia del Filósofo con Teodoro o la de Mariano con Antonio, sino únicamente las cartas del Filósofo a Teodoro y las de Mariano a Antonio. Las reacciones de Teodoro o de Antonio sólo las conocemos por las de su amigo cuando contestan a sus objeciones u observaciones. En la última carta que constituye El Evangelio en triunfo, Olavide se explaya sobre el destinatario de las cartas de Mariano, Antonio, dándole cierta consistencia: Pero, habiendo así cumplido, vuelve inmediatamente a las andadas y reduce a su corresponsal al único papel que tiene en toda la obra, el de interrogante, con esta frase:
Pero ello constituye toda una excepción: sólo en la
carta II, Olavide presenta (mediante la respuesta del Filósofo) la
reacción (y la aprobación) de
Si la utilización del género epistolar no basta para poder clasificar como novela El Evangelio en triunfo o historia de un Filósofo desengañado, si la posible novela que implicaría la obra de Olavide se limita (como hemos visto) a la historia del Filósofo narrada por sí mismo (cartas I-XXXV), ¿cuáles serán los elementos capaces de «novelizar» este relato? Según el propio Olavide (Olavide, 1797-1798, I, pág. XI), habría compuesto su obra en tres partes, así repartidas: 1.º el tiempo de las ilusiones del Filósofo; 2.º las disputas con un eclesiástico docto y piadoso; 3.º el «convencimiento» (sic) del Incrédulo. Por cierto, tal estructura no podía ser más desequilibrada: el tiempo de las ilusiones del Filósofo corresponde a las dos primeras cartas; las disputas del protagonista con un eclesiástico docto y piadoso abarcan las cartas III-XVI; y la conversión del Incrédulo todo lo demás, o sea las cartas XVII-XLI. Pero este plan anunciado por el autor en el prólogo de El Evangelio en triunfo no sólo es poco hábil sino que es erróneo, ya que no toma en cuenta las cartas de Mariano a Antonio (XXXVI-XLI), que no corresponden a la conversión del Filósofo sino a su actuación después de haberse reintegrado el seno de la Iglesia. Esta advertencia no carece de interés por lo que concierne al pensamiento de Olavide y sus verdaderos propósitos cuando se puso a redactar su obra, ya que resulta evidente que las Cartas de Mariano a Antonio fueron algo que vino después de redactar «la historia del filósofo desengañado», como si Olavide no pudiera resignarse a publicar una mera apología de la religión católica sin hacer alarde de un ideal ilustrado que nunca le había abandonado. Pero este olvido (voluntario o no) es sumamente revelador de que no es la temática (como declaraba el autor) la que estructura la narración en El Evangelio en triunfo. Son los personajes.
Claro indicio de esta estructuración del relato por los personajes es la llegada inopinada al pueblo del Filósofo de un total desconocido para el lector: Mariano, acompañado por un amigo, Antonio, quien se va a América y cinco años más tarde, de vuelta, pedirá noticias de los progresos del plan ilustrado de mejoramientos del pueblo y de los progresos de la educación de los dos hijos del protagonista, Félix y Paulino (Olavide, 1797-1798, pág. 50). Esta visita constituye con toda evidencia un deus ex machina destinado a cambiar el status literario del Filósofo desengañado, que pasa de sujeto a objeto literario (Muñoz Vidal, 1991, pág. 279). Pero cabe notar que si nada, en la narración anterior, podía anunciar esta brutal intrusión de un nuevo personaje que, a partir de ahora, va a disputar el protagonismo al Filósofo desengañado, en cambio la transición entre los dos relatos se hace mediante la intervención de un nuevo narrador (el Buen Padre, que convirtió al filósofo) con la reproducción para Teodoro de dos cartas que le había escrito. Antes de que un autor (Mariano) sustituya a otro (el Filósofo) éste desaparece discretamente de la narración, quedándole únicamente una carta que escribir a Teodoro para anunciarle la llegada de Mariano y de su amigo. ¿Casualidad, o cálculo acertado? Sea lo que fuere, con estas dos cartas acaba el tercer volumen (la XXXIII) y se abre (la XXXIV) el tomo IV de El Evangelio en triunfo: su papel de bisagra en el relato no podía manifestarse más claramente. Hallamos el mismo procedimiento de estructuración del relato por la aparición inesperada de un personaje desconocido (o supuestamente muerto) en la historia del Filósofo desengañado propiamente dicha. Efectivamente, después del desafío en el que el Filósofo provoca la muerte de un extranjero y huye sin saber a dónde para escapar de la justicia, es el encuentro fortuito (versión profana de la Providencia) con el Buen Padre (carta II) el que marca el principio de las conversaciones que determinarán su conversión. Pero, en cuanto el Filósofo se ha rendido definitivamente a los argumentos del Padre (carta XVI), inmediatamente después de una noche consagrada a arrepentirse de haber matado a un hombre sin darle tiempo para arrepentirse de sus pecados, llega un desconocido (para el padre y los lectores): un tal Simón, que no es sino su criado que le anuncia que su víctima no ha muerto, sino que sólo había sido herido y que, curado, se ha negado a participar a la justicia el nombre de su adversario (Olavide, 1797-1798, III, pp. 191-196). Esta llegada inopinada de Simón marca la transición
entre lo que Olavide consideraba como su segunda parte (las disputas con el
Buen Padre) y la tercera (la conversión del Filósofo). Pero
anuncia también las cartas de Mariano a Antonio, ya que es cuando el
Padre ordena a Simón instalar en una finca en el campo a los hijos del
Filósofo (que hasta ahora, poco le habían preocupado, y aparecen
como otro descubrimiento: Olavide, 1797-1798, II, pág. 200). Así
mismo, para acabar la tercera parte, la que corresponde al
«convencimiento» del Filósofo, Olavide hace resucitar a un
tal Manuel, con el que compartía antes su vida desenfrenada. Cuando
había anunciado a Teodoro la muerte de Manuel en la carta segunda
(Olavide, 1797-1798, I, pág. 20), le informa en la XXXII que acaba de
encontrarle en la persona de cierto anacoreta al que fue a visitar
La aparición, o mejor dicho, la reaparición inopinada de personajes secundarios, al mismo tiempo que subraya la composición temática de El Evangelio en triunfo, constituye una historia que, a pesar de su excesiva parquedad, podía sentar las bases de una novela. Sin embargo, si las dos primeras cartas enteramente consagradas a la vida disoluta que llevaba el Filósofo, al duelo que le opuso a un extranjero y su huida hasta los alrededores de un convento donde fue hallado por el Buen Padre que le convirtió, tienen efectivamente todas las características de una novela corta, la disolución de la historia del Filósofo desengañado en tres tomos de unas cuatrocientas páginas cada uno, con largas disputas filosófico-religiosas y hasta resúmenes de las conclusiones de la disputa anterior, desvirtúa las posibilidades de novelización que ofrecía el relato. No se le escapó la dificultad a Olavide, tanto más cuanto que había sacado la Historia del Filósofo desengañado no de su fecunda imaginación, como creyó su amigo Dufour de Cheverni, que le vio redactar la obra en su castillo (Dufout, II, pág. 368) sino de una obra publicada en 1788 y que había conocido el éxito suficiente para que fuese traducida al castellano en 1796: Les Délices de la religion, ou le Pouvoir de l’Evangile pour nous rendre heureux del abate Lamourette (Olavide, 1797-1798, I, pág. VIII y Dufour, 1966, pp. 62-71). Pero en su afán de superar su modelo desde el punto de vista religioso, Olavide lo había desvirtuado desde el punto de vista literario, y lo que en la obra de Lamourette (con sus 372 páginas in 12.º) podía pasar por un relato verosímil y ofrecía todas las características de una novela coherente, difícilmente podía pasar por tal en las 1646 páginas in 4.º de El Evangelio en triunfo. Para intentar compensar la pérdida de interés que
suponen las largas interrupciones del relato de la
historia (externa)
del Filósofo desengañado, Olavide
va a centrarse en la historia interna del mismo, y mediante las distintas
cartas que éste manda a Teodoro ofrecernos el diario íntimo de
una conversión. Si las cartas III a XVI constituyen un bloque
específico, con las disputas (cada vez menos virulentas) entre el Buen
Padre y el Filósofo, a partir del momento en el que el Filósofo
se ha convertido Olavide introduce en
El Evangelio en triunfo otro tipo de
relación que anuncia el sinnúmero de novelas salsulpicianas
Este intento de dar consistencia a la historia de la
conversión del Filósofo por esta narración
«sansulpiciana»
avant la lettre resulta totalmente
improductiva en cuanto a la coherencia del relato global de la
historia de un Filósofo
desengañado. Muy al contrario: la tonalidad de este trozo, que
quisiera ser conmovedora y resulta en la mayoría de los casos lacrimosa
y/o grandilocuente, viene a subrayar el carácter específico de
esta parte del relato. Así que resulta totalmente imposible clasificar
El Evangelio en triunfo dentro del
género literario. Porque los propios intentos de Olavide de mantener el
interés del lector por elementos novelescos resultan contraproducentes
por lo que se refiere a la obra en general. Efectivamente, no tenemos en
El Evangelio en triunfo un relato, sino varios.
Las
Cartas de Mariano a Antonio (última
parte de
El Evangelio en triunfo, cartas XXVI a XLI) ya
han sido publicadas separadamente (Olavide, 1988); las dos primeras cartas, que
presentan la desgraciada historia de un hombre llevado al homicidio por la mala
vida que llevaba entre libertinos, también podrían publicarse
separadamente y constituirían un cuento que no carecería de
interés (incluso si no es sino la adaptación, o mejor dicho, la
copia de la obra de Lamourette, como ya hemos visto). Las cartas III a XVI, que
corresponden a las disputas filosófico-religiosas del Filósofo en
vía de desengaño con el Buen Padre, también hubieran
podido ser objeto de un libro distinto. Tanto más cuanto que ya lo
habían sido y que
Le Triomphe de la véritable religion del
conde de Valmont, publicado en 1796, debió de ser el modelo de Olavide,
que sin duda aludía a ella hablando en su prólogo de «la
historia reciente de un Filósofo muy conocido en una serie de cartas
escritas por él mismo y por algunos de sus amigos» (Olavide,
1797-1798, I, pág. VIII).
Más bien que «producción híbrida» como lo calificó Menéndez Pelayo, El Evangelio en triunfo o Historia de un Filósofo desengañado no es sino la reunión de cuatro obras distintas, mediante la unificación por el género epistolar y el papel estructurante de personajes secundarios que por su presencia dan al lector la falsa impresión de un relato único. ¿Fue esta variedad de géneros lo que provocó el entusiasmo de los lectores de los penúltimos años del XVIII y de la primera mitad del XIX, tanto en España (con 14 ediciones entre 1797 y 1848 e incluso una edición clandestina en Barcelona en 1803: Dufour, 1966, pág. 190) y 16 ediciones (la mayoría, en forma abreviada) en Francia de 1805 a 1861 (Dufour, 1966, pp. 197-199)? ¿O fue la beatería ambiente, de la que fue totalmente consciente Chateaubriand al escribir en 1799 un opúsculo sobre La Religion chrétienne par rapport à la poésie que debía convertirse luego en Le Génie du Christianisme (Christophorov, 1953, pág. 193), lo que, fuese lo que fuera lo que hubiera escrito Olavide, y dada su personalidad y su historia anterior, provocó un entusiasmo de librería, sin que sepamos si efectivamente los compradores también fueron lectores de El Evangelio en triunfo? Esta última hipótesis no nos parece la más disparatada. Bibliografía
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