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    Pago Chico y nuevos cuentos de Pago Chico
     Roberto J. Payró
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Pago Chico y nuevos cuentos de Pago Chico

Roberto J. Payró



[7]

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Pago Chico

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- I -

La escena y los actores

     Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido cristalizando a su alrededor una población heterogénea y curiosa, compuesta de mujeres, de soldados, -chinas- acopiadores de quillangos y plumas de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, indios mansos, indiecitos cautivos -presa preferida de cuanta enfermedad endémica o epidémica vagase por allí.

     El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales, permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población que el vegetativo -casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba casi a los nacimientos, pero cuyos claros venían a llenar los nuevos contingentes de tropas enviados por el gobierno.

     Mas cuando los indios quedaron reducidos a su mínima expresión -«civilizados a balazos»-, la comarca comenzó a poblarse de «puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida incipiente y vigorosa. [8]

     Cuando ese núcleo provincial adquirió cierta importancia, el gobierno provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, a punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral que oponer a los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente a frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.

     Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle los legisladores a su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.

     La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los inconmovibles bourgs pourris, baluarte en que se estrellaba todo conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez en cuando gruesas sumas destinadas a obras públicas y de fomento, que las mismas autoridades se repartían en Santa Paz, cubriendo las apariencias con algún conato de construcción, verbigracia, la del puente sobre el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, siempre en las [9] mismas, la terminación de la Municipalidad, o la mejora de los caminos, las acequias o los mataderos...

     Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún desdeñado o perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia o a los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora simples especies calumniosas envenenadas.

     El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate para que yo me ponga» de manera que la oposición no salía nunca de su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la tolerancia.

     Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión que pidiera a la Municipalidad, proclamó urbi et orbe que iba a revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando a la prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición circunstancial de las defraudaciones, a la que agregó cálculos de precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros vecinos expectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el factum ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine, agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó al pueblo, pronto ya a la revolución y el sacrificio...

     -Usted es un zonzo, amigo Bermúdez -le dijo en esta emergencia el escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle. [10]

     -¿Por qué? -preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.

     -Porque ha obligado al intendente a romper el contrato por diez años del peaje del puente.

     -¿Y a mí qué?

     -Que la Municipalidad se lo concedía a usted por una bicoca... ¡Un regalito de tres a cuatro mil pesos por año!...

     Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, enseguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la mano trémula de emoción y avaricia:

     -¿Y eso no se podría arreglar? -preguntó.

     Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dio vuelta al poncho. Los parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro hombre, desollado y todo, siguió tan campante enriqueciéndose y figurando cada vez más...

     Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, dejar de convertirse en centro de difamación, y lo fueron con tal eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en varios bandos que se odiaban a muerte, y cuya lucha iba a dar origen a una oposición organizada.

     Entre estos bandos destacábase el de don Ignacio Peña (don Inacio, allí) y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal, doctor Carbonero, habilitó al italiano Bianchi para que abriese otra farmacia contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos de la municipalidad para el hospital, y los de la comisairía para su botiquín, pues Carbonero acumulaba también [11] las funciones de médico de policía y director del hospital.

     Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores a todo trance.

     Añádase a esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para algunos llegaban a extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya para convertirse en teatro de una lucha homérica.

     El primer síntoma de guerra fue una disputa ocurrida en el Club del Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de paz don Pedro Machado, a raíz de un envite en que el juez cantó treinta y dos y se fue a baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido mejor, porque la venganza de Machado, a quien el intendente llamara «tramposo» con todas sus letras, fue terrible: fundó un periódico, «El Justiciero», para atacar a su enemigo y sacarle los cueritos al sol. «Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan a la luz... ¡ya se adivina el resto!

     Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había dragoneado de [12] periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese «overo» al intendente, sin asco y sin lástima.

     «El Justiciero» debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos. Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el «deux ex machina» pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los príncipes cristianos.

     -Mire, don Pedro -declaró al belicoso juez de paz-; esto va a ser como pelea de comadres de barrio. «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto pueda decirle a Luna, él se lo puede repetir a usté, porque todos hemos hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón; los pies fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo no más. Si no vamos a tener que enojarnos con usté, se va a enojar el gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él serán la risa de todo el mundo.

     Como don Pedro no cediera a las primeras de cambio, Ferreiro se entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas en el desempeño de su cargo...

     -Piór ha hecho él -gritaba Machado, como lo pronosticara el escribano, que le tapó la boca con esto:

     -Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un campo sin título de propiedad, ni de seis o siete lotes urbanos, que la Intendencia puede reivindicar de un momento a otro...

     «El Justiciero» no reapareció hasta meses más tarde, [13] cuando «La Pampa» de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños del pueblo».

     Este Viera, hijo de Pago Chico -joven de veintidós años que había vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias a su pequeña fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y comités-, era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración y más escasa experiencia, a quien el surgimiento de la Unión Cívica infundió ideas redentoras. A raíz de aquel vasto movimiento de opinión volvió al Pago resuelto a reformar el mundo, y para hacerlo compró también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó «La Pampa», dispuesto a sostenerla con la otra mitad.

     Ya lo veremos en la acción. Entretanto pasemos a otra cosa, para dar una idea general de aquel pueblo privilegiado.

     Las reuniones más «chic» y mejor concurridas eran las que Gancedo celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad que pudiera llevarlo a la diputación, sin darse cuenta de que en Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y solapado.

     Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos. Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y empanadas [14] criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de viajeros en una parada del camino.

     Terminada la comida y apuradas las últimas botellas del buen vino de postre, comenzaba a llegar el resto de los invitados, las niñas con sus mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían hasta muy cerca del amanecer.

     Las demás reuniones eran muy parciales y ese excepto las masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine -los dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas, quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.

     Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas solemnidades.

     Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí a las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas a su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con toda la paciencia que se le atribuye aún, pese a las protestas, clamores y vociferaciones que llenan su libro del vicio testamento. Tales misteriosos cuchicheos empañaron más [15] de una fama limpia y pura, y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre decente ni mujer honrada.

     -Si uno fuera a creer tanta inmundicia -decía Silvestre-, tendría vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.

     Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia, de la difamación.

     «La Pampa» atacó el mal en varios artículos violentos contra los calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande», epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por este párrafo, glosa de la frase silvestrina:

     «Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio y reclusión de mujeres perdidas».

     El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el ferrocarril, pues entonces comenzaron a establecerse «barracas» para el acopio de frutos del país -lana, cueros, etc.- Estos establecimientos fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando a efectuar ciertas operaciones bancarias -depósitos en cuenta corriente y a plazo fijo, descuentos, giros- que antes hacían fácilmente las principales casas de comercio.

     Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, [16] corralón de madera, hierro y tejas, mueblería, hojalatería, papelería y droguería, amén de otras especialidades.

     Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña -casas entre las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la

SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA

DI ROMOLO E REMO

DI GIUSEPPE CARDINALI

     Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes que París, o al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer cuando se complete el cielo de su evolución progresiva.

     La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.

     A la fábrica de rodados había ya que agregar en [17] Pago Largo el floreciente molino y fideería de Guerrim, construcción chata y mezquina emplazada a orillas del arroyo presuntuosamente llamado Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero característica. Había que agregar también fuera de los hornos de ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios, sin embargo, debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los ranchos de las afueras hacían primorosos mancadores, lazos, bozales, mancas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos «paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba a veces más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse a vender arreos, ordinarios, pero cobrándolos a peso de oro se vengaba del arte purísimo que convertía los «tientos» el simple cuero sobado, en bridas moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes, sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban diez y más veces el valor de la materia prima. Y, a la larga, Tortorano venció: hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó sin trabajo a los trenzadores, que debieron levantar campamento para no morirse de hambre.

     Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los desmirriados racimos de las [18] parras de su quinta y otros ingredientes menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto a olor de ratón», que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».

     Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también vendían carbón, leña, maíz y afrecho...

     ...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulos a relatar y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, preñada de hechos trascendentales, rica en filosófica enseñanza, espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar de patriotismo...

     -¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto! -agregaría Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores de Pago Chico.



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- II -

Libertad de imprenta

     Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política enardecía los ánimos y «La Pampa» y «El Justiciero» se dirigían los cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, [19] y cívicos y oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros para retener el gobierno de la comuna. «La Pampa» no dejó de aprovechar el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente mismo. Un parrafito:

     «Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene a demostrar cómo la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno que es la cueva de Alí Babá, va a ser esquilmada hasta el último peso por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y si puramente hombres sin honor ni vergüenza».

     Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en intenciones, enfureció a don Domingo de tal modo, que se fue como un cohete a consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor en las grandes emergencias. Quería acusar a la publicación. Ferreiro, sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oír ligeros ¡hum! ¡hum! intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:

     -No es acusable.

     Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:

     -¿Quiere decir que porque a un miércoles se le ocurre robarse la plata de la municipalidad, a mí me puede decir que debo estar en la cárcel de Sierra Chica ese canalla de Viera? [20]

     -No lo dice, lo da a entender, -repuso tranquilamente Ferreiro.

     El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso, gruñendo entre dientes:

     -Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá! ¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!

     Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento caliente como sí saliera de un horno, barrían las calles calcinadas por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor a paja quemada. El bochorno aumentaba por minutos.

     Avanzando la tarde, el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que forma montones de arena en las aceras y la pasea triunfante de un lado a otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; quería achicharrarlo todo.

     Cuando oscureció completamente, se notaron en el cielo de azul profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, semejantes -menos en el tono- a la claridad difusa que por la noche y desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el cielo sin una nube... [21]

     Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los grandes desastres como se verá cuando se lea que «El diablo» estuvo también en Pago Chico.

     La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política de esas que concluyen a garrotazo limpio; y como el señor intendente había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle», según declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el inspector del riego.

     Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de «La Pampa» hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de Gancedo -en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas de sauce y yedra-, iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no era posible faltar. Se dio una tarea espantosa para «llenar» el diario, y a las ocho y media salió para ir a mudarse de ropa: estaba de tinta de imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.

     Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar el castigo de su insultador.

     -¡Hum! -se dijo el periodista- ¡esto es algo! [22]

     Apenas le vieron, los vigilantes -las sombras- se echaron sobre él, blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado por la escena que iba a desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le reconoció, y haciendo una gambeta a los presuntos apaleadores, cruzó la calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente, le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá, canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troneoso, que comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó a la calle, y amparándose en la sombra, se fue a su casa...

     Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las habitaciones, dando a Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, incauto, había ido a mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro, y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato a la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro Machado, había prometido firmar al día siguiente -antidatada, como es natural- una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer ulterioridades, y se haría justicia.

     Gracias a esta rapidez de procedimiento -excepcional en Pago Chico- el comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo para no salpicar los zapatos de charol.

     -¡Marche! [23]

     -¡Pero hombre, no he de ir desnudo!

     -¡Marche, canalla!

     Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas zapatillas, y en camiseta lo llevaron a empellones, por el medio de la calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.

     -¡Yo t'enseñar, trompeta! -le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire, apenas le vio encerrado.

     Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.

     Al día siguiente «La Pampa» salió «tremenda».

     Informados a tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había visto todo, pero que no se animó a terciar, luego por Troncoso, que protestaba contra el atropello de su domicilio, después por Silvestre, el boticario, que nada había visto, pero que todo lo sabía y aún agregaba detalles de su cosecha, y enseguida por Pago Chico entero, que se arremolinó cuchicheando en el club, en los cafés, en la plaza, hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio apenas asomaba un oficialista -informados a tiempo, repetimos-, se encargaron de dar la nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron las formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se atribuyó generalmente a la bien cortada pluma del doctor don Francisco de Pérez y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta allí.

     No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya que está al alcance de la mano:

     «La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por culpa de un gobernador de [24] la provincia de Buenos Aires que no merece más que el desprecio, y que comete cuantas tropelías harían poner rojo de vergüenza a cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad, ha llegado hasta un extremo que no puede concebirse en un país libre donde todo el pueblo y los ciudadanos además quieren la libertad de las instituciones.

     «La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución simultáneamente y, al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de esos malvados que roban y esquilman al pueblo a mansalva y sin que haya quien les castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos con eso echan mano de la fuerza bruta para hacer callar la protesta indignada de un pueblo que sufre sus desmanes y sus depredaciones.

     »Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en plena vía pública a nuestro valiente y noble director, y no satisfechos con ese brutal e incalificable atentado, le han sumergido luego en un estrecho e inmundo calabozo infecto, casi desnudo, después de arrancarlo de su casa donde se estaba mudando ropa para ir al baile de, lo de Gancedo, y no sin antes haber violado su domicilio como violaron el de la casa del señor Troncoso para buscarlo los emponchados que con el intendente a la cabeza trataban de darle una paliza de la que el intendente fue el que salió mal parado.

     »Y entretanto nuestro director está preso inicuamente.

     »¡Así obran las autoridades gubernistas!

     »¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!! [25]

     »¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas ensoberbecidos, bandoleros del poder!!!

     »¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!!

     »¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos cueros al sol!!!

     »¡¡¡¡¡Miserables!!!!!!

     »Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy la indignación nos pone mudos y a más la falta absoluta de espacio nos impide tratar el tema con la extensión que merece».

     Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! o de alguna de las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al fin y al cabo, el último párrafo era puramente explicativo.

     Por su parte «El Justiciero -el papel oficial-, no se quedó corto tampoco en aquel memorable día. He aquí lo que escribió:

     «El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo merecido, recibiento una paliza de padre y muy señor mío que le propinó nuestro distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con tan empeñoso acierto rige las funciones de intendente municipal de este progresista pueblo».

     Hay que hacer notar que este párrafo -y alguno de los que siguen-, fue escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas se estuvieran toda la noche en la [26] imprenta. Además ¿cómo decir que el apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba:

     «Como a Viera no se le hace más caso a sus ataques que a un perro sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fue por lana y salió trasquilado y se metió a apaleador y casi no le dejan hueso sano!»

     -¡Coñe! ¡Así se escribe la historia! - exclamaba el doctor Pérez y Cueto al llegar aquí de la lectura:

     «Habíamos pronosticado que esto iba a suceder matemáticamente, porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos de desvergüenza y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar a los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede transgredir ni paliar la opinión pública.

     »Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, da hálitos de podredumbre inmunda a los pueblos que infestan y debían preocuparse los gobiernos de poner a raya con sabias limitaciones reglamentarias y leyes al propósito a esa prensa brava que destila haba sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino.

     »Una ley de imprenta que enfrene a esos insultadores de oficio se hace necesaria inminentemente. Sino, sería necesario hacerse justicia por su propia mano, como en el caso de ayer.

     »En cuanto a éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque pertenece a esa calaña; pero que [27] nos callamos por la circunstancia misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy mismo será puesto a disposición del digno juez de paz de este partido, señor don Pedro Machado.

     »El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y Fillipini decían anoche que dentro de dos o tres días podrá salir a la calle.»

     Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin de cuentas, ¿quién había dado a quién? ¡Problema! Pero para eso estaba Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera y refiriéndose a «La Pampa» y a su propaganda, había exclamado, orgulloso:

     -¡Ella sale una vez al día, y yo salgo a todas horas!

     Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico: Luna, que preparaba una celada a Viera para vengarse de sus justos ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», después de lo cual el comisario, con treinta vigilantes armados a rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros pero no heridos, (los tiros los oyó todo el mundo aunque no sonaron) fue reducido y se le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos policiales... Allí estaba Viera aún. ¿Quién sabe si no lo habían estaqueado?

     La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el diapasón... ¡Claro! [28] ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse a redentor y salir crucificado.

     Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de una arrebatadora e inspirada alocución de Lobera, secretario del comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era deber nacional devolver la libertad a Viera, y que lo liarían «si a las buenas, a las buenas: si a las malas... ¡a las malas!» palabras textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado de alta política no asomar las narices a la puerta.

     -¡En último caso -exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por todas partes y entusiasmo por la boca- en último caso asaltaremos la comisaría y le daremos una paliza a Barraba!

     -¡Muy bien dicho! -exclamaron unos.

     -¡Eso es!, ¡una paliza al comisario!. -gritaron otros.

     -¡Bravo! ¡Bravo! -aullaron los demás.

     Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche antes:

     -¡Es un atropello infame! ¡Que suelten a Viera!

     Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fue desgranando poco a poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth o su bitter, y se evaporaban, uno a uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, no sin dirigir a la salida una sonrisita amistosa al vigilante que de acera a acera, y observando el interior del café, se paseaba por la esquina. [29]

     -¿Se ha ido Lobera?

     -Hombre, sí; y Silvestre también.

     -¿Y Tortorano?

     -Acaba de salir.

     -¡Así no se puede hacer nada nunca! -exclamó Pedrín, que también tomó la puerta encogiéndose de hombros.

     Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de sus aficiones.

     Sin embargo podría -él, tan curioso- haberse detenido a observar lo que pasaba en la comisaría.

     En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez -aquella estatua de yeso pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar a un tullido- miraba de reojo a sus compañeros que tomaban mate, y de frente a las oficinas.

     -Che, Avellanera, alcanzá uno -dijo el plantón al cebador del amargo, viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.

     -¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.

     Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron a carcajadas de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó quizá que tenía afición al «pasquinero».

     Casualmente, el comisario entró en aquel momento.

     -¡A ver vos, Fernández, vení acá!

     El plantón hizo la venia y con los sesos tostados [30] por el sol, se acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y estaban firmes, con la mano a la frente y expresión de la más absoluta humildad.

     Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que Fernández, cuadrado, se quedaba a la puerta, le gritó con voz áspera y frunciéndole las cejas:

     -Entrá.

     Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.

     -Vos andás con Viera ¿no?

     -Yo... señor... -balbuceó el infeliz, que al oír tan terrible acento, hubiera querido hallarse a veinte leguas.

     -¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la puerta de la imprenta?

     -Nada, señor comisario.

     -¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!

     -Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:

     -Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero que te metás a mulo grande ¿entendés? Cuidadito conmigo, que si yo sé que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andate y ¡cuidadito!...

     El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la capital federal.

     Barraba llamó a otro agente.

     -Traigamé el preso -dijo.

     -¿A cuál? ¿Al señor Viera? [31]

     -¡Qué señor ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!

     Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero entero y altivo como cuadra a todo periodista perseguido por el poder.

     El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que examinaba unos papeles. Viera, de pie y en silencio, se mordía los labios de rabia.

     -¿Por qué está preso? -preguntó al fin Barraba, clavando en él una mirada iracunda.

     -No sé.

     -¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!

     -¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...

     -¡No se me insolente! -gritó iracundo.

     -No me insolento. Me pregunta y le contesto.

     El agente dio un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente impasible. Barraba se reprimió pero le hubiese gustado hallar ocasión de «darle unos planazos al pasquinero».

     -Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.

     -Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso.

     El comisario pareció reflexionar.

     -Bueno -dijo por fin-, esa es su versión. Pero el señor intendente no dice lo mismo, y los testigos tampoco.

     -¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he conocido bien!

     Barraba, ciego de ira, se levantó a medías de su [32] asiento, pero logró reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:

     -¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! ¡Aquí no hay más agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz por su delito de desacato a la autoridad!

     -¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su puesto! -exclamó Viera que ya estaba viendo quince días o un mes de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las vejaciones sin término, y para fin de fiesta, el viajecito a La Plata, entre dos vigilantes, y quizá con grillos...,

     -¡Enemigo!, ¡injusticia, eh! - gritó Barraba, morado de cólera- ¡Mire, amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!

     -¡Es que es la verdad! -repuso el otro con indignación.

     -¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen guiso de lonja!

     Y dirigiéndose a la puerta de la otra oficina, gritó:

     -¡Benito! Hace l'ata de Viera.

     El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió a leerla con voz monótona:

     «Llamado a mi presencia el acusado Julián Viera, dijo que él había sido agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y que le pegó unos palos, y que entonces vinieron emponchados, y que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía a los hombres que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no, y [33] que no los había podido conocer porque dijo que la noche estaba muy oscura y que no había luz. Y leído que le fue su declaración, se ratificó y firmó conste.»

     -Yo no firmo -dijo sencillamente Viera.

     -¿Por qué? -preguntó Barraba indignado de ver desconocida su omnipotencia.

     -Porque eso es una barbaridad.

     Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de voluntad y mucha prudencia, y se limitó a ordenar:

     -¡Volvelo al calabozo!

     Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'evaler» que sólo terminó cuando tuvo a bien regalar a Benito con este cumplimiento a propósito de la redacción del acta.

     -¡También vos sos más bruto que un par de botas!

     El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado a esas rebuscadas galanterías.

     -A ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato a la autoridá a mano armada del intendente».

     Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.

     Los telegramas habían llegado a todos los diarios de oposición de Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un verdadero escándalo. ¡Qué arma aquella, y en qué momentos! Asustados del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de Pago Chico, sirviendo de truchimán a los jefes del partido oficial todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro Machado, el siguiente despacho: [34]

     «Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar oposición, tranquilidad, espíritu. Ponga asaltante inmediatamente libertad. -Cisneros.»

     El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el desmán, abundando en las mismas opiniones.

     -Eso es querer hacer callar un chancho a palos -dijo a Luna y a Barraba-. Otra vez no sean tan bárbaros. A hombres como Viera hay que matarlos o dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien.

     ...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo de Ferreiro comenzó también a ponerse inmediatamente en práctica.



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- III -

En la policía

     No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitose de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad policial fuera a poner en vereda a los revoltosos pagochiquenses.

     Antes de él, es decir, antes de que se fundara «La Pampa» y se formara el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos.

     El antecesor de Barraba fue un tal Benito Páez, gran truquista, no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo, salvo la inveterada [35] costumbre de no tener gendarmes sino en número reducidísimo -aunque las planillas dijeran lo contrario-, para crearse honestamente un sobresueldo con las mesadas vacantes.

     -¡El comisario Páez -decía Silvestre- se come diez o doce vigilantes al mes!

     La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de La Polvadera, las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres no menos perentorios, obligaban a don Benito Páez a frecuentes, a casi reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fue ir un comisario activo con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel tiempo, y los viejos del pago lo repiten a menudo.

     Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran a escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, don Benito ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el personal con gendarmes de ocasión.

     Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos hombres a caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del [36] chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se dirigieron a la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de intransitabilidad.

     Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos personajes de novela caballeresca, y llegaron a la puerta de la comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el mejor caballo -y en quien el lector perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra a su asistente-, trepó a la acera sin desmontar, dio tres fuertes golpes en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...

     Y esperó.

     Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y refunfuñando un terno volvió a golpear con mayor violencia.

     Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se notaba movimiento alguno.

     Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo cada uno de ellos con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin allá a las cansadas entreabriose la puerta, viose por la rendija la llama vacilante de una vela de sebo, y a su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.

     -¿Está el comisario? -preguntó el inspector bronco y amenazante.

     El otro, humilde, tartamudeando, contestó:

     -No, señor.

     -¿Y el oficial? [37]

     -Tampoco, señor.

     El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echose un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:

     -¡Llame al cabo de cuarto!

     -¡No... no... no hay, señor!

     -De modo que no hay nadie aquí, ¿no?

     -Sí se... señor... Yo.

     -¿Y usted es agente?

     -No, señor... Yo... yo soy preso.

     Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que temblaba de pies a cabeza.

     -¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?

     -Sí, se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la esquina bo... borracho, si se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.

     Una hora después don Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó a dar simples explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el hecho de que ¡su sistema no sufrió modificación, y de que el presoportero y protector de agentes descarriados siguió largos meses desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.



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- IV -

El juez de paz

     Ya se ha visto que también Pago Chico tenía juez de paz y que éste era entonces, desde años, D. Pedro Machado, «pichuleador» enriquecido en el comercio [38] con los indios, y a quien la política había llamado tarde y mal.

     -¡A la vejez viruela! -decía Silvestre.

     Y para desaguisados nadie semejante al juez aquel, famoso en su partido y en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo contar porque pasa de castaño obscuro.

     Ello es que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de muy malas pulgas que consideraba a su hija como una máquina de lavar, acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta a sus órdenes por la divina providencia.

     Demás está decir que se opuso a los amores de Rufina y Eusebio, como quien se opone a que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un día con él sin que nadie supiera adónde.

     Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y pataletas...

     El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran conocedora de males y remedios, le dio unos mates de cepa caballo...

     Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de los consejos más o menos viables.

     -¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es de lái háe golver!

     -¡Usebio es un buen gaucho y no la v'a dejar! -observaba [39] un consejero del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.

     Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni tener paciencia.

     Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven, acabábanse la holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de costumbre...

     -¡No!¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar! -Y se desataba en dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera condensado y quintaesenciado en su interior.

     -¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar a la autoridá!...

     Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que comience a desaparecer su fe en esa providencia chingada.

     Fue, pues, misia Clara a quejarse a D. Pedro Machado. [40]

     Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas y dos sillones, una para el juez, otro para el secretario; todo eso era el Juzgado de Paz de Pago Chico y la sala del trono de D. Pedro Machado.

     Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil apostado junto a la puerta sólo dejaba pasar a los querellantes, a medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.

     -¡Hoy he estado evacuando todo el día! -solía exclamar el funcionario cuando abundaban las causas.

     Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fue larga, pues todo Pago Chico estaba en pleito o buscaba la ocasión de estarlo. D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa.

     -A ver, vos, ¿qué querés?

     -Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace dos meses que...

     -¡Bueno!... Andá decile que te pague, que digo yo... Y si no te paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un tramposo...

     El hombre se fue medianamente satisfecho, dando paso a otros pleitistas cuyo litigio era más complicado.

     -Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera con la que está edificando el señor, la Municipalidad me dio una línea sobre la calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos perpendiculares sobre esa línea. Pero ahora resulta que [41] el agrimensor municipal no supo darme la línea y que la pared medianera, como ya digo, se entra en el fondo, en el terreno del señor, que me reclama las varas que le faltan. Yo, a mi vez, y antes de contestar a esa demanda, vengo a demandar a la Municipalidad por daños y perjuicios, porque me dio la línea causante de todo...

     Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpiole de pronto interpelando a la parte contraria:

     -¿Y usté qué dice?

     -¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad.

     -Demandar a la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?...

     -Señor, yo... demando...

     -¡Callate! ¡Y vayan los dos a ver si se arreglan, y pronto... que sinó les atraco una multa!

     La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos a los anteriores, hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta significación que iba furioso contra «La Pampa», el diario opositor, salido aquellos días de toda mesura. El diario publicaba un violento artículo contra él, Simón Bernárdez, y lo trataba poco menos que de ladrón.

     -Hola, Bernárdez, ¿y que lo trai por acá?

     -Vengo a acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!

     Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por las indignadas interjecciones de don Pedro Machado.

     -¡A hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va a pasar! ¡Es malo tentar al diablo!...

     Y dirigiéndose al secretario Ernesto Villar:

     -Estendé un' orden de prisión contra Viera... [42]

     -Vaya tranquilo nomás, don Simón, que aquí las va a pagar todas juntas.

     Se fue Bernárdez a anunciar a sus amigos que había sonado la hora de la venganza; pero el secretario no extendió la orden de prisión.

     -Sabe don Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de imprenta, y que no podemos dar curso a la acusación de Bernárdez...

     -¿No?

     -¡No, señor! Tiene que ir a La Plata.

     Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección y para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:

     -¡También vos!, ¿por qué no me decís?

     Por fin tocó el turno a misia Clara, que entre gimoteos y suspiros contó como Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que tuviera a mano.

     -¿Cuántos años tiene la muchacha?

     -Diciocho, don Pedro.

     -Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.

     La vieja volvió a gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.

     -Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le per. dono con tal de que no lo vea más a Usebio, que es de lo más canalla!...

     Don Pedro permaneció impasible, armando un negro, con el papel entre el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano izquierda con las yemas de la derecha. [43]

     -¡Amparemé, señor -insistió la vieja-. Haga que güelva m'hija!... ¡O, de no, atraquelé una multa a ese bandido!

     -Fa eso no hay multas... Si juera uso de armas -replicó sarcásticamente D. Pedro.

     La otra cambió de baterías.

     -¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy tan vieja y tan pobre!...

     -¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y es natural.

     Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa reprimida a duras penas.

     -¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro? -clamó misia Clara, desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que nunca.

     El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después sentenció con calma:

     -¿Yo? Que sigan no más, que sigan...



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- V -

La elección municipal

     Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el diario oficial, El Justiciero, la siguiente inesperada noticia:

OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES

     «Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales. [44]

                     Don Domingo Luna
Don Juan Dozo
Don José Bermúdez

     Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, cuenta con numerosos miembros, y aunque formado a última hora puede disputar el triunfo a los demás partidos con bastantes probabilidades de éxito. En cuanto a los cívicos, demás parece repetir que tendrán que comer cola.»

     ¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el diario con el dedo, exclamó gozoso:

     -¿No ves, china, cómo todavía me necesitan, cómo todavía tengo quien me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá la lista! ¡Aquí estoy con Luna y Dozo, y El Justiciero dice que muy bien podemos triunfar!

     -¡Alguna picardía de Ferreiro! Lo mejor será que no te metás -replicó Cenobita, siempre desconfiada-. Cuando menos, te quieren sacar unos pesos pa'l'asao con cuero y la pionada...

     -¡Vos siempre agarrás pa lao del miedo! -replicó Bermúdez que se echó inmediatamente a la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.

     Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.

     Bermúdez, sin plan, iba palpitando, envanecido con su prestigio, ya innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él iría directamente al triunfo. [45] Tenía necesidad de hablar con alguien que no fuera su mujer tan suspicaz y desconfiada que jamás creía las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su digna esposa a compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo menudo que sus amigos se habían arrepentido -como no podían menos de hacer- de haberlo dejado a un lado cuando tantos y tan importantes servicios prestara a la causa común.

     El doctor lo miraba a ratos y a ratos bajaba los ojos, disimulando una risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:

     -¡Ma é per il cuochente! ¿Ma, non vede qu'é per il cuochente?

     El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció y sin haber comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando:

     -¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?

     Fillipini, tomándole un botón de la levita -para la circunstancia Bermúdez había creído conveniente salir de levita- y jugando con él, le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua italo-criolla, impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos, sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere.

     Bermúdez quedó consternado al comprender que [46] el partido oficial acababa de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas -Luna en este caso- sería electo sin discusión, por pocos votos que obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa, cuya misión terminaría casi antes de haber empezado.

     -¡Hijos de una gran!...

     -¡Eh! ¿qué quiere? ¡Fatta la legge, fatto l'inganno!

     El cociente lo había trastornado siempre, pero aquel día lo derribaba del pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco, genuino representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar derecho viejo como antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de trampa y de engaño! Si los tuviera a mano ¡qué felpiada les daría!... Pero ¿qué hacerle? Para su venganza, ya que no para otra cosa, la mejor contingencia era que los cívicos sacaran un concejal. En cuanto a él no saldría nunca.

     -Ma, gay un remedio...

     -¿Qué remedio, dotor?

     No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas, borrando uno de los candidatos, el doctor Carbonero, por ejemplo, y reunir de ese modo el mayor número posible de votos, además de poner de su lado la importantísima ventaja de figurar en dos listas. Cierto que si ambas tenían dos candidatos comunes, es decir, la mayoría de ellos, por la ley tendrían que considerarse iguales; pero... después se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo, juez de las elecciones y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También podía hacer otra cosa: amenazar a los correligionarios con llevar sus elementos [47] de hombres y dinero a la Unión Cívica, amenaza que no dejaría de dar resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución que tomaría en el último momento y sólo si se le obligaba a ello, desconociendo tan injustamente sus servicios.

     -¿Y usté me ayudará, dotor?

     -¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró...

     Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra, estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al café de Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El médico, entretanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la mala pasada que había jugado a su colega Carbonero, aunque tuviera sus dudas respecto de la acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya única habilidad hasta entonces había sido robar a los indios y apuntar de más en las libretas de sus clientes y en la pizarra de la trastienda.

     Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con bither Angostura, y aguardó a que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para poner manos a la obra.

     Momentos después Ferreiro, que acaba de entrar, se sentaba a su lado.

     -Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar porque resolvimos hacerla muy a última hora.

     -¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí!

     -¡Qué! ¿Y no está contento? -preguntó Ferreiro, fingiéndose muy sorprendido- y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas de aquel infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso?

     -Y ¿cómo v'y a estar contento, si eso es una trampa? ¿O crén ustedes que yo soy sonso y me chupo el dedo? [48]

     -¿Pero, cómo trampa, Bermúdez? ¿No quería ser candidato?

     -¡Sí, candidato, sí, pero en de veras! No quiero que naide juegue conmigo. Ya estoy cansao. Y ¿quiere que le diga?, pues si no salgo municipal de esta hecha... ¡me voy con los cívicos! ¡Aunque no sea candidato, quiero ser municipal, ¿oye? y de no, me hago cívico, le juro!

     Ferreiro se quedó un momento perplejo, pues no había contado con aquello, que le malbarataba sus planes. Pero, por la inminencia del peligro, no tardó en tomar una resolución, y antes de que Bermúdez hubiera vuelto a decir palabra, afirmó:

     -Pero si precisamente lo hemos puesto en esa lista para que salga municipal, porque está resuelto en el comité que se le den votos también en la otra lista. No sé qué le ha dado ahora para tener semejantes desconfianzas... ¡Vaya! ¡sea franco! ¿quién es el intrigante que le ha venido con cuentos?

     -A mí naide me ha traído cuentos. Pero yo sé muy bien lo del cociente, y aunque ya me había conformau con no salir municipal esta vez, no quiero tampoco que me tomen pa'l churrete; ¡y desde que, me han puesto en lista, quiero salir y que se dejen de historias!

     -¡Pero si precisamente, le repito, sabiendo que usté deseaba ser municipal lo hemos puesto en esa lista, Bermúdez! Si el partido tenía que recompensar sus servicios, y así lo ha resuelto anoche. Usté es incapaz de desconfiar de ese modo; por eso le pregunto quién es el intrigante que le ha venido con cuentos... Debe ser algún interesado en dividirnos para sacar tajada...

     -No se mete en política... [49]

     -Ah, ¿no ve, no ve que era cierto? ¿Quién le ha venido con el chisme, diga?... ¡Vaya! mátelo, que al fin somos correligionarios y tenemos que defendernos unos a otros. Hoy por ti, mañana por mí...

     -El doctor Fillipini.

     Ferreiro dio un puñetazo en la mesa:

     -¡Ah, gringo é mier! -exclamó.

     Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos la que quedó arriba, preguntó a Bermúdez con sonrisa entre burlona y despreciativa:

     -¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos amenazara con irse a la Unión Cívica?

     -Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo a Carbonero...

     -¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre! -exclamó Ferreiro, que siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la carilla en blanco de una carta, en la que escribió algunas palabras.

     Bermúdez, turbado, sin saber ya a qué atenerse, lo interrumpió:

     -¡Pero, al fin y al postre! -preguntó-, ¿salgo a no salgo municipal? Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si no...

     -Sí, será municipal, Bermúdez -contestó Ferreiro sin levantar la cabeza-. Le doy mi palabra de que será municipal.

     Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y llamó al dueño de casa. [50]

     -¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente.

     Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente para que le quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital.

     -¡Sí sale, amigo, sí sale! -exclamó levantándose y palmeando en el hombro a Bermúdez-. ¿Para cuándo serían los amigos, entonces?

     -¡Je, je, je! -rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción, levantándose también.

     Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde iban a practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso Pago Chico.

     Entretanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el periodista, que a cada instante se asomaba a la puerta, nervioso, excitado, sin haber dormido, aguardando las huestes de votantes de la campaña que ya debían haber llegado; Lobera, que peroraba y destilaba esencias; Silvestre, que trataba en vano de meter baza apenas se interrumpiese la interminable serie de sus discursos; Pedrín, Pulci, Pancho Fernández, el hijo del vigilante, Tortorano, veinte o treinta más, y por último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que había exclamado con énfasis al entrar:

     -¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la victoria!

     Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo en la piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y permanecido silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de aquellas palabras proféticas. Aquel día se había propuesto no decir sino frases históricas.

     Pero eso sí tuvo que informarse de un detalle de [51] la importancia, de la cuestión en aquellos momentos de vida o muerte, y preguntó en voz baja a Viera, deteniéndolo en una de sus continuas idas y venidas.

     -Diga usted, Viera, ¿están preparadas las armas?

     Viera sacudió la cabeza de arriba abajo, dirigiéndole una mirada confidencial, y contestó más quedo aún, como un murmullo:

     -Están... La noche en peso nos la hemos pasado acarreándolas con Silvestre. ¡Y con un jabón! ¡No sé cómo no nos han pillado!

     Las tales armas, el supremo recurso de un pueblo justamente indignado, resuelto a reconquistar su autonomía y a repeler todo conato de imposición, eran seis fusiles rémington, que se hallaban cuidadosamente ocultos en la azotea del comité y que Viera y Silvestre habían llevado efectivamente, y no sin peligro, la noche anterior.

     Como los extremos se tocan, en el patio estaba la antítesis del arsenal aquel -grandes y negros trozos de asado con cuero, fiambre, sobre bolsal de arpillera, una compañía de damajuanas de vino carlón y un montículo de panes- el almuerzo, en fin, del invencible pueblo de Pago Chico, pronto a reivindicar sus derechos conculcados, aunque fuese a costa de su generosa y noble sangre.

     Habíase prohibido terminantemente el uso de bebidas alcohólicas a los paladines del libre sufragio; no necesitaban excitante alguno para el caso probable de tener que sacrificar sus vidas en el altar de la patria, y era menester en cambio, que se mantuviera el mayor orden en el comité, para dar completo ejemplo de civismo y de austeridad de costumbres. Pero a duras penas se lograba que no se marcharan [52] todos de una vez a tomar la mañana en el almacén de la esquina, y hubo que conformarse con una transacción: que fueran de a dos, cuando mucho de a tres, y que volvieran inmediatamente. El entusiasmo iba creciendo con esto.

     -¡Hay que tenerlos a soga corta -decía Silvestres- si no, no pueden con el genio y rumbean p'a la borrachería!

     Mientras estaban en el comité, los electores rondaban alrededor del asado, con el sólito apetito, aguzado por las repetidas copas de mermú, afilándoseles los dientes y saliéndoseles el cuchillo de la vaina. Y apenas podían entretener el ocio y el hambre con dicharachos y canchadas, haciendo esgrima a mano limpia.

     -Lo que es hoy -decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un palito para los dientes con un formidable facón- lo que es hoy, los carneros van a... cargar aceite.

     -¡Sí, de susto e verte la trompa! -le retrucó un paisanito, que, con las piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto a él, lo miraba desde arriba.

     -Callate, guacho -saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca y mostrando los dientes en una a modo de sonrisa. Mas vale ser negro que orejano. Yo siquiera tengo marca.

     -¡Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, negro trompeta -dijo el muchacho echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo.

     El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron mientras uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna:

     -¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos. ¿No [53] ven que las papas queman? Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar a gusto...

     -¡Sí, bailar con la más fea! -exclamó otro.

     -¡Y'anda teniendo miedo éste... tabaco aventau, no más! -dijo el del baile.

     -¡Oiganlé! -prorrumpieron varios.

     -Pisale el poncho, ai tenés.

     -¡A que no le mojás la oreja a ño Fortunato!

     Viera creyó necesario intervenir:

     -¡A ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún piringundín!

     Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de acontecimientos penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran precipitarlos o provocar otros prefiriéndolo todo a la zozobra en que necesariamente tenían que estar largas horas todavía.

     Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era el mismo Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía, afortunadamente, su estado y reprimía sus ímpetus, siempre a punto de estallar, contestando con monosílabos hasta al mismo Dr. Pérez y Cueto, sintiendo unas ansias que le subían del corazón a la garganta y le cortaban la respiración. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no llegaban los correligionarios de la campaña? Y no pudo de pronto contener su impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el suelo con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores a uno y otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados grupos de jinetes. Pero la calle polvorienta, abrasada por un sol de fuego aunque ya estuviesen en el final del mes de marzo, barrida de vez en cuando [54] por una racha ardiente como salida de un horno, estaba desierta, completa, implacablemente desierta, y sobre ella se cernía el sepulcral silencio de los días de elecciones, en que las mujeres se encierran a rezar apenas salen su padre, su marido o su hijo, en dirección al comité o al atrio, y en que la mayoría de los hombres, por no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas o sus madres, se encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos, sino simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no darlas tan pésimo rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber gobiernos electores, y de qué tendría el pueblo que quejarse y con qué entretenerse leyendo diarios?

     Pero el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle, allá lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de polvo un pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación casi correcta, de a cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa exclamación:

     -¡Ahí vienen!

     Todos se precipitaron a la puerta, y el comité quedó un momento silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin.

     -Es la pionada del saladero -dijo un paisano.

     -Esos van con los carneros -murmuró desalentado otro del grupo.

     La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible ansiedad, encarose con una rueda de electores que, más atrevidos o más [55] hambrientos que los demás, habían aprovechado la general distracción apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban, cortando los jugosos bocados a raíz de los labios con los cuchillos como navajas de afeitar.

     -¡Se necesita ser aprovechadores! -exclamó colérico- ¿No les da vergüenza ponerse a comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para meter desorden?

     -Es la picana, don Viera -contestó con aire socarrón y falsamente humilde el paisanito a quien el negro Urquiza llamara «guacho».

     -Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más madrugador que la lechuza, que no duerme de noche.

     Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fue parte a tranquilizarlo. Sufría tanto como el general a quien se le ha confiado una nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida, la batalla final. Y para distraerse, trató de dominar su angustia y conversar con el doctor Pérez y Cucto, preocupadísimo también, que desde hacía rato murmuraba quién sabe qué filípicas, sazonadas con los términos más groseros de su repertorio peninsular, como si de tanto trueno pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja, comentaron la inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros, peonada y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez, que debía haber llegado aquella madrugada a la cabeza de los seis o siete caudillejos que, junto con sus respectivos hombres, determinaron concentrarse antes de salir el sol en la pulpería de Laucha, y la [56] de Soria, que había prometido ir temprano con los indios de la tribu de Curá, una veintena de electores tan inconscientes cuanto serviciales.

     La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse y formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban a expresar otra cosa muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta, ni nadie salía al almacén a continuar las matutinas libaciones. Eran los mismos treinta y tantos que se habían reunido allí, muy de mañana, para estar bien al corriente de todo, en primer lugar, y para no tener que cruzar las calles cuando se alborotara el cotarro sobre todo. No se había agregado un solo ciudadano más, ya eran las ocho, y las esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas la noche antes allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan vertiginosamente como las nubes con el pampero sucio...

     Al ver a Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera después, Pancho Viacaba, Pedrín Pulci, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo Urquiza, husmearon conciliábulo y formaron rueda alrededor. ¿Cómo ocultar, entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto y la misma angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo comprendió e hizo esfuerzos para infundir a los otros una tranquilidad que no tenía, y por sostener en ellos las últimas y mal abrigadas ilusiones.

     -¡No se ha perdido todo! -repetía- Han de venir, han de venir. Aguardemos, y entre tanto, vamos a votar los que estamos aquí, para no perder el turno, porque las ocho están al caer...

     El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde lejos, porque en el comité reinaba [57] un vago silencio de expectativa ansiosa. El redoble de las patas del animal en el piso duro de la calle fue acercándose con creciente violencia, hubo una sofrenada, un resbalón en seco, el choque de unas botas con espuelas en las piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció Méndez, jadeante, haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho compadre, medio civilizado a ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité:

     -¡Canallas! ¡canallas! -exclamó entrecortadamente-. Mi han fusilao la gente... ¡Canallas!

     Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos los circunstantes rodearon a Méndez, acribillándolo a preguntas.

     -Dejemén hablar; si les voy a contar todo. ¡Pero qué canallas asesinos! Esta madrugada salimos perfectamente de lo de Céspedes, p'a cair al pueblo tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los que estaban en el campo, y un redepente, al enfrentar la alameda de la estancia de Carballo -veníamos al tranquito-, unos que estaban atrincheraus entre los árboles nos hicieron una descarga cerrada, y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como juego graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron a ver quiénes nos estaban afusilando, y cuántos eran. ¡Claro! Casi ninguno tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver, pero me quedé solo, y en cuanto vieron que se me habían acaban los tiros, se me vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo ajuera, ¿qu'iba hacer? y estuve esperando bajo un pajonal, p'a aprovechar [58] venirme en cuanto se descuidasen, p'avisarles a ustedes.

     -¿Y quienes son, quienes son? -preguntaron varios con la voz ligeramente empañada por la emoción.

     -No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos...

     La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara a tanto la desenvoltura de las autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había tomado por una prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha. En Pago Chico, como en el resto de la provincia, se fusilaba, pues a mansalva a la gente, y quien lo hacía era el mismo gobierno. Era cosa más seria de lo que se había pensado, entonces; no se trataba sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de hallarse siquiera en condiciones de llegar a ellos... Nadie las tuvo ya todas consigo, pues.

     Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó a Viera, mientras Méndez seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana:

     -¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero?

     -No, a nadie -contestó el periodista.

     -Entonces voy yo de una carrera.

     -Mucho cuidado -le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la calle.

     El desaliento fue subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico, a medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias. La jugada hecha a Méndez se había repetido con Gómez, con García, con Soria, con todos los que llevaban gente de diversos [59] puntos del partido. Sólo iban a engrosar los escasos elementos del comité, unos cuantos dispersos, que llegaban de a uno y de a dos, todos a dar noticias desesperantes, abultando los hechos, echando bravatas, mintiendo hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad del enemigo, que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por iniciativa y consejo de Ferreiro.

     -¡Nos han fregau fiero, caracho! -exclamaba Méndez.

     -¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza! -decía Viera casi llorando.

     -¿Y nos vamos a quedar así, como unos manfios! ¿Nos habrán quitau la gente, pero nosotros podemos quetuarlos a balazos, canallas, hijos de mil!... ¡A ver, muchachos, a ver quién quiere hacer la pata ancha, conmigo: venga el que tenga huesos, y vamos a echarlos del atrio a tiros!

     Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión de los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse el vino; pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez, muchos habían acudido a hacerle corro, e iban enardeciéndose, ya dispuestos a lanzarse a la calle y jugar el todo por el todo, cuando Silvestre entró en el comité como una exhalación, y sin tomar aliento comenzó a contar que el comisario Barraba con treinta vigilantes armados a rémigton ocupaba el frente del atrio y que tenía varias carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de Cármine armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las mesas colocadas en el atrio [60] mismo, de tal modo, que podían fusilar a mansalva a cuantos se acercaran al comicio.

     Era la derrota, la más completa e inmerecida de las derrotas.

     Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo supremo, hacer de aquella una cuestión de vida o muerte para él y para cuantos le habían acompañado hasta entonces en su cruzada reivindicadora.

     -No, amigo, es al botón -replicó Méndez, que había reaccionado, a su proposición de ir a tomar las mesas por asalto-. Hace un ratito yo mismo lo aconsejaba, y hubiera ido a sacarlos de allí por sorpresa. Pero las cosas se han puesto muy distintas... ¿No ve que están preparaus, y que l'único que vamos a sacar con estos cuatro gatos es que nos maten como a perros?

     -¡Sería un sacrificio tan cruento como inútil de sangre generosa! -exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que tenía- ¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde o temprano ha de llegar la hora de la justicia! ¡Elevemos los corazones y retemplemos el ánimo! ¡La patria nos mira, (pausa corta) y estos contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos realzan a sus ojos, en lugar de deprimirnos como quisieran los enemigos de la libertad, los asesinos del pueblo!...

     Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de hacer a mal tiempo buena cara, yendo a atacar el asado ya que no podían comportarse lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fue seguido, todos se pusieron a comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el comité desde las primeras desastrosas noticias, fue pasándose poco a poco [61] a la animación y la alegría, gracias a las frecuentes y abundantes libaciones y para justificar una vez, más el refrán criollo de «Barriga llena, corazón contento».

     Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo don Ignacio en persona, a pesar de la ruidosa separación del comité y del fuego resuelto que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron acercarse sin decir palabra, aguardando a ver por dónde comenzaba.

     -Vengo a acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de triunfo -dijo dirigiéndose a Viera-. En cuanto vi las fuerzas que hay en la plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que los habían fregao... ¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber remedio... ¿Han hecho protesta ante escribano?

     -No -contestó simplemente Viera.

     -¡Pero hombre! ¡Si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta ¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos a buscar al escribano para que la redate inmediatamente.

     -¡Y de qué nos va a servir eso, si no hay justicia, si la protesta y nada todo es uno! -exclamó Silvestre- Acuérdese, don Ignacio, de todas las que hemos hecho hasta hoy, y dígame cuál es la que no ha ido a parar a la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la elección. No [62] hay remedio, no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar a toda la canalla de los faroles, porque a esos hay que matarlos o dejarlos.

     -Nunca está demás la protesta -insistió don Ignacio-. Quién sabe qué vueltas van a dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.

     -Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente ignominiosa de su historia -apoyó el doctor Pérez y Cucto.

     Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, don Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro o cinco más salieron para ir a buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los amos del poder, y sólo comenzó a escribir el documento cuando vio que los electores burlados comenzaban a irritarse, y que, por huir de un peligro futuro, iba a caer en uno inminente y contundente... Aun puede verse, -si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fue a golpear las puertas de la sorda justicia-, que está escrito con mano temblorosa, lleno también de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando el grande, el inmenso respeto de tabelión hacia las autoridades constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo cuando el desorden [63] podía envolver y arrastrar a su dignísima persona...

     Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las listas del padrón y se ponía en las actas.

     Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario Barraba, estratégicamente dispuestas frente a la iglesia, y por los correligionarios armados a rémington acantonados en los altos de la confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que tuvieron por seguro' que no se presentarían ni siquiera los fiscales cívicos, y que el resultado de los ataques a los electores de la campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo a la tarea, copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de Ferreiro, es decir, alternado entre una y otra lista de las dos oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos don Domingo Luna y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre pagochiquense.

     No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero consideró que era mejor no provocar una di'sidencia en circunstancias tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias a su misma inutilidad personal: lo llevaría de las narices a donde quisiera.

     En el comicio reinaba, pues, la calma más absoluta, y los pocos votantes que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres [64] mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose, -el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más-, y volver diez minutos más tarde a votar otra vez como si fueran otros ciudadanos en procura de genuina representación.

     -¡No sé p'a qué hacen incomodar a esa gente! -exclamó uno de los escrutadores-. Además de incomodarse ellos nos incomodan a nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho viejo del padrón, sin tanta historia.

     -Tiene razón, amigo -exclamó Ferreiro-, tiene mucha razón. Voy a dar orden de que no vengan más.

     Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha a modo de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero o de quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar.

     El almuerzo les fue llevado de la fonda, pues el comité, descontando ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa confeccionada con grasa de vaca.

     Por la tarde, a la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité, provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente a la puerta comenzó a funcionar el infaltable mortero municipal dirigido por don Máximo en persona, estallaron las bombas [65] de estruendo en el aire caldeado por un día bochornoso de sol, y los paisanos desarrapados, llevados de todas partes para las elecciones, formaron un grupo, abigarrado y mal oliente, que con la banda de Castellone a la cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido provincial y mueras a los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible triunfo del oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de los cuatro locos que se arrogaban la representación política de ese mismo pueblo, unánime como tabla, sin embargo, para hacer creer a los inexpertos que de veras había una oposición en Pago Chico, donde a lo único que las personas sensatas hacían la guerra, era a los perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían trastornarlo todo, por aquello de que a río revuelto ganancia de pescadores...

     Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando al pasar de improperios a todos cuantos habían intentado sacudir el yugo.

     Viera, entretanto, sentado a la puerta de su casa, oía todo aquel innoble regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada tensión nerviosa de aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del necesario para realizar alguna obra hercúlea, como la higienización de las caballerizas de Augías, por ejemplo... Confusas imágenes, vagos sueños de evangelización y sacrificio cruzaban por su mente, sentía un nudo en la garganta, una opresión en el pecho, e incapaz de sintetizar después del análisis, de obrar basándose en la triste experiencia, sólo acertaba a balbucir:

     -¡Será posible! ¡Será posible! [66]

     Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será posible! era protesta, programa y credo -lo más puro, y por lo mismo lo más inmaterial, imponderable, sublime...

     Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba impreciso. No podía resolverse a nada. No sabía. Entonces, en pleno reino de lo abstracto, sólo atinó a buscar su abstracción espiritual y sentimental más alta:

     Se fue a ver a su novia.



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- VI -

Ladrillo de maquina

     La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una especulación en tierras, bastante grande en relación a la importancia del pueblo.

     La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó a la mitad de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos comenzaron a andar a caballo o a esconderse como los peludos.

     Pero antes de esta semicatástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta sin diez o doce remates de sola. res, quintas y chacras, y un terreno cualquiera solía tener en un solo mes cuatro o cinco propietarios sucesivos, dejando apreciable ganancia a todos los vendedores.

     Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de la intermitente abundancia [67] de dinero, cundía la edificación, no quedaba prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.

     Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de «sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.

     Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al fondo de la verídica historia que narramos.

     Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal aplicado y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, quedaba a veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el «sobrante».

     Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelamos a las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta y siete y inedia varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:

     A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

     Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 varas -equivocados al situarse los puntos A y B-, era forzoso que entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de pudor administrativo) entre solar y solar. [68]

     A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=165 varas.

     Las quince varas de diferencia -sobrante- eran adjudicadas al precio primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente -a la persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir, entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban a peso de oro, un terreno que había pagado ya, pero cuyo exceso de superficie no ignoraban probablemente: a un engaño hay otro engaño, a un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.

     Este error topográfico, provocaba el inverso, que otra línea explicará sin más vueltas:

     A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

     En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera o pudiese forjarse un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba (naturalmente si era situacionista por que la reclamación no «cuajaba» de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir las vacas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez o veinte veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron por este sistema! y si Ferreiro llegó a diputado fue sólo a costa de muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí, indicar a otros o repartir entre los «personajes» que le interesaban o podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas «comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales, de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente su propina. [69]

     Esto hubiera bastado a cualquier gobierno aprovechador.

     Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo resolvieron un buen día dedicarse también a la industria y establecer una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados. Asistimos a la reunión en que quedaron sentadas las bases de la empresa.

     Celébrase ésta en casa del juez de Paz don Pedro Machado, con asistencia del intendente Municipal don Domingo Luna, del comisario Barraba, del doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías habían de conducirlo más tarde a ser todo un personaje provincial y hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de que «todo andará bien si el palito no se quiebra».

     Es de noche.

     Una chinita desarrapada ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa del comedor, como adorno característico se alza un porrón de ginebra rodeado de copas.

     -Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo lucrativo que a su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará a los asociados, las grandes cantidades de ladrillos que se podrá producir y vender...

     -Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och' hornos en el pueblo y nos van a hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...

     Largo rato se debatió la cuestión, entroles miedo a los presuntos fabricantes, y ya iban a abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando el escribano [70] ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la discusión, electrizó de nuevo a sus socios y discípulos de siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:

     -¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder trabajar? -preguntó don Domingo Luna, al más interiorizado en el asunto.

     -Seis meses.

     -¿Y para que venga la maquinaria de Europa?

     -Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.

     -Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...

     Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y exclamaciones de satisfacción. A nadie se le ocurrió objetar aquello podía ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó a Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y don Domingo hizo un movimiento tan brusco e intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la china cebadora.

     El plan de Ferreiro era muy sencillo:

     Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un principio, y como los improvisados «ingenieros» -ni agrimensores siquiera-, municipales habían hecho las calles en forma de dientes de sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano de la futura ciudad. [71]

     Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábrica; los horneros, presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían a producir «ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina» demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.

     Y así se hizo, como se dijo.

     Los harneros fueron emigrando poco a poco; la maquinaria llegó; la fabricación iniciose con un resultado desastroso, porque nadie entendía aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; (la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América u otro país bárbaro); gritó La Pampa; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él enviando anónimos al gobernador y a los periódicos de la capital... Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires, comenzaron a levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos, como diciendo «compradme» Ferreiro se encaró cierto día con el «digno y progresista intendente de Pago Chico», según El Justiciero.

     -¡Hombre, don Domingo! Se me acaba de ocurrir una cosa!

     -¡Vamos a ver qué se le ocurre! -exclamó Luna-, Estoy a su servicio.

     -Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.

     -¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?

     -¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero ando un poco necesitado de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de comprar, y naturalmente, no voy a vender las acciones a algún extraño [72] que vaya a meter las narices en nuestros asuntos!...

     -¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?

     -Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las doy por lo que me costaron.

     -¡Arreglao! -exclamó el otro muy satisfecho.

     Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad anónima de los ladrillos de máquina.

     Véase ahora la tontería de Ferreiro:

     Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su valor fiduciario, y don Domingo Luna, echo un puerco espín, exclamaba.

     -¡A este Ferreiro no hay por dónde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no a mañas libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que debemos hacer!...

     Una vez se atrevió a increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:

     -Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.

     -Pero, yo soy su amigo, don...

     -En la especulación, lo mismo que en el juego, no hay amigos, sino enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al cabo, y aquí estoy para hacer que se desquite. Compre certificados [73] del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado o triplicado el capital.

     Y fue, en efecto, un gran negocio para don Domingo, quien perdonó gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de máquina...



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- VII -

Beneficencia pagochiquense

     De las sociedades de beneficencia formadas por señoras que había en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era la sociedad «Damas de Benefícencia», naturalmente ultra católica y archiaristocrática, como se puede -¡y vaya si se puede!- serlo en Pago Chico.

     Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» según dijo La Pampa, y la verdad es que en un principio hicieron gran acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no sin acierto entre pobres de veras sin distinción de nacionalidades, religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero, prefiriendo, sin embargo, socorrer a los indigentes con alimentos y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías, boticas, todas de masones comprometidos a hacer una importante rebaja. La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía su actividad [74] ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía, pero no a las viudas, ni a los huérfanos, ni a los pobres, ni a los inválidos y enfermos, sino a su digna presidenta misia Gertrudis, la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse a sí misma, no ayudando a los demás, con los recursos que le llovían de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.

     Tendrían o no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, viviría o no viviría misia Gertrudis de lo que se daba -con bastante generosidad- para los pobres; esquilmaría o no esquilmaría el óbolo común; el hecho es que estrenaba anualmente dos o tres vestidos de seda que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia a la comisaria, a la valuadora, a la misma intendenta; que de cuando en cuando compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos en los almuerzos que ella y el tesorero daban a sus amigos, enemigos más bien.

     Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fue creciendo, fue creciendo» y no tardó mucho en llegar a los propios oídos de la mismísima misia Gertrudis, en alas [75] de la voz pública representada esta vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y traer chismes y habladurías. Doña Dolores, digna esposa del escribano Martín Martínez y enemiga a muerte de misia Gertrudis, la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.

     Un día, pues, no resistió el deseo imperioso de contar a la interesada cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces a gritos.

     -Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una lección.

     Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con dicterios dirigidos indistintamente a todos los notables de Pago Chico. La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia -cuya sola enunciación la hacía estremecer- y declaraba a voz en cuello que lo único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se la hacía víctima inmaculada y dolorosa.

     -¡Calumniarme a mí, a mí!... ¡A ver si hay una sola de esas hijas de una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! ¡Que vengan, que vengan a examinar mis libros!...

     Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que nunca se habría atrevido a presentar, ni a esas ni a otras damas cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario, de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite de petróleo que debía [76] a los pobres. E imaginábase que entre ellos se arguía la figura odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por hacer daño a la iglesia y a los católicos y a Dios mismo, llevaba sus libros peor escritos sí, pero con arreglo a la verdad.

     Una mañana míster Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar a su verdadero destino.

     Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió la de míster Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto a coser la bata -que proyectaba lucir en la próxima función que a beneficio de la sociedad iba a dar en el circo la compañía acrobática, del celebérrimo Tomate IV- si se hubiera podido apartar de la imaginación el recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se sentó y sin advertirlo, se puso a murmurar dicterios enardeciéndose cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.

     -Aquí le manda esto el sastre -díjole la chinita Liberata, cuando apenas había dado dos puntadas.

     Era la cuenta de una compostura de ropa de su [77] marido y del arreglo de la levita negra para el «Te Deum» del nueve.

     -A ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé! -exclamó misia Gertrudis, tomando el papel qué Liberata le presentaba y devolviéndoselo acto continuo-. Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.

     Pero en ese instante recordó la ofrenda de míster Kitcher, cuyo dinero tenía aún en el bolsillo, e iluminada por súbita inspiración -¡lo que puede la costumbre!- bolsiquió por la manera, asió el bolsón de terciopelo, e inmovilizó a la chinita que ya iba a salir, gritándole:

     -Esperate.

     Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:

     -No le digas nada. Tomá...

     Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dio a Liberata que corrió a entregárselos al cobrador del sastre, mientras la señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:

     -¡Pícaras! ¡Sinvergüenzas! Sospechar de que robo, yo, yo! Quisieran que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas que harían...

     Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteose el vestido, a ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir socorriendo a los pobres acreedores. [78]



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- VIII -

Poncho de verano

     Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de hacienda, las cuatrerías más o menos importantes, desde un animalito hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más en evidencia de unos y otros.

     La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, centro obligado de todo el comentario, ardoroso e indignado si los hay, pues ya no se trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de mala manera, el bolsillo de cada cual.

     Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente a los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del mostrador, para ir a la trastienda para echar un cuarto a espadas con el fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.

     -A don Melitón le robaron anoche, de junto a las mismas casas, un padrillo fino, cortando tres alambrados.

     -A Méndez le llevaron un puntita de cincuenta ovejas lincoln.

     -Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la tropa que estaba preparando.

     -El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, a hacer una recorrida...

     Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos [79] de hombros, guiños maliciosos y acusadores.

     -El mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla -murmuraba Silvestre, afectando frialdad.

     -¡Hum! -apoyaba Viera, el director de «La Pampa», meneando la cabeza con desaliento-. Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio que digamos...

     -¡Él! -gritaba don Ignacio, caudillo opositor... todavía-. Es un peine que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho se compró la casa en que vive; aura ha alquirido una quinta junto al arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco o seis vigilantes que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!

     Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera o no pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier caso, con su tolerancia... 'La corrupción del poder -como decía «La Pampa» es tan contagiosa, que cuando invade a un cuerpo, no deja un solo miembro libre, y luego sigue transmitiéndose alrededor, de tal manera, que todos vienen a quedar infestados, si se descuidan».

     -Así te diera yo a vos alguna coima, y veríamos -refunfuñaba el señor comisario, para sus grandes bigotes.

     Entretanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de punto. Ya no era únicamente «La Pampa» la que revelaba y consideraba los robos de [80] hacienda, pintando a Pago Chico como una cueva de ladrones; los periódicos de la capital, informados por parte interesada, comenzaron también a poner el grito en el cielo, espantados de que tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras el gobierno, llamado a velar por los intereses generales, se hacía el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en encubridor y fomentador de bandoleros.

     Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y muda como una piedra, Barraba comenzó a sentir sus recelos...

     -¡Hay que hacer algo! -se decía, multiplicando sus inútiles salidas en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos al verlo pasar...

     -Si -peroraba don Ignacio una noche en la botica-, cuatrero es cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras estén en mi casa no, porque les parecería demasiado ruindá. El vecino roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, o a gatas tienen ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca o un lindo asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso» en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro o cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta o cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene p'al derecho a la marca y las señales [81] con que se apropea de todo lo orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza a ser autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente, las demás autoridades...

     -¡Pero esto es Sierra Morena! -clamó el doctor Pérez y Cucto, exagerando aún su acento español-. Y el gobierno de la provincia debería...

     -Ya l'he dicho -interrumpió don Ignacio-, que el gobierno no tiene coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos son los que sostienen, junto con los vigilantes, a la autoridá del pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja vivir ¡es natural! En tiempo de elección les hace dar plata, pero como no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan a robar otra vez...

     Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo. De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las palabras:

     -Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados a considerar suyo cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el respeto a la propiedad ni el amor al trabajo...

     Profundo silencio acogió estas palabras que nadie [82] había comprendido bien, y el doctor Pérez y Cueto dio las buenas noches y salió, para correr a repetírselas a Viera, deseoso de que no se perdiesen...

     Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero, restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.

     -¿Qué hay? ¿Qué hay? -le preguntaron en coro.

     -¡Barraba ha salido con una partida, a recorrer!... -exclamó Tortorano-. Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto o vivo!...

     Todos se echaron a reír a carcajadas, festejando con chistes, dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...

     Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...

     Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías -¿y a quién tomar, en efecto, si no se tomaba a sí mismo?- después de haber pernoctado en una estancia lejana, Barraba vio un hombre que se movía a pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa, de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para reunírsele. ¡Su buena estrella!...

     Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de cólera, mitad de alegría:

     -¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...

     El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero de vaca recién desollado: iba sin duda a esconderlo en alguna cueva de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente andar con aquella carga, a vista y paciencia de quien acertara a pasar por allí... Al oír el vozarrón del [83] comisario que se le echaba encima a rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr a ocultarse entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil evolución.

     -¡Ah, eras vos! -exclamó al ver enfrente a Segundo, pobre paisano viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida haciendo pequeños trabajos sueltos-. ¿Con qu'eras vos, indino, canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!

     Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo, descargole una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el otro apenas atinaba a murmurar:

     -Señor comisario... señor comisario...

     Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar» también, dando algunos lazasos al matrero, tomado infragante. Pero Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».

     Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices le brotaba un caño de sangre...

     -¡A ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles una buena lección! ¡Lleven el cuero también! -gritó el comisario.

     Y apretando las piernas a su caballo enardecido por la brega, tomó a todo galope en dirección a Pago Chico, que no estaba lejos ya. [84]

     Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, balbucía:

     -¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!

     El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volviose por fin colérico:

     -¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿A qué andás robando animales?...

     Segundo hizo un esfuerzo:

     -¡Era la primera vez -murmuró-, la primera! Encontré esa vaquillona muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, por estas... -y poniendo las manos en cruz, se las besaba...

     -¡Ya t'entenderás con el juez!... ¡Lo qu'es a mí, maní...! ¡No me vengás con agachadas, ché!

     El sol comenzaba materialmente a rajar la tierra cuando llegaron a la comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado de arena quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor». Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.

     -¡Ahí está el preso! -le anunció el asistente, cuadrándosele.

     -¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y [85] lo hagan pasear por la plaza hasta nueva orden -gritó Barraba.

     La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo aquella tierra plana e igual, desolada y estéril.

     El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, a presenciar el cumplimiento de su orden.

     El cuero, fresco y blando, fue desdoblado; con un cuchillo hízosele en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo... Segundo fue conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron a meter la cabeza por el boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, ajustándolos al cuerpo.

     -¡Lindo poncho fresco... de verano! -exclamó Barraba, chanceándose alegre y amablemente.

     Los que estaban en el patio -y sobre todo el escribiente Benito, aquel que «era más bruto que un par de botas»- festejaron el chiste del superior, riendo con más o menos estrépito... según la jerarquía.

     Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba a suceder. Por delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale a los pies; a ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de esclavina.

     -¡Bueno, marche! -mandó el comisario-. ¡Y con centinela a la vista! ¡Que no se pare; y si se para, dele lazaso no más!

     El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle, entraron en la plaza y comenzó el [86] paseo... En los primeros momentos, las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan extraño poncho, se apresuró a inquirir de qué se trataba. La noticia cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron a formarse grupos en las aceras con sombra, y a volar comentarios de unos a otros:

     -Es Segundo.

     -¡Pobre! ¿Y qué ha hecho?

     -Parece que lo han pillau robando animales...

     -¿Él? ¡Bah! ¡No es capaz!

     -¡Un viejo infeliz!

     -¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!

     Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza, y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión del globo acrostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito asoleado zurrií un zumbido de colmena.

     El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó detenerse una o dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba a ¡sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste, en efecto, secándose rápidamente con el sol -harto rápidamente, pues para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro-, iba poco a poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta obligarlo a acortar el paso. Y su interminable [87] viaje seguía, en medio de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que empezaba a indignarse y a dejar oír murmullos irritados... Ya se habían relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba, implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del triste torturado, haciéndole crujir los huesos.

     -¡Basta! ¡Basta! -gritaron algunas voces.

     -¡Basta! ¡Basta! -repetían algunas otras de vez en cuando.

     El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, más caritativo y menos temeroso que los demás, le dio de beber. Al relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba a hacer la nueva guardia:

     -¡Que nadie se acerque al preso!

     Al martirio del cuero que ya amenazaba descoyuntarlo, agregose entonces la tortura de la sed...

     Varias personas caracterizadas se presentaron a Barraba, pidiéndole que hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó a reír.

     -¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... de verano!... ¡Dejen, que así aprenderá a carnear ajeno!...

     -Pero, señor comisario... -le suplicaron.

     -¡Bueno! ¿Y áura salimos con esas?... ¿Y no andan ustedes mismos diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» a los cuatreros?...

     -Segundo es un infeliz, y...

     -¡No hay infeliz que valga!

     -¡Y creemos que el juez!... [88]

     -¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han tomau, y qué se piensan?...

     Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraba en las carnes. Había soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas para mantenerse en pie...

     Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le llevó casi agonizante al hospital.

     Barraba reía con los suyos en la oficina:

     -¡Poncho de verano! ¡Qué gracioso!... Miren que poncho de verano...

.....................................................................................

     Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en El Justiciero, periódico oficial de Pago Chico.

     «El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible y merecida lección que acaba de dar a los cuatreros hará que cesen para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente buena acción!»

     Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la miseria y el señor comisario se compraba otra casa... [89]



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- IX -

Para barrabasadas...

     ¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y mientras en el club los patricios hacen destapar mucho vino espumante y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'o detto tante volte»... o acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como martillazos secos, o la algarabía de alguna disputa nacida entre oleadas de carlón.

     Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los Hamadores, se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto que parecen legión cuando son apenas un puñado.

     Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz -sabiéndolo, en el Club- guarecidos tras de la tapia de un terreno baldío; aquéllos han atado un tarro de petróleo a la cola del perro de Silvestre, y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del pueblo, despertando a las supersticiosas comadres de los ranchos que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Chomblant, la partera -cuadro que representa [90] una mujer de palo, vestida de hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de rosa-, y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber a quién debe tal bromazo.

     Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido tirios y troyanos a pesar de las terribles disenciones. Hay armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de presencia -muy campechano- y codearse breves momentos con la oposición.

     El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división estuvo a punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota mensual -sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»-, y la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años anteriores...

     Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.

     En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago o por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende con un vals saltado que pone en movimiento a los más jaranistas y bailarines. No hay mujeres, naturalmente.

     -¡Pan con pan comida de bobos! -exclama con sarcasmo Viera, el director de «La Pampa».

     Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza con Silvestre, y es de ver a los dos, dando vueltas vertiginosas y llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el piano, los consocios mismos. [91]

     El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea el vals a destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman a la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos, con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado a otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y estupor, algún transeúnte retardado a quien sorprende aquella inusitada barahúnda y que mañana desprestigiará a «todo lo mejor de Pago Chico», entregado así a la más escandalosa y abyecta orgía.

     El de los brindis llega por fin a hacerse escuchar, y apenas concluye sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohíno, se desliza hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando o echando los pulmones en alguna otra forma original.

     En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía Benito Mendoza, produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna desgracia, algún cataclismo...

     Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso. [92]

     -¡Señor comisario! -dice el oficial en voz baja, acercándose a Barraba-: El río Chico está desbordándose y amenaza inundar el pueblo. ¿Qué se hace?

     Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:

     -¡Arme el piquete! ¡Vaya a paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy en seguida!

     El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las narices para no estallar en una carcajada.

     -¡Revolución!

     -¡Ataque a la comisaría!

     -¡Invasión!

     No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron a animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.

     El boticario les dio la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...

     Sólo al día siguiente, cuando se vio que el Chico no salía de madre ni pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido a la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.

     El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue diciéndose en nuestra tierra:

     -¡Para barrabasadas, Barraba!... [93]



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- X -

Los patos

     Era la tarde del 31 de diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una importante casa de comercio -aquel españolito capaz y relativamente instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la susodicha ubicación- se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que echaba Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.

     Merced a su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo amigo del tenedor de libros, a quien había enseñado en pocas semanas a tomar mate -como se ha visto-, a jugar al truco y a opinar sobre política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español. El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había costado mayor esfuerzo...

     Ruiz, a pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes y de su continente resuelto, no sabía andar a caballo ni conducir un carruaje -observación que no parece venir a cuento, pero que es imprescindible, sin embargo-, de modo que, los domingos, cuando obtenía prestado el tílbury de su patrón, veíase en la obligación de buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer invitación iba siempre enderezada a Silvestre, cuya obligada respuesta era: [94]

     -No puedo abandonar la botica, ¡como te suponés!...

     Porque ya se trataban tú por tú -o tú por vos, para ser más exacto- a pesar de lo reciente de la relación.

     Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba siempre merodeando por el barrio, a caza o en difusión de noticias, aunque Rufo no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la voluntad negativa, Ruiz, que se pasaba allí las largas horas en que el Mayor, el Diario y la Caja no reclamaban la esgrima de su pluma, permanecía un rato en silencio, o hablando de cosas indiferentes, para terminar insinuando:

     -¿Rufo, no podría acompañarme?

     -¡Cómo no! ¡Que vaya no más!

     Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, dando vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las puertas, para salir entonces a dar largos paseos por las quintas sin árboles y las chacras sin sembrados.

     Ahora bien, aquella tarde del 31 de diciembre, y como le consta al lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el sempiterno lavado de frascos y botellas a gran fuerza de munición, Rufo acarreaba mate a la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano a mano.

     -Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer? -preguntó de pronto el tenedor de libros.

     -¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...

     -Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo. [95]

     -¿A cazar qué?

     -¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de patos para festejar el año nuevo?

     -Sí, pero tenés que ir muy lejos...

     -¡Quiá!

     -No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto matrerazos y no se encuentran mas que en los lagunones del Sauce y muy arriba del río Chico...

     -¿Que no?... ¡Pues pululan!... Deja que Rufo me acompañe, y en dos o tres horas me comprometo a traerte un par de docenas... ¡Los comeremos mañana mismo!...

     -¡Qué vas a traer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...

     Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando el mate:

     -¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el tílbury?

     Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:

     -Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...

     -¡No puede ser! -exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló a su sistema predilecto-: Te apuesto a que no tráis ni cinco en todo el día.

     -¡Apostado! ¿Qué jugaremos?

     -Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada o menos de cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?

     -¡Va apostado!

     Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo el horizonte iluminaba ya blandamente [96] la tierra, cuando Rufo fue a buscar a Ruiz con el tílbury tirado por el moro.

     El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su mano como petardos, a pesar de que el moro llevara un trote bastante ágil en el aire vivo de la mañana.

     El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.

     Salieron y ya a pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo: -¡Pim, pam; pim, pam!- y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos los animales se dejaban acercar bien a tiro, casi sin moverse junto a la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta hostilidad, tendían el vuelo bajito levantando el agua con las patas, como si navegaran a hélice, e iban a detenerse poco más lejos, de tal manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en dejarlos a tiro otra vez...

     Y ¡pim, pam; pim, pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago, amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury!

     Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.

     Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso [97] que hasta marró algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...

     Cuando llegó a los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de los inocentes palmípedos.

     -Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho veces!... Silvestre va a trinar.

     Se detuvieron a la puerta misma de la botica, y Etifo comenzó a bajar del tílbury y a introducir en el despacho el producto de la milagrosa cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «agua fontis y mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea, más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica alrededor de los patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse a la tienda para ver aquello...

     En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida.

     Una carcajada homérica sacudió de pies a cabeza a Silvestre, en cuanto se vio delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar tiempo a que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una flecha, atravesado la calle y entrando como un ventarrón en la imprenta de La Pampa, en cuyo [98] interior siguieron estallando sus inextinguibles risotadas.

     Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente a su botín cinegético.

     Siguiendo a Silvestre, apareció Viera, director de La Pampa, y el administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido y el movimiento, hasta formar cola a la puerta.

     Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose sólo para exclamar:

     -¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que ha cazado Ruiz!...

     Y el público le hacía corro, y allí en el patio el repique del almirez adquiría sonoridades de campana echada a vuelo.

     Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo dejaron meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin oyó la clave del enigma:

     -¡Son gallaretas!

     Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abriose paso, trepó al tílbury y manejando por primera vez en su vida, puso al moro al trote largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo perseguía hasta volver una esquina...

     Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó prudente reprender a Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era su amigo...

     -¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?

     -¡P'a que aprienda, pues! [99]

     -También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...

     -¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau?... ¡Y lo qu'es aura, no se olvida ni a tiros!...



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- XI -

Metamorfosis

     Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se dispuso a salir en busca de las noticias municipales y policiales, a pesar de la opinión del regente.

     -¡No hay que descuidarse! -le había dicho éste-. Manolito nos la ha jurado y es capaz de cualquier barbaridad.

     Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de estoque, y salió a las calles silenciosas de Pago Chico en plena siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de El Justiciero una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la inclinación a darse lustre.

     Llegado muy joven de La Coruña, don Lucas no había sido siempre «periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida en una escuela de lugar no le dio para tanto en los primeros años. Se estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando copas; luego ascendió a vendedor, y más tarde a habilitado; a los diez o doce años de estar en la casa, ya era socio, a los quince pudo [100] establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas» (el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la calle, y rodando, rodando, llegó por fin a Pago Chico, y encalló en la administración de El Justiciero.

     En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no ya material y pecuniaria, sino social e intelectual, cosa que estimaba muchísimo más, aunque a veces lamentara a sus solas el sueldo escaso y tardo, y la brillante miseria.

     Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.

     Afable, atento, servicial, hasta servir mientras fue dependiente, y aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio de grandeza era familiar con aquellos magnates del pago que se lo permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia; autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso» como decía Silvestre, pero estaba tan lejos [101] de ser malo que, a juicio de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.

     No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia, persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la vislumbraba, a veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!), a pesar de que El Justiciero acábase de publicar la siguiente «feroz caída».

     «Escándalo.- El Morenita M. P., que con sus calaveradas y fechorías ya tiene indignado a todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía, que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la gana. Sin embargo, no fue ni llevado a la comisaría siquiera, y nos extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer, todavía no lo haya metido a secar en un calabozo para que otra vez aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los demás muchachos del pueblo».

     No extrañará esta filípica del oficialista Justiciero, si se tiene en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban a necesitarlo para las elecciones. Y el suelto era justo, porque para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza general, pues el rico e [102] ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.

     En cuanto a don Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» don Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto o noticia publicaba El Justiciero, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en su colaboración.

     Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corriole un cosquilleo de la nuca a los pies, y sólo merced a un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de El Justiciero en la mano.

     -¿Quién ha escrito esta noticia? -preguntó el jovenzuelo con voz reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo a su lado.

     Un velo pasó por los ojos de don Lucas; sintió que se le aflojaban las piernas, pero haciendo de tripas corazón:

     -¡No sé! -contestó secamente.

     -¡Qué no ha de saber!

     -¡No sé!

     -¡Usté no más será, gallego! [103]

     -Y si fuera... acertó, lívido, a balbucir don Lucas.

     -¡Ahora verá!

     Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano a la cintura. Trémulo, don Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol, un objeto: el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación seca, sintió un golpecito en el pecho y al rodar por la acera, vio como en un escenario al bajar rápidamente el telón, que Pérez corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.

     La grita de los periódicos -«la prensa local»- y especialmente de El Justiciero, fue tan grande, que la policía se vio obligada a proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fue a dar a La Plata, con un sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...

     Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. El Justiciero narraba extensamente los detalles del combate, en que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida del asesino que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la ingratitud que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme éxito, indescriptible [104] entusiasmo. La gente se agolpaba a la imprenta.

     Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir visitas -no muchas a la vez, ni demasiado charlatanas- el pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de El Justiciero, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera faltaban damas..., como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...

     ¡Cuánto incienso recibió don Lucas, visitado, asistido, festejado y adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente a la categoría de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos a venerarlo, a idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse a oponer un simple estoque a un arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!

     -Ahora comprendo -pensaba D. Lucas- como se repiten las hazañas peligrosas. ¡Se puede ser héroe!

     Él lo era en su concepto. Lo fue algunos días en el de loe pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse a causa de tantas emociones, dio tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco a poco antes de que don [105] Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió a la calle, su aventura era ya un hecho místico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, nadie hacía alusión a él.

     Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteosis había sido tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba a todos con soberanas sonrisas protectoras o con gesto avinagrado y despectivo, según qué fuera aquel en quien se dignaba detener la vista.

     Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las manos y se sonreía de regocijo, convencido de su gloria.

     Desde entonces usó revólver a la cintura, no dejándolo sino bajo la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor a nada ni a nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de El Justiciero. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto a lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.

     -Es siempre malo que a un sonso se le aparezca un dijunto -solían decir algunos más avisados, al ver pasear a Ortega con el sombrero en la nuca y haciendo molinetes con el bastón.

     Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando [106] entre dientes al vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:

     -Decile a un sonso que es guapo y lo verás matarse a golpes -uno de sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.

     Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.

     Ortega acostumbraba a tomar el vermouth vespertino en la confitería de Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo-americano White, famoso por su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini, algunas veces y otros amigos.

     Un día que don Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador Fernández se acercó a la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron a las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano como para dar una bofetada a su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho asiendo a Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara Ortega...

     Ver aquello, y sin detenerse a reflexionar ni qué era, ni de parte de quién estaba la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fue todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando a los actores y espectadores de aquel drama que sólo había [107] tenido desenlace, y que sería comedia a no mediar un cadáver.

     Y cuando se vio solo en la oficina de la comisaría, preso, con un homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó a llorar como una criatura...



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- XII -

Con la horma del zapato

     «Tengo el honor y la satisfacción de comunicar a usted, por orden del señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda consideración, etc., etc.»

     Llegó esta nota a manos del doctor Fillipini al día siguiente de la elección que consagró, por su consejo, municipal a Bermúdez.

     -¡Mascalzone! -exclamó, pensando en su protegido de un minuto.

     Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario de la Intendencia, Remigio Bustos, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la «consumación» y pidió «otra vuelta». [108]

     -Dígame, Bustos -preguntó por fin-; ¿por qué me destituye don Domingo?

     -¡Hombre, no sé! -contestó el otro, paladeando su anis, y no por sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.

     Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una parodia de la fabulilla de Samaniego:

                                    Dijo Ferreiro a Bustos
después de olerlo:
-Tu cabeza es hermosa
pero sin seso.
¡Cómo éste hay muchos
que, aunque parecen hombres,
sólo son... Bustos!

     -No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fue -insistió Fillipini, en su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el ovillo-. ¿No le habló nadie?

     -Nadie.

     -¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?

     -Sí, mientras estaban votando.

     -¿Y nadie había ido a verlo?

     -Nadie más que Gino, el pión de Cármine.

     -¿Y a qué iba Gino?

     -A nada. Le llevaba un papelito.

     Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió a entrar por otra puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vio a Gino, hecho una pringue, como que era el lavaplatos -el platero, ¡según los chistosos pagochiquenses- de la confitería de Cármine.

     -¿Quién te dio el papelito que le llevaste al intendente el domingo? -preguntole en italiano. [109]

     -Il signor notario -contestó Gino, mirando a su egregio compatriota con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de costumbre.

     Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del Progreso.

     Allí se sentó, poniéndose a sacar un solitario, indiferente y tranquilo en apariencia, pero sin que nada escapara a sus ojos avizores. Ni aun cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca, impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero a poco abandonó el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano a mano con Ferreiro.

     Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia sin aludir al suceso de que eran primeros actores: pero Fillipini no tardó en lanzarse a la carga:

     -¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...

     -¡No diga! ¿De veras?

     -Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso no puede quedar así...

     -¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?

     -¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.

     -Diga, pues, doctor; que sí yo puedo...

     Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando a Ferreiro bien en los ojos, dijo con buen humor:

     -¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán a defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre como yo. [110]

     Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta desfachatez, y pensando:

     -¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!

     Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:

     -¿Y por qué cree que Carbonero y yo lo hemos de defender?

     El médico se echó a reír con aparente franqueza y:

     -Porque ustedes son demasiado inteligentes para no hacerlo -contestó-. Y demasiado amigos míos -agregó inmediatamente, dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.

     -Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...

     -¡Señor Ferreiro! -dijo entre carcajadas Fillipini-. Si yo no lo conociese tanto lo que me dice sería como para hacerme creer que usted ha «mojado» en esta barbaridad...

     -¡Yooo!

     -¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo hubiera impedido, a saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada después que le di el modo de hacerse municipal...

     -¡Y por qué se lo dio! -interrumpió violentamente Ferreiro.

     -¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche! -murmuró Fillipini con mucha socarronería.

     Hizo una pausa, sonriente e insinuante, para continuar después:

     -Yo soy muy necesario en el hospital, porque [111] Carbonero no va casi nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara a otro... con la administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que nombrar a otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.

     -¿Y de ahí?...

     -¿A quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y Cueto...

     -¿Y eso?

     -Que nombrarlo a Pérez y Cucto, sería como meter las narices de toda la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas de cama... contar lo que pasa con los cadáveres que se quedan allí días y días, y lo que hace la enfermera que se va a dormir todas las noches en su casa, y el ecónomo que poco a poco se va llevando cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque no todo puede marchar a la perfección en un pueblo tan pobre como éste y tan atrasado... Además, que la gente que va a curarse allí es de poca importancia y no le interesa a nadie: extranjeros, personas de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni meterse a redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan [112] es porque están ciegos como topos. Las chicas se les van y las grandes se les escapan...

     Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, como si se tratara de ajenos, el escribano observaba con desconfianza a Fillipini, diciéndole para su capote:

     -El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos va a salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son malas consejeras.

     -Pero, por sonsos que sean -continuó muy lentamente Fillipini-, por sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el camino; y entonces no habrá quien los ataje... ¡Chica farra se armaría si lo nombraran a Pérez y Cueto!...

     -También es posible no nombrar a nadie. El hospital no necesita...

     -¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! ¡Ma! por poco que sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va y no irá nunca... Yo preferiría que nombrarán a otro si no quisieran reponerme a mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme separado...

     No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras ellas hirviesen amenazas tan terribles cuantos evidentes.

     -Lo que se había pensado -dijo sin embargo Ferreiro- era no nombrar a nadie.

     -¡Ma! ¿y cómo dijo que no sabía nada? -preguntó con fingida candidez Fillipini. [113]

     -Digo... se había pensado... así en el aire para el caso de que se produjera una vacante...

     -Capisco...

     Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito a Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:

     -¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos forzó la mano sin necesidad?...

     -¡Questo é un altro paio di maniche! -repitió el doctor-. Se lo vuelvo a decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos casos: de que Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y de que yo puedo serle muy útil o muy perjudicial, después. Era preciso que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan amigos como antes o más amigos que nunca, mejor dicho!

     -Bueno... veré... pensaré.

     -¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haga ninguna arbitrariedad en mi favor.

     -¡Qué gringo éste! -murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido y malhumorado-. Es como la garúa finita, que lo cala a uno hasta los huesos. Y se va a salir con la suya, no más -agregó, palmeándole el hombro.

     -Piénselo, piénselo y no se apure -dijo el otro-. Para todo hay tiempo y a la corta o a larga usté se convencerá de que yo soy un buen amigo.

     -Y yo también, doctor. [114]

     Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, murmuraba sin embargo.

     -¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...

     Sin perder tiempo volvió a la confitería de Cármine, donde había un grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de las mesas, los otros de pie, junto al mostrador. Silvestre, que peroraba entre ellos, se acercó a Fillipini, como era, en parte, el deseo de éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido con algún enemigo de la situación. -Viera, si fuese posible, y lo sería, pues se hallaba presente también.

     -¡Hola, doctor! -dijo Silvestre aproximándose con la confianza que se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto punto las relaciones de médico a farmacéutico-. Me alegro de verlo por acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?

     -¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.

     -Gracias -y se sentó-. Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau el empleo del hospital, ¿es cierto?

     -Sí.

     -¿Y por qué?

     -Oh, esas son cosas, cosas...

     -¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza. ¡Largue el rollo!

     -¡Ma! Usted ya sabe como anda el hospital...

     E hizo un cuadro, muy pálido, en verdad, de aquel desquicio harto conocido por Silvestre, quien, sin embargo, se hacía de nuevas al oír tales cosas de tales labios. Y terminó:

     -Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste... [115]

     -¿Lo han destituido?

     -Eso es.

     -¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?

     -De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.

     -¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!

     -Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza al intendente, y éste, para tenerlo contento, me ha sacrificado cuando ya me había prometido arreglar el hospital.

     -¡Bermúdez! tan bruto y tan...

     -Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto... Pero todo esto tiene que saberse...

     -¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga a Viera? Él ya tiene la noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?

     -Llámelo, es mejor.

     -¡Viera! ¡eh, Pampa!, una palabrita.

     Viera se acercó, sentose a la mesa, oyó lo que el doctor quiso contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en amistosa charla. A la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine bajó las luces para ahorrar petróleo.

     Fillipini, muy tranquilo, no salió de su casa, aquella noche, aguardando el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar. Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fue pedir los diarios que el sirviente le llevó a la cama.

     Comenzó por la gaceta oficial, El Justiciero. De su exoneración ni una palabra, del hospital menos. Pero, ¡oh detalle significativo!, en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez y [116] en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y Ferreiro, ¡nada menos!

     -¡E fatto! -murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el periódico para tomar La Pampa.

     Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando a... Bermúdez, por la destitución de Fillipini; de Fillipini que -según el artículo- era lo mejor o lo menos malo del oficialismo, un hombre así, un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera política, como lo había previsto La Pampa, y si lo dejaban iba a ser como un caballo metido en un almacén de loza... «El gran consejero de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda a este gaznápiro» -terminaba diciendo el artículo-. La alusión a Ferreiro era visible pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la hubiera hecho con más tino...

     En toda esta andanza el único que rabió fue Bermúdez, quien se atrevió a encararse con Fillipini para darle un sofión. El italiano se le rió en la cara:

     -¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya «amigo Bermúdese» y vuelva por otra.

     Ferreiro no aludió nunca a la escaramuza aquella, pero desde entonces tuvo siempre muy en cuenta a Fillipini, que, como es lógico, siguió de segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.

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     Roberto J. Payró
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