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Visiones de Europa en el Siglo de las Luces: el «Viaje fuera de España» (1785) de Antonio Ponz1Mónica Bolufer Peruga Universitat de València En 1785, el secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Antonio Ponz, daba a la prensa su Viaje fuera de España, testimonio del recorrido que en 1783 le había llevado, a lo largo de seis meses, por Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas y los Países Bajos austríacos. El itinerario y su relato se inscribían en una tradición europea, la del viaje formativo y cultural por algunos destinos seleccionados del continente y su plasmación literaria, que en España, como se ha venido señalando, tuvo manifestaciones más tardías y menos intensas que en otros países2. Sin embargo, el creciente interés por indagar en las relaciones de España con la cultura europea ha propiciado la recuperación de relatos de viajes poco conocidos o inéditos3. Su edición y estudio ha permitido matizar (aunque sólo hasta cierto punto) la idea de que este tipo de literatura fue escasa en España y analizar con mayor diversidad de perspectivas las percepciones contemporáneas sobre la posición que ocupaba España en la geografía cultural del Siglo de las Luces4. Uno de los relatos de viajes por Europa de mayor éxito en su tiempo fue el de Ponz, reeditado en 1791-92, traducido al italiano en 1794, reseñado en la prensa y utilizado como referencia por otros viajeros posteriores, como el marqués de Ureña o Leandro Fernández de Moratín5. Algunas partes de esta obra han sido objeto de estudios de diverso interés, que oscilan entre las aproximaciones meramente descriptivas y los enfoques más amplios y analíticos, mientras que las visiones de conjunto son escasas y están muy escoradas hacia los aspectos artísticos6. Nuestro propósito al acercarnos a este relato es ahondar en las categorías sociales, religiosas y políticas que modelan su percepción de los territorios visitados, ampliando la línea interpretativa apuntada en nuestra breve aproximación anterior a su viaje a Inglaterra para tomar el ejemplo de Ponz como un caso de estudio sobre las características, los límites y la diversidad interna del movimiento ilustrado en España y sus relaciones, complejas y ambivalentes, con Europa7. Nuestro enfoque converge así con la ampliación de perspectivas de los historiadores del arte, que han empezado recientemente a analizar los criterios arquitectónicos de Ponz como vehículo e hilo conductor de un discurso más amplio de carácter reformista con implicaciones sociales y políticas8. Una revisión historiográfica ya operada con anterioridad por lo que respecta a su Viaje de España, que, contemplado durante largo tiempo meramente como un inventario minucioso del patrimonio artístico y monumental español, hoy se valora como una descripción crítica del estado del país, justificada por la voluntad de contribuir a las reformas promovidas desde el gobierno9. Antonio Ponz es, en efecto, conocido fundamentalmente como autor del Viaje de España y como impulsor de los criterios artísticos neoclásicos10. Formado en Filosofía y Teología en la Universidad de Valencia e investido con las órdenes menores, su vocación por las Bellas Artes le condujo a Madrid, donde asistió a las clases de la Junta Preparatoria, germen de la futura Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (fundada en 1752)11. Entre 1751 y 1759 residió en Italia para profundizar en su formación artística, estableciéndose en Roma, donde trabó relación con artistas y eruditos españoles y extranjeros, como el bohemio Anton Raphael Mengs, futuro pintor de cámara de Carlos III, el alemán Johann Winckelmann, el duque de Almodóvar y Francisco Pérez Bayer, en compañía de los cuales, al parecer, visitó las excavaciones de Pompeya y Herculano12. El viaje a Italia, del que Ponz no dejó relato escrito, resultó decisivo en su formación y su futuro. Allí acabó de forjarse su criterio artístico de corte neoclásico y academicista y trabó contactos que le serían de gran utilidad para labrarse el éxito profesional y político a su vuelta a España. Las recomendaciones de españoles ilustres, como Pérez Bayer o el embajador español en Nápoles, Alfonso Clemente de Aróstegui, le facilitaron encargos oficiales, en particular la misión de inventariar los bienes artísticos de la Compañía de Jesús tras la expulsión. Ese recorrido fue el origen del Viaje de España, o Cartas en que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella, una extensa descripción del país tanto en lo relativo a su patrimonio artístico y monumental como a la población, recursos económicos, estado de las comunicaciones o establecimientos asistenciales. Publicado en 18 tomos entre 1772 y 1794 y dedicado al futuro Carlos IV, obtuvo un importante éxito, granjeándole la admisión en la Academia de la Historia y en diversas Sociedades Económicas y, sobre todo, el nombramiento en 1776 como secretario de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Reeditado a lo largo del siglo y traducido a diversas lenguas (francés en 1774, alemán en 1775), se convirtió en fuente privilegiada de información tanto para eruditos españoles como para viajeros extranjeros que visitaban nuestro país, y abrió a su autor las puertas de instituciones eruditas europeas como las Academias de los Arcades y San Lucas de Roma o la Antiquarian Society de Londres. Pintor mediocre y discreto intelectual, Ponz fue, sin duda, un hombre de letras bien situado en los círculos del poder. Amigo de Pérez Bayer, el influyente hebraísta, preceptor de los infantes reales y bibliotecario mayor de Carlos III desde 1783, formó parte, con él y con otros personajes como Juan Bautista Muñoz, Cavanilles o Vicente Blasco, del grupo de literatos valencianos que hicieron carrera en la Corte y ejercieron responsabilidades en la política cultural borbónica13. En particular, se benefició de la confianza del rey Carlos III y del apoyo personal del príncipe Carlos, como muestra la actitud de ambos con motivo del conflicto suscitado por su nombramiento. A la queja de los académicos al secretario de Estado por la designación de Ponz, antes de que se hubiese comunicado formalmente la vacante y sin consultar sobre posibles candidatos, el marqués de Grimaldi respondió, en nombre del rey, confirmando la alta estima en que lo tenía el monarca y la indignación de éste por el hecho de que se cuestionara su voluntad en el nombramiento para una institución cultural de patronazgo regio14. Asimismo, reprochó a los académicos su escepticismo hacia un sujeto de quien decían no tener sino La formación y talante de Ponz y su posición privilegiada en los círculos del poder no pueden perderse de vista a la hora de valorar su Viaje fuera de España. La obra consta de 12 cartas dirigidas a un interlocutor probablemente imaginario, identificado por buena parte de la crítica con Campomanes, pero que parece responder más bien a la convención epistolar habitual en la literatura de viajes. Ese destinatario ficticio, hombre cultivado y de buen gusto, con afición y conocimientos de arte y antigüedades, puede representar al público implícito que Ponz contemplaba como receptor de su obra: lectores entendidos, que buscasen en ella, además de entretenimiento y «agradables» noticias, informaciones «útiles» al propio país18. Los dos volúmenes del Viaje están precedidos de sendos prólogos en los que Ponz, siguiendo las convenciones del género, expone sus motivos, justificando su viaje por el doble propósito de mostrar a sus compatriotas noticias útiles para despertar la emulación y contribuir a la reforma del país y de exponer lo que estima tergiversaciones y falsedades de los viajeros y hombres de letras extranjeros acerca de España. El Viaje fuera de España no puede, en efecto, como bien se ha señalado, entenderse fuera del contexto de las polémicas sobre las aportaciones de España a la cultura europea, su labor colonizadora en América o su estado presente, que abarcan tanto los relatos de los viajeros como las obras de Raynal y Robertson o el célebre artículo «¿Qué se le debe a España?» publicado por Masson de Morvilliers en la Encyclopédie méthodique19. Ese ambiente de controversia se evoca explícitamente en los prólogos. En el primero, Ponz pasa revista a algunos de los más célebres relatos de viajes por España, enjuiciándolos con variable severidad y reservando sus dardos más afilados para el que provocó mayor indignación en el gobierno y entre las gentes de letras españolas: el Voyage de Figaro en Espagne de Fleuriot de Langle (1784), que sería prohibido por intervención expresa de Campomanes20. El segundo se centra en rebatir las opiniones de Masson de Morvilliers, origen en 1782 de una intensa polémica en la que se implicaron autores como el abate Cavanilles o Juan Pablo Forner, para vindicar con variable acierto las aportaciones de la cultura española, o el Censor, para ridiculizar la empresa apologética y suscribir, implícitamente, el diagnóstico del atraso español realizado por Masson. Asimismo, realiza una encarnizada defensa de la colonización española en América contra las críticas de los extranjeros (en particular, implícitamente, las contenidas en la Histoire philosophique et politique des établissements et du commerce des européens dans les deux Indes (1781) del abate Raynal), para concluir exhortando al viaje por Europa como empresa patriótica:
En efecto, el Viaje fuera de España de Ponz es, en mayor medida que los relatos de otros viajeros españoles por Europa, un texto profundamente polémico y vindicativo, aunque su autor haga propósito también de reunir, con una actitud que pretende ecuánime, informaciones útiles y ejemplos dignos de emulación para contribuir a la reforma y la «felicidad» pública. El relato se separa, tanto en sus propósitos como en su desarrollo, del modelo del viaje clasicista que había tenido particular vigencia en la primera mitad del siglo, sobre todo en los recorridos por Italia, y que centraba su interés en la descripción de vestigios de la Antigüedad (ruinas, monumentos, inscripciones y monedas)21. El Viaje fuera de España se adscribe más bien, a pesar de su importante contenido artístico, al patrón del viaje ilustrado generalizado en Europa a partir de mediados de siglo, que se articula y justifica en torno a un valor, la «utilidad», y a un propósito principal, instruir a los compatriotas a partir de informaciones y reflexiones críticas inducidas por el contraste de la realidad propia con la de los países extranjeros. Su estilo descriptivo, comedido y frío, propio de este tipo de relatos, contrasta también con el tono más conscientemente subjetivo de otros textos de viajes que, ya por esas fechas, anunciaban los perfiles del viaje romántico. El enfoque de Ponz es deliberada y orgullosamente utilitario y pretende marcar distancias con respecto a las prácticas y los relatos de otros viajeros. Hace gala de diferenciarse de aquellos que se detienen en valorar y describir las costumbres y la organización política de los países visitados: Asimismo, y a diferencia de la mayoría de viajeros, que consignan las relaciones entabladas a lo largo de su recorrido, ufanándose de visitar a personajes ilustres del mundo de la política, las artes y ciencias y la buena sociedad o, en el caso de los aristócratas como Olives y Ureña, de ser recibidos en las cortes, Ponz omite señalar los contactos sociales que pudo establecer durante su viaje. Tampoco proporciona ninguna información acerca de las personas que lo acompañaron, ni anota apenas detalle alguno sobre las circunstancias materiales del recorrido: alojamientos, comidas, gastos, peligros o incidencias. Aspectos que, como los anteriores, eran comunes en la literatura de viajes, y cuya omisión, sin duda consciente, revela un concepto más restringido y academicista de aquello que convenía recoger en un relato26. Así, las figuras que desfilan por sus páginas componen (cuando no son personajes históricos) una humanidad colectiva y anónima que parece apenas entrevista desde las ventanillas de un carruaje o durante los paseos por la ciudad27. Ponz evita, asimismo, pronunciarse en temas políticos, quizá por ser cuestiones cuyo tratamiento resultaba delicado o, en mayor medida todavía, porque su talante de hombre de letras convencido de las bondades del absolutismo ilustrado no le impulsaba, como en el caso de otros viajeros más curiosos o menos conformistas, a observar y comparar regímenes políticos. Cuando aborda esos temas, al recorrer países como Inglaterra o las Provincias Unidas, cuya peculiaridad parecía exigir algún comentario, lo hace como pasando sobre ascuas y a través de fórmulas poco comprometedoras, como la de calificar la constitución inglesa (admirada por los ilustrados europeos y españoles, y que proporcionaría a otros de sus compatriotas motivo para una reflexión comparativa sobre las formas del poder y las posibilidades de la libertad) con los vagos epítetos, casi vacíos de contenido, de «singular» y «curiosa» (II, 102). Distanciándose deliberadamente de la reflexión sobre las costumbres y la política, Ponz pretende concentrarse en describir las manifestaciones artísticas de los países visitados. A lo largo de las páginas del Viaje fuera de España reitera su interés por los modelos de la Antigüedad y, sobre todo, su firme adscripción a los principios academicistas de corte neoclásico. Ello le impulsa a dispensar continuos comentarios críticos hacia el arte medieval y barroco, pero no impide que se muestre frío y más bien desalentador sobre el estado presente de las artes en Europa, del que dictamina tajante: En este sentido, la comparación del relato de Ponz con los de otros viajeros que realizaron itinerarios parcialmente coincidentes arroja luz tanto sobre los rasgos comunes como sobre las diferencias atribuibles al distinto talante y criterios culturales y políticos de cada uno de ellos. Así, el primer y poco conocido testimonio de viajes del siglo XVIII, el manuscrito del noble menorquín Bernat Josep d'Olives sobre su periplo por Francia, Italia, Suiza, Países Bajos, Provincias Unidas e Inglaterra en 1700, es un relato de juventud marcado por la minuciosa contabilidad económica, el interés por el arte «a la moderna», la curiosidad por las costumbres y religiones y el orgullo de ser recibido en las Cortes y conocer a los personajes más destacados28. Los diarios del ilustrado canario José Viera y Clavijo, sin omitir jugosas referencias a la vida social, destacan por su pasión por la ciencia concediendo amplio espacio a la descripción experta de gabinetes de curiosidades, museos, instalaciones e instrumental y de sesiones académicas, demostraciones o conferencias públicas29. La misma curiosidad científica singulariza también el relato del marqués de Ureña, noble cultivado de amplia formación artística y técnica, cuyo viaje de 1787-88 siguió de cerca los pasos de Ponz, su amigo y corresponsal, con quien compartió criterios artísticos de corte neoclásico, distanciándose, sin embargo, de él en sus inquietudes, más amplias y diversas, y en su prosa, elegante e irónica, muy atenta a captar el interés del lector. Por último, las impresiones del viaje a Inglaterra de Leandro Fernández de Moratín en 1792 contrastan con el texto de Ponz en su curiosidad voraz y polifacética que, aunque se detiene en particular en la crítica teatral, abarca los más variados aspectos de la sociedad inglesa, desde las técnicas y los transportes a los vicios y virtudes del «carácter nacional», la obsesión nobiliaria, las costumbres amorosas, la vida cotidiana (vestido, rituales, hábitos gastronómicos), los mecanismos del orden y las violencias sociales o los rasgos del juego político. Servidumbres de la apología: el recorrido por Francia
La intención apologética del viaje impregna el recorrido por Francia (que ocupa las cartas II a IX del primer volumen, a la salida de España, y VII a XII del segundo, de vuelta de Inglaterra, Holanda y Flandes) de una forma mucho más intensa que el resto del itinerario, puesto que fueron hombres de letras franceses (desde Montesquieu y Voltaire a Fleuriot de Langle o Masson de Morvilliers, pasando por Raynal) los forjadores principales de la imagen negativa de España que muchos españoles, Ponz entre ellos, se preocuparon por refutar30. Así, aunque apenas cruzada la frontera haga gala de no pretender Encorsetado por el propósito apologético, el relato de Ponz remite constantemente a España como término de comparación. Trata de mantener una apariencia de ecuanimidad crítica, y por ello, no deja de aprobar en algunos casos el ejemplo francés. El buen aprovechamiento agrario de algunas regiones (la «frondosa campiña» de Bayona, Burdeos o el Languedoc, el uso pastoril de las Landas) le sirve para insistir en una de sus obsesiones: el estímulo que para la economía española significaría una mayor implicación e inversiones de los grandes propietarios en la explotación de sus tierras (I, 52, 57, 66; II, 316-319). El interés de las autoridades francesas en la construcción de caminos le lleva a reclamar una mejora más decidida de la red viaria española (I, 62). Tampoco deja de admirar el vivo tráfico comercial y la actividad manufacturera en algunas ciudades francesas, como Orleans, Burdeos, París, Rouen o Lyon (I, 56, 69, 71-73, 139, 156; II, 243-244, 246-247, 285, 302-303, 323). En el orden artístico y cultural, tiene palabras de elogio para algunos de los grandes proyectos franceses de la época: los salones públicos y bianuales de pintura o la apertura de las galerías de arte y antigüedades en el palacio del Louvre (I, 106-114). Sin embargo, condicionadas por el propósito vindicativo, las observaciones de Ponz tienden a diluir el aspecto crítico del viaje en la intención apologética. No pierde ocasión de señalar con complacencia aquellos aspectos en los que, a su juicio, la admirada Francia no aventaja a su país o adolece, al menos, de lacras que empañan la imagen brillante que solía presentar para los ilustrados españoles. En lo referente a la economía y la vida social, que en otras partes de su recorrido europeo le inspiraron reflexiones críticas e incluso amargas sobre las carencias nacionales, suele omitir, en el caso francés, comparaciones poco halagüeñas, inclinándose por subrayar la pobreza y las deficiencias en las instituciones asistenciales. Anota así que en algunas ciudades y zonas rurales Es, sin embargo, en el terreno del arte y el urbanismo y las instituciones culturales donde Ponz desarrolla por extenso su vindicación del patrimonio español, con frecuencia en detrimento del francés. Si los monumentos góticos, como las catedrales de Rouen y Amiens o la Sainte Chapelle, no le impresionan favorablemente, tampoco la arquitectura moderna francesa le suscita ningún entusiasmo35. Ironiza en reiteradas ocasiones sobre los desmedidos elogios de los franceses hacia sus propias riquezas artísticas (el palacio inacabado del Louvre -I, 98, 117 y 171- o la celebrada catedral de Notre-Dame, que no resiste a su juicio comparación con el Escorial en reliquias y tesoros artísticos -I, 83). El tono vindicativo se eleva cuando se trata de resaltar las mejoras vinculadas al urbanismo borbónico, de cuyas empresas Ponz fue estrecho colaborador: el empedrado y limpieza de Madrid deja muy lejos, en su opinión, las estrechas y sucias calles parisinas (I, 92-93), como la puerta de Alcalá pone en evidencia los arcos de triunfo de escaso mérito ubicados en los accesos a París (I, 140, 145-146,161). En el orden de las instituciones culturales, Ponz evita igualmente suscribir cualquier valoración entusiástica, como la que hacía de la Real Biblioteca francesa «la más numerosa y curiosa del mundo» ( Es cuando se despega del molde constrictivo de la apología cuando su relato se hace más interesante, como sucede al reflexionar sobre algunos aspectos que le despertaron un vivo interés como convencido partícipe de los proyectos reformistas y de transformación del gusto artístico en España, o al dar cabida a algunos aspectos de la sociabilidad y la vida cotidiana, ligados a observaciones de carácter estético y urbanístico37. Ponz elogia, por ejemplo, sin reservas la práctica de la Academia de Pintura francesa de instaurar salones bianuales en los que las obras artísticas se exponían públicamente; en su opinión, tal iniciativa contribuía a formar el gusto de los espectadores a la vez que a estimular a los artistas, sometiéndolos al juicio de la crítica. El que fuera secretario de la Academia de Bellas Artes participa, a este respecto, de la creciente valoración que la influencia del público cultivado, considerado como un tribunal susceptible de emitir juicio válido en materias de gusto, gozaba entre los artistas y gentes de letras en la Europa de la segunda mitad del siglo XVIII, y que tuvo un hito importante en la apertura de los Salones de pintura franceses en 176638. Su idea de reforma de los criterios artísticos, que concede un papel privilegiado a las instituciones oficiales de protección real, se inscribe en el orden tradicional de fomento de las artes bajo el mecenazgo de la monarquía, pero incorpora de manera incipiente una nueva sensibilidad hacia los gustos del «público», definido, con patrones implícitamente elitistas, como un conjunto de personas cultivadas y por ello legitimadas para ofrecer opiniones estéticas. Interesante es también su continua referencia a los paseos, espacios abiertos y acondicionados para el encuentro y el esparcimiento que se hicieron habituales en muchas ciudades europeas en el siglo XVIII, como signo urbanístico de una práctica social crecientemente popular a lo largo de la centuria, cuya presencia no se le escapa en la mayor parte de las ciudades francesas40. El sentido de su aprobación se desvela en las primeras páginas del Viaje, cuando, todavía en territorio español, al elogiar el nuevo paseo de Vitoria, subraya la triple utilidad de estos espacios: embellecer la ciudad, contribuir a la salud pública saneando el aire y proporcionando espacio para el ejercicio físico de adultos y niños, y propiciar el encuentro y el intercambio social (I, 20). Orden urbanístico, preocupación higiénica y sociabilidad se entrecruzan en su elogio de un elemento urbano que exhorta a extender en España. Ciudades como Madrid, Sevilla, Valencia o Zaragoza contaban ya con estos espacios, en opinión de Ponz La mirada de Ponz enfoca, pues, lo francés desde una actitud dolida y distante que le lleva a concentrar su atención en los aspectos susceptibles de crítica y a cuestionar la visión complaciente que de su país albergaban las gentes de letras, sabedoras de la admiración general que la cultura francesa despertaba en Europa. En particular, les reprocha su desconocimiento y desinterés hacia las aportaciones culturales y la realidad social española: Su actitud es menos receptiva que la de otros muchos españoles que recorrieron el país con una mirada llena de curiosidad y, hasta cierto punto, más abierta a la sorpresa. El joven Bernat Josep d'Olives, en su primera experiencia más allá de las fronteras de la monarquía hispánica, encarna el asombro tradicional en el viajero dispuesto a consignar las «maravillas» de su recorrido y preocupado por dosificar observaciones críticas que le permitan mostrarse como persona instruida y de buen criterio. Por su parte, los relatos de Viera, Cavanilles y Ureña traslucen su regocijo como hombres de letras que, tras haber conocido y envidiado en la distancia, como tantos ilustrados españoles, la irradiación de la cultura francesa, pudieron participar de la intensa vida social, cultural y científica de París. Viera y Cavanilles desplegaron allí una frenética actividad, asistiendo a experimentos, cursos y demostraciones y visitando las instituciones científicas, aspectos que les sirvieron, sobre todo al primero, para lamentar las carencias de la vida cultural en su país43. En el caso de Ureña, cuyo viaje a Francia se inserta también en los años álgidos de la polémica de las apologías, cierta actitud de patriota dolido le induce a realizar con frecuencia la defensa de lo propio, a censurar deficiencias y reprochar a los franceses, como Ponz, su ignorancia y desinterés por lo español44. Sin embargo, no oculta su admiración por la cultura francesa, de cuyas reuniones, espectáculos, polémicas artísticas y científicas y avances técnicos participó intensamente durante su dilatada estancia en la capital. Su texto trasluce, en todo caso, la decepción de un miembro de las élites cultas y cosmopolitas que, convencidas de compartir sensibilidad estética y valores culturales con las gentes de letras y gusto en el resto de Europa, topaban allí con el general desconocimiento hacia un país periférico, sentimiento compartido con Ponz pero que, en el caso de éste, se resuelve, en buena medida, en una actitud de suficiencia que minimiza la autocrítica. El triunfo de la «policía»: el viaje por las Provincias Unidas
La impresión del viaje de Ponz por las Provincias Unidas, que ocupa las cartas III a V del segundo volumen, parece debatirse entre la repulsa que, como buen católico, debía expresar hacia una tierra de «herejes» protestantes, cuya independencia política había sido fruto de su rebelión contra la monarquía hispánica, y la admiración hacia un país que, bajo el signo del comercio, suscitaba la envidia de Europa y en España fue un modelo invocado con frecuencia por arbitristas y reformadores. Esta última es la actitud que se impone en la visión pragmática de Ponz: así, si a su desembarco en Holanda la cercanía del puerto de Brill le hace evocar la revuelta de los gueux o «mendigos» del mar en 1572 (II, 109), y en otros pasajes de su relato recuerda episodios de la rebelión antiespañola (II, 132), son el aprecio y la envidia, más que la hostilidad, lo que impregna su imagen de las Provincias Unidas. Recién llegado de Inglaterra, Ponz sigue encontrando en territorio holandés la imagen de tranquila prosperidad que allí había admirado. Aunque no se le oculta que en su tiempo la disputada balanza de la hegemonía económica se inclinaba ya decididamente del lado inglés ( Es, sin embargo, el tráfico mercantil lo que concentra sus elogios. En puertos y canales, la afluencia de barcos testimoniaba del dinamismo de un comercio que desde finales del siglo XVI había impuesto sus dictados en Europa y que en el siglo XVIII, a pesar de la creciente supremacía inglesa, conservaba todavía parte de su esplendor. Visible en la actividad de muchas ciudades holandesas (en Brill, Delft, Rotterdam, donde la Bolsa, ironiza Ponz, es Libertad y comercio constituían las divisas de la república de las Provincias Unidas y los principales pilares de la imagen de esplendor económico y tolerancia religiosa -e intelectual con que los ilustrados europeos caracterizaban el país. Ponz lo hizo notar con ironía, al señalar que las estatuas alegóricas que adornaban la principal entrada a la ciudad de Rotterdam eran figuras Ponz no lo afirma de manera expresa, pero el ambiente de libertad y el tono laicista de un sector influyente de la cultura holandesa, que constituyó a las Provincias Unidas en foco y vivero del libertinismo intelectual y del desarrollo científico y filosófico de la Preilustración, despierta más bien su desconfianza. Así lo sugiere su actitud escandalizada ante el establecimiento de un premio en 1753, por parte de un particular, para quien probase de modo racional la existencia de Dios: Por lo que respecta al gobierno de las Provincias Unidas, su carácter peculiar en Europa le obliga a incluir algunas reflexiones, incumpliendo su promesa de abstenerse de comentarios políticos. Así lo justifica en su carta y en la que reconoce que la comparación entre regímenes políticos constituía un tema habitual en la literatura de viajes: Las manifestaciones arquitectónicas y artísticas en las Provincias Unidas se alejan de los patrones academicistas de Ponz, quien prodiga críticas hacia los edificios civiles (de «arquitectura muy ridícula y mezquina», como la casa de la ciudad de Delft), salvando sin entusiasmo algunos, como las Bolsas de Rotterdam y Amsterdam, que habían despertado admiración en otros viajeros de gustos menos selectivos54. No oculta su decepción y desagrado por lo que le parece una arquitectura anodina, carente de monumentalidad y poco acorde con la riqueza de la república55. Su crítica se hace más acerba, por razones tanto estéticas como religiosas, al satirizar la desnudez de las iglesias protestantes, carentes de todo ornamento o figura sacra, a excepción de las lápidas sepulcrales, rasgo que solía impresionar desfavorablemente a los visitantes católicos (II, 115, 123, 136). Su impresión negativa de la arquitectura holandesa contrasta, en cambio, con su aprecio hacia el urbanismo de las ciudades: el orden y limpieza de las calles, el aseo de las casas, minuciosamente pintadas y provistas de cristales, y la belleza de los cuidados jardines, «pulidez» que admiraron también otros viajeros y que se convertiría en tópica en las descripciones de las Provincias Unidas56. Ponz se hacía eco así de uno de los rasgos que mejor caracterizaba la sociedad holandesa y que más admiración y elogio suscitó entre los europeos: una imagen de discreta y ordenada prosperidad, marcada por la ética calvinista, en la que el lujo, en lugar de desplegarse de forma espectacular y abiertamente ostentosa, se volcaba en manifestaciones de sobrio refinamiento, las de los célebres interiores burgueses de la pintura barroca: «Viendo tan poca gente, me decía uno que estarían contando en sus casas toneles de oro», ironiza57. El orden y «policía» que presidían la vida cotidiana en las Provincias Unidas constituían elementos propios de una sociedad atravesada por los valores de la laboriosidad, la austeridad y la disciplina, que ejercieron un indudable atractivo sobre reformadores como Ponz o Escarano, cuyos comentados se reproducen al final de la carta IV58. La higiene y buen orden de las ciudades, el aspecto cuidado de las casas, se correspondían con la compostura de unos habitantes a los que Ponz presenta volcados sin cesar en sus ocupaciones: «Todo el mundo está embebido en sus negocios»; Ponz acomodó su itinerario para comprobar la idea, reiterada en la literatura de viajes, que consideraba la pulcritud y el orden rasgos destacados de la cultura nacional. Así, visitó la Holanda del Norte con el propósito expreso de
Sin embargo, es también aquí cuando la rendida admiración hacia el talante pulcro y ahorrativo de los holandeses deriva en fastidio ante lo que se le aparece como una verdadera obsesión: Los Países Bajos y la huella de la herencia hispana
Al llegar a Amberes procedente de Breda, cruzando así los límites de los Países Bajos austríacos donde continuará su recorrido (cartas VI a XI), se percibe en el viajero un sentimiento de alivio. Tras atravesar las Provincias Unidas, país protestante cuya religión chocaba con sus convicciones de creyente tanto como su arte sacro contrastaba con su propia sensibilidad estética, Ponz se reencuentra con una cultura religiosa familiar: El tono de simpatía que impregna su descripción se explica también, como él mismo sugiere, Junto a la admiración por el patrimonio artístico y a la reivindicación de la herencia hispánica, un tercer rasgo dominante en su impresión acerca de los Países Bajos es el contraste entre el pasado esplendor y un presente de decadencia económica, resultado del largo declive que los territorios flamencos habían venido experimentando desde la segunda mitad del siglo XVI, bajo el doble embate de la guerra contra la monarquía hispánica y de la competencia holandesa62. Al recorrer Amberes, Lovaina o Gante, la fascinación por sus bellezas artísticas no le impide consignar el decaimiento de la actividad manufacturera y mercantil, particularmente notoria en la primera, que Ponz apenas dedica una escueta referencia a la situación política vigente en su tiempo, según la cual los Países Bajos habían sido incorporados por la monarquía austríaca en virtud del tratado de Utrecht. Sin embargo, frente a la decadencia de las antiguas ciudades flamencas, la imagen remozada de Bruselas, capital de los dominios del emperador, viene a representar el presente. La destrucción parcial de la ciudad en 1696 por las bombas francesas durante la guerra de la Liga de Augsburgo había obligado a una reconstrucción que alteró sustancialmente su aspecto, y que en 1700 llevó al siempre entusiasta Olives a describirla en estos términos: Inglaterra: entre las seducciones de la opulencia y los «peligros» de la libertad
Aunque la visita de Ponz a Inglaterra no constituye el final de su viaje, sino que figura en su relato entre la primera parte de su recorrido por Francia y su itinerario holandés y flamenco, constituye, en buena medida, el colofón del discurso reformista contenido en el Viaje fuera de España. Por ello, nos hemos permitido abordar su análisis en último lugar, alterando así el orden del relato (en el que ocupa las cartas IX a XII del primer volumen y las tres primeras del segundo), puesto que es aquí donde se revelan de la forma más nítida las inclinaciones e inquietudes políticas y sociales de su autor y, de forma más amplia, los límites y heterogeneidad interna del propio reformismo ilustrado. Ponz emprendió su visita (que incluyó una estancia en Londres y un recorrido circular por el Sur: Oxford, Bristol, Bath, Salisbury, Portsmouth...) partiendo de una actitud admirativa hacia lo inglés ya expresada en su Viaje de España66. Fascinación compartida por muchos de sus contemporáneos, que envidiaban tanto como temían la indiscutible hegemonía económica y naval británica, cuyas realizaciones solían tomarse como modelo para la reflexión sobre los problemas de la economía española y su posible reforma, y que acusaron la influencia del liberalismo económico y, en menor medida y de forma más tardía, del liberalismo político inglés en su crítica contra el Antiguo Régimen67. Aunque Ponz evite una valoración detenida de las instituciones inglesas, sus opiniones emergen en el texto, porque su admiración por el desarrollo de la economía británica y su propio discurso artístico hacen que sus reflexiones se deslicen hacia el terreno sociopolítico. Si bien dedica, en su línea habitual, la mayor parte de su texto a la descripción pormenorizada del patrimonio artístico, la fascinación por la «opulencia» y el dinamismo de la sociedad británica constituye, en buena medida, el eje significativo del relato. De sus observaciones emerge, con vivas pinceladas, la imagen de una sociedad próspera, asentada sobre el triple pilar de una agricultura floreciente y moderna, un comercio hegemónico a nivel europeo y mundial y unas manufacturas en pleno proceso de revolución industrial. Los reiterados elogios al buen cultivo de los campos («Decir Inglaterra es decir jardines»...) reflejan la conciencia de Ponz de estar atravesando el territorio que, con los Países Bajos, había encabezado el proceso de transformación agraria en Europa (II, 250, 252-54, 265). Muestra interés por las obras públicas (II, 17, 49) y por algunos ingenios técnicos (I, 364) y, sobre todo, establece un contraste poco halagüeño para la economía española, que oscila entre la declaración de optimismo proyectista y la crítica al lento avance de las reformas agrarias:
El impulso manufacturero también suscita su admiración: «El valor de lo que se fabrica cada año en Inglaterra es cosa que admira» (II, 78; I, 250-265, 297, 364). Aunque se muestra a este respecto menos entusiasta y curioso por los aspectos técnicos que su amigo el marqués de Ureña, quien visitaría algunos establecimientos y se entrevistaría con empresarios, Ponz no deja de consignar la diversidad y abundancia de la producción industrial inglesa ni de advertir que ha extendido sus exportaciones a todo el mundo, apoyándose en una agresiva política comercial. Subraya los signos del dinamismo mercantil, sustentado tanto en el desarrollo del mercado interno como en la indiscutible supremacía británica en los mercados europeos y transatlánticos, cuyo éxito queda simbolizado por el esplendor de la metrópolis. Incluso en la pluma mesurada y más bien fría de Ponz, Londres emerge como un impresionante emporio comercial, que ejercía un gran poder de atracción y dinamización sobre el campo circundante, y en el que confluían las rutas del comercio mundial, tanto europeo como asiático y americano: En efecto, Ponz parece abandonar en su recorrido por Inglaterra, vencido por el brillante espectáculo de la vida social y el tráfico mercantil, su habitual circunspección, para esbozar algunas pinceladas sobre las costumbres sociales68. Aunque, a diferencia de Ureña, en ningún caso diga haber participado en ellas y mantenga la pose distante del espectador, no fue ajeno a los atractivos de las numerosas diversiones públicas que en las ciudades inglesas del siglo XVIII, en particular en Londres y en la ciudad balneario de Bath, lugar de recreo, salud y ocio para las clases adineradas, habían generado un amplio negocio del placer y la sociabilidad. Los animados teatros y cafés, las estaciones termales, las salas de espectáculos y bailes de Ranelagh y Vauxhall, los paseos y los reales jardines de Richmond y Kew constituían ámbitos de reunión y esparcimiento en los que el consumo iba de la mano de un dinamismo en el trato social que abarcaba desde las concurrencias más selectas a los espacios abiertos a un público amplio: «Le confieso a V. que el todo de este sitio de diversión me sorprehendió», reconoce Ponz a propósito del jardín y sala de espectáculos de Vauxhall,
La reflexión sobre las causas de la «inglesa opulencia» lleva a Ponz, en diversas ocasiones, a adentrarse en consideraciones de índole sociopolítica. Así, desde una posición ecléctica que (como en su Viaje por España) combinaba la preocupación agrarista con postulados deudores del mercantilismo tardío, aprueba la enérgica política proteccionista con que Inglaterra había defendido sus intereses comerciales de la competencia extranjera72. Sin embargo, el factor de dinamismo económico al que concede mayor énfasis es el activo papel de la nobleza rural tanto en la racional gestión de sus dominios como en el mecenazgo artístico y cultural. El ideal del noble emprendedor residente e implicado en la explotación de sus propiedades (tema recurrente tanto en el Viaje de España como en otros pasajes de su viaje europeo) se encarna en una imagen idealizada de la nobleza inglesa, protagonista casi única del empuje de la agricultura británica en la visión de Ponz, que no hace apenas referencia al campesinado ni muestra interés o conocimiento de las formas de tenencia y explotación en el campo73. La admiración de Ponz hacia la nobleza inglesa se hace patente también en lo que constituye el material básico de su relato: la descripción del patrimonio artístico. Ponz valora con frialdad la tradición de un país en el que la huella de la Antigüedad grecorromana era apenas testimonial, cuyo patrimonio gótico chocaba con sus gustos neoclásicos, y en el que la Reforma había limitado el desarrollo del arte sacro, tal como señala una y otra vez, lamentando en particular el empeño iconoclasta de la revolución puritana74. En cambio, la arquitectura moderna inglesa suscita su entusiasmo, y sus comentarios sobre ella constituyen, como ha señalado Daniel Crespo, el aspecto más interesante de los comentarios artísticos contenidos en el Viaje fuera de España y el que mejor sintetiza las implicaciones del discurso estético de Ponz75. Éste dispensa vivos elogios a los modelos clasicistas imperantes en la arquitectura de la Inglaterra georgiana, tanto en los nuevos edificios religiosos y gubernamentales o en los de carácter comercial y financiero (como la Bolsa o el Banco de Inglaterra) como en las residencias nobiliarias (I, 336-341, 359-362 y II, 19-20), aunque se muestre menos complaciente en su valoración de algunas obras señeras y celebradas del nuevo estilo, como la iglesia de Saint Martin in the Fields o la catedral de San Pablo (II, 21, 27-35). Los nuevos criterios arquitectónicos, con fuerte influencia del neopaladianismo, habían podido imprimir su sello de forma generalizada en el perfil urbano merced a lo que Ponz presenta como una ocasión providencial: el terrible incendio de 1666, que al devastar la capital favoreció la posterior implantación de un urbanismo y unos principios estéticos más uniformes: Sin embargo, a Ponz no se le oculta que las razones del triunfo del «buen gusto» arquitectónico en Inglaterra no residían tanto en una política de dirigismo artístico desde las Academias protegidas por la monarquía, al modo francés (imitado en España por la Real Academia de San Fernando), como en otros factores: el empuje económico del país y el decidido mecenazgo de una nobleza cultivada. En efecto, el clasicismo artístico y literario fue en los siglos XVII y XVIII particularmente intenso entre la aristocracia y las clases medias inglesas, entre las que revistió un fuerte sentido de distinción y también un componente político, sirviendo para justificar y fortalecer el sistema constitucional nacido de la revolución Gloriosa de 1689 mediante una apropiación y reelaboración del lenguaje cívico y los códigos estéticos de la Antigüedad76. Los nobles británicos, que desde el siglo XVII practicaban con particular intensidad el viaje a Italia dentro de su itinerario formativo o Grand Tour, se deleitaron en el coleccionismo de antigüedades y obras de arte, fundaron sociedades arqueológicas y anticuarias y promovieron formas arquitectónicas de signo clasicista77. Son, en esa línea, las mansiones campestres de la aristocracia, descritas con admiración por Ponz (Sion House, Chiswick, Coban Park, Wilton House, Blenheim Palace), la imagen que reúne algunos de sus temas más queridos y sintetiza aspectos esenciales de su visión de la sociedad y de la política cultural: la inversión en arte como signo de status y de buen gusto, al tiempo que como mecanismo de dinamización de la economía, y la presencia activa de los grandes propietarios en sus dominios rurales:
Ofrece así una imagen respetable y digna de la nobleza, bien alejada de la sátira irreverente de Moratín a las ínfulas de los linajudos, que venía a incidir, por el contrario, en los aspectos más conservadores de la sociedad británica («este tufo aristocrático ha ocupado de tal manera las cabezas, que son muy pocas las que se libran de este frenesí»)79. También los comentarios de Ponz, preceptivos en todo relato de viajes, sobre las instituciones culturales del país indican reconocimiento hacia la educación de las élites británicas y su implicación en la vida artística e intelectual: así, al describir la ciudad universitaria de Oxford, subraya que algunos de sus edificios más señalados (la Bodleian Library, la Radcliffe Gallery o el Ashmoleian Museum) deben su arquitectura o sus fondos bibliográficos, de antigüedades o de historia natural a la iniciativa de aristócratas y profesionales acomodados (I, 264-277). Una impronta presente, asimismo, en las academias, como la Sociedad de Anticuarios, la Academia de Pintura, Escultura y Arquitectura de reciente fundación o la Royal Society, o en los propios orígenes del Museo Británico, nacido de la colección particular del médico John Sloane y ubicado, tras su adquisición por el gobierno, en el espléndido palacio clasicista de Lord Montagu (II, 24-25, 53-54). Si Ponz no oculta su admiración por la «opulencia» británica y por sus expresiones artísticas más recientes, expresa, en cambio, sus distancias con respecto a las «libertades inglesas» en el orden político. Elude valorar la peculiaridad del modelo constitucional británico, limitándose a remitir al análisis del mismo publicado por el duque de Almodóvar y evitando así pronunciarse sobre un tema que inspiró a los ilustrados europeos y españoles de talante más crítico reflexiones sobre las alternativas al absolutismo80. Cierto es que valora positivamente algunos aspectos de la cultura política inglesa. Consigna el dinamismo y proliferación de la prensa periódica, sin parangón en Europa: También estima singular y admirable el despliegue de estatuas erigidas en lugares públicos en homenaje a los «grandes hombres» ingleses, iniciativa que conectaba con uno de los temas recurrentes a lo largo de su relato: su interés por el uso político de los espacios urbanos a través de monumentos y esculturas, símbolos de la autoridad real o, al modo ilustrado, efigies de personajes acreedores de reconocimiento por su contribución a la «felicidad común» mediante sus méritos científicos o literarios. En Francia había consignado ya con aprobación la presencia de estatuas de Luis XIV en todas las ciudades, así como, más recientemente, de monumentos a hombres de letras y ciencias como Buffon, iniciativas ambas que le parecían dignas de ser imitadas en España (I, 107, 125, 158-159). En Inglaterra, constata que son con frecuencia los particulares, en lugar de únicamente los gobiernos, quienes sufragan la erección de los signos escultóricos del patriotismo (en una época de construcción de la nueva identidad nacional británica a través de un intenso despliegue simbólico y ritual), lo que sugiere el carácter más dinámico de la vida social y política inglesa:
Sin embargo, Ponz no establece relaciones entre esos diversos aspectos de la cultura política británica (del auge de la prensa a la obsesión filantrópica o al recurrente simbolismo cívico) para considerarlas resultado de una peculiar constitución y de un régimen de libertades que resultaban excepcionales en la Europa monárquica y absolutista, aunque los ilustrados más críticos y un amplio sector de la opinión pública inglesa censurasen el carácter restringido y elitista de la representación electoral y la intensa corrupción del sistema parlamentario. Por el contrario, la actitud de Ponz hacia las «libertades inglesas» es de despectiva ironía, cuando no de abierta y escandalizada reprobación. Contrasta las proclamadas libertades con la situación marginal de los católicos, ciertamente no para tomar partido a favor de la tolerancia religiosa, sino para defender a sus correligionarios. Aunque muestra alguna curiosidad hacia la diversidad de confesiones (que le llevó a asistir a la reunión de una comunidad cuáquera -I, 209), no se manifiesta, como tampoco en Holanda, favorablemente impresionado por la proliferación de cultos, y su indignación estalla al comentar el rechazo social y las limitaciones de derechos civiles y religiosos que sufría la minoría católica, haciéndose eco escandalizado de las violentas resistencias que el intento de suavizarlas había desencadenado pocos años antes en los llamados motines de Gordon (II, 44, 82-86). La práctica del gobierno representativo, basada en la discusión y el debate público, suscita la incomprensión de un hombre de letras convencido de las bondades del absolutismo ilustrado. Así se aprecia, por ejemplo, en las poco respetuosas descripciones de la actividad política en el Parlamento o en el Guildhall, sede del gobierno municipal (II, 16, 36-37). Pero, ante todo, es la extensión del debate, más allá de las élites que controlaban el sistema electoral británico, a otros espacios de discusión (desde los clubes a las tabernas populares o a las plazas) lo que despierta su rechazo, en la medida en que permitía la irrupción en la vida política de una opinión pública con un fuerte componente popular y burgués, expresada a través de pasquines, caricaturas y protestas contra los gobiernos82. La guerra de independencia de las Trece Colonias, los motines de 1780 y la crisis constitucional de 1782 marcaban, bajo el reinado de Jorge III, un panorama de tensión y conflicto al que Ponz asistió con indignada desaprobación: La visión de Ponz difiere a este respecto de la del conde de Ureña, que, si bien desaprobó, como aristócrata respetuoso con la monarquía, las licencias de la sátira que se encarnizaba incluso contra la Casa real, mostró simpatía hacia el liberalismo político y estudió con interés la organización del Parlamento inglés84. Más todavía, constituye el espejo invertido de la que ofreció Leandro Fernández de Moratín a raíz de su visita de 1792 a Inglaterra, en pleno enfrentamiento entre los movimientos radicales ingleses, que saludaron los acontecimientos de la vecina Francia, y el gobierno whig de Pitt, determinado a impedir el contagio revolucionario. Moratín retrata, con pinceladas ágiles y satíricas, un Londres palpitante y bullicioso, de violentos claroscuros: el de la activa convivialidad y la mercantilización, los serenos jardines, museos y parques y las callejuelas sombrías, las gacetas y panfletos y los escándalos familiares y políticos. Más que seducido, como Ponz, por la brillante imagen clasicista de una sociedad elegante y opulenta, simbolizada por las obras maestras de la arquitectura georgiana, su relato muestra una actitud crítica y un gusto por los contrastes (así como una inclinación por los bajos fondos y por las miserias de la alta sociedad) que recuerdan la sátira mordaz de las pinturas y grabados de William Hogarth85. Asistió con asombro al debate político y constató la fuerza de la opinión pública y la actividad de los clubes y asambleas demócratas86. Contempló sin escándalo la libertad de prensa y discusión y también, hasta cierto punto, el movimiento radical de raíces burguesas y populares que, cuestionando los estrechos límites del sistema representativo británico, abogaba por una ampliación de las leyes electorales. Como otros liberales y futuros afrancesados españoles (entre ellos León de Arroyal), su actitud hacia las libertades inglesas fue de envidia por lo que consideraron un modelo político admirable o, en todo caso, de crítica de sus aspectos más limitados y elitistas87. Todo lo contrario de Ponz, cuya visión quedó contenida en los límites de un discurso estético clasicista y de un moderado reformismo que, admirado por la «inglesa opulencia», toma como modelo sus realizaciones, sin profundizar en sus causas sociales ni admitir sus implicaciones políticas. * * * Tomado en su conjunto, el Viaje fuera de España constituye un relato de viajes más interesante y rico que el mero inventario artístico y arquitectónico con el que se ha tendido a identificarlo y que, ciertamente, ocupa muchas de sus páginas. Su autor no fue, en efecto, un simple erudito fascinado por la Antigüedad. En su Viaje de España ironizó con agudeza y cierto sentido de superioridad intelectual sobre la fijación en el pasado y la obsesión de los anticuarios (o «ropavejeros» del saber) por descifrar las inscripciones antiguas y enzarzarse en abstrusas disquisiciones etimológicas. Su clara preferencia por lo «moderno», más que por el saber erudito y anticuario, volcado en ruinas, lápidas y monedas («antiguallas», «vejestorios» o «vejeces»), indica la concepción pragmática y reformista del saber de quien gustó de llamarse a sí mismo un «modernario»88. Sin embargo, la suya es una modernidad limitada, estrictamente ceñida a los perfiles del reformismo ilustrado en su versión más convencional y moderada. Confortablemente instalado en el mundo del Antiguo Régimen, en un sistema de instituciones culturales fuertemente vinculado a los dictados gubernamentales, Ponz pasea una mirada por Europa (intensamente apologética, a la vez que moderadamente crítica de la realidad de su país) que puede identificarse con la del reformismo oficial89. Sus comentarios contemplan la posibilidad de promover y regular de forma eficaz el crecimiento económico y la actividad artística mediante la colaboración entre los poderes públicos (fundamentalmente la monarquía) y las élites, en una visión dirigista de la economía y de la vida social y cultural, presidida por la idea de «policía», que concede un espacio reducido a la sociedad civil. Su actitud distante hacia las fórmulas políticas de la república holandesa o del parlamentarismo británico, su prevención ante las libertades religiosas y su escándalo hacia la irrupción del «populacho» en el juego político traducen un desagrado visceral hacia las alteraciones del orden establecido. Al mismo tiempo, su escaso interés por los temas de la sociabilidad, las costumbres y las formas de relación lo sitúan, hasta cierto punto, de espaldas a otra vertiente de la modernidad, la que situaba en la civilización de las costumbres, el trato y las relaciones sociales una clave fundamental del progreso, una idea que en ocasiones se expresaba (como en Ureña) desde la firme adscripción a las jerarquías de una sociedad estamental y en otras (como en Moratín) se unía a una visión política rupturista. Viajeros en vísperas de la revolución, sus visiones de Europa testimonian de la diversidad interna de una Ilustración cuyo rostro más convencional y oficialista puede muy bien representar Ponz.
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