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Las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos en el marco de la autobiografía española decimonónica
Fernando Durán López
Universidad de Cádiz La autobiografía en 1878 Las Memorias de un setentón de Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882) son una obra importante y bien conocida de la literatura decimonónica española, que se ha venido reeditando regularmente desde su primera aparición en las páginas de La Ilustración Española y Americana en marzo de 1878 y hasta la actualidad35, y que en buena medida ha contribuido a sedimentar en la memoria colectiva una imagen de la vida española durante la primera mitad del XIX. Sin embargo, el contenido de su evocación histórica y el perfil de su autor como uno de los tres o cuatro grandes escritores costumbristas del siglo han acaparado la atención de la crítica, oscureciendo otras perspectivas de análisis. Así, mientras que es habitual estudiar la relación de las Memorias con los artículos de costumbres del propio Mesonero y con la novela galdosiana, su carácter autobiográfico ha sido dejado de lado.
El problema no es nuevo ni se reduce a este caso, sino que se trata de una carencia general: el desconocimiento crítico de la autobiografía en España ha estado tan extendido que las pocas piezas que han alcanzado la categoría de clásicos o cierto éxito editorial -Teresa de Ávila, Torres Villarroel, Godoy, Alcalá Galiano, Mesonero, Zorrilla...- no se contextualizan dentro de su género porque los estudiosos no suelen disponer de una perspectiva del mismo que permita una adecuada valoración. En las últimas décadas, esa carencia se ha ido reparando y obras como las de Santa Teresa y Torres han recibido ya muchos y variados acercamientos desde el lado de la literatura del yo. En el caso de los textos del XIX el problema era más agudo, porque la producción es mucho más rica, más variada, más desconocida y, por tanto, más difícil de abordar. Las diferentes panorámicas de Anna Caballé (1990, 1991, 1995 y 1998) y James Fernández (1991 y 1992), que insistieron particularmente en el caso de Mesonero, pusieron la primera base seria para esta tarea, completada por otros críticos con ya un buen número de estudios particulares sobre obras y autores que, sin embargo, apenas han incluido al autor madrileño entre sus preferencias36. Mi propósito es, por
tanto, establecer la importancia de las Memorias de un setentón
dentro de la evolución de la autobiografía
española en los siglos XIX y XX, tratar de indagar
sobre su aportación, sus raíces y su papel
en la consolidación de ese género literario,
prescindiendo de referencias que no provengan del territorio
de la autobiografía. Trataré así de
contrastar afirmaciones como la de José Escobar y
Joaquín Álvarez Barrientos de que son éstas
las primeras que institucionalizan en la historia literaria
española la determinación genérica «memorias»,
ya que se echaba de menos -dicen- «un modelo genérico
instituido con que configurar la narración autobiográfica
como una de las exigencias discursivas de la modernidad»
(en Mesonero 1994, pág. 63). Anna Caballé,
con un conocimiento más exhaustivo del tema, coincide
en situar un momento crucial del género en torno a
la obra del madrileño: «el siglo XIX ofrece un ritmo
discontinuo pero de indudable coherencia: desde 1811 (cuando
se edita la Memoria de Jovellanos) y hasta 1899 (fecha en
que empiezan a publicarse las plúmbeas Memorias de
Nicolás Estévanez), la producción autobiográfica
es ininterrumpida. No obstante, el auge del género
se sitúa en torno a los últimos decenios del
siglo entre 1870 y 1890, aproximadamente. Pues entre estas
dos fechas se reparten las obras más
Pero la atribución de un papel tan importante a un único libro merece ser desentrañada con más pormenores y matices: para ello es preciso disponer de un conocimiento firme sobre los textos españoles y sobre las diferentes líneas de evolución que administran el auge de la escritura personal desde el último cuarto del XIX, de lo contrario se pueden cometer errores como afirmar que en las Memorias de Emilio Gutiérrez-Gamero, publicadas entre 1925-1934, el autor «...se retrata como testigo de los muchos acontecimientos políticos de la etapa de la Restauración, anticipando un tipo de relatos autobiográficos, para los que los sucesos históricos y políticos, a lo largo del siglo, han actuado con frecuencia como revulsivo y estímulo de la memoria» (Blasco 1993, pág. 114, cursiva mía). Trataré de demostrar en este artículo que Gutiérrez-Gamero no es más que otro de los muchos herederos que dejó el Setentón madrileño y que no anticipa, sino que continúa, ese tipo de relato autobiográfico. Para completar el cuadro de referencias que prueben tal aseveración, me serviré principalmente del catálogo del género en España que he publicado en fecha reciente (Durán López 1997 y 1999) y que proporciona una base para iniciar un estudio más completo del tema. A la hora de abordar
la influencia de Mesonero Romanos en la autobiografía
en España, hay que matizar el contexto en que esto
se produce. Como creo haber mostrado en mis trabajos citados,
bajo esa rúbrica de autobiografía no tenemos
un contenido homogéneo, sino que agrupamos tipos de
discurso bien diferentes y formas de identidad personal -concepciones
del yo- a menudo no sólo distintas sino antitéticas.
En algún momento se puede deducir de frases en exceso
grandilocuentes la errónea idea de que es Mesonero
quien crea o aclimata la autobiografía en España.
Eso no es así: cuando en 1878 el escritor madrileño
se pone a dar a la imprenta sus Memorias de un setentón,
tanto él como los demás lectores españoles
disponían ya de otros modelos de autobiografía
en el mercado editorial. Es decir, había otras posibilidades
de institucionalización del discurso autobiográfico,
que fueron abiertas por autores anteriores, con diferente
fortuna; la misma fórmula que haría triunfar
Mesonero no carecía, como se dirá, de antecedentes.
Pero de momento veamos cuáles eran las alternativas
de
Mesonero rechaza, por ejemplo, el modelo que pudieran haberle ofrecido contemporáneos suyos como Antonio María García Blanco (1800-1889) con su Biografía de D. Antonio María García Blanco, escrita por sí mismo, o sea Historia compendiada de los conocimientos hebreos en España (1869, publicada previamente en 1851), Fernando de Castro (1814-1874) con su Memoria testamentaria (1874) y Gumersindo de Azcárate (1840-1917) con su Minuta de un testamento (1876). Se trata de obras de krausistas y católicos liberales que tienden a analizar sus vidas desde una perspectiva moral y espiritual, centrándose en el yo y con un fuerte componente crítico y heterodoxo en materia política y religiosa. Tal exhibición de autoconciencia sin duda se le antojaba impúdica a Mesonero e iba contra las directrices usuales de la pacata literatura personal española, pero era una realidad presente en la cultura del país en aquel tiempo. Otro modelo alternativo de
autobiografía por el que un escritor podría
haber optado en la década de 1870 es el que vemos
en la exitosa obra del novelista Enrique Pérez Escrich
(1829-1897), El frac azul. Episodios de un joven flaco (1864,
ampliado en sucesivas ediciones hasta la cuarta de 1875),
donde el autor recurre a todos los trucos de la construcción
novelística para realizar una emocionada autobiografía
personal contando en tercera persona la juventud como joven
escritor bohemio de Elías (él mismo, usando
su nombre real). Un procedimiento parecido empleó
Patricio de la Escosura (1807-1878), cuando en 1868 dio a
luz en la Revista de España y en seguida en volumen
sus Memorias de un coronel retirado. Novela original, en
realidad una novela autobiográfica o autobiografía
novelada, según prefiramos denominarla. El protagonista
adopta el nombre de Lescura, que apenas oculta el apellido
real del autor, para trazar a partir de la ficción
de un manuscrito que le fue entregado por un amigo una historia
de la vida de Escosura a partir de 1830, narrando las peripecias
políticas y militares de su alocada juventud, y sus
apasionados amores. Mesonero, que quiso sin éxito
ser novelista, está también en las antípodas
de un discurso personal tan literaturizado y, sobre todo,
tan egocéntrico. De haber sido personaje de novela,
estaba destinado a identificarse con el narrador, como en
las Memorias de un setentón, y no
Pero quizá el tipo de relato autobiográfico más sólidamente enraizado en el panorama editorial español del XIX venía siendo desde principios de siglo el de las memorias políticas, militares o diplomáticas, obras extensas y casi siempre minuciosas que desgranan toda una carrera pública o una parte de ella, a modo de testimonio histórico y casi siempre también de defensa personal. Los numerosos textos impresos antes de las Memorias de un setentón se escalonan a lo largo de varias décadas: Manuel Godoy (1836), el Marqués de Miraflores (sucesivas entregas en 1843-1844, 1865, 1873), Manuel Llauder (1844), Rafael Maroto (1846), José Nicolás de Azara (1847, original de los últimos años del XVIII), el Marqués de Labrador (1849), Francisco Espoz y Mina (1851-1852), Francisco de Copóns (1858, originales de 1818 y 1826), José del Castillo y Ayensa (1859), entre otros39. Este
tipo de narración autobiográfica estaba ya
plenamente institucionalizado en la cultura española
y no dejará de crecer, sin que haya que atribuir un
papel esencial a Mesonero en ese crecimiento, aunque en muchos
casos sí proyectó su influjo sobre tales escritos.
Aunque se trata de una fórmula bastante diferente,
su ejemplo pudo servir para que La Ilustración Española
y Americana publicase entre 1880-1881 la obra quizá
más característica de esa modalidad en la Restauración,
Mis memorias íntimas de Fernando Fernández
de Córdoba (en libro en 1886-1889). También
la publicación tardía de las Memorias de Alcalá
Galiano en 1886 y las de José García de León
Pizarro en 1894-1897 (original de 1833) puede deberse a la
moda autobiográfica a la que Mesonero tanto contribuyó.
En cualquier caso, es ése el modelo de memorias que
Mesonero Romanos tiene en mente al elaborar sus Memorias
de un setentón, no para reproducirlo,
El hecho que quiero destacar, en suma, es que en los años en que Mesonero gesta y publica sus memorias, en el mercado editorial español están presentes varios formatos diferentes de autobiografía que, con mejor o peor fortuna, determinan un desarrollo del género que no sólo hay que asociar al célebre costumbrista madrileño. ¿Cuál es, entonces, el valor de sus aportaciones a la autobiografía española? Mesonero, a mi juicio, consuma la evolución del memorialismo hacia una fórmula muy concreta de escritura autobiográfica, que aunque venía de antes arraiga gracias a él con inusitado vigor en la literatura española. Las Memorias de un setentón operan como modelo de referencia y principal vía de difusión para esa clase de escritos, y sobre ellos ejerce una perdurable influencia. En buena parte gracias al Curioso Parlante esa modalidad autobiográfica adquiere protagonismo y acapara un sustancial segmento de la producción de memorias en España, al tiempo que proyecta su influencia en otros géneros literarios afines. Eso desde luego no implica que las otras fórmulas autobiográficas desaparezcan ni sean absorbidas por la de Mesonero. A describir ésta dedico el siguiente apartado. La autobiografía según
Mesonero Romanos Este riguroso juicio de Anna
Caballé no anda desencaminado, valoraciones subjetivas
aparte, aunque peca de demasiado rotundo. Si en la escasez
de sentido crítico y de hondura analítica por
parte de Mesonero estoy completamente de acuerdo40, no lo estoy
tanto en lo que atañe a la falta de coherencia: sin
ser una
La fórmula ajustada por Mesonero descansa principalmente sobre una peculiar relación entre el yo y la Historia que se diferencia de los modos de concebir y representar la identidad individual que se habían practicado en otros escritos autobiográficos. En la autobiografía entran siempre en juego en diferentes grados dos elementos esenciales: el yo y la Historia, entendiendo ésta en sentido amplio, el entorno en que se desenvuelve la vida del autor. Algunos autobiógrafos tal vez han fabulado un yo solipsista, autosuficiente, que se puede separar de su marco espacio-temporal sin perder su propia identidad y coherencia, pero eso es sólo una fantasía hija del egocentrismo y de una inútil protesta contra la realidad. La identidad de un individuo es producto de un momento y de un lugar, un clamoroso hic et nunc del que resulta imposible prescindir: no se puede aislar en ella lo que es influencia del medio, de la educación, de la coyuntura histórica y del devenir de la colectividad, para quedarte solamente con una hipotética esencia, porque después de quitar todo eso no queda nada. El yo, por tanto, es un ser histórico, cuyos valores puramente individuales están arraigados inextricablemente en valores colectivos como el espíritu de clase, la identidad de género, de nación, de raza, las creencias religiosas, políticas, sexuales... Esos
dos niveles de acercamiento a la personalidad del autor,
a través del yo o a través de sus circunstancias
por emplear términos orteguianos, se han barajado
de formas muy diversas en la autobiografía occidental
y cada discurso autobiográfico incide de manera distinta
en la proporción y el enfoque que se aplica a estos
ingredientes: el énfasis puesto en el yo o en el entorno
es precisamente lo que define la clásica separación
entre autobiografías y memorias. El memorialismo de
Ramón de Mesonero Romanos lleva a su extremo la preocupación
por observar el entorno en que se desarrolló la propia
vida. Dicho de otra manera, en la propuesta de Mesonero la
conciencia del yo es acaparada casi por entero, por no decir
que reemplazada, por la conciencia histórica. Para
estudiar esta cuestión, por consiguiente, es menester
analizar qué tipo de historia y qué tipo de
yo vemos
Según Anna Caballé, las transformaciones políticas, sociales y científicas que vive el siglo XIX «son motivo [...] del despliegue testimonial de cuantos asistieron más o menos activamente a tan abundantes transformaciones. [...] Se trata de un fenómeno de largo alcance, no exclusivamente español, con rasgos comunes en todo el dominio europeo y americano: rasgos apoyados en la pasión por el documentalismo y la historicidad (no en vano al siglo XIX se le ha calificado como el siglo de la Historia) que conformaron el tipo de hombre característico del siglo» (1991, pág. 143). El historicismo y la necesidad del testimonio político justifican en el XIX el enorme auge en Europa de una literatura autobiográfica volcada a esas materias. Pero hay, sobre todo, una evidente tendencia a sustentar sobre ese historicismo un fuerte sentimiento nacional. No en vano esa centuria es la que vivió, a partir de la revolución francesa y las guerras napeolónicas, el surgimiento del nacionalismo, que no dejaría de afianzarse desde entonces. La obsesión por construir un Estado fuerte y centralizado implica la necesidad de articular una identidad nacional que lo cohesione con un agresivo sentimiento individual y colectivo de pertenencia. Esto requiere elaborar una lectura de la Historia, tanto remota como reciente, que actúe como un ideal comunitario en que la gesta nacional se imponga sobre los particularismos de clase, de partido o de cualquier otro tipo. En el caso español la gesta fundacional reside en la gloriosa revuelta antifrancesa de 1808, convenientemente transmutada de revolución española -como fue denominada por sus contemporáneos- en guerra de la independencia -según el patriótico término que se impuso a lo largo del XIX-, el único suceso histórico reciente en condiciones de suscitar una visión heroica, unificadora y coronada por el éxito. Las Memorias de un setentón
buscan justamente construir una versión de la historia
española de la primera mitad del siglo, seleccionada
no por la memoria subjetiva de su autor-narrador, sino asumiendo
una memoria colectiva que está influida por las previas
reconstrucciones historiográficas e iconográficas
de ese periodo. Esa conciencia colectiva selecciona unos
hechos concretos y sus interpretaciones. Si Mesonero quiere
contar la experiencia española de su tiempo, y no
sólo la suya propia, tiene que ajustar sus recuerdos
subjetivos a esa selección, es decir, tiene que conectar
con las expectativas que los lectores poseen ya sobre la
época, incluso si el protagonista de las memorias
no fue testigo de los acontecimientos o si éstos no
influyeron para nada sobre su vida particular. En suma, la
panorámica histórica de la memoria colectiva
domina sobre la memoria individual,
Esta recreación y estilización literaria de la historia nacional que emprende Mesonero exige un amplio distanciamiento cronológico. La lejanía entre el narrador y lo narrado es la clave para adoptar un tono, ya nostálgico, ya crítico, ya humorístico, acerca del pasado evocado. En la fórmula autobiográfica de las Memorias de un setentón una parte esencial reside en ese setentón que se reclama jactanciosamente en el mismo título; por eso una de sus influencias más permanentes sobre la literatura autobiográfica española es la epidemia de títulos que indican la ancianidad del protagonista (en esto había sido precedido por Alcalá Galiano). En este sentido, James D. Fernández (1992) señala la existencia de un paradigma de autobiografía basado en el esquema de un anciano, testigo privilegiado de la marcha de la historia: «The posture of the old man/unique witness is frequently assumed by the autobiographer/chronicler of modernity; the claim to authority» (1992, pág. 104). Esto no es algo consustancial a cualquier tipo de autobiografía: la memoria reside en la conciencia del tiempo, pero no necesariamente en la vejez; ésta en cambio sí es una condición obligada en el modelo histórico-costumbrista que propone Mesonero. Así, la sincronía que es precisa para el cuadro de costumbres ha de convertirse en diacronía si se desea introducir un enfoque nostálgico y evocador en la autobiografía, como han explicado Escobar y Álvarez Barrientos (en Mesonero 1994, págs. 50-52). La mirada retrospectiva
y la insistencia en el tiempo transcurrido entre la escritura
-y la lectura- y los hechos narrados forman parte también
del proceso de despolitización que Mesonero aplica
a sus memorias, ya que esa distancia es la que justifica
una visión depurada de la política y de la
historia, con sus aristas limadas, como si la pátina
de polvo dejada por el transcurso de los años hubiese
hecho inútiles y sin sentido las luchas políticas,
las pasiones y desvaríos partidistas y todo aquello
que entonces parecía importante o terrible, y que
ahora queda igualado en la memoria de un anciano41. Porque
además de ser un viejo que recuerda el pasado, el
narrador autobiográfico propuesto por Mesonero se
caracteriza por su condición de espectador: no ha
sido protagonista de la vida pública,
Hasta
qué punto se distancia el autor de la política
es una cuestión que hay que matizar, ya que en realidad
es un elemento presente en las Memorias igual que en la propia
vida del Curioso Parlante42. Desde luego, su visión
no deja de estar fuertemente sesgada en un determinado sentido:
refleja los valores de la clase media liberal conservadora
de comienzos de la Restauración, que acusa las conmociones
revolucionarias del Sexenio y la prolongada división
social abierta en 1808. La despolitización que opera
Mesonero Romanos en su evocación histórica
consiste en primer lugar en no presentarse a sí mismo
como político -incluso ocultando a los lectores las
tareas públicas en que tomó parte-, sino como
un portavoz de la gente común, de la sociedad, un
concepto que en su consideración queda reducido a
las clases medias43. No pretende, por tanto, relatar ni defender
una actuación política ni una posición
de partido. Como indica en la introducción, su condición
de persona independiente le reduce «a considerar los sucesos
políticos únicamente bajo su aspecto exterior,
digámoslo así, fijando particularmente su atención
en los que corresponden a la vida literaria y a la cultura
social, a que dedicó su especial estudio» (Mesonero
1994, págs. 88-89). El madrileño está
distanciándose de forma calculada del modelo de memorias
políticas que se había ya institucionalizado
en la literatura española y frente al cual formula
el suyo propio, que se legitima precisamente por no ser una
crónica política, sino centrada en la vida
social y cultural, en la pequeña historia, aunque
inevitablemente tenga también que ocuparse de la grande.
Anna Caballé (1995, pág. 153) recuerda que,
si en la primera mitad del XIX el autobiógrafo se
sometía al discurso político, el estilo que
impone Mesonero transfiere esa servidumbre al discurso histórico:
«el
Pero en ese historicismo hay al menos dos planos de contenido. Mesonero declara que va a centrarse «en aquellos pormenores y detalles que por su escasa importancia relativa o por su conexión con la vida íntima y privada, no caben en el cuadro general de la historia, pero que suelen ser, sin embargo, no poco conducentes para imprimirla carácter y darla colorido» (Mesonero 1994, págs. 87-88). Es decir, por un lado está el curso general de la historia de la nación, los acontecimientos políticos y militares; por otro, la vida privada de los ciudadanos, la manera en que éstos vivieron aquellos sucesos, las costumbres, las anécdotas, la marcha cultural y literaria y todo lo que configura la pequeña historia cotidiana. Lo cierto es que, en las Memorias de un setentón, aparecen los dos planos, y no sólo el segundo de ellos como quiere hacernos creer su autor. Ya al desarrollar sus ideas sobre la novela, «Mesonero prefiere la novela de costumbres entreverada de la histórica, e incluso, de la Historia a secas. Es entonces cuando, a su parecer, alcanza el valor máximo» (Álvarez Barrientos 1995, pág. 33). Al pasarse al memorialismo, mantendrá vivo este principio, combinando lo histórico y lo costumbrista; en el futuro, como se verá, sus imitadores optarán por mantener esa mezcla o se decantarán, en el caso más frecuente, por el costumbrismo. Esta
mezcla de dos clases de asuntos está directamente
relacionada con la despolitización. En efecto, el
narrador muestra su continuo desprecio de los partidismos,
en realidad su desprecio de la propia política, entendida
como fuente de disolución de la concordia nacional,
un ideal mesocrático que a la hora de la verdad se
reduce a un firme deseo de que se mantenga el orden, se respete
la propiedad y no se produzcan rupturas traumáticas
con el pasado. Mesonero expresa su lealtad a un ideal de
progreso y de reforma desde el que formula valoraciones siempre
negativas a un lado y a otro del arco político. El
tiempo transcurrido le permite adoptar esa pose de apoliticismo
aparente para centrarse en lo que realmente le interesa:
extraer del curso histórico un fantasmagórico
espíritu nacional que resulta, por arte de birlibirloque,
diferente de los intereses y las ideas encarnadas por unos
y por otros sectores sociales y políticos. Así,
la historia resulta de verdad nacional y patriótica,
porque se ha separado artificialmente de las fuerzas que,
de hecho, la impulsaron44. Las Memorias de un setentón
dejaron ese legado
Pero
ése es sólo un problema: delimitar el papel
de la política y la Historia respecto a la vida social
y al anecdotario costumbrista. Hay un segundo problema, que
le resulta más amenazador: delimitar el territorio
de la rememoración de su vida personal y el de la
vida pública, colectiva. Son frases muchas veces citadas,
pero es inevitable reproducirlas aquí: «el escollo
verdaderamente formidable [...] es la necesidad imprescindible,
fatal, en que se encuentra de hablar en nombre propio, de
usar el satánico yo [...] y haber de combinar en cierto
modo los sucesos extraños que relata con su propia
modestísima biografía» (Mesonero 1994, pág.
89). Así pues, quedan establecidos tres planos en
el contenido: la biografía personal del autor, la
pequeña historia social y la gran historia general
(y política) de la nación45. En principio, el
propósito declarado de Mesonero es ocuparse sólo
del segundo, e incidentalmente de los otros dos, pero lo
cierto es que el problema persiste de manera insistente durante
todo el transcurso de las Memorias obligando a un incómodo
narrador a hacer excepciones al proyecto inicial, volver
a él, desviarse de nuevo, etc., en una larga serie
de transiciones entre
Es decir, pese a haber declarado sus intenciones de limitarse a evocar la vida social y literaria, así como los pormenores de la historia que sólo la memoria de un testigo directo puede retener, su escritura se debate entre continuas vacilaciones: el miedo a hablar demasiado de sí mismo, el peligro de que ceñirse a su experiencia directa dé lugar a un cuadro incompleto y deslavazado -es decir, que no satisfaría las expectativas del lector- y le impida dar una visión completa -su visión- del curso general del país, pero también el peligro de que prescindir de su experiencia directa sustraiga lo más original de su propuesta literaria, que es el componente autobiográfico, el entrelazamiento de su propia vida con la aventura española de la primera mitad del XIX. Mesonero se mueve en un terreno inseguro que a poco que se descuide le aparta del equilibrio que persigue. Pero, en cualquier caso, su fórmula literaria es autobiográfica, se construye bajo la presencia de un yo ineludible -sea satánico o angelical-, lo que implica que otro problema que debe solventar el escritor es el de delimitar qué cosas de sí mismo y de su memoria subjetiva está dispuesto a ofrecernos. Su opción no deja lugar a dudas y viene determinada por el prioritario interés mostrado hacia el entorno sociohistórico: opta por la máxima neutralidad y ocultamiento. Tras enriquecer su receta con tanto de historia, costumbrismo, anecdotario, etc., no es extraño que el otro ingrediente resulte escaso, poco sabroso y, para muchos, decepcionante, especialmente si se trata justo de aquel material que se supone más característico del género autobiográfico. Lo ocurrido lo resume bien el siguiente comentario: «Hemos visto que al costumbrismo le es esencial la perspectiva autobiográfica del narrador-testigo, del observador concreto y personificable. Sin embargo, cuando este yo intenta presentarse a sí mismo, acaba viéndose no como un individuo, sino como un tipo más de los que componen el cuadro social. En el autorretrato domina lo típico sobre lo individual, lo externo sobre lo interno y, en último término, la personalidad misma sólo resulta descriptible tomando la historia general como paradigma» (Sánchez Blanco 1983, pág. 43)47.
Esto, en realidad, es un rasgo común de la autobiografía española en casi toda su historia, y desde luego en el siglo XIX: si Mesonero tuvo tanto éxito es precisamente porque conectó con éste como con otros aspectos del gusto literario español48. Caballé ha desarrollado mucho en sus estudios la cuestión del ocultamiento de lo íntimo en la literatura autobiográfica española. Pese a la gran eclosión autobiográfica española en el XIX -dice-, estas obras no conceden libre espacio a la expresión de la propia individualidad. «Será que apretaban demasiado las cuestiones públicas para que estos memorialistas cedieran a la presión de lo personal» (Caballé 1991, pág. 144). Además, estaba vigente la idea de que estas obras debían ofrecer un ejemplo de virtudes, ser modelo de otras vidas, «y así, lo más íntimo, lo más espontáneo, las anécdotas picantes o los hechos contradictorios debían suprimirse, seleccionándose para el público cuanto en una vida pudiera calificarse de grande y digno y se manifestara en consonancia con el mundo de los valores y los convencionalismos sociales» (Caballé 1991, pág. 144). Se trata de textos en que el narrador busca en sí mismo el recuerdo de hechos externos: «...el tipo básico de recuerdos que constituyen el material autobiográfico decimonónico es el de los recuerdos trascendentes, aquellos cuyo objeto es exterior a la consciencia que los recuerda...» (Caballé 1991, pág. 145). En este
tipo de memorias decimonónicas: «...el autor es testigo,
pero al servicio de la fama de otros, desapareciendo casi
en la narración de los acontecimientos, a excepción
de algunas anotaciones sobre los sentimientos particulares
que motivaron sus propias acciones, marginales respecto a
la acción principal, por lo que apenas se puede hablar
de auténticas autobiografías» (Sánchez
Blanco 1983, pág. 41). Ésta sería la
explicación a la mezcla de vida personal e historia
general en detrimento de la primera en la mayoría
de los autores españoles. El rechazo del modelo de
individualidad romántico es en España profundo,
y no sólo en los sectores más conservadores49.
Los modelos perfectos de esa identificación
Por fin, el último gran elemento constitutivo de la propuesta que ofrece Mesonero en sus Memorias es la vinculación de la memoria a un espacio geográfico concreto, presente en el relato como protagonista, no sólo como escenario. En su caso se trata de Madrid. Cualquier lector puede apreciar el meticuloso pormenor con que el memorialista especifica los nombres de las calles, las direcciones y detalles de los domicilios donde viven los personajes, los cambios urbanísticos operados desde entonces, el aspecto general de la ciudad y el particular de infinidad de lugares concretos50. En principio, este arraigo parece que está destinado a limitar la comprensión de la obra a un público local, único que está en condiciones de valorar en su justa medida el espacio geográfico mostrado. Sin embargo, el madrileñismo no convierte las Memorias de un setentón en una obra localista, como prueba su amplia y dilatada recepción por el público español. Esto es así, a mi juicio, por dos razones que en realidad vienen a ser una sola: por el extenso componente histórico, que trasciende el marco local en favor de una identificación colectiva, y por una visión centralista de la vida nacional que convierte a Madrid en un patrimonio común de la memoria española, sobre todo en función de ser el escenario privilegiado de la historia nacional. El
nacionalismo decimonónico también implica,
además de una lectura de la historia cohesionadora
del orgullo patriótico, una jerarquización
del territorio según las prioridades del Estado centralizado
burgués. La conciencia histórica colectiva
a la que antes me he referido no implica sólo la interiorización
de los procesos políticos, sociales y militares que
ha vivido una sociedad, sino que también interioriza
un espacio concreto, un territorio, incluso unas calles y
edificios: es una conciencia local tanto como temporal, según
la cual la pertenencia a un
Mesonero es, por tanto, el primer autobiógrafo que tematiza como una parte esencial de su relato una ciudad, un territorio; en eso ha de considerársele un precursor de los autores que le seguirán por todo el país: las evocaciones de un Madrid en que se pretendía resumir y simbolizar a toda España, darán lugar posteriormente a una cascada de imitaciones de ese modelo «en provincias», como dirían los capitalinos, pero sólo la Villa podía aspirar a condensar en sus calles el devenir histórico de toda la nación. Resumiendo
lo dicho hasta aquí, la propuesta autobiográfica
de Ramón de Mesonero Romanos implica los siguientes
elementos, mantenidos en el conveniente equilibrio que no
todos sus imitadores sabrán darles: el objeto de interés
Los precursores: Mor de Fuentes, Alcalá
Galiano y Escosura Este formato
autobiográfico que Mesonero populariza no es, desde
luego, creación exclusivamente suya ni surge de la
nada. Sus inmediatos contemporáneos, principalmente
Alcalá Galiano y Escosura, tienen mucho que ver con
el hallazgo del madrileño, pero también ellos
continúan una línea que venía decantándose
desde antes52. El antecedente más claro es, a mi criterio,
José Mor de Fuentes (1762-1848) con su Bosquejillo
de la vida y escritos delineado por él mismo (1836).
Este escritor aragonés es el último miembro
de la generación ilustrada que acomete la tarea de
escribir una autobiografía personal, que no consista
sólo en una vida literaria detallando sus escritos
y tareas intelectuales ni en unas memorias políticas
o justificativas. Es también el único que concluye
su obra y la da a la imprenta53. Frente a otros autores de
su generación, Mor de Fuentes da un
Independientemente
de los méritos o defectos de su trabajo, Mor se adelantó
a su tiempo, y buena prueba de ello es que su obrita pasó
sin pena ni gloria, no valió para sacarle del olvido
literario y de la penuria económica en la que vivía,
ni tampoco suscitó el interés de nadie; no
hubo reediciones hasta bien entrado el siglo XX. Una de las
razones de su poco éxito reside, a mi juicio, en que
estaba anticipando en muchos años un tipo de evocación
autobiográfica que no alcanzaría el gusto literario
general hasta los tiempos en que escribieron las suyas Alcalá
Galiano, Escosura y Mesonero, ya que entre éstos y
el Bosquejillo no se publicó nada semejante en el
país55. Aunque Mor de Fuentes sigue moviéndose
en parámetros propios de la identidad del hombre ilustrado,
su escrito ofrece varios elementos de lo que va a ser el
modelo memorialístico de Mesonero. El punto de vista
del narrador es el de un anciano escritor y patriota que
recuerda un tiempo ya lejano para presentárselo a
unos lectores que no lo conocieron. Como buen
Mor de Fuentes incluye en el Bosquejillo, además de una reconstrucción del mundillo literario madrileño previo a 1808, bantantes y muy circunstanciadas páginas sobre la Guerra de la Independencia, en concreto sobre dos momentos clave del imaginario patriótico de dicha contienda, el Dos de Mayo y el primer sitio de Zaragoza. En ellas su protagonismo personal en los hechos -inexistente en realidad, por más esfuerzos que hace el autor para disimularlo- está sofocado bajo el peso de la gesta nacional de que fue testigo. Son auténticos episodios nacionales: la memoria colectiva es la que jerarquiza, interpreta y mitifica esos asuntos en detrimento de otros, convirtiéndose en un principio de selección de la materia tan importante o más que la memoria subjetiva del individuo que cuenta su vida. Así pues, aunque el relato sigue la perspectiva personal de Mor, la dirección de la mirada se orienta según una conciencia histórica que va más allá de su experiencia personal: al contrario que los memorialistas político-militares, entremezcla su peripecia particular con los hechos más célebres de la historia nacional, intentando hacer una crónica de su tiempo que satisfaga las expectativas de sus lectores. Otra de las características que aproximan este tipo de evocación a la que vemos en las Memorias de un setentón es que se incorporan en el relato las otras crónicas literarias o históricas que se han dedicado a los hechos. Igual que Mesonero recurre con abundancia a la obra histórica del Conde de Toreno para escribir sus Memorias -Escobar y Álvarez Barrientos ilustran en sus notas este punto de manera muy reveladora-, Mor se asombra de que Martínez de la Rosa afirme que los franceses dieron seis asaltos a Zaragoza, cuando ésa fue, según él, la media diaria de los dos meses del sitio. Asimismo, defiende a los paisanos de otras acusaciones: «Cierto papel y obra ha salido últimamente a luz, titulándose Historia de los sitios de Zaragoza, cuyo resultado primoroso es nublar las glorias, aventar el prestigio que tan excelsas hazañas dilataron por el orbe; pero el heroísmo de mis zaragozanos, a pesar de los escritores que por malicia o por torpeza vinieron al parecer a marchitarla, descollará con nuevos auges de esplendor y de patriotismo hasta la consumación de los siglos» (Mor de Fuentes 1957, pág. 389).
No obstante, el Bosquejillo de Mor de Fuentes se separa de las Memorias de un setentón en que, a fin de cuentas, el elemento dominante es su propia autobiografía y no el testimonio documental sobre su época en que ocasionalmente deriva la narración. Con todos los matices expresados, el aspecto de crónica histórico-anecdótica es sólo uno de los elementos de la composición, no la base de la misma56. Después
de Mor, el siguiente autor de un texto autobiográfico
que avanza en la misma línea que conducirá
a Mesonero es el político gaditano Antonio Alcalá
Galiano (1789-1865), cuya persona y obra sí podemos
asegurar que fue bien conocida del costumbrista madrileño.
Alcalá Galiano muestra desde el principio de su carrera
gran interés por la escritura personal, ofreciendo
el raro caso de haber dejado varias obras distintas en diferentes
modalidades (cf. Durán López 1997, nº 11):
sus Apuntes para servir a la historia del alzamiento... de
1820... (1821) son las típicas memorias localizadas
en un suceso concreto en el que se ha tenido parte como testigo
y protagonista, a un tiempo constancia de su presencia y
justificación de sus hechos. Los Apuntes para la biografía...
(1865, escritos en 1850) son una escueta relación
autobiográfica de sus datos personales y sus obras.
En sus Memorias (1886, pero escritas entre 1847-1849) vemos
la clásica recopilación sistemática
y minuciosa, con documentos y datos, de un estadista decimonónico,
unas completas memorias políticas y personales. Pero
cuando aún no había publicado esas amplias
Memorias, Alcalá Galiano revisó ese material
inédito dándole nueva forma y espíritu
en una serie de artículos publicados en La América
entre 1862-1864: así surgieron los Recuerdos de un
anciano, evocaciones sobre ambientes, infancia, sucesos del
pasado, con tono nostálgico y estructura episódica
y acronológica, que cubren el periodo 1800-1823. Como
Mesonero, Alcalá Galiano introduce en el propio título
la idea de vejez, que da la pauta de la perspectiva escogida
para la rememoración. Esta obra supone un hito en
la historia de la autobiografía española, por
la importancia del autor, la calidad
Vicente Llorens explica así el tipo de relato que consigue el autor de los Recuerdos de un anciano: «Alcalá Galiano fue con los años un converso, un arrepentido, o mejor un desengañado del liberalismo de su juventud. En sus memorias y recuerdos trata en primer término de justificarse, de explicar sus cambios y hasta, sin querer muchas veces, su fracaso. El tono personal, la evocación del pasado ya lejano, con sus toques pintorescos y anecdóticos, añaden atractivo a sus descripciones y relatos; pero el conjunto histórico padece, los contornos de los hechos se desdibujan y sobre todo vacila el criterio político» (1968, pág. 353). Lo que echa en falta el lector preocupado por «el conjunto histórico» y «el criterio político» es, sin embargo, lo que busca ya Alcalá Galiano tímidamente y lo que Mesonero potenciará hasta sus últimas consecuencias: la evocación del pasado nacional difuminando el espíritu partidista gracias a la nostalgia, la amenidad y la viveza en la descripción ambiental (esos «toques pintorescos y anecdóticos»). Éste es precisamente el aspecto que más han destacado los críticos que han analizado esta obra: su tendencia a acogerse a un relato generacional más que a un relato individual, y cómo eso conduce a un estilo cercano al costumbrismo. Así, Francisco Sánchez Blanco cree que en los Recuerdos se pone de manifiesto la tendencia objetivizante que caracteriza a las autobiografías españolas y las hace rehuir la intimidad y la introspección psicológica57. García
Barrón, por su parte, dedica un estudio más
o menos detallado al costumbrismo en esta obra, para llegar
a la siguiente conclusión: «a pesar de que no es la
suya una obra estrictamente costumbrista, la más somera
lectura de los seis primeros capítulos de Recuerdos
de un anciano pone de manifiesto primorosos ejemplos o atisbos
de este género. [...] El Alcalá Galiano que
nos describe el Cádiz y Madrid de la primera década
del siglo XIX, es un hombre plenamente
El corolario de este análisis no suele hacerse explícito, pero resulta evidente: se trata del mismo proceso que, en mayor grado, efectúa Mesonero Romanos en las Memorias de un setentón. No obstante, como en el caso de Mor de Fuentes, la evolución hacia, digámoslo así, la despersonalización del relato autobiográfico en favor de la memoria colectiva, sigue sin sofocar el yo por completo. La diferencia entre las dos grandes obras autobiográficas de Alcalá Galiano, las Memorias y los Recuerdos, muestra la clara evolución del género de las memorias políticas a esa otra modalidad que, por decirlo pronto y mal, podemos denominar costumbristas. Pero el cambio experimentado seguía siendo insuficiente, aunque no cabe duda de que fue un estímulo para Mesonero Romanos, que leyó los Recuerdos de un anciano y reflexionó sobre sus enseñanzas literarias, aunque se negó a reconocerse en ese modelo. En efecto,
Escobar y Álvarez Barrientos señalan que Mesonero
quiso distanciarse de los Recuerdos de un anciano, rechazándolos
como posible precursor por no verlos próximos a su
ideal de ocultación del satánico yo y de despolitización58;
es decir, que para el madrileño las memorias del gaditano
seguían siendo más bien una autobiografía,
el indeseable escrito de un político que explicaba
su carrera otorgándose todo el protagonismo, mientras
que él deseaba encarnar el papel de cronista de su
tiempo. Mesonero tenía razón, pero seguramente
no hacía justicia del todo a Alcalá: al dar
tanta importancia a lo que le separaba de él dejaba
de lado lo mucho que en los Recuerdos del anciano se avanzaba
hacia lo que
La deuda que sí reconoció el costumbrista madrileño fue la que contrajo con el antecedente más inmediato de sus propias memorias, los Recuerdos literarios. Reminiscencias biográficas del presente siglo del ya mencionado poeta romántico, autor teatral, novelista y político Patricio de la Escosura y Morroch. Esta serie de diez artículos apareció en La Ilustración Española y Americana entre enero y marzo de 1876, sin que por desdicha fuera nunca coleccionada en volumen, lo que ha minimizado su repercusión. Escosura se propone trazar unas cuantas estampas de su infancia y juventud, orientadas específicamente a retratar a célebres escritores con quienes tuvo trato (Olózaga, Ventura de la Vega, Espronceda, Bretón de los Herreros, Grimaldi), aunque en realidad hay bastante más que semblanzas, ya que incluye vivas descripciones del ambiente literario y político de los estudiantes madrileños en el Trienio y los tres últimos capítulos hablan monográficamente de la sociedad secreta liberal de los Numantinos, en la que tomó parte. Sabemos que Mesonero leyó estos artículos y que le influyeron en su propio proyecto, como han puesto de manifiesto los críticos: «lo verdaderamente trascendente de los Recuerdos literarios está, creemos, en que quizá sirvieron de acicate, cuando no de orientación, para hacer aparecer el libro tan rico en noticias que es Memorias de un setentón. [...] Todo nos lleva a concluir que Mesonero [...] tenía seguramente pensado y configurado el esquema de su libro mucho antes que Escosura publicara sus Recuerdos literarios, pero era necesario que alguien o algo le estimulara a la publicación, lo que probablemente y sin imaginarlo siquiera logró don Patricio» (Cano Malagón 1988, págs. 41-42). El único testimonio que maneja esta investigadora es el mismo que usan Escobar y Álvarez Barrientos y cuantos otros se han preocupado de esta posible influencia, la carta escrita por Mesonero a Escosura el 13-III-1876 y editada por Manuel Núñez de Arenas (1947). En ella el madrileño confiesa que desde antiguo acariciaba una idea parecida a la que acababa de materializar Escosura. Extracto su parte más sustancial:
Ya sabemos que esa última reserva no se llegó a cumplir, ya que el mismo año 1876 Mesonero dio a luz el primero de los artículos que adelantaban sus Memorias. Es evidente, en cualquier caso, que Mesonero se sintió identificado con la realización de Escosura, entendiendo que era ése el camino que él mismo debía seguir. La propuesta contenida en los Recuerdos literarios tenía dos elementos que congeniaban con las intenciones de Mesonero. Por un lado, el protagonismo del yo quedaba reducido a una mera función de testigo de su tiempo, precisamente de aquellos hechos y personas que con el paso de los años habían adquirido una condición representativa y que eran ya conocidos por el público y suscitaban su curiosidad; es decir, Escosura seleccionaba de su memoria subjetiva lo que también formaba parte de la memoria colectiva, para ofrecer detalles íntimos que nadie más que él conservaba, y desechaba cualquier otro recuerdo que no suscitase la identificación inmediata de los lectores. En segundo lugar, estas memorias se plantean en el ámbito literario, dejando la política en un plano secundario; ésta no parece interesar en sí misma, sino para retratar el tipo de ideas y pasiones que dominaban a aquellos jóvenes escritores evocados, lo que permite un grado de despolitización -que no de desideologización- en el recuerdo del pasado como el que pretenderá Mesonero: la vida literaria y cultural será también el objetivo central declarado por el madrileño. Hasta aquí el alcance del modelo. Pero la obra de Escosura seguía siendo escasa para lo que Mesonero aspiraba a escribir. En el fragmento reproducido más arriba de la carta, el Curioso Parlante especifica su principal diferencia con lo hecho por aquél: no quería elaborar una colección de semblanzas y episodios sueltos, sino «trazar en rasgos generales el cuadro más o menos detallado de la marcha y vicisitudes de la sociedad». De hecho, Mesonero no está pensando en superar a Escosura, sino en superarse a sí mismo, en superar los cuadros costumbristas que le hicieron famoso en favor de una narración que integre el conjunto de la vida social que conoció (ahí es donde resulta determinante el influjo de Galdós y de la novela contemporánea). En la misma línea, en la carta recuerda también a Escosura que, al ser él más viejo, podrá remontarse más atrás en sus recuerdos; y repitiendo una idea que introducirá en el prólogo de sus Memorias, dirá que su «completo apartamiento de la escena pública, aunque colocado por mi posición y por mi carácter en la primera fila de los espectadores» (en Núñez de Arenas 1947, pág. 398) le otorgará una perspectiva más general, mientras que el protagonismo político de Escosura le hace centrarse en un puñado de grandes «personajes históricos, políticos y literarios» (pág. 397). Formula, por tanto, un ideal totalizador y, otra vez, menos político, como su principal aportación respecto a lo que acaba de hacer Escosura. Los inmediatos modelos de que dispuso Mesonero dibujan, por tanto, una clara línea hacia una mayor integración del punto de vista personal de la memoria subjetiva con una visión histórico-costumbrista que represente, más que una vida particular, una experiencia colectiva59. El proceso culmina de forma lógica en las Memorias de un setentón y en el tipo de discurso que he analizado en el apartado anterior a éste; de ahí se difundirá a otros muchos autores durante décadas, como me ocupo de estudiar seguidamente. La progenie del setentón
En el último párrafo
de las Memorias, al detenerse en el año 1850, Mesonero
pronostica que «para dar este ambiente de antigüedad
a la pintura de los hombres y las cosas más cercanas,
y para despertar la curiosidad y simpatía de la generación
venidera, no faltará, seguramente, alguna futura y
humorística pluma, algún viejo setentón
de 1920» (pág. 530). Sin duda no imaginó lo
exacto que iba a ser este retórico cierre, ya que
en efecto muchos setentones, y en especial en los primeros
treinta años del siglo XX, le tomarían la palabra.
Es ahora el momento de volver a la idea con que abrí
este artículo, con la contundente afirmación
de Caballé: «de las memorias publicadas en el XIX,
las que indudablemente
A) La imitación directa en títulos que contienen la indicación de la avanzada edad del autor y una referencia geográfica es un índice clarísimo del magisterio de Mesonero sobre un modo particular de autobiografía, que pasa por una vinculación explícita a un espacio y una perspectiva desde la vejez. Los títulos que sólo contienen la idea de ancianidad ocupan un lugar secundario en la lista de influencias de Mesonero, ya que se trata de un recurso habitual entre los autobiógrafos, en el que el madrileño había sido precedido por los Recuerdos de un anciano de Alcalá Galiano; en cambio, la concreción exacta de la edad del anciano sí parece una aportación genuina de Mesonero a la tradición autobiográfica española60.
B) Las alusiones de los autores en los preliminares de sus libros, en que se suele mencionar la obra de Mesonero Romanos como cumbre inigualable y modelo que autoriza la pretensión del memorialista de turno a contar su vida y su tiempo; en un género en el que se siente siempre la necesidad de justificar por qué se escribe, acogerse a la autoridad del Setentón es frecuente incluso en autobiografías que tienen poco que ver con el estricto modelo representado por él. C) Un tercer criterio, más difícil de evaluar, es la imitación de la misma fórmula autobiográfica practicada por Mesonero. Es sin duda el influjo más importante, aunque también escurridizo, ya que el modelo de rememoración establecido por las Memorias de un setentón es inestable, se escora con facilidad hacia una reconstrucción histórica que prescinda de elementos autobiográficos, o bien hacia un protagonismo del yo que es ajeno a la práctica de Mesonero, aunque siempre complicado de evitar. A veces, las obras más influidas por el Curioso Parlante no son memorias, sino colecciones de artículos o cuadros sueltos de costumbres, anécdotas e historias de una determinada época y lugar, en las que el narrador se ha neutralizado por completo; en cambio, otras son puras memorias políticas o literarias de tipo personal, pero a las que se ha dado un intenso telón de fondo describiendo la sociedad de su tiempo, que habitualmente sirve para minimizar la exposición de la intimidad del autor61. A continuación,
trataré de desglosar en orden cronológico -y
sin pretensiones de exhaustividad- las derivaciones más
visibles del estilo autobiográfico de
El primer escritor que aceptó a Mesonero como un clásico y se sintió influido por su proyecto memorialístico fue José Zorrilla (1817-1893), incluso antes de que las Memorias de un setentón se coleccionaran en libro. Zorrilla comparte con Alcalá Galiano, Escosura y Mesonero el ser un anciano escritor de una generación pasada, separado por varias décadas del momento de su gloria literaria. Es poco dudoso que el ejemplo de Mesonero le sirvió de acicate para escribir unos Recuerdos del tiempo viejo que apuntan en su propio título al tópico de la ancianidad, y que fueron empezados a publicar en Los lunes de El Imparcial en octubre de 1879 (recogidos en volumen en 1880 y 1882). Zorrilla lo declara expresamente:
Las frases del vallisoletano inciden en lo que más preocupaba a Mesonero, y que mencionó en su carta a Escosura, el deseo de conseguir una rememoración completa y unitaria de la vida social que conoció. Zorrilla sigue su ejemplo de escurrir el bulto (el yo) en favor de elementos externos, extrema el carácter literario y apolítico de los recuerdos, pero desde luego hace una obra asistemática, desordenada y desigual, al tiempo que repleta de complejidades psicológicas para nada presentes en el Curioso Parlante (cf. Durán López 1995). La influencia, por tanto, no determina el contenido.
Mario Méndez Bejarano (1923) y alguna que otra fuente citan como obra del clérigo y hebraísta Antonio María García Blanco el siguiente título: Memorias de un ochentón natural de Osuna. En realidad, esa obra apareció impresa en 1887 bajo el nombre de Historia compendiada de una larga vida. Resumen de un siglo63, pero el error es comprensible, ya que García Blanco había manejado ese otro título antes de decidirse por no imitar tan abiertamente a Mesonero. Como explica Pascual Recuero (1986), al retirarse a Osuna, el viejo profesor empezó a publicar en 1883 unos artículos en El Ursaonense titulados «Mis primeros recuerdos»; luego se persuadió de que esto podría dar lugar a una obra de más aliento -aquí es donde el modelo de Mesonero parece hacerse presente- y durante los años siguientes redactó unas completas memorias, de la que publicó un capítulo en El Centinela de Osuna en febrero de 1887: allí dice que eran parte de las Memorias de un ochentón, natural de Osuna y vecino de Madrid, por lo que parece que hasta el último momento ése iba a ser el nombre de la obra. En realidad se trata de una rememoración muy centrada en su propia vida, aunque cuajada de anécdotas y noticias históricas del tiempo que le tocó vivir, que es la parte que más acusa el influjo del Curioso Parlante. Del erudito gaditano Adolfo de Castro y Rossi (1823-1898) hay noticias indirectas, que nos ha transmitido su íntimo amigo Martín de Mora, acerca de su intención de escribir unas memorias semejantes en el último tramo de su vida: «invirtió largo tiempo sin sentir desmayo ni aburrimiento, guiándole el laudable propósito de llevar a las páginas de unas Memorias, desconocidas desgraciadamente, cuantas noticias llegase a adquirir y halló aunque no todas las que se proponía, al lado de mil sucesos y hechos en que aparecía como protagonista o había intervenido durante su vida pública y literaria, a imitación, así me lo había repetido, de las Memorias de un setentón del curioso parlante, el ingenioso y cultísimo D. Ramón de Mesonero Romanos» (en Vallejo Márquez 1997, pág. 54; la cita procede de un artículo de Mora en Diario de Cádiz, 20-X-1912). Entre
1895-1897 publicó La España Moderna las memorias
tituladas Aventuras y desventuras de un soldado viejo natural
de Borja, obra de Romualdo Nogués (1824-1899), recogida
en volumen en 1897. El título alude una vez más,
El escritor y político Eusebio Blasco (1844-1903) también se aproxima mucho al modelo ofrecido por Mesonero, aunque con más presencia del yo y también de la política, en sus Memorias íntimas (1904, escritas en 1898), intensa evocación de la vida madrileña entre 1862 y 1868, centrada en los políticos y los literatos64. José María Puelles y Centeno (n. 1853), médico de Alcalá de los Gazules (Cádiz), escribió unas memorias de su vida, centradas en su participación en la tercera guerra carlista (Recuerdos de mi juventud, 1907, edición corregida en 1911) y afirma en el prólogo que los ejemplos de Mesonero, el general Córdoba y Alarcón, como modelos inimitables, le desanimaban a escribir su propia vida. Su obra no concuerda excesivamente con la fórmula de Mesonero, aunque es significativo el hecho de que en la primera edición acompañe las memorias de otro libro suyo consistente en cuadros de costumbres de ambiente rural gaditano. Enrique Menéndez
Pelayo (1861-1921), en sus Memorias de uno a quien no sucedió
nada (1922, escritas hasta poco antes de morir), reserva
como primer párrafo -lo que le da gran relieve en
un texto sin prólogos- el siguiente pasaje:
El ingeniero Eduardo Cabello Ebrentz (1865-1957) escribió hacia el final de su vida unas memorias personales que coloca desde el primer párrafo bajo la referencia de Mesonero, única lectura autobiográfica que parece haber interiorizado: «...no es mi propósito el atrevimiento de parodiar las Memorias de un setentón natural y vecino de Madrid, del insigne Mesonero Romanos, si bien de la memoria de un setentón, aunque no de Madrid, surjan, porque nada hay sucedido en el curso de mi vida que pueda interesar a persona a quien no le ligue a mí su afecto, es decir, que le interese el hecho, no en sí, sino por ser mío» (Cabello 1991, pág. 9). Su realización es, en efecto, muy diferente de la de Mesonero, ya que explica su trayectoria personal, centrado en el yo, pero sigue siendo significativo que una obra escrita por alguien que no es profesional de la escritura, a mediados del siglo XX, mantenga todavía el eco del enorme prestigio y penetración alcanzados por las memorias del Curioso Parlante. Incluso
un hombre como Manuel Vigil Montoto (1870-1961), militante
socialista asturiano, escribe en los años cincuenta
unos Recuerdos de un octogenario (con notas para ayudar a
escribir la historia del Movimiento Obrero en la región
asturiana, sindical y político, a quien quiera hacerla
con más competencia, sin duda, que el autor de este
libro), que no fueron publicados hasta 1981 (en una revista,
en 1992 en libro). El proceso de escritura de esta obra es
ilustrativo de las relaciones que mantiene la autobiografía
con la historia: su intención inicial, trabajada desde
1926, era escribir la historia del socialismo en Asturias,
pero después de la guerra, sin documentos, decidió
que la única manera de reconstruir aquel periodo era
a través de la memoria de sus protagonistas, así
que pasó de un
Los textos hasta ahora citados son -con la relativa salvedad de Menéndez Pelayo- verdaderas memorias personales con un protagonismo del yo mucho más acentuado que en Mesonero. Es decir, que aunque el madrileño deje su huella en los títulos, en las alusiones directas y en el impulso de dar a luz tales obras, el contagio estructural del concreto formato practicado por él es sólo parcial: un mayor interés por el entorno exterior de la vida. En otras muchas piezas, en cambio, este influjo es más intenso y el precario equilibrio entre los ingredientes de la fórmula se rompe hacia el lado contrario: el interés se desplaza a espacios geográficos periféricos, el contenido autobiográfico se hace más débil y la estructura del conjunto se resiente, hasta el punto de que a veces dejamos de hallarnos ante textos que podamos definir como autobiográficos, sino ante impersonales anecdotarios histórico-costumbristas. La neutralización del yo que inició el Curioso Parlante llega en bastantes de sus seguidores a reducirlo a una mera persona gramatical. Es una evidente evolución, que tiene mucho de disolución, a partir de la sólida estructura aplicada en las Memorias de un setentón, sobre todo en los escritos producidos para la prensa: al contrario que en Mesonero, a menudo no hay previa planificación, sino que de artículo en artículo el autor va produciendo cuadros sueltos de diferentes aspectos, empleando una técnica entre caótica y asociativa, alterando y rectificando el plan según se desarrolla. El efecto Mesonero es mucho más acusado en esta dirección de la literatura española, como paso a ver a continuación. El periodista de Valladolid
José Ortega y Zapata (1824-1903), abuelo de José
Ortega y Gasset, fue otro de los ancianos escritores que
se decidió a aplicar el ejemplo de Mesonero a su propio
espacio geográfico, en unos artículos presididos
por el transparente título de Solaces de un vallisoletano
setentón, que fue dando a luz en El Norte de Castilla
entre 1894-1895 (parte se recogieron en un libro de 1895,
y todos ellos por vez primera en 1984). Ortega aumenta el
contenido
El periodista Juan Valero de Tornos (1842-1905) escribió un libro titulado Crónicas retrospectivas (recuerdos de la segunda mitad del siglo XIX) por Un Portero del Observatorio (1901), colección de artículos que a menudo se cita dentro del género autobiográfico. El prólogo de Jacinto Octavio Picón que lo abre enumera como precedentes del trabajo de Valero de Tornos las obras de García de León Pizarro, Alcalá Galiano, Mesonero, Fernández de Córdoba y Zorrilla. El propio autor indica que está «hecho un Mesonero, aunque valiendo mucho menos» (cit. en Caballé 1990, pág. 57). Tanto en su caso como en el del periodista Genaro Cavestany (n. 1857) nos alejamos en realidad del territorio estrictamente autobiográfico para entrar en una serie de evocaciones de recuerdos históricos y de sucesos y figuras del ambiente de la juventud y madurez de los autores; es como la obra de Mesonero, pero con un narrador neutral que no usa su propia vida como vehículo conductor de la rememoración. Así Cavestany dio a luz sus Memorias de un sesentón sevillano. Colección de artículos publicados en «El Liberal», de Sevilla (1917-1918), sus Memorias de un viejo (1918-1919) y El Bárbaro Morales. Novela histórica sevillana (Continuación de Memorias de un sesentón sevillano) (1921). El
médico y político Carlos María Cortezo
(1850-1933) escribió en esta misma dirección,
aunque con estructura y estilo más divagatorios, Paseos
de un solitario. Memorias íntimas. Hombres y mujeres
de mi tiempo (1923, 2 vols.). El mismo año apareció
el heterogéneo y abigarrado volumen del abogado y
dramaturgo José del Castillo y Soriano (1849-1928)
titulado De mi paso por la vida. Notas varias; la justificación
de este libro parece calcada de la de Mesonero Romanos, proclamando
su valor como testigo de su tiempo a la vez que su insignificancia
personal65. El autor usa su vida como eje para ir enlazando
noticias muy
Emilio Gutiérrez-Gamero (1844-1936), político y escritor, publicó entre 1925-1936 seis volúmenes de un libro titulado genéricamente Mis primeros ochenta años (memorias). Los tomos II-VI surgieron del inesperado éxito del primero, no estaban previstos, y se titulan respectivamente Lo que me dejé en el tintero, La España que fue, Clío en pantuflas, El ocaso de un siglo y Gota a gota el mar se agota (todos fueron publicados en un único volumen en 1948 y 1962). El proyecto del autor es similar al de Mesonero: evoca la vida española desde sus primeros recuerdos en adelante, mezclando una vaga progresión cronológica con otra temática y asociativa, combinando los papeles de testigo y de protagonista, pero más de lo segundo que de lo primero. El primer tomo estaba más interesado en la política, mientras que los siguientes amplían su campo de intereses al conjunto de la vida social. También el médico Antonio Espina y Capo (1850-1930) escribió en cuatro volúmenes la obra 1850 a 1920. Notas del viaje de mi vida (1926-1929), donde una vez más se expresa el deseo de acumular todos los recuerdos vividos, interesándose por el entorno antes que por el propio yo y cayendo en el análisis histórico y en el anecdotario66. De
estructura algo más acabada se leen las Memorias de
un bilbaíno. 1870 a 1900 de José Orueta (1866-1934),
publicadas en 1929 (reediciones en 1952,
Otro caso es el del sevillano Luis Montoto (1851-1929) en sus dos libros «En aquel tiempo...» (1929) y Por aquellas calendas (1930), ambos subtitulados Vida y milagros del magnífico caballero Don Nadie, acogiéndose a los tópicos del tiempo lejano y de la irrelevancia del autor, comunes, como hemos visto, en esta tradición literaria. La combinación de lo personal, lo histórico y lo costumbrista al rememorar la vida cultural y literaria de Sevilla se aproxima también mucho en este caso a la que vemos en Memorias de un setentón. Algo menos de autobiográfico tiene José Balcázar Sabariegos, escritor y catedrático de instituto que se interesó por una época de la vida que le permitía el necesario distanciamiento cronológico en sus Memorias de un estudiante de Salamanca (1935), anecdotario costumbrista que lleva el subtítulo expresivo de Notas de la vida escolar salmantina de fines del siglo pasado.- Cómo pensaban y escribían los sabios de entonces.- Intimidades de «El Imparcial», el gran diario madrileño, en la época de su mayor apogeo.- La extraordinaria valía de Ortega Munilla.- Viajes.- Anécdotas, observaciones, relatos, refranes en acción y episodios políticos. Alterna evocaciones de la vida estudiantil y periodística en Salamanca y Madrid, y pequeños detalles de su vida privada. El periodista Luis Seco de Lucena (n. 1857) escribió Mis memorias de Granada (1857-1933) (1941), donde sobre un vago hilo autobiográfico que sólo se mantiene en los primeros capítulos elabora una abigarrada colección de temas granadinos de su tiempo, aprovechándose de su tarea como responsable del diario El Defensor. El abogado y periodista Tomás Caballé y Clos (1870-1961) aplicó este mismo modelo a su ciudad natal, Barcelona, y a su doble condición profesional en unos libros titulados Barcelona de antaño. Memorias de un viejo reportero barcelonés (1944) y La criminalidad en Barcelona. Funcionamiento de la Audiencia Provincial Barcelonesa de 1885 a 1908. 21 procesos célebres. Memorias íntimas de un abogado criminalista y reportero (1945).
Póstumas se publicaron las que son quizá las últimas memorias de gran aliento que reproducen esa voluntad de totalizar un entorno social a través del testimonio personal de un viejo, y de que ese entorno represente la marcha colectiva de la nación. Me refiero a Setenta años de periodismo. Memorias (1949-1952, 3 vols.) del periodista y político conservador Alfredo Escobar y Ramírez (1857-1949), donde su trayectoria profesional se combina con infinidad de semblanzas de personajes literarios y políticos, evocaciones de la vida madrileña y la historia general y particular desde 1860 en adelante67. El segundo de los libros recién citados de Tomás Caballé nos conduce a otra línea de derivación de esta clase de textos, las memorias profesionales, otra forma de estructurar la conciencia histórica colectiva, no a través de una identidad nacional, sino de un más limitado espíritu corporativo. Aunque el eje de interés sea diferente y más corto, el enfoque es similar. Así vemos cómo Casto Barbasán Lagueruela (1857-1924) da a la imprenta sus Memorias de un defensor (1897, 2 vols.) para relatar una larga experiencia como abogado castrense, tanto desde el punto de vista teórico como a través de doce casos en los que participó y que son el objeto principal de su libro. Los términos en que presenta su proyecto son próximos a los que ya hemos visto en Mesonero: «Yo me propongo entregaros mi experiencia personal, buena o mala, tuerta o derecha: hacer sentir mis impresiones, transmitir mis juicios sobre las personas, sobre los hechos y sobre las cosas; trazar, en una palabra, una serie de cuadros, todo lo animados que yo sepa hacerlos, reproduciendo, en lo posible, la escena en que fui actor» (Barbasán 1897, t. I, pág. 3). El actor y autor teatral Vicente
García Valero (1910-1923) publicó entre 1910-1923
seis series de anécdotas y recuerdos personales del
mundo teatral, previamente incluidas en El Heraldo, bajo
diversos títulos68. El formato periodístico
El periodista y funcionario de prisiones José Millán Astray (1850-1923) también escribió unas Memorias (1918-1919, 2 vols.) profesionales, parecidas a las de Barbasán, en este caso centradas en su empleo de director de las cárceles de Madrid y Barcelona: consisten en una larga colección de casos criminales que conoció entre los reclusos a su cuidado, narrados en estilo ameno y novelesco. También puede considerarse como un anecdotario profesional el libro Palique diplomático. Recuerdos de un embajador (1923-1928, 2 vols.), de Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia (1850-1933), donde se vuelcan las experiencias de este político como representante español en diversos países del mundo. El militar y periodista Narciso Amorós Vázquez de Figueroa (1853-1929) publicó Intendencia e intervención. Páginas autobiográficas, por Narciso Amorós, intendente de ejército (1925), donde reconstruye su vida en el ejército en relación con el ramo de intendencia del que se ocupó muchos años, sin interesarse en ningún otro aspecto de su vida o de la vida social a su alrededor. El abogado conservador S. Julio de Saracíbar (n. 1872), empleado de la Cámara Alta, escribió sus recuerdos profesionales de esa institución en el libro Del Senado que desapareció. Memorias de un funcionario senatorial, ya casi sesentón (1897-1931) (1932). Son unas memorias configuradas como un centón de anécdotas escritas en estilo evocador y jocoso, asuntos curiosos ocurridos durante su etapa allí. Saracíbar, como el otro Setentón que le precedió en el uso de la pluma, se siente incómodo ante el satánico yo: «Es muy difícil, casi imposible, cuando se redactan unas Memorias como las presentes, que quien las escribe, al relatar todo aquello que ha visto o en que ha intervenido [...], no haga a ratos su autobiografía, aun sin quererlo. Sabía yo de antemano que corría este riesgo, y no quise, sin embargo y desde un principio, trazarme, rehuyéndolo, una línea divisoria entre uno y otro campo, para no pasar de ella, seguro como estaba de que tendría forzosamente que atravesarla con frecuencia» (1932, págs. 173-174).
Adelardo Ortiz de Pinedo (n. 1859), Cuarenta años de cazador. Memorias de caza (1919), son unas memorias no dedicadas a un oficio, sino a una afición deportiva: desarrollan los recuerdos del autor y todas sus experiencias en bloques temáticos referidos a los distintos aspectos de la caza, con gran cantidad de anécdotas y curiosidades. Dedicado al mundo teatral que conocieron tanto él como su esposa Loreto Prado, el actor Enrique Chicote (1870-1958) publicó en 1944 una autobiografía, que es también un amplio y variopinto anecdotario del mundo de la escena española, con el título de La Loreto y este humilde servidor. (Recuerdos de la vida de dos comediantes madrileños). Por último, para no avanzar más en el siglo XX, ya que las memorias profesionales de estas características han seguido produciéndose, citaré el caso de Juan Ríos Sarmiento, Recuerdos de un magistrado español (1956), donde de una manera temática y no cronológica, espiga un gran número de pequeños asuntos de la vida cotidiana de un juez. En conclusión, se puede
afirmar que el modelo memorialístico de Mesonero ha
tenido un importante número de derivaciones: en principio
su deseo fue recuperar la historia nacional a través
de Madrid; los autores que le siguieron aplicaron su modelo
a muchos otros espacios geográficos más localistas.
Pero los elementos de identificación del escritor
y el lector decimonónico de clase media no se agotaban
en la historia nacional y en la patria chica, sino que la
cohesión de la identidad burguesa en esa época
mesocrática radica en otros gregarismos que no son
sólo los geográficos, sino más bien
los que se asientan en un espíritu de clase o corporativo:
así surgieron buen número de memorias profesionales,
en las que el protagonismo es para un oficio concreto, siempre
propio de la clase burguesa. En la misma línea, hubo
memorias asociadas a instituciones concretas, a edificios
incluso, a sociedades de todo tipo, a partidos políticos...
Se trata de textos casi siempre poco autobiográficos,
a menudo de estructura anecdótica, una suma de sucesos
relativos a la experiencia del autor en el oficio, que en
ocasiones adoptan una disposición temática
en vez de cronológica69, o que se convierten en una
colección de relatos casi independientes (son los
casos de Millán Astray y Barbasán Lagueruela).
Así pues, el prisma costumbrista y anecdótico
que Mesonero aplicó con un afán de totalización
dejó infinidad de herederos atomizados en decenas
de lugares, profesiones y grupos, cuya mayor frecuencia se
registra en la segunda y tercera décadas del XX; a
mi juicio, esa floración de
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