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[59] Esquemas de pronunciación de algunas lenguas del PacíficoEn estas notas lingüísticas, y en otras que seguirán en números sucesivos, se pretende indicar al lector español cómo pronunciar los sonidos de algunas lenguas del Pacífico, utilizando el alfabeto y la fonética de la lengua española. Comenzaremos con cuatro lenguas oceanianas, fidyiano, maorí, samoano y tahitiano, todas ellas pertenecientes a la gran o, mejor, gigantesca, familia lingüística malayo-polinesia. A la primera se la incluye a su vez entre las llamadas melanesias; a las otras tres, entre las polinesias. El esquema utilizado es el siguiente:
ESQUEMA DE PRONUNCIACIÓN DE LA LENGUA FIDYIANA (Fidyi) El fidyiano fue estandarizado a mediados del siglo XIX, a partir del fidyiano de Bau (minúscula isla al sureste de Viti Levu, próxima a la costa, al norte de la localidad de Cautata). Hoy a la lengua oficial se la denomina también «bauano», aunque su evolución como lengua estándar la ha alejado de aquél.
ESQUEMA DE PRONUNCIACIÓN DE LA LENGUA MAORÍ (Nueva Zelanda) El maorí, lengua de los polinesios autóctonos de Nueva Zelanda, se incluye entre las lenguas polinesias orientales. Hay siete variantes principales, pero existe una forma estandarizada.
(es decir, entre ambas vocales hay una «parada» (glottal stop de los lingüistas), no pronunciándose como los diptongos, en una sola emisión de voz). [62] ESQUEMA DE PRONUNCIACIÓN DE LA LENGUA SAMOANA (Samoa i Sisifo y Samoa estadounidense) Incluida tradicionalmente entre las lenguas polinesias occidentales, hoy se tiende a subclasificarla dentro del grupo polinesio nuclear, subdividido a su vez en polinesio oriental y samoico: a éste último pertenecería el samoano.
ESQUEMA DE PRONUNCIACIÓN DE LA LENGUA TAHITIANA (Tahití y otras islas de la Polinesia francesa) El tahitiano se impuso como lengua «oficial» y estandarizada, por ser la de la isla más grande, poblada e importante. Hoy parece ser que se habla en unas cien islas de esta posesión francesa.
[65] Las grandes potencias y el Pacífico español: los intereses de los países hegemónicos en la colonia de las CarolinasM.ª Dolores Elizalde Dto. H.ª Contemporánea CEH, CSIC Las islas Carolinas, aunque eran posesión de la Corona desde el siglo XVI, sólo estuvieron ocupadas de forma efectiva por España de 1885 a 1899. Sin embargo, durante los quince años que duró la dominación la colonia española no fue un territorio remoto, un archipiélago perdido y olvidado en la Micronesia, sino que representó una auténtica encrucijada internacional, donde se encontraron y entrelazaron los intereses de varias grandes potencias. No hay que olvidar que precisamente esos fueron los años del apogeo de la expansión colonial, por lo que aquellas Carolinas españolas tuvieron su importancia en la búsqueda de nuevos territorios con significación política internacional de fines del siglo XIX. Veamos, pues, quiénes eran los extranjeros residentes en las islas, cuáles fueron las naciones interesadas en la colonia española en el último tercio de la pasada centuria, y qué representaron las Carolinas para cada una de ellas. Los extranjeros residentes en Carolinas En total los extranjeros establecidos en las islas eran unas quinientas personas, y su presencia en ellas se debía a diversos motivos: El grupo más numeroso era el de los misioneros metodistas norteamericanos, que se acercaban a los trescientos entre religiosos, maestros y familias. Se asentaron en las Carolinas a mediados del siglo XIX motivados por el deseo de evangelizar el archipiélago y educar a sus naturales. Su impronta fue la más relevante y la que mayor influencia tuvo en el área oriental. El segundo grupo fue el de los comerciantes alemanes, estadounidenses, británicos y japoneses, en número cercano al medio centenar, que incidieron decisivamente en la vida y evolución de las islas. El establecimiento de las distintas casas comerciales respondió a una misma razón: el interés por el comercio de la copra. En unas islas llenas de cocoteros se recogían los cocos en grandes cantidades y se ponían a secar al sol. Una [66] vez desmenuzada su carne se enviaban toneladas a Europa, América y Asia, y con ella se obtenía aceite vegetal e industrial, margarinas y piensos para el ganado. Junto a este comercio de la copra, negocio fundamental de las islas, había otros marginales con maderas, conchas de tortuga carey, frutos tropicales y similares. Pero no eran el objetivo de una casa comercial, sino actividades complementarias de la copra. Había también lo que podemos clasificar como un tercer grupo de extranjeros, más de un centenar de personas de muy distinta procedencia: marianos, filipinos, chinos, portugueses, etc., que llegaron a las islas en busca de trabajo, por naufragio, deserciones de barcos, afán de aventuras..., que no dejaron ninguna impronta en el archipiélago por no ser un grupo definido ni numeroso, pero que en muchos casos proporcionaron mano de obra responsable y muy apreciada por su escasez. Finalmente, el último grupo de extranjeros que visitaban asiduamente las Carolinas, pero que no se asentaron en ellas, fueron los navegantes y comerciantes que surcaban aquellas aguas del Pacífico con diferentes objetivos; muchas veces eran barcos que transportaban productos del Extremo Oriente hacia Australia, América o Europa y viceversa; en otras ocasiones eran pequeñas goletas de tráfico local; y muy a menudo balleneros que acudían a aquellas latitudes en busca de cetáceos en los meses de noviembre a abril, y que recalaban repetidamente en Carolinas para abastecerse de todo lo necesario o para resguardarse en sus puertos de las inclemencias del tiempo; por esta razón eran habituales de los fondeadores carolinos barcos estadounidenses, suecos y japoneses. Observando los libros de registro de entrada y salida de buques extranjeros en las islas podemos observar que éstos pertenecían mayoritariamente a Alemania, Japón, Estados Unidos, Dinamarca, Noruega, Gran Bretaña y en rara ocasión a Francia (56). Los intereses de las grandes potencias en Carolinas Gran Bretaña.-La primera nación que tuvo intereses en Carolinas fue Gran Bretaña. En agosto de 1873 un barco de la Compañía Inglesa de las Indias, mandado por el capitán Wilson, se perdió en los arrecifes de Palaos durante un temporal, naufragando en Yap. Sus habitantes los recogieron, los trataron de forma hospitalaria y les ayudaron a construir un [67] barco con el que regresar a Inglaterra. En agradecimiento por el trato recibido un buque de la Compañía volvió a Palaos años más tarde llevándoles varias parejas de animales domésticos (57). A raíz de este incidente nació en Gran Bretaña el interés por las Carolinas, y varios comerciantes se establecieron en ellas, ya en el siglo XIX. En 1860 las autoridades coloniales comenzaron a conceder licencias a las firmas británicas que trabajaban en las islas no ocupadas. La compañía Houlder Brothers & Company, cuyo principal empleado era John Arundel, consiguió permiso en 1871 para operar en las Carolinas, primero recogiendo guano y luego creando plantaciones de cocoteros para obtener copra. En la década siguiente Arundel formó su propia firma llamada Baker & Howland, con la que continuó comerciando con copra en Carolinas. En los años sesenta el inglés Andrew Cheyne también creó una compañía en las Palaos, islas donde años después se instaló Mr. O'Keefe, en los primeros años de la década de los ochenta (58). La empresa O'Keefe & Co. llegó a ser la casa británica más importante de las islas. Contaba con cuatro factorías en Palaos, una en Yap y dos en Ulea, en las que obtenía copra que enviaba periódicamente vía Hong Kong, y gracias a las cuales dominaba el comercio en las Carolinas Occidentales. El director de esta compañía, David O'Keefe, provocó numerosos incidentes en sus relaciones con los demás comerciantes y con los indígenas, al querer obtener la preponderancia sobre estos últimos, indisponiéndoles contra el resto de los negociantes y procurando que no trabajaran para ellos. La situación llegó al punto de que en alguna ocasión un barco de la Marina británica tuvo que acudir para mediar en los conflictos y asegurar la paz. Pese al establecimiento en Carolinas de estos comerciantes ingleses dedicados al comercio de la copra, el Gobierno británico no sintió un interés político ni económico a nivel nacional como para intervenir directamente en la administración de las islas. Simplemente procuró siempre que en ellas se respetase la libertad de comercio y actuó para defender los derechos de sus súbditos a establecerse, poseer tierras, explotar sus empresas y traficar libremente, así como para garantizar su protección. Por este motivo Inglaterra envió buques de su Marina Imperial a Carolinas en varias ocasiones antes de que se establecieran en las islas representantes de la autoridad española. En un caso fue para proteger a David O'Keefe, enfrentado a los demás europeos que tenían negocios en las islas. En otro momento, tras el naufragio de un barco inglés que sufrió el saqueo de los naturales de Palaos, el almirantazgo en Hong Kong mandó al capitán Grove a bordo del «Lily» para recuperar todos los enseres posibles, castigar a los culpables «y hacer ver a los nativos que el brazo de Gran Bretaña es largo y poderoso para infligir el castigo adecuado ante cualquier insulto a su bandera o daño a sus súbditos (...) obteniendo de ellos la solemne [68] promesa del rey Arrackhye de que nunca más se molestaría ni asaltaría ningún barco, persona u objeto inglés» (59). Esta comisión fue seguida al año siguiente por otra del «Comus» que obligó por la fuerza a los indígenas a cumplir lo pactado (60). Pero estos viajes estuvieron motivados únicamente por la celosa defensa de sus súbditos en el Pacífico. Una vez que éstos estuvieron protegidos por la presencia de una autoridad europea en las islas y siempre que fuera respectado su objetivo prioritario, el libre comercio, Inglaterra prefirió que las Carolinas estuvieran administradas por alguna otra potencia y no intervenir en su gobierno. Sin embargo, las Carolinas sí presentaron un aliciente diplomático en tanto que gracias a apoyar en ellas la presencia alemana Inglaterra podría obtener el respaldo político de Bismarck en cuestiones europeas (61). Por ello se comprometió en repetidas ocasiones con Alemania -1875, 1885, 1886, 1898- en considerar estos archipiélagos dentro del área de influencia germana, no interferir en ellos y no poner objeciones a su futura anexión por parte del Imperio centroeuropeo (62). Igualmente, las Carolinas interesaron a Gran Bretaña a fines del siglo pasado por su valor estratégico en cuanto pieza de cambio a la hora de repartir las colonias del Pacífico, con la que poder jugar para defender sus intereses en el área -China-, compensar a Alemania por la anexión norteamericana de Filipinas, equilibrar el reparto de poderes en la zona, y gracias a ello mantener su predominio en estos mares (63). Alemania.-Este país mostró un interés creciente por las islas Carolinas, que comenzó muchos años antes de hacerse efectiva la ocupación de [69] la colonia por los españoles, y que le llevó a intentar hacerse con el dominio del archipiélago en varias ocasiones. Su primera vinculación con las islas se produjo a través de los comerciantes que comenzaron a instalarse en ellas: En 1857 la Casa Godeffroy, compañía de Hamburgo, empezó a comprar tierras en Samoa y dos años más tarde ya monopolizaba el tráfico en estas islas. Su representante, Theodor Weber, nombrado agente oficial de la Confederación de Alemania del Norte, expandió la firma por los mares del Sur comerciando con café, cacao, azúcar y organizando el negocio del aceite de copra a gran escala, extendiéndose por Carolinas en la década de 1870 (64). Por los mismos años la Compañía Robertson & Hernsheim, que tenía su casa centra en la isla Matupi, y que operaba en Nueva Bretaña, Nueva Guinea y las Marshall, abrió una sucursal en las Carolinas, donde pronto tuvo importantes intereses en el negocio de la copra (65). Poco a poco los alemanes fueron haciéndose con el dominio del comercio en aquel área del Pacífico (66), y sus compañías fueron el primer [70] síntoma de una política colonial no organizada ni articulada. Estos comerciantes, deseando asegurar su posición y defender los privilegios adquiridos, e impulsados por el sentimiento nacionalista creado tras la unificación de 1871 y por las crecientes ventajas que iban encontrando con sus actividades, comenzaron a presionar cada vez con más fuerza para que el Gobierno alemán tomara el control de aquellos territorios donde tenían predominio económico (67). Los cónsules españoles destacados en la zona empezaron a alarmarse ante la fuerza creciente de los alemanes en sus posesiones del Pacífico, y alertaron al Gobierno español, que decidió tomar medidas para ejercer una cierta vigilancia en el comercio en sus colonias. Por ello se comenzó a controlar el tráfico por estas aguas, y este celo provocó varios incidentes con barcos alemanes con carga británica que fueron obligados a ser inspeccionados o apagar cánones especiales (68). Por el mismo motivo se enviaron notas a Londres y a Berlín reclamando que los buques que comerciaran en Carolinas y Palaos debían pasar antes por Filipinas para obtener el debido permiso. Pero ambas naciones se negaron a reconocer cualquier derecho de España sobre dichos archipiélagos en tanto no estuviera sancionado por un tratado internacional, declarando que no aceptarían ninguna restricción al libre comercio. Ante esta actitud no hubo una respuesta oficial clara por parte de España (69), y durante la década siguiente los [71] comerciantes alemanes y británicos continuaron desarrollando sus actividades en las islas y sus barcos navegando libremente por sus aguas. Diez años más tarde, en 1885, cuando llegaron a oídos alemanes las noticias de que buques de guerra españoles se disponían a ocupar Yap y otras islas vecinas, los comerciantes residentes en aquellos archipiélagos se alarmaron, temiendo que ello significara el fin del libre comercio o la imposición de barreras a sus actividades. Por eso pidieron el auxilio de su Gobierno, que decidió enviar un barco de la Marina Imperial a tomar posesión de las islas y defender así los intereses de sus comerciantes. Este episodio dio lugar al conflicto hispano-alemán de 1885 en el que ambas naciones se disputaron la soberanía sobre las Carolinas, y que fue resuelto con la mediación papal en el Protocolo de Roma de diciembre de ese mismo año, en el que se reconocieron los derechos españoles sobre las islas y se concedió a Alemania plena libertad de navegación y comercio, autorización a sus súbditos para crear plantaciones y la posesión de una estación naval y de carboneo (70). La posición de Alemania en Carolinas, ya ratificada por este tratado, se vio confirmada al año siguiente en los acuerdos firmados el 6 y 10 de abril de 1886 por Gran Bretaña y Alemania, en los que se repartieron las esferas respectivas de influencia en Micronesia y el Pacífico Occidental. En ellos se consideraban las Carolinas y parte de las Marianas dentro de la demarcación que definía el área bajo control alemán, y aunque se especificaba que no se intervendría de momento en las islas que estaban bajo el gobierno de España, se establecía un marco previo para el futuro, declarando estos archipiélagos asunto de Alemania en el caso de que se produjera un relevo en su administración, y asegurando que se respetaría en ellos la libertad de comercio y navegación, la posesión de tierras e industrias, así como las diferentes creencias religiosas (71). Desde este momento la presencia de colonos y comerciantes alemanes en las Carolinas fue cada día mayor. El negocio de la copra pronto estuvo dominado por representantes de la Casa Jaluit Gesellschaft, compañía con sede en las Marshall creada en 1887 con el favor gubernativo para operar en las Marshall, Gilbert, Carolinas y otras islas menores de esta [72] zona del Pacífico, donde tuvo una importante implantación, llegando a controlar gran parte del comercio en estos mares y haciéndose cargo de la administración y gobierno de las islas bajo dominio alemán (72). En las Carolinas la Jaluit Gesellschaft fue la compañía que más volumen de copra facturaba. Compró los derechos de otras casas que estaban establecidas en las islas orientales con anterioridad (Crawford, Compañía de San Francisco, Henderson y Macferlane, Compañía del Pacífico). Favorecida por las factorías de estas compañías, además de las suyas propias, la Casa Jaluit se hizo con la primacía del comercio en el área oriental. Tenía su sede principal en la isla Lenger, junto a Ponapé, donde estaba representada por August Helgenberger y Zilgenbergen, y estableció unas diez sucursales por las Carolinas Orientales: en Ououne, Iben, Sotosn, Mortlock, Roser, Lukunor, Gosseman, Luasao, Lopore, etc., además de ramificaciones en Yap y Ulea. En todas estas factorías creó plantaciones de cocoteros, en las que obtenía copra que periódicamente era recogida por una de las pequeñas goletas de la empresa, que transbordaba los productos obtenidos a otros barcos de mayor tonelaje que los transportaban a Europa vía Marsella, Lisboa o Hamburgo, dejando en su lugar los recursos necesarios para el negocio y la subsistencia de sus empleados (73). [73] A la par de ella estaba otra compañía de Hamburgo, la de Mr. Freilander, con sede en Yap y que operaba en el área más occidental de las Carolinas; su factoría principal estaba en Rumung y tenía sucursales en Ley, Toohay, Motalag, Ulea y Palaos. Junto a estas casas también estaban establecidos en las islas otros comerciantes independientes que operaban por su cuenta como Juan Kubary, Schmid, Hoen o Melander (74). En 1895 Alemania volvió a plantear un nuevo conflicto en Carolinas cuando el Gobernador de la colonia de las Marshall, Dr. T. Irmes, en una visita al jefe de la División de Ponapé manifestó el convencimiento alemán de que las islas Providencia eran de su propiedad, afirmando que había una concesión reservada del Ministro de Estado en el sentido de que esos islotes se mantuvieran en propiedad de Alemania y no se hablase del asunto para no darle publicidad, y que incluso el cargo que él ocupaba se llamaba «Comisario Imperial alemán para las islas Marshall, Brown y Providencia». España protestó formalmente en Berlín, recordando su descubrimiento del archipiélago a las que conocían como Arrecifes, tal como aparecía en numerosos mapas, y recalcando especialmente su inclusión dentro de los límites que definían la soberanía española sobre las Carolinas en el Protocolo de Roma firmado por ambas naciones. España dio por concluido el asunto reafirmando su derecho sobre las islas y declarando no estar dispuesta a volver a plantear un tema que consideraba definitivamente resuelto desde 1885 en un acuerdo internacional (75). Todo ello provocó que a fines del siglo Alemania fuera la nación que tenía mayores intereses económicos, estratégicos y políticos en el archipiélago. Dominaba el comercio de la copra y representantes de compañías alemanas estaban extendidos por todas las islas. Además, las Carolinas eran vecinas de la colonia establecida en las Marshall, estaban situadas en plena área de influencia alemana y eran parte clave dentro del sistema que Alemania pretendía crear en el Pacífico. Su posición estaba claramente definida desde tiempo atrás y la había manifestado repetidamente en el contexto internacional, mostrando su interés por hacerse con las islas cuando ello fuera posible; para ello contaba con el apoyo inglés en sus aspiraciones, reflejado en reiterados acuerdos y en la correspondencia diplomática entre ambas naciones (76). Por ello cuando se declaró la guerra hispano-norteamericana y se puso en cuestión la suerte de las colonias españolas en las Antillas y en el Pacífico, Alemania hizo valer sus derechos sobre las Carolinas, y tras varios meses de negociaciones y acuerdos [74] entre las grandes potencias, compró las islas a España por veinticinco millones de pesetas (77). Estados Unidos.-Los Estados Unidos no tenían interés económico oficial ni a gran escala en las islas, pero varias compañías independientes operaban en el archipiélago. En la década de los años setenta la Casa Crawford, la Compañía de San Francisco de California y la Compañía del Pacífico se dedicaron a la explotación de la copra en las Carolinas, pero posteriormente vendieron sus derechos a la Sociedad Jaluit, y quedaron únicamente pequeños comerciantes independientes ligados de forma personal a las islas, que prefirieron continuar con su negocio; entre ellos James Smith en Piliw (Palaos), Crayton P. Halcomb en Yap, la viuda de un comerciante americano que decidió proseguir sus actividades apoyada por los misioneros, y una pequeña factoría en Truk (78). Pero, por encima de los motivos económicos, los Estados Unidos estaban fuertemente implicados en la historia de las islas en merced a una destacada y numerosa misión metodista con una notable influencia sobre los naturales. La primera misión norteamericana en Carolinas fue fundada en 1853 en Ponapé por Mr. Jorje, bajo los auspicios de una sociedad de Boston, la «American Board of Commissioners for Foreign Missions». Al año siguiente de su instalación se propagó por el archipiélago una epidemia de viruela que afectó a más de cinco mil personas. Los misioneros consiguieron detener la enfermedad al introducir con éxito la vacunación, lo cual evitó la despoblación completa de las islas y gracias a ello se ganaron el ánimo de los naturales. En 1854 llegó a Ponapé el que sería jefe de la misión hasta 1890, Mr. Doane, que en años sucesivos fue auxiliado por Mr. Rand (1874), encargado de la educación de los varones y de los maestros, Miss Fletcher (1882), Miss Palmer y Miss Cole (1885), que se ocuparon de la escuela de niñas. A fines de la década de los ochenta la misión de Ponapé contaba ya con cinco misioneros con sus familias, cuatro profesores, veinte maestros auxiliares indígenas, siete congregaciones en Chocach, Not, Oa, Kiti, Chapabat, Ronkiti y Aleman, veinticinco colegios, una escuela para adultos a la que acudían hombres y mujeres de toda la isla en número cercano a doscientos, una institución docente para formar nuevos maestros, un barco de vapor, de ocho a diez mil fieles, y unos gastos anuales en torno a quince mil peses (79). De la misión de Ponapé su superior, Mr. Doane, decía: «Desde esta [75] fecha (1854) en adelante se llevaba con empeño y con éxito la obra de civilizar y cristianizar a los indígenas, sin que por parte de los jefes de las tribus se hiciese la menor tentativa para poner obstáculos, siendo las miras de los misioneros en todos los tiempos la educación de las tribus y la elevación del espíritu y conciencia del pueblo» y resaltaba como logros, tras más de treinta años de funcionamiento, que la mitad de la población de Ponapé estaba convertida al cristianismo, los naturales habían abandonado sus prácticas más salvajes y la poligamia, y vivían de forma civilizada. Habían creado numerosas escuelas, la vida y la propiedad eran entonces cosas seguras en las islas. Conocían los idiomas nativos, habiendo reducido tres dialectos a la escritura, y traducido el Nuevo Testamento y varias obras para lectura y para las escuelas indígenas (80). De esta misma misión decía el comandante del «Manila», Luis Bayo, en ocasión de la toma de posesión de las islas en 1886: «La misión americana establecida en Ponapé hace más de treinta años y cuyo jefe es Mr. Doane ha conseguido ponerlos en estado de cultura. Sus escuelas, bien montadas a la americana y que quizá pasen de veinte, reúnen los domingos a casi toda la población de la isla y a mucha de ella los demás días. Además de la educación intelectual les hacen hacer ejercicios corporales, formando cuadros de muy lindo efecto; y, además, a los hombres ejercicios gimnásticos-militares con armas y sin ellas. Los misioneros, como es fácil suponer, ejercen gran influencia sobre los naturales y siguen la política tradicional desde el Padre Bartolomé de las Casas de querer que el indio rece mucho y trabaje poco» (81). El propio gobernador general de Filipinas, Ramón Blanco, reconoció su labor y su ascendencia sobre las islas: «Empezaron por asimilarse a los indígenas, aprendiendo su lengua, que redujeron después a idioma escrito, redactaron obras de primera enseñanza y establecieron escuelas, asistieron a los enfermos, procurando estimular y atraer a los jóvenes más aprovechados y dispuestos, llevándoles a Estados Unidos para completar su formación, y fácilmente se comprende que después de cuarenta años de actuar de esa forma sobre aquellas tribus que encontraron en estado completamente salvaje, ejerzan hoy sobre ellos la preponderancia que es natural y lógica y sean los verdaderos dueños de aquellas islas» (82). En suma, los misioneros norteamericanos extendieron fácil y rápidamente su doctrina en Ponapé, creando iglesias para evangelizar a los naturales y al mismo tiempo escuelas orientadas a una educación práctica de los indígenas, que la aceptaron porque con ella mejoraba su vida cotidiana. Fueron muchos los carolinos que aprendieron con los metodistas a leer, a escribir, a coser, a cocinar, a conocer la naturaleza, a hacer deporte, [76] a cultivar la tierra y los rudimentos de la civilización occidental. Por todo ello, después de tanto tiempo de estancia en las islas su influencia sobre los nativos era grande. Pero este ascendiente hizo que los naturales de Ponapé obedecieran en primer lugar a los misioneros americanos, y que cuando llegaron los españoles proclamando su soberanía, los carolinos recelaran de las órdenes de las nuevas autoridades y siguieran buscando el consejo y el apoyo de los metodistas antes de actuar, en vez de obedecer a los colonizadores. Esta situación creó problemas y tensiones entre ambos grupos, acusando los españoles a los misioneros de obstaculizar su acción de gobierno y de indisponer a los nativos en su contra, y los norteamericanos a los miembros de la colonia de impedir su labor religiosa y de explotar a los carolinos. Las relaciones entre ambos llegaron a un punto tan tenso que después de las rebeliones de 1887 y 1890, tras las cuales se sospechaba el aliento de los metodistas, éstos fueron obligados a renunciar a sus labores evangélicas, por lo cual decidieron marcharse de Ponapé (83). Al dejar esta isla un segundo núcleo de metodistas americanos, compuesto por 190 personas, se asentó en la isla Kusaie*. Al frente de ellos estaba M. J. Chaman, que era auxiliado por el médico Rife y los profesores Wilson, Walkop y Peace. Establecieron misiones en varios puntos del grupo como en Puerto Coquelle, Ualan y Puerto Lela, y crearon un colegio para niños, otro para niñas y una escuela para maestro. En las islas Truk se estableció una tercera misión metodista dirigida por Mr. Logan, que estuvo acompañado por su familia, un coadjuntor y varios maestros al mando de Mr. Price y Mr. Loster que en la misión-escuela educaban a unos cuarenta alumnos de cada sexo. Finalmente había un pequeño núcleo metodista en Pinguela, con un solo misionero americano, que llevaba la iglesia y la escuela y otro en Mortlock (84). Cuando en 1898 se planteó la sucesión en el gobierno de las islas los Estados Unidos miraron con recelo la presencia de otra potencia que pudiera poner nuevos obstáculos a sus misioneros, ya constreñidos a Kusaie y a Truk. Por ello se extendió por Norteamérica una vigorosa propaganda en favor de la anexión de parte de las Carolinas y de la obtención de una garantía de libertad religiosa en todo el archipiélago (85), lo cual condujo a [77] que en la Conferencia de Paz de París con España el Gobierno americano presionara para conseguir al menos el control de Kusaie, donde estaba la principal misión existente en aquellos años (86). En tercer y último lugar las Carolinas interesaron a Estados Unidos por su estratégica situación que las convertía en un sugestivo lugar de escala y de cruce de comunicaciones. Sus puertos eran continuamente visitados por buques con el pabellón norteamericano, bien dedicados al tráfico local en el Pacífico, bien en ruta transoceánica desde los puertos asiáticos hacia el Oeste americano o hacia Australia, o dedicados a la captura de ballenas. Además, a fines de siglo las islas presentaron un nuevo aliciente. Comenzaba en esos años el naciente imperialismo yanqui y los norteamericanos empezaban a interesarse por los territorios del Pacífico. El 12 de agosto de 1898 se habían anexionado formalmente Hawaii, tenían también todo un rosario de pequeños enclaves enlazados en este océano, y dirigían ahora su mirada hacia el prometedor continente asiático. En esa ruta la Micronesia significaba una espléndida base de operaciones donde establecer una nueva estación naval y de carboneo, y donde erigir una central telegráfica y de comunicaciones integrada en la red del cable que un grupo de capitalistas querían tender entre San Francisco, Honolulú y Manila. De ahí vino el interés mostrado en la guerra del 98 por hacerse con Guam y Kusaie, objetivo que consiguió en el primer caso, pero no en el segundo por la oposición de Alemania y por la indecisión del Gobierno español, que no aceptó la cesión de Kusaie al ver que los Estados Unidos no le permitían retener ninguna parte de las Filipinas (87). Japón.-Junto a estas fuerzas establecidas en las Carolinas, al hablar de las naciones y los intereses presentes en las islas, es necesario citar a [78] Japón como caso especial, porque aunque fue un país fuertemente interesado por Carolinas, que en repetidas ocasiones mostró su deseo de aumentar su influencia en el archipiélago, su presencia no fue bien acogida y tampoco contó con el peso necesario para que sus pretensiones fueran tenidas en consideración en el concierto internacional. Principalmente hubo dos compañías japonesas operando en Carolinas: la de Seki, de Yokohama, que contaba con establecimientos muy pequeños pero muy extendidos en Truk, Ulea y las Palaos; y la Casa de Nonaka, que trabajaba en las Truk. Los representantes en estas compañías fueron los residentes más incómodos y conflictivos para la colonia, pues procuraban vivir lo más lejos posible de las autoridades españolas, imponiendo sus leyes y su soberanía sobre el archipiélago, sin estar registrados ni inscritos en parte alguna, y sin cumplir con la ley de extranjería (88). Prefirieron no establecerse legalmente y comerciar por su cuenta en lugares no ocupados, sin estar sujetos a ningún tipo de control, dedicados libremente al comercio de la copra, y frecuentemente al tráfico ilegal de armas y alcohol (89). A menudo crearon problemas por estas actividades de contrabando y por sus reyertas con los naturales; con ocasión de alguno de estos conflictos pidieron protección a España, cuyos representantes les contestaron que no les habían autorizado a vivir en las islas, sino que solamente habían consentido su permanencia en ellas por su propia voluntad y a todo riesgo, y que si no estaban dispuestos a cumplir con la ley de extranjeros renunciaban a todo derecho de reclamación (90). [79] A pesar de la difícil posición de sus comerciantes en el archipiélago, Japón estuvo muy interesado por ampliar su influencia y su radio de acción en las Carolinas. En primer lugar las islas presentaban aliciente como punto de escala para su comercio y como enclave estratégico en el Pacífico donde establecer una estación naval y de carboneo, puesto que el tráfico de barcos nipones que recalaban en ellas en sus travesías hacia Nueva Guinea, Nueva Zelanda o Australia era continuo. Por ello incluso propuso a las autoridades coloniales crear en Carolinas un depósito de carbón, que sería transportado por sus barcos desde Yokohama, y que ofrecía vender a 8,80 $ la tonelada, lo cual podría haber interesado a los españoles que dependían de los envíos de Filipinas y que en ocasiones sufrieron escasez de este combustible (91). Asimismo, las Carolinas significaban un espacio hacia el que canalizar su exceso de población. Por ello intentó que España autorizara el establecimiento de una colonia de poblamiento, y la explotación de las tierras por una compañía que recolectara copra y cultivara algodón y café (92). Pero el Gobierno español, asustado ante el creciente poderío de Japón, en quien veía una amenaza para sus posesiones orientales, no autorizó ninguno de estos proyectos. Es interesante al respecto la actitud de las autoridades de la zona y la correspondencia cruzada entre ellas: En febrero de 1892 el Ministro Plenipotenciario en Tokio informaba al Gobierno español que los japoneses -ignoraba si una sociedad o el gobierno- habían comprado a un alemán terrenos en Carolinas Orientales [80] con el propósito de enviar a ellas dos mil colonos, para lo cual el Gobierno japonés quería obtener las garantías necesarias de apoyo y aprobación por parte de los españoles. Sin embargo, el embajador recomendaba que se adoptaran las medidas necesarias para «contrarrestar los efectos de una influencia que podría ser de funestas consecuencias en el porvenir» (93). El Gobernador General de Filipinas, preocupado por el desarrollo de Japón y por sus deseos de expansión en el Pacífico, a instancias del Gabinete de Madrid, en junio de 1892 decidió enviar una escuadra a tierras niponas «para calibrar las intenciones de esta potencia sobre nuestras posesiones en Oceanía». En el informe que el Comandante de la expedición, Pita da Veiga, elaboró reflejando sus impresiones, mostró su sorpresa y admiración por el tremendo desarrollo que había adquirido Japón desde 1858. Manifestaba que esta potencia quería recabar para su bandera el transporte de mercancías y pasajeros desde Japón y China hasta Australia, América y Europa. Por ello le interesaba conseguir en Carolinas y en Manila puntos de escala en su vía comercial donde crear centros desde los que distribuir directamente sus productos a dichos mercados y a los puertos del Extremo Oriente, evitándose así los tributos de los agentes extranjeros. Por estas razones Japón tenía interés por estrechar los lazos con España. Concluía advirtiendo que aquella nación sería pronto una potencia de primer orden en el concierto mundial y en el Pacífico, que tenía exceso de población y grandes proyectos comerciales, por lo que querían extenderse hacia el sur. Por ello era necesario prevenirse para defender la soberanía española en estos mares. España no estaba en condiciones de enfrentarse a Japón (recursos limitados, erario público escaso, poco potencial militar, territorios sin ocupar ni vigilar, dominación incompleta, naturales rebeldes, falta de fuerzas navales, costas desatendidas, etc.). Cualquier conflicto tendría un triste resultado. Por ello pensaba que era necesario poner en condiciones de hacerse respetar a las fuerzas de mar y tierra, adoptar medidas que contrarrestaran el empuje y las pretensiones de Japón, procurando mantener buenas relaciones entre las dos naciones y evitando cualquier enfrentamiento (94). A su vez, el Gobernador Político-Militar de Ponapé se mostró totalmente contrario al establecimiento de japoneses en las islas. Frente a las ventajas que podía reportar la explotación de algodón y el café, tal como pretendían los nipones, pensaba que era preferible evitar las complicaciones que podría ocasionar una presencia notable de japoneses. Las islas no estaban totalmente dominadas y en ellas había aún núcleos hostiles a los españoles. Cualquier compromiso con una de las naciones vecinas más [81] potentes podría representar una amenaza y una dificultad más para el archipiélago.
Es decir, para las autoridades coloniales españolas Japón era una potencia demasiado cercana, cada vez más poderosa, y con un exceso de población y unas pretensiones comerciales, estratégicas y políticas que le hacían volver los ojos hacia las islas de su alrededor. Las Carolinas podían convertirse en un objetivo de su política expansiva. Por ello no parecía deseable tener en el archipiélago una colonia de poblamiento importante, ni que poseyeran intereses económicos fuertes que pudieran dar lugar a un conflicto que justificara una intervención militar nipona, que podría causar graves perjuicios a España, e incluso la pérdida de las islas. Por consiguiente, nunca se autorizó una presencia significativa de japoneses en las Carolinas, aunque debe considerarse a esta nación como la cuarta potencia implicada en la colonia española. Finalmente, hubo un quinto país que mostró su interés ocasional por las Carolinas. En 1897 Holanda reclamó sus derechos sobre las islas San David, situadas en el área más meridional del archipiélago, muy cerca de las Indias Holandesas, y que nunca fueron visitadas por los españoles. Por tal motivo un barco de guerra de aquel país visitó las islas e izó en ellas la bandera holandesa, manifestando que tomaba posesión de ellas en nombre del soberano de los Países Bajos y por orden del gobernador general de las Indias Holandesas. España mostró sus títulos sobre el archipiélago, y el conflicto se discutió por vía diplomática durante varios años, sin conseguir ningún acuerdo positivo antes de vender las Carolinas a Alemania (96). Como conclusión podemos señalar que las Carolinas españolas interesaron a las grandes potencias en el último tercio del siglo XIX, en primer lugar por su estratégica posición en el Pacífico -como puerta a Filipinas y al continente asiático y como enclave situado en el centro de rutas muy diversas, significativo cruce de comunicaciones-; en segundo lugar por el interés comercial que les prestaba el negocio de la copra, que hacía que los países hegemónicos quisieran defender los derechos y actividades de sus comerciantes y la libertad de comercio y explotación de las islas; y tercero por su valía en la carrera de expansión colonial como territorio que aumentaría la influencia de cualquier nación en la Micronesia, como base naval, telegráfica y de carboneo en el Pacífico, como espacio donde crear un colonia de poblamiento y explotación y como poseedoras de una importante misión religiosa norteamericana Este interés que despertaron las Carolinas españolas en el ámbito internacional se manifestaría en toda su plenitud con ocasión de las negociaciones de venta del archipiélago en 1899, en las que se entrecruzaron los intereses de todas las potencias implicadas en las islas. [83] Un símbolo de la estética del arte de Extremo Oriente (La flor de crisantemo en la literatura y pintura de finales del siglo XIX: Emilia Pardo Bazán y Alexandre de Riquer)Sue-Hee Kim Dept. de Historia del Arte III Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense de Madrid Las pinturas tradicionales del Extremo Oriente son para ser contempladas como un conjunto de símbolos, y sus temas característicos como los árboles, las rocas, las nubes, los animales, los insectos, las hierbas, las flores, etc., deben tomarse y comprenderse no sólo por ellos mismos, sino también por su significado. Ellos significan algo simbólico interpretado en un sentido y al mismo tiempo, en el otro, relacionado estrechamente con el concepto de la naturaleza diferente de lo occidental. Y la pintura y los escritos en la pintura extremo-oriental se complementan mutuamente y se intercalan en el mismo espacio del cuadro, particularmente en las pinturas de paisaje, de Corea, China y Japón, los países de la tradición cultura confuciana y sobre todo del ámbito de «caracteres chinos», letras milenarias de uso común en estos países aun hoy en día. Por esta razón, la frase de «aprender a escribir en China se conexiona estrechamente como el aprendizaje de pintar» ha sido aceptada para la mejor comprensión de la pintura del Extremo Oriente por parte de los occidentales. Los pintores y literatos europeos del fin del siglo XIX eran los admiradores entusiastas del arte de Extremo Oriente y con la llegada de las estampas japonesas a Europa a través de las exposiciones universales celebradas en las principales ciudades europeas, en Viena, París, Londres y, Barcelona, ellos se convertían en los coleccionistas y defensores fervorosos del arte del Extremo Oriente, representado en la ocasión por el arte japonés. Consecuentemente este entusiasmo y la curiosidad sentida en el conocimiento y la contemplación de las cosas y el arte de aquel lejano mundo se quedaron reflejados en sus obras de clara influencia extremo-oriental (97). Y es innegable la influencia del arte de Extremo Oriente en el [84] panorama artístico del fin del siglo, en las obras y manifestaciones artísticas tanto pictóricas como literarias, derivadas de la curiosidad y el entusiasmo por lo extremo-oriental y, sobre todo, las estampas japonesas de la escuela Ukiyo-e causaron un gran impacto en los pintores y escritores finiseculares (98). Y entre las obras influenciadas podemos observar la predilección por el tema floral y animalístico, no como el motivo u objeto decorativo y accesorio, sino como el principal y como el propio tema del cuadro. Un ejemplo notorio sería que hemos encontrado muchos cuadros con el tema del árbol de almendro en flor, muy frecuente en la pintura de paisaje de los pintores finiseculares. Son muchos los que plasmaron en sus cuadros el tema de almendro florecido en más de una ocasión a lo largo de su trayectoria artística. Este árbol de almendro en flor nos lleva directamente al cerezo Sakura florecido del Extremo Oriente como el símbolo de la temprana primavera. Sin embargo, la flor de crisantemo fue conocida como el símbolo representativo del Japón, cuyo arte e industria fueron presentados y divulgados a través de su participación importante y frecuente en las exposiciones universales desde la década de 1870, siendo una de ellas celebrada en Barcelona en 1888 (99). El crisantemo es una de las cuatro plantas consideradas nobles en el Extremo Oriente junto al ciruelo, la orquídea y el bambú, y es también considerado como la flor de otoño, del noveno mes del calendario lunar (100). Y a pesar de que el crisantemo simboliza la larga vida y lo duradero en el ámbito extremo-oriental, los pintores y poetas europeos lo plasmaron con el significado de la muerte y de la tristeza melancólica, en contraste de que había sido y es una de las flores preferidas de los pintores extremo-orientales en la estética y concepto de la escuela tradicional. Es precisamente la posibilidad infinita de poder expresar la belleza de sus pétalos de líneas volátiles, como de esparcir su fragancia a través de ellos igual que las hojas lánguidas de la orquídea trazando las líneas curvadas y a veces quebradas, que son ejecutadas o pintadas con el pincel de punta fina y en ejecución instantánea y de un solo trazo irrepetible, condicionado por el soporte tradicional de pinturas extremo-orientales. [85] Estos pétalos del crisantemo trazan unas líneas sutiles en el espacio movidos por el mínimo soplo del aire como si se tratasen de la caligrafía hecha con delicadeza y con temor (101). Y un ejemplo de esta delicadeza volátil fue realizado por Alexandre de Riquer i Inglada (1856-1920), pintor y poeta español, en la portada de su libro de poesías titulado Crisantemes, publicado en 1899. Antes de hablar de este libro, tenemos que anotar que existen muchos escritos u obras pictóricas con el tema de la flor de crisantemo en fechas anteriores y, sobre todo, el arte y la estética del Extremo Oriente fueron presentados y divulgados a través de las publicaciones periódicas como la España Moderna, la Ilustración Española y Americana, el Álbum Salón, la Joventut, etc., bien en artículos, poesías, ilustraciones o grabados como en crónicas y críticas. Algunos ejemplos son los siguientes: R. Becerro Bengoa escribió un artículo dedicado al crisantemo titulado «Flores de oro» en la Ilustración Española y Americana de 1890 y dijo entre otras cosas que: «Como esa mujer excepcional ha llegado de nuevo con su imaginación hasta las soledades de Asia pérsica, otras muchas, muchísimas, nada excepcionales, han recorrido de memoria los jardines del Japón en estos días, con sólo visitar las exhibiciones de hermosas y variadísimas crisantemas, flores de oro, que los amateurs elegantes han puesto de moda este año... El crisantemo simboliza la larga vida, y es objeto de especial culto en el Japón, donde se le dedica un día de fiesta: el noveno del noveno mes de cada año...» (102). Y E. Martínez de Velasco mencionó al crisantemo como «la flor oriental» al hablar sobre el cuadro del pintor inglés Frederick D. Miller, presentado en la sociedad española, y dijo que: «Crisantemos..., una joven está bordando, en terso cañamazo y en sedas de colores, un ramo de crisantemos, es a dedicar Flor Oriental que hay precioso adorno de los salones europeos...» (103). Lo que reflejan estos escritos relacionados con el Extremo Oriente es que el crisantemo introducido y revalorizado en Europa se convirtió en el elemento decorativo que simbolizó el exotismo japonizante en la sociedad finisecular española y europea indistintamente. Entre los literatos y pintores, defensores del arte y las cosas del Extremo Oriente, se destaca la figura de la escritora Emilia Pardo Bazán, quien escribió un ensayo dedicado al crisantemo y a la cultura japonesa titulado Crisantelmos en 1899, ilustrado por el dibujante Passos. En las páginas del Álbum Salón la insigne [86] escritora dijo entre otras cosas lo siguiente: «Los 'crisantelmos', pues, y nunca 'crisantemas', son la tardía flor de noviembre y diciembre; la flor de la helada rigurosa... los crisantelmos han soltado, sin temor a la escarcha, su cabellera de pétalos flexibles, finos, que huelen a manzanilla silvestre y almendra amarga... su aparición triunfante, la moda que lo aclimataba en adornos y en sombreros de señora, que lo agrupaba en los centros de mesa de los fastuosos banquetes, que lo sacaba del cementerio para entronizarlo en el foco mismo de la vida mundana, señalaba una fecha en la evolución de las ideas estéticas. El crisantelmo representaba el advenimiento del arte japonés. »Japonés por excelencia es el crisantelmo. Le veréis flotar lánguidamente sobre el paisaje de papel de arroz de los abanicos; resaltar, bordado con delicadeza, sobre las fajas y las túnicas de crespón y sobre la tirante seda de los «kakemonos»; brillar, esmaltado en oro, en las tazas, platillos y floreros de Satsuma; decorar, esculpido, los puños de sable, de marfil y las cajas y pebeteros de bronce... Lo que suelen llamarse floripones, en los pañuelos de Manila, no son sino crisantelmos... »Posee el crisantelmo doble, una escala de matices para seducir a un acuarelista. El crisantelmo tiene el aire peculiar de los objetos de arte japonés, que han hecho una revolución en el gusto europeo...» (104). La sensibilidad, la observación y el criterio lúcido de la escritora están reflejados en el ensayo que es comparable a otros escritos y manifestaciones motivados por el conocimiento y el encuentro del arte de Extremo Oriente de Gauguin, Goncourt y José Masriera, etc. Emilia Pardo Bazán habló en más de una ocasión sobre el «japonismo» de los escritores o pintores de aquel entonces y también fue la traductora e introductora de las obras de los hermanos Goncourt, los escritores franceses que pertenecieron al grupo de los más fervientes defensores de lo extremo-oriental. También eran coleccionistas de objetos artísticos llegados a aquel lejano mundo, vinculados igualmente el círculo de tertulias en torno a la revista de moda Revue Blanche. Y respecto al ámbito español, destacaríamos a la figura de Apel.les Mestres y de Alexandre de Riquer, el primero, como poeta, pintor, dibujante, compositor y amigo y colaborador de Pardo Bazán, y el segundo relacionado estrechamente al círculo de Mestres y a la familia Masriera de pintores y joyeros (105). La conocida escritora de aquel entonces Victor Catalá escribió un artículo titulado «Las crisantemas» en la revista Joventut, en 1901, como una poesía dedicada a la flor, el símbolo de la estética del país del sol naciente:
Todos los escritos y las manifestaciones pictóricas sobre la flor de crisantema tienen su culminación artística en la portada del libro de Alexandre de Riquer anteriormente citado. Riquer fue poeta, pintor, dibujante, en fin, un «artista total» en la Barcelona finisecular, comparable a la figura de William Morris en el ámbito inglés. Su libro es de un formato alargadísimo como si fuera un biombo japonés de varios paneles doblados y está lleno de las poesías dedicadas a su mujer fallecida. Y la flor de crisantemo, cultivada amorosamente por su amigo Mestres y llamada por Riquer «la flor exótica», está dibujada en la portada del libro con delicadeza y adoración. La portada es una obra muy bella por sí sola. Es como si fuera «el alma japonesa» dibujada en un panel del biombo de poesías escritas en caligrafía extremo-oriental. Riquer escribió una dedicatoria así para el libro: «A tu, regalin murmurador d'aygua puríssima que relexas les celesties á l'ombra del boscatge; clar mirall de nereydes, filles d'un raig de lluna y un petó de les boyres; á tu dedico aquest ram de Crisantemes» (107). Alexandre de Riquer dibujó las formas delicadas de los pétalos de la flor, finos y alargados, como los rayos del sol irradiados desde su centro. El colorido tenue y suave del crisantemo fue tema muy querido por los pintores y dibujantes del fin del siglo XIX, buscadores de una «nueva belleza», de diferente estética, de lo exótico y de lo lejano y lírico, escapándose del prosaísmo dominante de la realidad social pesimista de aquel fin del siglo español y europeo. Asimismo, los mencionados pétalos largos y curvados del crisantemo dieron la posibilidad de poder dibujar las líneas sutiles de «vuelo» que son comparables a los vuelos imaginarios de las figuras aladas de Mestres, de alas de libélulas o de mariposas y sus líneas de vuelo imaginadas en un espacio vacío. Y por añadidura, las expresiones contenidas en el libro de «Crisantemes» son comparables a las poesías de los poetas extremo-orientales y a las poesías de Mestres, «el poeta [88] oriental», con sus obras inspiradas en la naturaleza y en la propia poesía china. Riquer dijo: «los lotus somniadors», «tota una vida contemplant en lo cel la nau del lliri», «las dones d'aygua», «Rossinyo endressa la balada», etc., en sus poesías y ello explica el retrato que le hizo el pintor Ramón Casas. Es un retrato que está ejecutado sobre un fondo de flores de crisantemo de colores tenues, junto a unos fragmentos del texto del libro de Riquer. El fondo de color verde claro y suave y los pétalos volátiles del crisantemo dibujados en él representan el mundo de ensueño del poeta-dibujante. Asimismo, la ilustración de las páginas interiores encaja también dentro de la línea riqueriana. En ellas abundan las flores y las plantas como el crisantemo, el cardo, el loto, el bambú, las hierbas, las flores de cerezo y almendro, en resumen, los elementos de la naturaleza que están dibujados por Riquer en la técnica lineal y de silueta en la estilización y en el formato alargado de tiras decorativas. El «Crisantemes» de Riquer es una joya de los libros de bibliófilos que se hacían en el fin del siglo, uno de los más apreciados por los coleccionistas bibliófilos y por los artistas admiradores de lo japonés. Entre éstos, el poeta Francisco Villaespesa, autor de libros titulados como «Flores del almendro» o «Intimidades», escribió así:
De una túnica o kimono de seda bordado de crisantemos dibujó Riquer a la musa representando a la poesía y a la música. Sus plafones decorativos titulados «Música» y «Poesía» y realizado en 1897 del tema floral con lirios, hierbas silvestres y los crisantemos en la túnica de las figuras femeninas que sostienen un lirio y un instrumento musical en el formato alargado como si fuera de paneles de biombo. [89] La creación de instituciones benéficas filipinas: El Monte de Piedad, de ManilaLeoncio Cabrero Universidad Complutense de Madrid INTRODUCCIÓN Haremos una breve introducción sobre el proceso histórico de esta piadosa institución en Europa y España, antes del estudio concreto de la creación del Monte de Piedad de Manila. La aparición de estas instituciones se remonta a los siglos medievales; de los primeros que se tienen noticia aparecen vinculados a la orden franciscana. Los franciscanos introdujeron, en la ciudad italiana de Perugia, con el nombre de Monte de la Misericordia, el sistema de «empeño» para ayudar a los pobres o a aquéllos que habían sufrido algún revés de fortuna. A cambio de dinero, los necesitados depositaban algún objeto de valor o, simplemente, algo de tipo personal, como ropas, por ejemplo. Posteriormente, este servicio piadoso pasó a Roma, siendo su impulsor fray Juan de Calvi, quien contó con el apoyo y la protección del papa Paulo III. En 1539 ya funcionaba en Italia con una normativa: préstamos a seis meses y 6 por 100 de interés. A finales del siglo XVI esta institución, que había sido exclusiva en Italia, fue establecida en otras ciudades europeas como Brujas, Amberes, Gante, etc. En el año 1618 se fundó en Bruselas, y en 1684, en Montpellier. En España, a comienzos del siglo XVIII, el padre Piquer (109), imbuido de piedad y misericordia hacia los más desvalidos, sintió la necesidad de [90] crear un Monte de Piedad, en Madrid. Este sacerdote ya había realizado sus primeras experiencias en la serranía de Teruel, manteniendo permanentes contactos con los labriegos, la mayoría de ellos de humilde condición; trasladado a Madrid, descubrió que la ciudad tenía muchos menesterosos. Los biógrafos del padre Piquer, y especialmente por las minuciosas investigaciones realizadas por el profesor José López Yepes, señalan como fecha de la fundación del Monte de Piedad, de Madrid, el 3 de diciembre de 1702. Según los documentos, ese día el padre Piquer depositó un real de plata, ante testigos, en un cepillo de ánimas «para sufragio de las ánimas y el socorro de los vivos». Parece que esas fueron sus palabras exactas. El tesón del sacerdote y su constante preocupación por los necesitados poco a poco fueron dando resultados. Así, con fecha 13 de enero de 1712, el Consejo de Castilla aprobó los Estatutos del Monte, que habían sido redactados por el padre Piquer. Nace una nueva entidad: la Caja de Ahorros En el siglo XIX, también en Madrid, y siguiendo el ejemplo de entidades establecidas en Europa en el último tercio del siglo XVIII, especialmente desde 1787, con Cajas de Ahorros en Berna, Hamburgo, Kiel y Tottenham, entre otras, se crea la Caja de Ahorros madrileña, publicándose el Real Decreto del 31 de octubre de 1838. Como ha reseñado don Manuel Martínez Feirol en su trabajo «La Caja de Ahorros y Monte de Piedad, de Madrid, en la prensa del siglo XIX» (110), dos publicaciones madrileñas, el diario El Correo Nacional y el Semanario Pintoresco, que dirigía don Ramón de Mesonero Romanos -gran defensor de las Cajas de Ahorros-, dieron cabida a los 23 artículos relativos a su funcionamiento, también ya publicados por La Gaceta, de Madrid. Tanto El Correo como el Semanario Pintoresco glosaron la importancia de esta entidad bancaria como apoyo al Monte de Piedad, haciendo hincapié en los deseos de la Regente, la reina María Cristina: «Persuadida por cuanto me habéis expuesto, de lo conveniente que sería establecer en Madrid una Caja de Ahorros en la que puedan las clases menos acomodadas depositar sucesivamente ciertas cantidades, percibiendo réditos, con facultad de retirarlos siempre que les convenga; deseosa de mejorar la suerte y las costumbres de estas clases, tan dignas de mi maternal solicitud, estimulando la laboriosidad, economía y previsión, he venido a decretar, como Reina Gobernadora, en nombre de mí augusta hija, la Reina doña Isabel II: Artículo único: 'Se establecerá en Madrid una Caja de Ahorros y Previsión, con sujeción al reglamento, formado por el jefe político de la provincia, [91] en 9 del presente mes. Tendréis entendido y dispondréis lo necesario a su cumplimiento. En Palacio a 25 de octubre de l838'». Con fecha 22 de abril de 1869, las dos entidades, Monte de Piedad y Caja de Ahorros, se fusionaron. Estos son los antecedentes históricos de ambas instituciones en la península. Las primeras entidades bancarias en Filipinas A mediados del siglo XIX, agricultores e industriales residentes en el archipiélago comprendieron que para potenciar la economía era necesario recurrir al apoyo de la banca; también así lo entendieron las autoridades y los particulares. Para facilitar las operaciones bancarias, por R. D. de 11 de agosto de 1851 fue creado el Banco Español Filipino, que funcionó desde 1852. Las funciones mercantiles que realizó desde su fundación fueron descuentos de letras, pagarés y documentos de la Caja de Depósitos, giros sobre la península y el extranjero, cobranzas, cuentas corrientes, préstamos con garantías de alhajas de oro, plata y piedras preciosas, préstamos sobre depósitos de letras aceptadas, hipotecas sobre fincas e hipotecas sobre buques asegurados. Su capital inicial fue de 60.000 pesos, con un fondo de reservas, también, de 60.000 pesos. Se le autorizó a emitir billetes al portador, con un tope de 1.200.000 pesos. Además del Banco Español Filipino, desde mediados del siglo se establecieron otras entidades bancarias: el Chartered of India, Australia and China y el Hong-Kong and Shangai Bank Corp., ambos con sede en Manila. Pero ninguna de las tres entidades bancarias cubrió las necesidades económicas de las clases humildes. Los apuros pecuniarios de éstos habían propiciado la aparición de infinidad de casas de prestamistas que aplicaban intereses usurarios. Esta triste situación del trabajador, agobiado por los elevados intereses que imponían las casas de empeño y préstamo, fue lo que indujo a las autoridades, civiles y eclesiásticas, a intentar crear un Monte de Piedad en Manila, basando su propuesta en los resultados que tenía el de Madrid y el de La Habana, éste siguiendo los estatutos de la entidad madrileña. El primer intento de creación del Monte de Piedad, en Manila El 23 de diciembre de 1858 se acordó la creación del Monte, utilizando como borrador de los Estatutos el reglamento del de La Habana, con algunas correcciones acordes con la idiosincrasia filipina. [92] El Monte debería hacer frente, únicamente, a los gastos de mantenimiento, considerándose suficiente el cobro de un 2 por 100. Para iniciar sus tareas era necesario contar con un capital inicial, por cierto, libre de gravámenes. Se pensó que la cantidad necesaria podrá provenir de los «fondos de la comunidad», que se destinaban a socorrer a los necesitados de los pueblos indios, ya que éstos, en esos momentos, tenían un excedente económico. También se acordó que tanto al director como al contador se les exigiese la misma fianza, dado que tenían responsabilidades similares. A los empeñantes no se les exigía ningún tipo de aval personal, considerándose suficiente con las prendas entregadas para la obtención del préstamo. En el artículo 23 se añadía la responsabilidad criminal que se exigiría a los empleados, y en la cláusula 5.ª del artículo 34 se interpretaba que convendría señalar que «los precios acordados los fijaría el tasador, asumiendo éste la correspondiente responsabilidad». El 23 de octubre de 1859, el Consejo de Estado, tras las consultas evacuadas en informe manifestando que, a tenor de lo expuesto en el Reglamento enviado desde Filipinas, no era oportuno que el Monte de Piedad estuviese bajo la inspección de la superintendencia de la Real Hacienda, pues una institución benéfica como pretendía ser el Monte debería estar bajo la tutela del gobernador. Se autorizaba hacer uso de los fondos de la comunidad para su constitución y, finalmente, acordaba el nombramiento de una Junta, integrada por personas de reconocida solvencia. Este primer intento de creación de un Monte de Piedad quedó en el olvido hasta que veinte años más tarde, nuevamente, se consideró la importancia de esta institución benéfica. El Monte de Piedad de 1880 En marzo de 1880 el gobernador Moriones finalizaba su Memoria Secreta sobre el gobierno en Filipinas (111). En ella señalaba la importancia del establecimiento de un Monte de Piedad en las islas. «Deseoso de implantar en este pueblo dos grandes instituciones hijas de la civilización y del adelantamiento en moral de las sociedades modernas, pensé en llevar a cabo la creación de un Monte de Piedad y Caja de Ahorros, fundación que será de gran importancia por todas las condiciones especiales de la localidad, pues permitirá sin el menor riesgo para los capitales que constituyan el fondo adquirir sumas de dinero a las clases necesitadas, mediante un módico interés, librándolas del rédito enorme que deben pagar para la adquisición de los que necesitan y que piden a préstamos bajo las garantías de sus propiedades tangibles» (112). [93] El gobernador Moriones, preocupado por el bienestar del indígena, no había vacilado en recabar fondos para el establecimiento del Monte de Piedad. Pensó que esos fondos podían ser los de la Casa de la Misericordia, que llevaban años sin ser utilizados. Pero ¿qué era la Casa de la Misericordia? Esta hermandad se había fundado en 1594 con el objeto de practicar la caridad entre los más necesitados; sus fondos se habían ido engrosando con las limosnas entregadas por los socios. Entre las actividades realizadas por los siglos XVII y XVIII estaban las de recoger niñas huérfanas y desvalidos, hijos de españoles. Para atender a la educación de las niñas con fondos de la hermandad se creó el Colegio de Santa Isabel. Desde 1861, con cargo al Estado, se señalaron consignaciones tanto para el Colegio de Santa Isabel como para el de Santa Potenciana; por lo tanto, desde 1861 los fondos no se habían utilizado. El gobernador, además, hizo otras indagaciones sobre diversos fondos inmovilizados. Así, por ejemplo, 1.555,03 pesos procedentes de los intereses acumulados durante 21 años, del tramo de Censor y Capellanías. Tampoco se había utilizado la cantidad de 10.433,42 pesos, destinados a limosnas para los pobres. Estos fondos, por orden del gobernador, fueron destinados a la creación del Monte (113). Al darse estos primeros pasos se consultó al general 2.º cabo, al comandante de marina y al arzobispo, todos contestes en la importancia del establecimiento del Monte, no así de la Caja de Ahorros, por lo que se solicitaron nuevos pareceres antes de volver a discutir este punto. En marzo de 1880, Moriones, con todos los informes favorables, decretó: 1. Creación del Monte de Piedad, con capital propio, procedente de las obras pías. 2. Que dicho establecimiento se regirá por los Estatutos de Madrid, que fueron aprobados en su totalidad, y 3. Hacer uso del capital procedente de las obras pías, que ascendía a la cantidad de 33.959,67 pesos, cantidad en la que estaba incluida el legado extraordinario del abate Sidoti, con destino a los misioneros: «Señaló el gobernador que los fondos que constituyen el capital, que asciende a 33.959,67 pesos, procedente de obras pías para limosna a pobres y manutención de misioneros, se destinan a cubrir los gastos de instalación. Que el director de la Casa de Misericordia haga entrega al director gerente del Monte de Piedad de las cartas de pago correspondientes a los precitados precios y ponga a su disposición las distribuciones que anualmente se verifiquen de las obras pías que se destinen a este objeto para que con ellas atienda a los gastos de instalación, en el primer año y, en los siguientes, al pago de las operaciones del establecimiento». Entre el gobernador y la dirección de la administración civil se entabló una pugna por la competencia sobre la recién creada entidad. Moriones [94] mantuvo que era competencia del Vice-Real Patrono, cargo unido al de gobernador, que tenía el control de todas las obras pías. La inauguración oficial En telegrama fechado el 20 de julio de 1882, en Manila, se comunicaba que el Monte de Piedad se había inaugurado coincidiendo con el santo de S.M. la Reina. Desde su establecimiento se fueron modificando algunos artículos del Reglamento para ajustarlos a las necesidades y peculiaridades de la población filipina. La primitiva sede del Monte de Piedad fueron unos locales del Colegio Santa Isabel. Con el paso del tiempo, el volumen de las operaciones había aumentado y las instalaciones se hicieron estrechas, por lo que el secretario de la junta, señor Marzano, en una gestión desinteresada, renunció a su sueldo de 50 pesos mensuales, como colaboración al pago del nuevo alquiler. También, con este objeto, el nuevo gobernador don Emilio Terrero hizo un generoso donativo. Tras largas gestiones se localizó un terreno en el puente de Santa Cruz, junto al estero Tetuán, con fachada a las calles de Goiti y Escolta. El 24 de julio de 1887 se colocó la primera piedra, inmueble en propiedad. El arzobispo, como presidente del Consejo de Administración, y deseoso de ver finalizadas las obras, depositó en el Banco Español Filipino la cantidad de 8.000 pesos, transferidos a la tesorería del Monte. Este dinero procedía de la contribución pública para el buque de guerra «Filipinas», y que no habían sido utilizados; no era una inversión a fondo perdido, ya se condiciona su uso a su devolución cuando las condiciones económicas del Monte lo hicieran posible. El Ayuntamiento encargó al arquitecto don Juan de Hervás los planos y la ejecución de las obras, que realizó gratuitamente. Apenas se habían iniciado las obras cuando ocurrió la muerte del arzobispo Pedro Payo, en enero de 1889. El 4 de julio de 1894, el nuevo arzobispo, Bernardino de Nozaleda, inauguró el edificio, de estilo seudorrenacentista. Por fin, la institución tenía una sede digna y cómoda. Los sucesos políticos y bélicos ocurridos en el archipiélago, desde 1896 hasta la ocupación norteamericana, repercutieron negativamente en la actividad económica de las dos entidades, aunque lograron sobrevivir. Ya en el siglo XX, la institución española del Monte de Piedad y Caja de Ahorros ha continuado en Manila. En la actualidad, ambas, son entidades bancarias, económicamente muy fuertes en las islas Filipinas; sus operaciones corresponden a las necesidades de nuestro tiempo, aunque todavía conservan algo del pasado hispánico: la ayuda al necesitado mediante la entrega de objetos, el empeño, que en el año 1702 estableció en Madrid el padre Piquer. [95] Filipinas y las publicaciones periódicas madrileñas de la 2.ª mitad del s. XIX: Notas para un análisis estadísticoCarlos García-Romeral Pérez Universidad Complutense INTRODUCCIÓN El campo de estudio se ha restringido, en lo cronológico, a la 2.ª mitad del s. XIX y en lo geográfico a Madrid. La primera acotación no sólo se ha realizado desde un punto de vista pedagógico, sino histórico, ya que la segunda mitad del siglo XIX es la época más conflictiva de la historia de España y que desemboca con la pérdida de las últimas colonias ultramarinas; la segunda lo es de tipo geográfico, ya que Madrid es el epicentro en el cual confluyen todos los conflictos peninsulares y ultramarinos, su prensa es centro de opinión y controversia. La elección de las publicaciones periódicas se ha basado en varios factores: tipo de publicación, tiraje, duración en el tiempo, tendencia o corriente de opinión política, significación social... Son publicaciones editadas en Madrid y distribuidas por casi toda España. Así, pues, se han seleccionado los siguientes diarios:
Las referencias periodísticas elegidas intentan destacar no sólo calidad de los redactores, sino su valor cultural y su influencia sobre la opinión de los lectores. La cantidad total de referencias seleccionadas es de 123 pertenecientes [96] a las 10 publicaciones antedichas, las hemos agrupado en 7 grandes grupos temáticos:
No se ha establecido una clasificación por el periodista (escritor-periodista), aunque sí tendremos en cuenta las secuencias de artículos que tengan una unidad temática intrínseca o bien una colección de artículos que puedan tener vida propia fuera de la publicación diaria en que han sido publicados. Asimismo, se diferenciarán las noticias por la tendencia de las publicaciones, estableciendo comparaciones entre tipo de referencia y corriente de opinión o tendencia política de las publicaciones seleccionadas. Un problema terminológico: noticia, artículo o referencia periodística Se ha planteado un interrogante al iniciar el trabajo de recopilación de los datos existentes en las publicaciones periódicas, ¿cómo denominar dichos datos?; en un principio opté por tres términos básicos del lenguaje periodístico: noticia, artículo y referencia periodística. Cada uno de ellos puede integrar al otro y alguno puede integrar los significados anteriores sin debilitar el propio. Así, pues: Noticia, en una de las acepciones a esta entrada la Academia de Lengua Española (114), dice: «divulgación o publicación de un hecho». No hace referencia al medio sino al acto mismo, ve el término como una palabra abstracta que necesita de un medio, oral o escrito, para realizarse. Artículo, en una de las acepciones que da a esta entrada José Martínez Sousa (115), dice: «texto unitario de regular extensión, consagrado a una información, una explicación o un comentario, en el que el autor sostiene determinadas opiniones, desarrolla una idea o comenta un hecho, y que aparece en las publicaciones periódicas». Esta definición nos ofrece tanto un aspecto comunicativo, en donde se muestra una opinión o se da una información, o sea, se divulga una noticia, como un medio de comunicación de masas, en donde dicha noticia toma forma de un artículo. Por lo tanto, el artículo puede dar noticias, pero no todas las noticias, ni todas las colaboraciones que edita una publicación periódica son artículos. [97] Referencia periodística, en contraste con los demás términos analizados, que por sí mismos no dan una idea exacta del examen y posterior recopilación de los datos; he intentado explicar mediante un sintagma compuesto por un sustantivo abstracto que abarque la mayor cantidad de conceptos sin excluir casi ninguno: referencia que, según el glosario de A.L.A. (116), se define como «conjunto de elementos bibliográficos que cita o se refiere a una obra y lo suficientemente completo como para dar una identificación única de esa obra para una particular función blíbliográfica». Si a este primer elemento del sintagma le añadimos un adjetivo: periodístico, lo referido a los «periódicos», que según el glosario de A.L.A. (117) se define: «publicación periódica que aparece a intervalos regulares (por lo común, a diario, semanal o bisemanalmente) y que contiene noticias, opiniones, anuncios y otro tipo de información de actualidad, con frecuencia local». La suma de ambos términos crea un sintagma que recoge exactamente aquellas referencias que hemos recogido. Por lo tanto, podríamos redefinir el sintagma referencia periodística como el conjunto de elementos bibliográficos que se encuentran insertos en publicaciones periódicas y tienen un tema en común, en este caso Filipinas, independientemente de la categorización interna dentro de la publicación. Si al sintagma referencia periodística lo acotamos con sólo aquellas referencias que lo sean de índole cultural, ya que el conjunto de éstas forma un marco general de los modos de vida, costumbres, grado de desarrollo..., en un cierto momento histórico, que a su vez es susceptible de analizar. Así pues he recogido 123 referencias periodísticas que nos intentan mostrar lo que es Filipinas y cómo se puede conocer a través de las publicaciones periódicas diarias. Notas para un análisis estadístico Las referencias periodísticas seleccionadas pueden ser reducidas a datos numéricos, o sea, se puede establecer con ellas un cálculo de medidas y cantidades derivados de estos datos, mostrándolos para su análisis en forma de gráficos o de tablas. El método estadístico relaciona los datos con modelos teóricos; en este caso, establece una relación con el momento histórico en el cual se insertan las publicaciones y que nos permite individualizar y a su vez relacionar entre sí la información recogida. Así pues, he de mostrar algunas notas de lo que podría ser un análisis estadístico de las referencias periodísticas sobre Filipinas. [98] Evolución de las referencias periodísticas sobre Filipinas e historia de España Las publicaciones periódicas madrileñas de la segunda mitad del s. XIX no dan la misma importancia a las informaciones sobre Filipinas: Con relación al gráfico anterior que muestra la relación entre número de noticias y publicación periódica. A continuación quiero detallar la relación existente entre número de noticias sobre Filipinas, tendencia del diario y número de ejemplares remitidos fuera de Madrid: 1. El Pensamiento Español (1860-68 y 1870-74), de tendencia católica, con una tirada media anual, fuera de Madrid (118), de 4.915 ejemplares, 1 noticia. 2. El Mundo (1870), tendencia moderada, 1 noticia. 3. El Fénix (1857-59), tendencia liberal, tirada media anual fuera de Madrid de 1.926 ejemplares, 2 noticias. 4. La Nación (1849-56), tendencia progresista, 2 noticias. [99] Se ha pretendido reflejar todas las corrientes de opinión política española del s. XIX. Los extremos antagónicos representados por católicos (0,8 %) al lado derecho y progresistas y liberales (8,1 %) al izquierdo no representan más que el 8,9 % de las referencias sobre Filipinas; quizá estas corrientes se encuentren más interesadas en la política interior que en las posesiones ultramarinas del Pacífico. En cambio, los independientes (32,5 %), demócratas (29,3 %) y moderados (29,3 %) representan a amplios sectores de la población, no sólo se encuentran entre sus receptores: intelectuales, clases trabajadoras, en general..., sino también industriales, capitalistas, militares..., a quienes les interesa por diferentes motivos noticias, tanto socio culturales como económicas de las Islas Filipinas. Asimismo, se puede observar cómo están repartidas el número de referencias periodísticas, teniendo en cuenta tanto la tendencia de las publicaciones como el año de publicación. Se vuelve a corroborar el mayor número de publicaciones de los diarios independientes, pero una mayor regularidad en la prensa moderada y en la demócrata, así como una atención menor y más puntual en las demás tendencias. Hemos de tener en cuenta que las publicaciones independientes, aunque no faltas de contenido político, representan un cambio en la forma de informar, ya no es la opinión, ni artículo de fondo [100] generalmente encargado a escritores-periodistas, sino empieza a transformarse en información más opinión a cargo de profesionales del periodismo, ya el escritor en las publicaciones pasa a un segundo plano, encargándose de secciones muy determinadas: culturales, folletines, crítica... No informativas. Este cambio no termina en el s. XIX, sino que se va realizando paulatinamente internándose en las tres primeras décadas del s. XX, en donde comienza a realizarse el periodismo tal y como lo entendemos hoy en día. Al analizar las referencias periodísticas he marcado cinco etapas, la primera de ellas comienza en 1850 y la última finaliza en 1899. Desde un punto de vista cronológico, partimos de la década moderada (1844-1854); ocupa el bienio progresista (1854-1856); el restablecimiento de la constitución de 1845, época de dominio de la Unión Liberal (1856-74); y terminando con la época de la Restauración (1875-1902). Con tal convulsión política las referencias a Filipinas según nos muestra el gráfico 4. Observamos la progresión de referencias y su coordinación con la historia de España si de 1850 a 1869 se ha seleccionado 20 noticias en un momento de especial virulencia en la Península: la huelga general de Cataluña (1855), la guerra de Marruecos (1859), las guerras carlistas, la primera guerra de Cuba, etc., son noticias, entre otras, que preocupan más [101] a los españoles. Entre 1870 y 1889 se duplican las del período anterior, 42 noticias, pero sigue siendo ésta una época igualmente virulenta: la continuación de las guerras carlistas, promulgación de la 1.ª República (1873)... En cambio, la década de 1889 a 1898, con 66 noticias, representa el 57 % de las referencias sobre Filipinas, el interés de los diarios por Filipinas coincide con las épocas de guerra y el posterior derrumbamiento del imperio de ultramar. Independientemente de la progresión de referencias periodísticas relativas a Filipinas no llega a la importancia que en este medio de comunicación tuvo las diferentes crisis cubanas. Oriente está lejos y máxime cuando la política exterior española va cambiando hacia el Norte de África, relegando a las Islas Filipinas a un segundo o tercer plano. El hipotético «olvido» de las posesiones españolas en Oriente se hace más evidente al dividir las noticias dependiendo de su organización temática, según nos muestra: Las referencias políticas, opinión, económicas y generales, representan el 64,0 %. Así como las bibliográficas, o sea, aquéllas que hacen referencia a las nuevas publicaciones de libros sobre las Islas Filipinas, el 46,0 %. Lo mismo ocurre con las noticias culturales en donde he sumado todas aquellas referencias, en donde Filipinas se ve o bien desde una perspectiva histórica, costumbres..., o como tema de un folletín (muy normal en el s. XIX), está contemplado desde una perspectiva intrínseca, aquello que pertenece a Filipinas, y desde una perspectiva extrínseca aquello que los demás creen que es Filipinas y que es lo que realmente va a trascender a la opinión pública. En el apartado educación se han recogido artículos de personajes que están relacionados directamente con Filipinas. Otro aspecto importante radicaría en conocer cuál es la referencia periodística dominante, dependiendo del tipo de noticia. Así pues, tenemos que las tendencias representadas reflejan los datos siguientes: 1. Independientes, con un 32,5 %, está integrada por: 2 culturales, 7 bibliográficas, 8 de opinión, 7 políticas, 16 generales. [102] 2. Demócratas, con el 29,3 %, está integrado por: 2 economía, 4 educación, 2 opinión, 5 bibliografía, 5 cultura, 5 noticias, 13 político. 3. Moderados, con el 29,3 %, está integrada por: 1 opinión, 3 cultura, 4 economía, 6 noticia, 6 político, 16 bibliografía. 4. Liberales, con un 6,5 %, está integrada por: 1 de opinión, 2 bibliográficas, 5 noticias. 5. Progresistas, con el 1,6 %, está integrada por: 1 noticia, 1 bibliografía. 6. Católicos, con un 0,8 %, está integrada por: 1 político. Tan sólo los demócratas tocan todos los temas en que he dividido las referencias periodísticas, seguidos de moderados e independientes. El grupo temático al que todos hacen referencia, a excepción de la prensa católica, son los anuncios de venta de obras sobre Filipinas, la tendencia más destacada en este tipo de anuncios. Las colecciones de referencias periodísticas Me refiero a aquellas referencias periodísticas que pueden existir fuera del contexto de la publicación periódica en la cual aparecen, o sea, que tienen una unidad argumental prefijada por el escritor-periodista; para ello he señalado una extensión mínima de tres referencias sobre una misma base temática y un mismo autor: La Época publicó en 1862 seis artículos de don Antonio G. del Canto, bajo el título «España en la Oceanía», en un momento en que España inicia su penetración en Joló y Mindanao; es una reflexión sobre el pasado, presente y futuro de España en el Pacífico. El Heraldo de Madrid publicó en 1895 cuatro artículos de don Pablo Feced y Temprano agrupados bajo el título: «Croquis filipinos», en donde se hace una llamada a los españoles a colonizar Mindanao; esta serie de artículos está en línea con los de Antonio G. del Canto; aunque hay una separación de 33 años, se sigue haciendo una política gubernamental de llamada de colonos a colonizar Filipinas. La Iberia publica entre 1896 y 1897 una serie de diez artículos de Manuel Alhama agrupados bajo el título: «Mis viajes por Filipinas» o «Mis notas de Filipinas». Nos cuenta sus impresiones años antes de su emancipación de España. El Heraldo de Madrid vuelve a publicar entre 1896 y 1897 una serie de artículos de Santiago Mataix, donde nos cuenta sus viajes e impresiones de Filipinas; éstos se realizan desde una perspectiva distinta de los artículos colonialistas de 1895; al igual que los de La Iberia, nos muestra una Filipinas en guerra contra España. Estos cuatro escritores-periodistas representan al núcleo principal de aquellos que escribieron en los diarios sobre Filipinas. Observamos que en el hueco informativo existente (referido a este tipo de artículos) entre [103] 1862 y 1895 estos 33 años se llenan con informaciones diversas, pero que no tienen la coherencia informativa de estos cuatro grupos. Escritores-periodistas filipinos Tan sólo he reconocido a Pedro Alejandro Paterno; hay cuatro artículos que hacen referencia a él; dos en La Época y dos en El Imparcial. Tres de ellos son anuncios de sus actividades editoriales, la edición de una novela (Ninay) y los otros dos conferencias sobre Filipinas. En El Imparcial publicó la letra para la música de un antiguo canto filipino, titulado: «Comintana». Se puede destacar en este apartado el uso de pseudónimos que pueden sonar al lector a nombres filipinos como es el caso de Pablo Feced y Temprano, que se hacía llamar Quioquiap. Bibliografía: referencias de prensa utilizadas Se han seleccionado 123 referencias, las cuáles se han organizado por orden alfabético de autores, y cuando éstos no existían, por título. Cada referencia recoge los siguientes datos: autor, título, publicación periódica, lugar de publicación, fecha. Bibliografía: referencias de prensa utilizadas ABELLA, VENANCIO M. (1984), «La libertad de siembras de tabacos en Filipinas», en La Época, Madrid, 10-3-1875. ALAS, GENARO, «Reunión ordinaria de la Sociedad Geográfica». Dará su primera conferencia sobre la dominación en Mindanao, en El Imparcial, Madrid, 2-12-1894. ALAS, GENARO, «Mindanao: la victoria de Marahuit», en La Correspondencia de España, Madrid, 1-6-1895. ALAS, GENARO, «Java y Filipinas. Comparación», en La Correspondencia de España, Madrid, 4-6-1898. ALAS, GENARO, «Comentario de Filipinas», en La Correspondencia de España, Madrid, 10-6-1898. 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[109] Taiwán y el medio ambiente: El «dragón» que devora su futuroLa isla de Taiwán, llamada oficialmente República de China, es un singular enclave sometido a todas las contradicciones típicas de un modelo de desarrollo disparatado en un entorno político artificial e histérico. Desde que los derrotados seguidores del Partido Guomindang llegaron a la isla tras ser expulsados por Mao Zedong, la opción desarrollista, basada en una economía exclusivamente orientada a la exportación y en un casi exclusivo partenaire comercial (Estados Unidos), ha convertido la maravillosa isla (bautizada Formosa por los portugueses) en solar contaminado, con atmósfera y aguas envenenadas por la feroz actividad industrial y la casi nula vigilancia oficial. Tras la desaparición del caudillo nacionalista Jiang Jieshi (llamado en Europa Chiang Kai-Shek) y de su hijo y sucesor, la situación política ha ido mejorando lentamente, permitiendo la acción in extremis de un activo movimiento ecologista que combate sin reparo al sistema productivo contaminador. Variables socioeconómicas dramáticas Taiwán está habitada por 20 millones de personas, que se acumulan en la costa y los estrechos valles de un mundo insular de 36.000 km2 de superficie que, además, está accidentado, con una espinazo montañoso de alturas que superan los 3.900 m. Sobre tan reducido espacio vital se desarrolla una actividad industrial febril, con incrementos medios del PIB del 8-10 por 100 anual, mínima inflación del 1-2 por 100 y alta renta per capita de unos 7.500 dólares. Las reservas en divisas acumuladas ascienden a 75.000 millones de dólares, que sitúan al país en el tercer puesto mundial. Aunque la industria de mayor valor añadido es la exportación de productos electrónicos, la isla acoge todo tipo de actividades económicas pesadas, o básicas: refinerías, plantas petroquímicas, grandes astilleros, centrales nucleares, etc. Junto a Corea del Sur, Hong Kong y Singapur forma el famoso cuarteto de los «dragones» del desarrollo en el Extremo Oriente, afirmados todos ellos en situaciones políticas a cuál más peculiar. [110] Escalafón/explotación étnica La población de la isla está formada por un elemento étnico predominante, de tipo chino, que ocupó la isla en el siglo XVI y supone actualmente el 80 por 100 del total. Son los taiwaneses los que han sufrido tradicionalmente la colonización y la invasión de sus poderosos vecinos (Japón, sobre todo), y también de las potencias europeas. La actual mayoría se impuso, en su día, a la población aborigen, de tipo malayo-polinesio, que actualmente supone un 2 por 100 del total, y vive arrinconada y humillada, soportando el implacable castigo del desarrollo y la marginación. Pero en 1948-49 llegaron a la isla los chinos del Guomindang, que siendo minoría se impusieron y han gobernado como colonialistas la isla y los recursos. Esta invasión «política» ha sido siempre rechazada, en mayor o menor grado. Con la apertura política y los primeros pasos democráticos las reivindicaciones taiwanesas se han estructurado en torno al Partido Demócrata Progresista (PDP), que ya cuenta con el 30 por 100 de los votos. El propio presidente actual, Lee Teng Hui, sucesor de la saga de los Chiang, es taiwanés de origen, lo que ha supuesto toda una revolución mental en las filas del partido en el poder. Frente al irredentismo nacionalista del Guomindang, que sigue pretendiendo «unificar» la madre patria con la homogeneización de las tierras continentales y de la isla, los taiwaneses del PDP aspiran a la «independencia», es decir, al establecimiento de una separación política e ideológica total con la actual República Popular China. Dado que estas aspiraciones siguen siendo «tabú» en el mundo político controlado por el montaraz Guomindang, el PDP administra con prudencia esta pretensión que, además, divide a sus miembros entre radicales y moderados (partidarios de un entendimiento con Pekín). Sus actuales líderes pertenecen a la facción moderada y se impusieron a finales de 1988 a los partidarios de la independencia de la isla. La ruina de los recursos naturales En esta República nacionalista insular parece como si los dirigentes hubieran decidido, tras su expulsión y derrota por los comunistas, construir un Estado superdesarrollado sobre la endeblez de una ideología irredentista. Especialmente agresivo ha sido el desarrollo económico tras el reconocimiento de Pekín por los Estados Unidos, momento en que el Guomindang y su fanfarria política sufrieron un serio golpe. La frustración encontró salida mediante la aceleración del desarrollo y la conquista del mercado estadounidense, que absorbe actualmente el 80 por 100 de las exportaciones de la isla. Los años 80, efectivamente, han supuesto una etapa de destrucción medioambiental sin precedentes, habiéndose alcanzado situaciones irreversibles [111] a lo largo y lo ancho de toda la isla. Esto es especialmente dramático en lo que se refiere a la cubierta forestal tropical, aniquilada por la invasión del espacio rural por la industria y por la necesidad de incrementar las plantaciones de arroz, ocupadas, a su vez, por la expansión urbana. Las ciudades se comen los campos de arroz; éstos corroen el bosque; y éste desaparece y se ve sustituido por especies de coníferas de crecimiento rápido. La espléndida fauna del bosque tropical retrocede y perece: ya no se detecta la presencia de esa maravilla zoológica que era el leopardo manchado. El bosque ha sido triturado, también, por la política de descentralización de industrias, que ha implicado, también, innumerables carreteras y, en consecuencia, una creciente exposición a la erosión de un suelo que, en general, posee altas pendientes y resulta muy vulnerable a las lluvias. La construcción de numerosos pantanos en las cuencas altas de los ríos resulta en cierta medida inútil, al estar sometidos a un alto grado de colmatación por los sedimentos que arrastran las fuertes lluvias. Los cultivos intensivos de arroz absorben, por otra parte, cada vez más fertilizantes. Se ha triplicado su consumo en 30 años, mientras que la superficie cultivada solamente ha aumentado en un 3,5 por 100. La ineficiencia es, pues, creciente, en unos suelos que ya no son los de óptima calidad que durante siglos abastecieron de arroz a toda la población. El exagerado consumo de abonos nitrogenados y fosfatados ha llevado a la contaminación de los acuíferos. Se asegura que un 20 por 100 de las aguas continentales no son ya aptas para el consumo. Al problema que generan los fertilizantes hay que añadir el de los pesticidas, también usados en exceso en los arrozales. Las medias de estos inputs son de 4 kg/ha, de las más altas del mundo. El resultado es el envenenamiento frecuente de los trabajadores y los consumidores, así como la infertilización por contaminación de los suelos. Muchos agricultores se abstienen de consumir sus propios productos cultivados con estos compuestos agroquímicos, a la vez que denuncian este modelo de explotación intensiva del campo típicamente occidental y abiertamente contrario al seguido tradicionalmente en Oriente. Una de las manifestaciones más sonadas de los últimos años agrupó a miles de campesinos que exigían más defensa sanitaria frente al envenenamiento por pesticidas y fertilizantes. Aire insano, aguas pestilentes Taibei, con un quinto de la población total de la isla, es una de las ciudades más contaminadas del mundo, con cielos irrespirables y aguas pestilentes. Muy pocas ciudades depuran sus vertidos, que se mezclan con los procedentes de las industrias esparcidas por todo el territorio. Taiwán posee uno de los índices más altos del mundo de hepatitis contraída vía aguas insalubres o alimentos contaminados (el 30 por 100 del arroz está [112] afectado por metales pesados tóxicos). De algunos ríos, en su curso bajo, se dice que además de llevar aguas impuras, son flujos de líquido combustible, por los vertidos industriales que los alcanzan. Los ciclistas urbanos con máscara anticontaminación son parte del paisaje de la atormentada ciudad de Taibei, con medias de contaminación del aire usualmente dos o tres veces por encima de las habituales (o permitidas) en las ciudades europeas. Hasta 1983 no empezó a funcionar la primera institución oficial medioambiental, la Agencia de Protección Medioambiental, que muchos consideran llega demasiado tarde. En consecuencia, es casi total la ausencia de datos concretos sobre la contaminación y la evolución a lo largo de los últimos 20 años. Uno de los reflejos más claros del caos económico- ambiental en que se desenvuelve la isla son los desastres que con frecuencia afectan a las instalaciones de acuicultura, uno de los orgullosos «espejos» del desarrollo nacional. La contaminación de las aguas que se emplean produce mortandades ingentes, además de inducir crecientes conflictos de uso del agua entre agricultores y acuicultores. Contra la energía nuclear Como no podía ser menos, la economía de Taiwán se dotó en los años 70 de un ambicioso programa nuclear, que llevó a la instalación de tres centrales que suministran más del 50 por 100 de la energía eléctrica de la isla. Sin embargo -y de forma no menos típica-, el excesivo ardor nuclearizante de los gobernantes generó una respuesta contundente, mitad ecologista, mitad política, qué impidió la construcción de una cuarta planta. Por supuesto que el ambicioso programa de 20 centrales ha quedado sin efectos prácticos. El orgullo desarrollista del Guomindang ha sufrido este agravio mientras las sospechas de que el programa nuclear buscaba, adicionalmente, utilizaciones atómicas menos pacíficas ocasionaba, además, problemas internacionales. En dos ocasiones, al menos, las presiones de Estados Unidos han forzado a abandonar instalaciones «críticas» que, subrepticiamente, las autoridades iban desarrollando al amparo de los centros de investigación civil. De todas formas, algunos observadores consideran que Taiwán posee acuerdos secretos con Israel y Sudáfrica en relación con la disponibilidad de la bomba, que esas otras potencias poseen con casi total certidumbre. El movimiento antinuclear se fundamenta en el pésimo emplazamiento de las centrales existentes, construida una en un área volcánica y otra sobre el borde del llamado «Cinturón de fuego del Pacífico», sobre el que, en realidad, se asienta la isla entera. Pese a la opacidad informativa, se han detectado diversas fugas de agua radiactiva en los últimos años, y actualmente atrae toda la atención de los antinucleares el programa de [113] selección de un emplazamiento definitivo para los residuos de alta actividad (combustible irradiado). Mensaje radical de los ecologistas taiwaneses Algunas encuestas señalan que más de la mitad de la población (de origen taiwanés, sobre todo) prefiere anteponer el medio ambiente al desarrollo económico implacable. De ahí que en los últimos años las manifestaciones se hayan producido casi con periodicidad diaria, a partir de que (julio de 1987) se levantara la ley marcial vigente desde el establecimiento del Guomindang en la isla... De esta forma, gigantescos y orgullosos proyectos industriales han sido rechazados, como la factoría Dupont de dióxido de titanio o la planta petroquímica de ICI. Miles de manifestantes airados han llegado a asaltar las numerosas plantas del área petroquímica de Linyan para exigir medidas anticontaminación. El profundo sentimiento antidesarrollo en Taiwán se ve favorecido por el hecho de que no existe desempleo en la isla, por lo que el fantasma del paro apenas es utilizable por los defensores de la industria o los propios gobernantes (los sindicatos empiezan ahora su acción). En consecuencia, algunas firmas industriales intentan instalarse fuera de la isla: Filipinas, Corea del Sur y la propia China continental son ahora el objetivo de una colonización industrial de origen político y medioambiental. La oposición ecologista, muy politizada, ha entroncado con el sentimiento anti-Guomindang de gran parte de la población. El reproche en la lucha medioambiental es claro: «Vosotros -viene a decir-, chinos continentales, estáis aquí pensando siempre en volver al continente; es lógico que no os preocupe la degradación medioambiental de nuestra isla.» Ahí se produce la conjunción activista de los ecologistas y de los militantes del PDP, partido en cuya creación subyace la oposición de los taiwaneses a los chinos del continente. Malos tiempos para el Guomindang La evolución de los acontecimientos en Taiwán parece unívoca, y viene determinada por la progresiva normalización democrática y la mutación palpable de las condiciones socioeconómicas. Ya no es posible mantener los bajísimos salarios que han sustentado la competitividad de sus producciones, ni tampoco resulta fácil mantener el modelo de desarrollo económico con las mismas pautas de destrucción veloz de recursos y calidad de vida. Todo parece indicar que, próximamente, la fuerza del Kuomintang dejará de ser mayoritaria, con el avance de las fuerzas del PDP, de carácter taiwanés. Esto abre algunas incógnitas, evidentemente, pero impone [114] un horizonte político netamente distinto al que ha rodeado la isla durante 40 años. La agresividad de Estados Unidos, por otra parte, con respecto al dinamismo exportador de la isla, la revaluación continua de la moneda y el mayor protagonismo social y sindical acabará trasladando al pasado la imagen de una isla-Estado ferozmente anticomunista e implacablemente antiecológica. [115] De la rima y el mangostán: un sueño frustrado de Carlos IIIBelén Bañas Llanos Consejo Superior de Investigaciones Científicas Centro de Estudios Históricos El gran esfuerzo español para estudiar y fomentar las especies vegetales útiles en América y sus colonias ultramarinas durante el siglo XVIII, y muy especialmente en el reinado de Carlos III, indujo a Humboldt a escribir «que ningún gobierno europeo había hecho tan considerables gastos como el de España para adelantar el conocimiento de los vegetales» (119). Efectivamente, la labor desarrollada en este sentido fue tan amplia que hoy participa de un lugar destacado dentro de la historia de la ciencia española. No obstante, y desde el descubrimiento de América, en 1492, siempre hubo quien se interesó por la flora de aquellos, entonces desconocidos, territorios, y por ello se escribieron numerosos libros sobre la misma. Generalmente fueron religiosos que titularon sus obras «De la historia natural...». Estos libros fueron escritos por personas que carecían, en general, de formación botánica, aunque hoy son de gran utilidad. España, en el siglo XVI, organizó un viaje científico a México con la intención de conocer la flora de ese país. Lo realizó el doctor Francisco Hernández, protomédico de Felipe II, que efectuó una gran labor, aunque la mayoría de sus escritos se quemaron en el incendio de la Biblioteca de El Escorial. Durante el siglo XVII, el interés de España por la flora americana decayó. Este siglo vio a la Metrópoli replegada sobre sí misma y en letargo permanente, hasta el punto que Cadalso llegó a escribir que, a la muerte de Carlos II, no era ya sino el esqueleto de un gigante. El siglo XVIII trajo nuevos vientos a España, entre otros: la entronización borbónica, el auge de la fisiocracia y el afán de renovación de los ilustrados. Por todo ello, este siglo generó, sobre todo en su segunda mitad, varias expediciones científicas botánicas a América y Filipinas, con el fin de estudiar su flora, para posteriormente utilizarla en la industria, la medicina o el comercio. La labor desarrollada por España en este sentido es muy amplia, aunque hemos de reconocer que estuvo a la [116] zaga de otros países europeos que, como Inglaterra, Francia u Holanda, habían estudiado los vegetales de algunas de sus colonias ultramarinas a través de expediciones científicas. Recordemos las expediciones del inglés Cook o la de los franceses La Pérouse y Jussieu, entre otras.
Así pues, en el siglo XVIII, España no fue la que «creó» ni la que «dirigió» la gran corriente civilizadora, cuya fuente se encontraba en Londres y más tarde en París. Estos países la arrastraron, según Sarrailh, hacia un destino mejor, pues sintieron la necesidad de incorporarla al movimiento del despotismo ilustrado y de enseñar a España cómo abrirse a la corriente europea (120). Así, en la segunda mitad del siglo XVIII, en física experimental se siguen las orientaciones de las Memorias de la Academia de Ciencias de París; en instrucción náutica, los viajes del inglés Cook; en filosofía, las transacciones de Londres; y en botánica, comienza a imponerse el sistema del sueco Linneo. A imitación de Inglaterra o Francia, en esta misma época de Carlos III, España también realizó un gran esfuerzo por el intercambio de especies vegetales útiles entre América y Oceanía, como, por ejemplo, la rima y el mangostán. Esta es la historia: El 4 de noviembre de 1786, Samuel Morc, secretario de la Sociedad de las Artes, Manufacturas y Comercio de Londres, y Juan Virio, funcionario [117] de Carlos III en calidad de secretario de su ministro en aquella Corte, el Marqués del Campo, se reunieron en Las Casas de Adelphi, en Londres, y trataron de un asunto de suma trascendencia en aquel momento para ambos países. Se trataba de la aclimatación del árbol de la rima o del pan y el mangostán.
El inglés, a cuya petición se reunieron, le comentó, antes de explicarle los motivos de dicha reunión, algunos datos relativos al árbol de rima o del pan (121) y el mangostán. Sobre el primero, dijo, se sabe que suministra una parte considerable del sustento de los naturales de las islas del Mar del Sur (122). Y por consiguiente, añadió, si estos árboles se transportaran a las islas del mar Atlántico que, según él, se hallaban en la misma latitud «que aquella donde naturalmente se crían», no podía dudarse de las ventajas que resultarían de ello. Hasta entonces sólo se habían intentado transportar dichos vegetales por el Cabo de Hornos o por el de Buena Esperanza, pero los rigores del clima del primero y la lejanía del segundo imposibilitaban el logro de los fines deseados. En este estado, el inglés propuso a Virio un medio por el cual podía facilitarse su transporte a América en buen estado, y para ello [118] era necesario que España expidiese órdenes para que algunos de sus buques que navegaban por el Mar del Sur recalasen en dichas islas, recogiesen algunos pies de los expresados árboles y, colocados dentro de cajones, envueltos en musgo, los condujesen vivos a Panamá u otro puerto de la costa occidental de América, y desde allí, por tierra, a Portobelo, desde donde sería muy fácil trasladarlos a las islas de Cuba y Jamaica, o alguna otra del Caribe. Y como en toda esta travesía pasarían por climas calientes, no dudaba «se conseguiría un feliz arribo al paraje destinado». La realidad de esta petición era que la Sociedad de las Artes, Manufacturas y Comercio de Londres, y de la cual Morc era el secretario, había intentado infructuosamente, desde 1777 hasta 1780, y a través de diversos premios, conducir al puerto de Londres plantas de las dos especies mencionadas en estado de prender (123). También la Sociedad de Hacendados y Comerciantes de las Indias Occidentales tenía instaurados premios con el mismo fin y hasta el momento sin ningún resultado. Inglaterra lo que realmente pretendía era conseguir su frustrado objetivo con la ayuda de España.
El español Virio, que no era un experto en el asunto de los vegetales, le solicitó más datos sobre los citados árboles y Morc, al día siguiente, le [119] hizo llegar el extracto de una obra que había escrito el caballero John Ellis, de la Real Sociedad de Londres (124). En ella decía lo siguiente:
Finalmente, el caballero Ellis describió la construcción de «un cajón hecho de intento para transportar plantas delicadas en toda su perfección»; cuyas noticias se hallaban igualmente en el impreso español que se publicó en 1779 de orden del Rey y su Ministerio de Indias con el título de «Instrucción sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas por mar y tierra a los países más distantes» (130). Toda esta información se la envió Juan Virio a Casimiro Gómez Ortega, director del Real Jardín Botánico de la Corte, y éste, a su vez, al Marqués de Sonora, el 17 de abril de 1787. Con ella, Ortega propuso que, una vez estudiada, resolvieran «si conviene dar orden a los directores de la Real Compañía de Filipinas (131) en Manila, para que, sirviéndose de [122] Juan de Cuéllar (132), se trajesen dichos frutos de Guam, una de las islas de los Ladrones (133), de Amat o Tahití, y posteriormente se trasladen a América, donde se intentarían aclimatar y, una vez propagadas allí, se llevasen a las costas meridionales de España por la vía de Panamá o por otra. Además, Gómez Ortega añadió que el mangostán (134) era uno de los frutos orientales más deliciosos y la rima un fruto que produce harina todo el año (135). El escrito de Gómez Ortega produjo sus efectos, pues Gálvez, Ministro de Indias a la sazón, dio el 4 de mayo de 1787 orden a los directores de la Real Compañía de Filipinas en Madrid para que, por medio del botánico Cuéllar, residente en aquel archipiélago, se solicitasen y consiguiesen en las islas de los Ladrones los citados árboles del mangostán y del pan para procurar su propagación (136). En cumplimiento de esta orden, la dirección de la Real Compañía de Filipinas en Madrid lo comunicó a la de Manila y ésta a su vez al Virrey de Nueva España, conde de Revillagigedo (137), responsable de dichas plantas en suelo mexicano en su trayecto hacia España, pues llegarían por la Nao de Acapulco. Los directores de la Compañía en Manila pusieron a bordo del navío «San Andrés», al mando del brigadier de la Real Armada José Bermúdez de Castro, cinco cajones con nueve macetas del árbol rima, mangas y otras frutas, para que a su llegada a México las entregase al Virrey para «darles el destino que sea conforme a las miras que el Ministerio se propone». Seis meses después (138), José Bermúdez de Castro, desde Acapulco, comunicó al Virrey la pérdida de las plantas que traía de Filipinas, a pesar de traerlas colocadas dentro de su cámara y galería de popa «a fin de tenerlas siempre a la vista y proporcionarles el cultivo y temperamento que más le conviniese y a pesar del más vigilante cuidado y abundante [123] riego... tuve el disgusto de no haber podido conservar ni una sola, habiendo perecido todas antes de llegar a los rigores de mayor altura». El virrey dio cuenta de ello al ministro Antonio Valdés el 10 de enero de 1790 (139). En consecuencia, y a pesar de este primer fracaso el Rey, que estaba sumamente interesado en la propagación de este árbol en tierras americanas, dictó una nueva real orden sobre el asunto (140) que envió a los directores de la Compañía de Filipinas y al virrey de México (141) para que lo intentasen de nuevo. SEGUNDO INTENTO Como consecuencia de esta segunda real orden, los directores de la Real Compañía de Filipinas gestionaron con el comandante de la fragata «Concepción» de la misma Compañía que les trajera de los Estrechos de Sonda árboles de mangostán. Dicho comandante, al llegar a Manila, el día 5 de agosto de 1790, se los entregó a Juan de Cuéllar, que observó cómo la mayor parte de ellos estaban en muy mal estado, y escribió: «...los reconocí y encontré que estaban cautelosamente puestos por la malicia de los malayos, y no eran otra cosa que ramas del árbol mangostán envueltas en unas hojas grandes con alguna tierra que las cubría...»; de este envío, Cuéllar solamente pudo salvar tres vástagos que tenían raíces. El botánico comunicó el suceso al ministro Antonio Porlier y le advirtió que tomara precauciones para que no se repitiese el engaño; no obstante, encargó a Batavia, y por otros medios, plantas o los huesos del fruto del mangostán dentro de tierra (142). A continuación, y en otra carta, el naturalista de la Real Compañía de Filipinas, Cuéllar, participó al ministro la pérdida de dos plantas de rima debido a un «baguío» (143), ocurrido la noche del 16 de noviembre de 1790, así como de una planta de mangostán, de las tres que logró salvar de la fragata «Concepción»; las dos restantes intentó aclimatarlas en Manila y no se arriesgó a enviarlas a Nueva España (144), aunque, por otra parte, consideraba sumamente dificultoso el propagar los árboles de rima en las islas Filipinas, porque, según él, no cuajaba la semilla dentro del fruto «ni barbando las ramas de árboles grandes». Por todos estos motivos, Cuéllar solicitó al comandante del navío «San Andrés» que, a su vuelta de Acapulco [124] y al pasar por las islas Marianas, le trajera árboles y raíces del árbol rima que abunda en dichas islas (145). TERCER INTENTO Cuatro años después, en 1794, y en cumplimiento de otra real orden (146), los directores de la Real Compañía en Manila (147), y por encargo del naturalista Juan de Cuéllar (148), volvieron a embarcar en el navío «Fernando de Magallanes», al mando del teniente de navío Luis de la Concha, cuatro macetas con 12 arbolitos de mangostán consignadas al Virrey de Nueva España, y así se lo comunicaron el 22 de julio de 1794 (149). El comandante Luis de la Concha escribió desde México, el 10 de enero de 1795, una comunicación al virrey en la que decía que las plantas de mangostanes se habían perdido debido a que
Por tal motivo, el 12 de enero, Luis de la Concha escribió a Diego Gardoqui, comunicándole el fracaso de este tercer intento (150). CUARTO INTENTO Desde Aranjuez, el 20 de junio de 1795, se expidió de nuevo una real orden a los directores de la Compañía de Filipinas para que «no sólo en la nao (151), sino en cualquier otro buque que navegue, ya sea a Acapulco o [125] a San Blas, remitan macetas de mangostán y rima, hasta que se tengan noticias de su plantío y arraigo» (152). Tres días más tarde contestaron los directores de dicha Compañía a Diego Gardoqui afirmativamente, añadiendo un nuevo dato al respecto: Juan de Cuéllar ya no sería el encargado de buscar las preciadas plantas, pues la Compañía lo había sustituido por dos factores, Francisco Crispao y Juan Francisco Urroz. El día 15 de febrero de 1797, dichos factores, desde Manila, contestaron diciendo que habían recibido la real orden (153) por el bergantín «Activo» del departamento de San Blas, y que no les era posible cumplirla por el momento, porque no tenían arbusto alguno de mangostán, aunque lo tenían pedido a Malaca hacía tiempo, con el encargo de que se las remitieran antes de mayo para que las pudieran embarcar en la nao de Acapulco. Efectivamente, Rafael María de Aguilar, gobernador de las islas Filipinas en este momento, decía en comunicación de 8 de agosto de 1797 (154) al virrey de Nueva España, marqués de Branciforte, que por la nao de Acapulco, fragata «Magallanes», se conducían dos cajones de plantas de rima oriundas de las islas Marianas que Diego Gardoqui mandó recoger a los factores de la Compañía, y que le remitía para su remesa a España; añadía el mismo documento que: «también ha embarcado el botánico de S. M. en estas islas, en la misma fragata, otro cajón con las plantas vivas y semillas que contiene la adjunta relación, el cual debe enviarse al Real Jardín Botánico de Madrid». Este fue, tal vez, el último intento de Juan de Cuéllar de enviar plantas vivas y semillas para el Real Jardín Botánico de Madrid, antes de morir en 1802. La relación dice como epígrafe:
Estas plantas llegaron vivas a Acapulco, y desde Orizaba, con fecha de 14 de enero de 1798, el virrey dispuso que se diera orden al catedrático, de botánica del Real Jardín Botánico de México, Vicente Cervantes, para [126] que formase una instrucción acerca del modo y cómo habían de ser transportadas dichas plantas, primero a México y luego a Veracruz, para su embarque a España. Cervantes respondió lo siguiente:
Esta carta la envió Cervantes al regente Baltasar Ladrón de Guevara, desde México, el 18 de enero de 1798. Después de no pocos trámites, se acordó conceder la cantidad necesaria para los gastos de un jardinero que fuera a recoger las plantas, siendo designado José Morro, que hizo el viaje, y que, según su relación jurada, gastó en él, entre ida y vuelta, 126 pesos y real y medio. El viaje duró desde el 9 de febrero hasta el 10 de marzo. Al llegar, según dice, se encontró con que las plantas de rima y mangostán se habían perdido en la travesía del mar (155), y el cajón de semillas que había enviado Cuéllar había llegado bien, pero como estuvo detenido en Acapulco hasta que resolvieron enviar a dicho jardinero, se pudrieron casi todas las semillas «a excepción de seis o siete saquitos que daban muestra de venir nacidos; los que quedan sembrados en este jardín por si llegaren en disposición de lograrse». Esto lo comunica Cervantes el 24 de marzo de 1798, y además incluye una relación de gastos y pide una gratificación (156). Del fracaso de las pérdidas de estas plantas se acusó al comandante del buque, y éste contestó con un amplio y detallado informe en el que incluía los trabajos hechos para que las plantas se conservaran. También [127] los ministros de Acapulco hicieron un escrito donde se justificaban. Además, el fiscal de Hacienda dio un amplío informe donde declaraba que el comandante de la nao «Magallanes» y los ministros de Acapulco habrían obrado correctamente, y añadía que se transmitiera a la dirección de la Real Compañía de Filipinas la orden de que continuaran remitiendo plantas. Este acuerdo está fechado en México a 17 de enero de 1799, y firmado por el señor Bodega, con la conformidad del virrey Asanza. El comandante de la nao «Magallanes», en su escrito fechado, como ya dijimos, en México, a 24 de septiembre de 1798, dice entre otras cosas: «si el contador Velasco, que me saca el referido cargo, supiera los diversos fuertes temperamentos que se experimentan en el viaje de Manila a Acapulco; si no ignorase que los ingleses han hecho sin fruto tres expresas expediciones a la isla de Tahití para llevar a Europa la misma rima o árbol del pan, que no ha mucho lograron conducir bueno en la cuarta (157)..., no haría tal acusación». El comandante continuó su escrito relatando los cuidados que tomó para conservar las plantas vivas, sin lograrlo (158). Hasta hoy, no hemos encontrado datos de otras expediciones con el objetivo de transportar y aclimatar la rima y el mangostán, por todo lo cual es probable que este buen propósito y esfuerzos se perdieran del todo, como otros muchos, sin haber logrado alcanzar el fin propuesto. De todos modos, la iniciativa del director del Real Jardín Botánico de la Corte, Casimiro Gómez Ortega, y la atención que a ella prestaron los gobernantes, la Real Compañía de Filipinas y su naturalista, los capitanes de la Nao de Acapulco y demás personas implicadas son dignas de recordar. P.D. Las fotos del árbol de la rima o del pan pertenecen a la colección de láminas de Juan de Cuéllar, dibujadas entre 1786 y 1802, existentes en los fondos del Jardín Botánico de Madrid y se publican por primera vez. Las del mangostán pertenecen a Emilio Blanco, del Jardín Botánico de Madrid.
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