publicidad

 

Página principal
    Los pequeños poemas
     Ramón de Campoamor
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente

VII

                                  Mirando Julia el invencible peso      
que el alma inicua de Don Juan hacía,
se sintió acometida de un acceso 605
de antigua y renovada idolatría;
y como ama con fe todo lo que ama,
y siempre, amando, hasta el delirio toca
(cual una indiana cuerda que está loca
y se quema al morir su viejo Brahama), 610
al mirar a su amante condenado,
pensando en su ternura del pasado,
calcula resignada
que ir por él condenada
al infierno es preciso... 615 [360]
Mas ¿qué importa? para ella el paraíso
es el ser bella, amar y ser amada.
   Julia, por ver al punto rescatado
aquel bribón dichoso,
nunca cautivo y siempre enamorado, 620
ya el semblante de cólera amarillo,
juntando con lo altivo lo gracioso,
en cuerpo y alma se arrojó al platillo;
y así, perdiendo su alma la española,
el alma redimió del caballero 625
con tal valor, que el peso de ella sola
hubiera redimido al mundo entero.
 

VIII

   Y es esto tan verdad, que el cielo siente
una ternura a nada comparable
mirando tristemente 630
caer desde el empíreo a la inocente
en el abismo del amor culpable,
y al ver que, tan resuelta como bella,
la española, esa caña inquebrantable,
el noble fin de sus amores sella 635
salvando del infierno a un miserable.
   ¡Oh, cuán cierto es que en pechos como el de ella
el amor imposible es el probable!
Mas ¿por qué, cielo santo,
esa hermosa a Don Juan ha de amar tanto 640
que él se lleve el honor y ella el castigo,
siendo ella la virtud y él el infame?...
Dice San Agustín: -Dadme uno que ame
y veréis cómo entiende lo que digo.-
 

IX

   Viendo el amante celo 645
de esta especie de Cristo,
de amor terreno y redención modelo,
resonó en el vestíbulo del cielo
cuanto tiene el asombro de imprevisto:
y cuando Julia, altiva, 650
al sacrificio su locura eleva,
a sus rivales maliciosa y viva
les echa una mirada de hija de Eva;
y al ver a tan sublime visionaria,
quedando como heridas por el rayo, 655
la contemplan las otras de soslayo
con cierta estimación involuntaria:
rápida la francesa
con ojos la miró de envidia llenos;
y prorrumpió la inglesa 660
-Veriwell, veriwell, -que son dos buenos;
y callando humillada la italiana,
se admiró en una frase la alemana
de treinta consonantes por lo menos:
pues era en aquel día 665
del cielo el entusiasmo tan ardiente,
que hasta Don Juan gritó: -¡Perfectamente!
¡Si fuera yo mujer, lo mismo haría!-
 

X

   Julia, en momentos tales,
se encuentra tan divina, 670
que perdonar no quieren sus rivales
la grande admiración que las domina;
y las cuatro, frenéticas de celos,
ven que cuanto ella mira se alboroza
(pues lo mismo en la tierra que en los cielos 675
era técnicamente buena moza);
y, a pesar de la augusta
caridad de San Pablo,
como nunca a la envidia le disgusta
ver cómo a un alma se la lleva el diablo, 680
como es la más genial, y peregrina
imagen de la raza femenina,
celosa la italiana en tal momento
unos hondos suspiros lanza al viento;
después la inglesa, con sonrisa amarga, 685
echa hacia arriba una mirada larga;
y con faz tan divina como humana,
sin repetir su interminable frase,
paciente la alemana
parecía una estatua que llorase; 690
y la francesa, que con ojos mira
de un color, entre blanco y azulado,
que daba a su mirada un aire frío,
hasta llegó a decir, siendo mentira,
que en Sevilla una vez mató con ira 695
a otra cierta mujer en desafío;
y las cuatro rivales
no notaron jamás, hasta aquel día,
que la española, al parecer, tenía,
los ojos un poquito desiguales: 700
y aunque eran, como Julia, todas bellas,
por su belleza era la envidia tanta,
que, bajando la voz, dijo una de ellas:
-Se va al infierno por fingirse santa.-
 

XI

   Pero ¿qué vil conjuración es esta 705
contra un ser tan paciente?
Es la mujer tortuosa que detesta
por celos del oficio a la serpiente.
Ser rival es odiar y ser odiada.
Hasta la misma sombra condenada 710 [361]
cuando, al andar, con cadencioso talle,
y al ver el no se qué de su mirada
las almas al pasar le abrían calle,
sin respeto tal vez al lugar santo,
humilla a sus rivales con encanto, 715
porque estos bellos seres
aunque se ocupan de los hombres tanto,
se ocupan mucho más de las mujeres.
 

XII

   Y ¿qué era de Don Juan? Don Juan tranquilo
dos lágrimas soltó de cocodrilo: 720
y porque al cielo su elegancia asombre,
mira en torno con plácido cinismo,
con aquel aire fanfarrón de un hombre
que tiene una alta idea de sí mismo;
y cuando entra en los cielos insensible, 725
su pobre redentora despreciada
con ojos de limpieza irresistible
le acaricia al pasar con la mirada;
pero él, exagerando pretencioso
la parte teatral de su manera, 730
volviéndole la espalda, ni siquiera
dejándose adorar fue generoso;
y en tanto que los buenos serafines
ancho paso le abrían,
sus miradas decían: 735
-Vedme bien; soy Don Juan. ¡Sonad clarines!
Y la española, aunque contiene el llanto,
de mirar tal desprecio casi loca,
a juzgar por los ayes que sofoca
nunca mártir alguno sufrió tanto; 740
porque ¡oh Dios! ¿quién creyera
que aquel hombre galán y degradado
dejase a Julia, sin mirar siquiera
a una mujer tan noble y hechicera,
que, si volviese a verle desgraciado, 745
su propia sangre a su salud bebiera?
   Pero aquella alma vana,
probando que era cierta
la expresión italiana
de -pensamiento oculto en cara abierta,- 750
deja a Julia, sabiendo
que queda su ex-querida
de alma y cuerpo perdida,
y en el cielo se entró como diciendo:
-Que Dios os dé salud y larga vida- 755
Y dolor afectando,
las rivales le siguen, ocultando
su rabia y sus enojos;
y entran con él las pérfidas mostrando
rabia en el corazón, llanto en los ojos. 760
 

XIII

   Cuando Julia después ya no veía
al león que la había fascinado,
y en su aire consternado
revelaba el martirio que sufría,
la madre Eva, saliendo de repente 765
del fondo de la gloria,
le dijo a Julia cariñosamente:
-Aun vive en ti el honor de mi memoria;-
y, abrazando a la sombra despreciada,
-¡Hija mía! ¡hija mía!- 770
nuestra madre primera le decía,
y cien veces, teniéndola abrazada,
-¡Eres tan hija mía!... -entusiasmada
Eva le repetía.
Y contemplando en Julia al tipo eterno 775
de esas almas benditas
que tornan por lo que aman el infierno
en un sueño de dichas infinitas,
la madre universal de las naciones
cuando deja del cielo las regiones, 780
más que por propios, por ajenos vicios,
llena a Julia de santas bendiciones,
en nombre de los buenos corazones
que comprenden los grandes sacrificios,
¡Ay! ¡Aunque os jure la estulticia humana 785
que una mujer es todas las mujeres,
yo os juro por el padre de los seres
que aquella alma infeliz no tiene hermana!
 

XIV

   Viendo a Julia, que marcha resignada
del cielo azul hacia las puertas de oro, 790
todo el celeste coro
suspira por la sombra desterrada,
y de Julia las huellas
sigue con paso incierto
por las regiones bellas, 795
donde se ven, como en un libro abierto,
poemas cuyas letras son estrellas.
   Y cuando Eva doliente,
al volverla a decir: -¡Pobre hija mía!-
la atrajo hacia su pecho dulcemente, 800
de Julia un gran torrente
de luz apocalíptica salía;
y cuando Eva así exclama
y aquellas almas buenas
ven ir hacia el infierno, por el que ama, 805
a la noble mujer por cuyas venas
no circulaba sangre sino llama, [362]
por algunos momentos
reinó por las regiones bonancibles
uno de esos terribles 810
silencios que rebosan pensamientos.
 

XV

   Julia después, con altivez suprema,
con el velo arrollado
por la frente, a manera de diadema,
lo mismo que una reina que ha abdicado, 815
para seguir con paso reverente
de su Calvario la desierta vía,
su vestido de luz graciosamente,
como un ave sus alas, recogía;
y un serafín que de los cielos vino, 820
y que, admirado, a su pesar lloraba,
de la sombra el camino
con su espada de fuego le mostraba,
y al ir andando la heroína aquella
que al coro de los ángeles asombra, 825
la luz dio fin en palidez de estrella,
y quedándose fueron ellos y ella
los unos en la luz y ella en la sombra!

[363]

ArribaAbajo

Las tres rosas

Poema en tres jornadas

 
A mi invariable y afectuoso amigo el Sr. D. Tomás Pérez Anguita en prueba de reconocimiento y cariño. -CAMPOAMOR.

PERSONAJES

 
   ROSA, madre de. UN AMANTE OLVIDADO POR ROSA.
ROSAURA, madre de. UN MÉDICO.
ROSALÍA. SOR LUZ.
JULIO MONTERO. TITÁN, perro de Terranova.
BLAS, marido de Rosaura. SATANÁS.
DANIEL, novio de Rosalía.
 

Rosa

 

JORNADA PRIMERA

 

 

Escena I

 

Los dos miedos

 

JULIO. -ROSA.

 

I

                               ArribaAbajoAl comenzar la noche de aquel día,      
            ella, lejos de mí,
-¿Por qué te acercas tanto? -me decía;-
            ¡Tengo miedo de ti!
 

II

Y después que la noche hubo pasado, 5
            dijo, cerca de mí:
¿Por qué te alejas tanto de mi lado?
            ¡Tengo miedo sin ti!
 
 

Escena II

 

La última palabra

 

EL AMANTE OLVIDADO. -ROSA.

 
   Cuando yo con el alma te quería,
¿quién presumir pudiera 10
que a despreciar ¡infame! llegaría
en ti y por ti la humanidad entera?...
 
 

Escena III

 

A rey muerto rey puesto

 

JULIO. -ROSA.

 
   Murió por ti; su entierro al otro día
pasar desde el balcón juntos miramos;
y espantados tal vez de tu falsía, 15
en tu alcoba los dos nos refugiamos. [364]
   Cerrabas con terror los ojos bellos.
El requiescat se oía. Al verte triste,
yo la trenza besé de tus cabellos,
y -¡traición! ¡sacrilegio! -me dijiste. 20
   Seguía el de profundis y gemimos...
El muerto y el terror fueron pasando...
Y al ver luego la luz, cuando salimos,
-¡Qué vergüenza! -exclamaste suspirando.
   Decías la verdad. ¡Aquel entierro!... 25
¡El beso aquel sobre la negra trenza!...
Después ¡la obscuridad de aquel encierro!...
¡Sacrilegio! ¡Traición! ¡Miedo! ¡Vergüenza!
 
 

Escena IV

 

Hastío

 

JULIO. -ROSA.

 
                                  Sin el amor que encanta,
la soledad de un ermitaño espanta. 30
Pero es más espantosa todavía
la soledad de dos en compañía.
 
 

Escena V

 

Las dos copas

 

UN MÉDICO. -ROSA.

 

I

   Le dijo a Rosa un doctor:
-«Se curan de un modo igual
las dolencias en amor, 35
en higiene y en moral.
   »Yo, aunque el método condene,
lo dulce en lo amargo escondo:
esta copa es la que tiene
dulce el borde, amargo el fondo. 40
   »Y por si quiere esa boca
cumplir una vez mi encargo,
tiene esta segunda copa
dulce el fondo, el borde amargo.
   »Dios, sin duda, así lo quiso, 45
y esto siempre ha sido y es:
tomar lo amargo es preciso,
bien antes o bien después.»-
 

II

   Rosa luego, de ansia llena,
dice en su amoroso afán: 50
-«Mezclados cual dicha y pena
lo dulce y lo amargo van.
   »Merced a doctor tan sabio,
ve, aunque tarde, mi razón,
que aquello que es dulce al labio 55
es amargo al corazón.
   »Yo, que hasta el postrer retoño
agosté en mi edad primera,
brotar no veré en mi otoño
flores de mi primavera. 60
   »Fui dejando, por mejor,
lo amargo para el final,
y esto, según el doctor,
sabe bien, mas sienta mal.
   »Cumpliré una vez su encargo: 65
tu, copa segunda, ven,
pues tomar antes lo amargo
si sabe mal, sienta bien.
   »¡Oh, cuán sabio es el doctor
que cura de un modo igual 70
las dolencias en amor,
en higiene y en moral!»-
 
 

Escena VI

 

Un drama de familia

 

JULIO. -ROSAURA. -ROSA (oculta).

 

I

                                   Siendo Rosa Valdés, según mi cuenta
(si bien por excepción un poco rara),
una mujer hermosa de cuarenta 75
que no tiene veinte años en la cara,
casi es su otoño una estación florida,
lo mismo que lo fue su primavera;
que es más bella tal vez que la primera
la juventud segunda de la vida. 80
   De Rosa la hermosura es tan cumplida,
que, cual si fuese un velo,
cuando lo suelta al viento, toda entera
la oculta la madeja de su pelo;
pelo que todavía 85
un torrente sería
del ébano más puro, si no fuera
porque a veces, si lo ata o lo desata,
tiene ¡oh dolor! que eliminar severa
unos hilos de plata 90
que matizan su negra cabellera.
   Lozana como un fruto ya maduro,
de buena fe aseguro
que si a los quince abriles encantaba,
y a los veinte admiraba, 95
seguía a los cuarenta mereciendo,
pues toda la ciudad aseguraba
que Rosa (y es verdad) más bien ganaba
que solía perder, envejeciendo.
 

II

   Pero la pobre Rosa 100
es más que desgraciada, está celosa;
y ya a la languidez de sus miradas
se une de día en día [365]
en su rostro de madre una sombría
palidez de facciones fatigadas; 105
pues de cierta ilusión roto ya el prisma,
su pena, más que pena, es un martirio,
y vive en una especie de delirio
en que duda de todo y de sí misma.
   La idea de su edad la atormentaba, 110
pues aunque nunca se la oyó una queja,
por momentos notaba
que el amor de los otros la dejaba,
aunque el que ella sintió jamás la deja...
¡Nada a madama Sevigné curaba 115
del inmenso dolor de hacerse vieja!
 

III

   Mas como ya sabemos
que los años que cuenta,
aunque parecen veinte, son cuarenta,
haciendo Rosa de dolor extremos, 120
asegura que Julio es un infame
porque la va olvidando. Mas ¡Dios mío!
después de mucho tiempo, aun cuando se ame,
en el fondo de todo ¿no hay hastío?
¡Sí! y por eso, a pesar de sus traiciones, 125
es, ha sido y será Julio Montero
un gentil y cumplido caballero,
que vive según Dios y sus pasiones.
 

IV

   Como es Julio una débil criatura
que en sus varios amores 130
gustaba del amor por sus favores,
como hombre que cree sólo en la hermosura
(como se cree en la esencia de las flores),
olvida después que ama,
y ama después que olvida. 135
Mudar, siempre mudar, ¡ley de los seres!
dulce ley que fue el norte de su vida,
pues poco escrupuloso en sus deberes,
practicando esa máxima sabida
de que es fuerza adorar a las mujeres, 140
después que a Rosa amó con fanatismo
adoró de Rosaura los encantos.
Mas ¿fue en Julio cinismo
hacer lo que hacen tantos?
No lo creo, sabiendo por mí mismo 145
que a quien más tienta el diablo es a los santos.
Por eso, aunque la madre es tan hermosa,
ve Julio que es la hija hasta divina,
y, en consecuencia, a Rosa
con Rosaura reemplaza, 150
pegándose aquel hombre a aquella raza,
como se pega el muérdago a la encina.
 

V

   Rosaura, hija de Rosa,
como niña nacida entre las flores,
además de ser bella, era graciosa, 155
pues no sé en que botánico he leído
que una hermosa mujer, cuando ha nacido
en medio de un jardín es más hermosa.
Morena verdadera,
¡cuán morena sería, 160
que bien seguro estoy que pasaría
por morena en Jerez de la Frontera!
Pecando en esta bella criatura
(si se peca por eso)
por demasiada gracia su hermosura, 165
produce la dulzura
de su voz musical tanto embeleso,
que el que la oye suspira,
y hermosa hasta el exceso,
en los labios de todo el que la mira 170
casi se ve como palpita un beso.
 

VI

   Perdidas y enterradas
en Rosa sus primeras emociones,
en la joven Rosaura recobradas
volvió Julio a encontrar sus ilusiones. 175
Mas cuando Rosa vio que él tiernamente
a Rosaura miraba embelesado,
casándola de pronto honradamente,
la eliminó con honra de su lado;
y así fue la infeliz casada en frío 180
con un joven galán de mucho brío,
que, como un Lord, de sus haciendas vive;
que aunque se llame Blas, es muy celoso;
que toca, baila, canta y hasta escribe
muy poco y mal como cualquier esposo; 185
y con tal casamiento,
Rosa, aunque buena madre, amante artera,
puso por el momento
entre Julio y Rosaura una barrera.
 

VII

   De todos los encantos 190
que Rosaura tenía,
era el mayor, aunque tenía tantos,
que a través de sus ojos todavía
sólo cruzaban pensamientos santos,
y por eso, entregada 195
a nobles expansiones,
aunque mujer casada,
es una niña grande tan honrada,
que no piensa en las malas intenciones;
y de Julio Montero, que la amaba, 200 [366]
ella el amor oía
con un cierto candor que enamoraba,
pues, casada deprisa, se creía
libre en su amor, si en su deber esclava.
 

VIII

   Estando Julio de Rosaura al lado 205
en una noche, al acabarse el día,
bajo el fresco rincón de un emparrado
que entre la casa y el jardín había,
Rosa, aunque enferma, alzándose del lecho,
poniendo en no ser vista un gran cuidado, 210
se arrastró del jardín hasta la puerta,
y dejándola a obscuras y entreabierta,
se puso a oír en alevoso acecho.
 

IX

   Y mientras Julio, que a Rosaura adora,
con los ojos devora 215
lo hermoso que nos causa calentura,
muestra Rosaura, de abandono llena,
aquel rostro en la flor de su hermosura,
y ¡lo que es el amor! aunque es morena,
salta de ella una especie de blancura. 220
¡Noche de amor en que el amor rebosa,
en la cual las ideas son pasiones,
en que ostentan las flores sus botones
con toda su turgencia misteriosa!
¡Noche clara, lo mismo que la aurora, 225
en la que en sombras, en rumor y flores,
y en cánticos de amor de ruiseñores,
se agota todo un mayo en una hora!
Y cuando así los dos gozan unidos
de una dicha sensual y candorosa, 230
encienden el ardor de sus sentidos
los magnéticos ruidos
que, electrizando la campiña toda,
en blando movimiento,
pasando por los nidos, 235
los va arrastrando y dispersando el viento,
¡cantor eterno de la eterna boda!
 

X

   Entre la sombra de la noche aquella
en que ambos frente a frente se miraron,
y sus almas los dos se derramaron, 240
ella en el pecho de él, y él en el de ella,
se dijeron amores
como se abren las flores,
como un ave es cantora,
como lo quiere, cuando se ama, el cielo, 245
como en todo lugar y a cualquier hora
alegre y bullidora
coge el placer la juventud al vuelo;
mientras Rosa, escondida y desalada,
oía cada frase 250
cual si sintiese el frío de una espada
que su pecho a traición atravesase.
 

XI

   Como hace amar aprisa, muy aprisa,
el ardor que circula por las venas,
cuando se aspira una templada brisa 255
que es en lo dulce un céfiro de Atenas,
Julio ciego y Rosaura placentera,
bajan enamorados
la pendiente hechicera,
por la cual nos empuja arrebatados 260
la noche, nuestro amor, la primavera...
¡Aquel dosel tan bello
que forma lo gentil del emparrado!...
¡La bruma de un lugar poco alumbrado!...
¡Lo obscuro y lo nupcial de todo aquello!... 265
¡Allá suspiros, ramas y dulzura,
y acá fe y esperanza!...
¡A una parte deseos y ternura,
por otro lado el odio y la venganza,
y aquí y allí los débiles quejidos 270
que murmuran los pájaros dormidos!...
¡Oh imagen de la vida,
la dicha siempre a la desdicha unida!...
¡Vértigo que formaron combinados,
la tierra, los abismos y los cielos, 275
eternos remolinos encontrados,
bien y mal, luz y sombra, amor y celos!...
 

XII

   Viendo Rosa llegar el gran instante
en que a su fin camina
la audacia habitüal de todo amante 280
que conoce la ciencia femenina,
a un ruido de suspiros que hizo el viento,
como el vago rumor de una arboleda,
exhaló un rudo acento,
cual si en aquel momento 285
se hallase en el suplicio de la rueda;
y cuando Rosa con furor repara
que ya llega el instante de la hora
en que se hunde aquel puente que separa
a Eva inocente de Eva pecadora, 290
al pie de la vidriera
de la puerta que daba a la terraza
mira más... mira más... se desespera,
y cae desmayada, cual si fuera
una estatua que el rayo despedaza. 295 [367]
 

XIII

   Cuando Rosa caía sin sentido,
cual si hubiese sufrido
un fuerte martillazo en la cabeza,
Rosaura ante la culpa, con nobleza
casta, retrocedía, 300
pues cuando ya perdía
su corazón la calma
de un modo que no sé como aquel día,
sin saber lo que hacía,
no añadió el don del cuerpo al don del alma, 305
al corazón venció con su cabeza,
pues, aun envuelta en fuego,
sabía con certeza
que el mismo Dios vuelve la vista a un ciego,
pero no vuelve a un alma la pureza. 310
Y siempre decidida
a hacer guardar del deshonor su vida,
y sabiendo además que es más seguro
que arrostrar las pasiones
poner en ocasiones 315
entre el deber y el corazón un muro,
se lanzó hacia la estancia,
santuario de los juegos de su infancia.
Del jardín a la puerta se avecina,
y, viendo que no cede, empuja airada, 320
y encendida, jadeante, fatigada,
pisa un bulto, se inclina,
vuelve a erguirse, y camina
como si el bulto aquel no fuese nada;
y la enferma, que a su hija huyendo mira, 325
siente, al verse pisada,
unas ráfagas de ira
de toda madre al corazón extrañas;
y, más rival que madre, entonces Rosa
al tocarla aquel pie, sintió celosa 330
el demonio del odio en sus entrañas.
 

XIV

   Cuando ve Julio que Rosaura, huyendo
del fuego que la abrasa,
corre ciega, y corriendo
sobre su madre moribunda pasa, 335
al umbral de la puerta,
de sorpresa y terror petrificado,
-¡Rosa!... -exclama espantado.
Mas Rosa, medio muerta,
la cabeza, que a intervalos levanta, 340
como cortada con un hacha gira;
va a contestar, pero su angustia es tanta,
que entre sus labios la respuesta expira;
vuelve a querer hablar y se atraganta;
y al fin, más que decirlo, así suspira: 345
-Me asesinaste, adiós; duerme si... -Muere,
y el «si puedes,» que apenas lo profiere,
se le heló con la vida en la garganta.
 

XV

   ¡La luna indiferente entonces muestra
su disco ensangrentado, 350
y una espantosa lividez siniestra
echó sobre aquel cuadro desolado!
 
 

Escena VII

 

Mal de muchas

 

EL MÉDICO. -ROSAURA.

 
   -¿Qué mal, doctor, la arrebató a la vida?-
Rosaura preguntó con desconsuelo.
-Murió, dijo el doctor, de una caída. 355
-¿Pues de dónde cayó? -Cayó del cielo.- [368]
 
 

Rosaura

 

JORNADA SEGUNDA

 
 

Escena I

 

Bodas celestes

 

JULIO. -ROSAURA.

 
   ArribaAbajoTe vi una sola vez, sólo un momento;
mas lo que hace la brisa con las palmas
lo hace en nosotros dos el pensamiento;
y así son, aunque ausentes, nuestras almas
dos palmeras casadas por el viento. 5
 
 

Escena II

 

Las dos esposas

 

ROSAURA. -BLAS. -SOR LUZ.

 
   Sor Luz, viendo a Rosaura cierto día
            casándose con Blas,
-¡Oh, que esposo tan bello! se decía,
            ¡pero el mío lo es más!-
Luego, en la esposa del mortal miraba 10
            la risa del amor,
y, sin poderlo remediar, lloraba
            la esposa del Señor!
 
 

Escena III

 

Madrigal

 

JULIO. -ROSAURA.

 
   Brotó un día en Rosaura el sentimiento
de su primer amor, y en el momento 15
volando un ángel, con fervor divino,
para guiarla al bien del cielo vino,
mientras un diablo del infierno, ardiendo,
para arrastrarla al mal, llegó corriendo.
   Ante Rosaura bella 20
ángel y diablo, enamorados de ella,
divinizado el diablo, se hizo bueno,
y el ángel se impregnó de amor terreno;
y al ser transfigurados de este modo,
por voluntad del que lo puede todo, 25
fue el ángel al infierno condenado,
y el diablo al cielo fue purificado.
¿De qué gracia y malicia estará llena
mujer que con mirar salva o condena?
 
 

Escena IV

 

Memorias de un sacristán

 

JULIO. -ROSAURA.

 

I

   Dos de abril. -Un bautizo. -¡Hermoso día! 30
El nacido es mujer, sea en buen hora.
Le pusieron por nombre Rosalía.
La niña es, cual su madre, encantadora.
Ya el agua del Jordán su sien rocía;
todos se ríen y la niña llora. 35
Cruza un hombre embozado el presbiterio:
mira, gime y se aleja: aquí hay misterio.
 

II

   A unirse vienen dos de amor perdidos.
El novio es muy galán, la novia es bella.
¿Serán en alma como en cuerpo unidos? 40
Testigos, primas de él y primos de ella.
En nombre del Señor son bendecidos.
Unce el yugo al doncel y a la doncella,
Dejan el templo, y al salir se arrima
un primo a la mujer, y él a una prima. 45
 

III

   ¡Un entierro! ¡Dichosa criatura!
¿Fue muerto o se murió? Todo es incierto.
Solos estamos sacristán y cura.
¡Cuán pocos cortesanos tiene un muerto!
Nacer para morir es gran locura. 50
Suenan las diez. La iglesia es un desierto.
Dejo al muerto esta luz, y echo la llave.
Nacer, amar, morir: después... ¡quién sabe!
 
 

Escena V

 

La gran noche lúgubre

 

JULIO. -ROSAURA (muerta.) -BLAS. -TITÁN.

 

I

   Imagen de su madre a los veinte años,
Rosaura, hija de Rosa, 55
no murió con los mismos desengaños;
mas, como ella, murió triste y hermosa.
   Poco feliz, como tan mal casada,
fue la mujer más buena entre las buenas,
y aunque al amor de Julio encadenada, 60
derramó en torno suyo, siempre honrada,
casta, noble y altiva,
ejemplos de virtud a manos llenas;
hasta que al fin, rompiendo sus cadenas,
la muerte con amor, caritativa, 65
la libro de la carga de sus penas.
 

II

   Mujer tan infeliz como adorable,
aunque era su virtud inquebrantable, [369]
su amor a Julio, de pureza lleno,
fue inspirando al marido 70
uno de esos rencores sin olvido
que se arman del puñal y del veneno.
   Pero el esposo, a medias ofendido,
alcanzó, más dichoso que temido,
hacer en ella respetar su nombre, 75
y la amó, aunque la amó sin esperanza
de ser jamás querido.
Muerta Rosaura, aun le quedó a aquel hombre
un objeto en la vida: ¡la venganza!
 

III

   Julio Montero, en tanto, 80
fiel de Rosaura la memoria adora,
pues si fue en vida su terrestre encanto,
su dulce nombre le parece ahora,
unido ya a la muerte, grande y santo.
   Y como él, además de su tristeza, 85
es amor de los pies a la cabeza,
todo el mundo repara
que morirá por consunción de cierto,
pues desde el día en que Rosaura ha muerto,
su cara es el cadáver de una cara. 90
Y aspirando, en su inmenso desconsuelo,
a gozar a ella unido
trasportes de la tierra allá en el cielo
aunque está inconsolable
no pide al cielo olvido; 95
pues como todo ser que se ha querido
al morir se dilata en lo impalpable,
su mal no tiene cura,
porque, ausente su imagen hechicera,
a la tumba bajando intacta y pura 100
ya era, más que una muerta, una quimera.
   Y como siempre el que ama está celoso,
y aquel que está celoso es desgraciado,
para hallar en la vida algún reposo,
pensó en abrir con el mayor cuidado 105
un hoyo en el rincón del cementerio,
y, el cuerpo de Rosaura, cariñoso,
trasladar a aquel hoyo con misterio,
y secreto dejar lo misterioso;
y de su vida en el postrero día 110
ser con ella enterrado, y de esta suerte,
dormir por fin con la que más quería
descansando en los brazos de la muerte.
 

IV

   Cuando con gran misterio
camina Julio a trasladar la muerta 115
a otra tumba, que abierta
tenía en un rincón del cementerio,
torpes, volando, lúgubres gemían
los pájaros nocturnos por el cielo,
y rastreando, amarillas, por el suelo 120
lucecillas de fósforo corrían.
   Mas venciendo impasible
esas negras visiones
que, aterrando a los bravos corazones,
suele el miedo sacar de lo invisible, 125
hacia la tumba de Rosaura avanza
con pie seguro y cauteloso oído,
aunque no había entorno un solo ruido
que no fuese un terror o una esperanza;
y a Rosaura exhumando, en el instante 130
que descubrió con ansia verdadera
su rostro de alabastro,
el color de aquel lívido semblante
alumbró el cementerio, cual si fuera
la luminosa palidez de un astro. 135
 

V

   Cuando Julio veía,
a la espectral penumbra que salía
de la lívida faz de aquella muerta,
que su boca entreabierta
respirar parecía, 140
creyó su pensamiento
que alguna hada, tal vez compadecida,
tomándola, al morir, con mucho tiento
en el sueño del último momento,
se la llevó al sarcófago dormida; 145
y acercando su boca,
besar quiso su frente;
mas viendo un Crucifijo
de su cuello pendiente,
con la misma dulzura con que toca 150
la golondrina el agua con sus alas,
besó piadosamente
con sus labios amantes
el Cristo de marfil lleno de galas,
que tenía por lágrimas diamantes 155
y sangre de rubíes en la frente.
 

VI

   Coge en brazos la muerta,
que estrecha convulsivo contra el pecho,
y al caminar derecho
hacia la tumba por su mano abierta, 160
Blas (que en pérfido acecho
con ojos de serpiente
velaba oculto entre la sombra incierta)
con expresión furiosa de alegría
desenvaina un puñal y, de repente, 165
clavándolo en el bulto que veía,
de los brazos de Julio derribada,
cayó la pobre muerta asesinada; [370]
pues con tan mala suerte
blandió el arma, furioso, 170
que el marido celoso
en su mujer apuñaló a la muerte.
 

VII

   Viendo Julio, al hallarse sorprendido,
que es menester herir o ser herido,
hace frente, de cólera azulado 175
al vengativo esposo,
que le sigue, tornándose, celoso,
blanco, rojo y después amoratado;
y cuando Blas airado a Julio alcanza,
uno del otro asidos, 180
por todas sus potencias y sentidos
respiran el placer de la venganza.
   Sigue a un golpe mortal otro más recio;
la rabia los trasporta hasta la furia;
se devuelven desprecio por desprecio, 185
y es cada golpe una mortal injuria;
la lucha, más que lucha, es un tanteo;
se repelen, se abrazan, se sofocan,
y cada vez que contra el suelo tocan
adquieren nueva fuerza, como Anteo. 190
   Se espían el marido y el amante,
uno de ellos sagaz y otro siniestro,
hasta que cae en el supremo instante
sobre el hombre feroz el hombre diestro;
pues el ciego marido 195
hacia atrás impelido
como una mole por el rayo herida,
resbalando en la tierra removida,
cayó de espaldas en la tumba abierta.
Julio después, amontonando activo 200
sobre él la tierra que a coger acierta,
entierra al hombre vivo,
dejando así sin enterrar la muerta.
 

VIII

   Después Julio, aterrado
ante la inmensa atrocidad del hecho, 205
viendo al vivo enterrado
e insepulta a la muerta,
tres veces hizo, con la boca abierta,
el signo de la cruz sobre su pecho.
   Luego volvió los ojos espantado, 210
con la mirada incierta,
como un tigre enjaulado
que busca para huir cualquiera puerta;
pues ya era entonces su cuidado tanto,
que creyó que la muerta se movía, 215
y en su mortal quebranto
con evidencia tal Julio creía
que hacia si algún fluido la atraía,
que a la salida del retiro santo
ya fue miedo el cuidado que tenía, 220
y el miedo al fin se convirtió en espanto;
y huyendo de Rosaura y del marido,
cuanto más presto corre, más se asombra,
al notar que al huir se ve seguido
de un sudario que andaba precedido 225
de algo negro, más negro que la sombra.
 

IX

   Y al escapar, del miedo que sentía,
cual teniendo alas en los pies volaba,
y el sudario arrastrando le seguía,
y en su horror se fingía 230
mil ruidos inauditos que escuchaba,
mil cosas invisibles que veía;
y cuanto más corría,
viendo aquella blancura
por una cosa negra arrebatada, 235
dudando si existía o no existía,
pensaba en su locura
si aquella forma pálida y obscura
ya del mundo hasta el fin le seguiría,
pues al cruzar por montes y laderas, 240
la muerta parecía
que, tendiendo la mano, le decía:
-¡Siempre te seguiré; ve donde quieras!-
 

X

   Y a un cielo que parece, aunque estrellado,
de ceniza cubierto, 245
viendo el campo desierto,
y el desierto de espectros erizado,
cual si a danzar surgieran a su lado
las fantásticas momias del Roberto,
corre a campo traviesa, perseguido 250
por cien deformidades misteriosas;
y aunque sólo entreve, desvanecido,
los vagos lineamentos de las cosas,
mira el cadáver que le sigue amante,
y el bulto negro que entrevé delante 255
lanzándole miradas horrorosas;
y conforme le sigue, él huye y huye,
y la tierra, entretanto, rueda y rueda,
y viendo cuanto en torno le circuye
sumido en una lúgubre humareda, 260
ya ver le parecía
en un abismo el universo hundido;
pues rendido, jadeante,
viendo siempre delante
el negro azul, la inmensidad sombría, 265 [371]
es tal su estado de visión completa,
que cree en su desvarío
que el mundo se ha volcado en el vacío,
y que él pasó de un salto a otro planeta.
 

XI

   Aunque ya para Julio se convierte 270
en visión lo visible y lo invisible,
como siempre, invencible,
aun flota en aquel caos de la muerte
de su ser la conciencia insumergible:
y al ver brillar un río, que parece 275
un espejo de acero,
que líquido ondulando fosforece,
arrebatado al fin Julio Montero,
con varonil firmeza
se echo aterrado al agua de cabeza. 280
   Mas cuando ya indolente
se dejaba arrastrar por la corriente,
en medio de su horrible desvarío
sintió que le agarraba alguna cosa,
y una mano invisible y poderosa 285
le iba sacando con afán del río.
 

XII

   Volviendo Julio en sí pausadamente,
se halló echado a la orilla del torrente;
y estando ya de su razón seguro,
a la margen del río, al pie de un cerro, 290
de la noche y del agua al claro obscuro,
entre la muerta y él mira su perro
que fija en él tranquilas,
pardas, cual las del búho, sus pupilas.
Y, como el ebrio que sacude el sueño, 295
entonces se da cuenta poco a poco
de que el perro, fielmente,
a la muerta arrastrando hasta el torrente,
fue volviendo a su dueño
feroz de miedo y de pavura loco. 300
Y repentinamente
-¿Qué haré? -se preguntó. Dudó un momento,
y entrando en posesión de su existencia,
pasó del pensamiento a la conciencia,
después de la conciencia al pensamiento, 305
y al fin con la entereza del espanto
echa el cadáver de Rosaura al río,
y arrepentido ya de amarla tanto,
más que en su cuerpo, en su alma siente frío.
 

XIII

   Avezado a su noble servidumbre, 310
Titán, el perro fiel de Terranova,
echándose tras ella por costumbre,
lucha por ver si al agua el cuerpo roba
que su dueño arrojó sin pesadumbre;
mas Julio, indiferente y alelado, 315
que lo que antes amó detesta ahora,
sube al cerro empinado,
donde se sienta triste y casi llora.
   Y allí puesto en alerta,
y presumiendo que jamás sería 320
la huella de su crimen descubierta,
desde lo alto del cerro
mira con alegría
de Rosaura el entierro
que en el agua va a hallar tumba sombría; 325
y al perro y al cadáver contemplando,
arrastrados los ve por la corriente
que flotaban dejando
el rastro de una luz fosforescente;
y con ojos abiertos 330
por el terror desmesuradamente,
ve al perro que, luchando sin descanso,
ya hundiéndose en las aguas, ya subiendo,
pide auxilio, gimiendo,
hasta que al fin, del río en lo más manso, 335
se cumplió su destino,
pues al llegar a un pérfido remanso
se los sorbió a los dos un remolino.
 

XIV

   Todo esto lo ve Julio desde el cerro
con el cuerpo aterido, el alma yerta... 340
Mucho más fiel que el hombre, el pobre perro
ni siquiera al morir soltó a la muerta.

Arriba

    Los pequeños poemas
     Ramón de Campoamor
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba Siguiente
Marco legal