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Cada cual atienda su juegoMe adentro en antiguos juegos infantiles, por la imantanción que ejerce en mi vida la infancia, su permanencia. La memoria incandescente de aquella mirada libre, autónoma, abierta al mundo, creando relaciones esenciales con la palabra, reconstruyendo el pacto mágico animista. Aquella mirada. Intento ver y oír, moverme desde el juego, materia poética. Ver por un instante aquello que viene de lejos, como Juan Ramón Jiménez, en alta mar, vio a las sirenas que se acaban de hundir. Páginas invocación de la imagen totalizadora sin perder la potencialidad del fragmento, grano de arena, playa extendida. Piedra pequeña reclamando su sentido inalterable. Libro a primera lectura fragmentario, enumerativo, trozos aparentemente inconexos, agrupados en cinco bloques-capítulos, cinco piedras rebuscadas en caminos diversos, redondeadas de tanto repasarlas, repensarlas, cantos rodados. Cinco jugadas, combinación aleatoria, pistas a continuar en lectura sucesiva, regresiva, buscando simultaneidad, en el ir y venir de la recurrencia, mezclando planos de relación y correspondencia -indagación, recuperación, investigación- para apresar la inabarcable materia del juego. Juego del escondite (capítulo primero) Rebusca de aquel sentido escondido en el mismo juego, mirada inmovilizada para captar la movilidad, mas tomada siempre por sorpresa. Reflexión sobre juego, espacio, tiempo; la fundación del movimiento, palabra, ritmo, afecto. Sugerencias y observaciones imaginarias pegadas a la letra simbólica. Juego del rescate (capítulo segundo) Prolongado durante días, meses, años, lenta recuperación de juegos de los que escogemos estos 205 transmitidos por —8→ voces infantiles, jóvenes, adultos, mayores. Voces que hablan detrás de la letra impresa, precedida por la clasificación y análisis de estructuras elementales. Juego de la memoria (capítulo tercero) Diálogo con la literatura, elegía de la infancia. Impulso por compartir la imagen poética del juego tradicional, presencia vivida, emergente en la escritura de poetas y narradores contemporáneos. Juego de la búsqueda del tesoro (aleluyas y capítulo cuarto) Seguimiento apasionante de datos impresos, fechas, ficheros, archivos, grabados, estampas populares, pliegos de papel por los que, muchos años antes, los escritores-investigadores han transitado. Territorio construido palmo a palmo. Bosquejo bibliográfico del gran mapa del juego y la lírica oral infantil, impreso de libro en libro, de auca en aleluya. Aulaludus. Juego del juego (capítulo quinto) Propuestas creativas para un taller jugado de literatura, plástica y movimiento. No para reducir, programar, evaluar el juego, sino, por el contrario, para establecer la riquísima comunicación lúdica, proceso abierto a la creación, re-creación, almacenamiento, transformación. Y aquí -y en todas las jugadas- la presencia de Elvira Martínez, Martina Martín, Ana Olmos, Graciela Pelegrín y Luz Utrilla, educadoras, expertas en expresión en el cotidiano arte de la escuela/animación cultural, sin cuya generosa colaboración este libro no podría jugarse ni abrirse el aulaludus. Más todos los rostros que están por detrás, presentes, ausentes, perdidos... Revelador nexo: infancia-juego-poesía, espejo en el que me reconozco y crezco. Ana Pelegrín, mayo de 1984. —9→
Con la sabiduría decantada de la experiencia colectiva, el niño inicia lúdicamente aprendizajes múltiples: comportamientos, prácticas exploratorias, habilidades motrices, destrezas corporales, desafíos, riesgos, competiciones, ritmos. Complejas urdimbre, impulso vital del juego. Verdad es que acechan a los juegos populares signos de debilitamiento progresivo. Asistimos, evidentemente, a una crucial superposición entre una cultura tradicional y una cultura electrónica. El excitante andar a tientas de la gallina ciega, palpando cuerpos y aira, comparte la emoción lúdica con la precisión tajante del ojo avizor, reflejo veloz, para adivinar el avance de la nave enemiga, y su destrucción, exacto cálculo a distancia de los video-juegos. Si en la tradición perviven en estado latente enseñanzas iniciáticas, creencias arcaicas, los nuevos juegos electrónicos proyectan un futuro, el acceso a otra dimensión, construyendo imágenes y ritos de una reciente galaxia mental. No todo es inédito. La emisión por televisión de la serie Ulises es una muestra ejemplar de qué manera presenciamos la yuxtaposición del mítico héroe griego con las aventuras de una argonauta espacial, provisto de todos los artilugios del héroe futuro. Detrás de las células radar que posibilitan a Ulises la salida de rampas y paredes deslizantes del eterno laberinto, late intacto el hilo de Ariadna. Los ingenios tecnológicos preparan al niño de los países posindustrializados -necesaria es esta precisión- para el hombre del mañana, aunque no parece que lo alisten demasiado en la decisión del futuro. —12→Un breve tiempo antes de la disuasión general, la persuasión escalonada, de la solución final, el universo convertido en la Máquina de algún jugador, me permito respirar y recobrar algunas imágenes y juegos primeros. Apasionante tarea por su inutilidad, por la utopía de creer que los niños-hombres de venideros días, tendrán alguna remembranza de esta cultura oral, gestual, rítmica, artesanal, aún viva en España y Latinoamérica. Y sin embargo...
Cierto es que hay juguetes, emociones vedadas y olvidadas, como la increíble alegría de construir los propios juguetes, trompos, cometas, muñecas, lanzarse a la gran aventura de cazar grillos, luciérnagas, encantar lagartijas, construir secretos refugios en ramajes, hacer volar después de un deleitoso paseo por los dedos, a ese singular bichito llamado Coquita, Santoniña, Mariquita de Dios.
La cultura infantil tradicional, oral, gestual, preciso es reconocerlo, evidencia señales de extinción. Este proceso, aunque acelerado, no significa una desaparición fulminante. Simplemente porque el proceso cultural no es producto de una generación, antes bien, lenta asimilación, ya que subsiste un mensaje relacional directo entre el hacer cultural y la vida de una comunidad. Así que pasen cinco (diez, quince) años, ¿será posible aún conjugar la cultura infantil tradicional con los nuevos modos culturales, tecnológicos, emergentes en la infancia 2000? Juego modificado En las grandes ciudades, la modificación del juego indica cambios de sistemas de vida, reflejados en la incorporación del nuevo modelo de niño, efectivo consumista de los productos industriales. El aislamiento del individuo-niño de los clanes sociales infantiles lo convierte en ciudadano confinado a la reducción de tantos (¿cuántos?) escasos metros cúbicos de lugar habitable.
Civiles-niños, privados de adueñarse de espacios abiertos, perdida la conexión con la fuerza elemental de la naturaleza, sin lugares para explorar, sin calles ni clanes, ni patios, ni enseñanzas trasmisoras de una específica cultura infantil, recreada con otros niños. Hostigado por los reclamos publicitarios, en especial en televisión, ostensiblemente desplegados en fechas claves, los niños de países posindustrializados no escapan a la ley social del mercado. La posesión de juguetes cada vez más sofisticados invadiéndole por la oferta exterior, de un modo demoledor, refleja el poder adquisitivo familiar (o su carencia). La variedad, cantidad de juguetes de moda «imprescindibles» se constituye en el indicador del status social e integración del niño. En todo caso, si la cultura tradicional desaparece (juegos-canciones, cuentos), no configura un hecho aislado, antes —14→ bien se suma a una realidad palpable; lo que cambia y se transforma son los modos de vida de la sociedad, las maneras relacionales de familia, relación parental, el concepto y tratamiento de la niñez2. La infancia de hoy, informada, formada, conformada por la televisión, conjuga algunas formas básicas de entretenimientos tradicionales, espontáneos, con «el mundo digerido» de la TV. Analizar un tema tan candente y complejo escapa del marco de este trabajo; apunto esta doble vertiente aparentemente contradictoria. De una parte, la participación infantil en un juego activo, colectivo, exploratorio, transmitido y en espacios abiertos para conquistar, jugar de tú a tú. De otra, el niño, aislado en un espacio cerrado, corporalmente sedante, pasivo, consumidor de imágenes efímeras pero altamente informativas, transformadoras de actitudes sociales. Diluida la línea divisoria entre niñez-juventud, incluso la de joven-adulto medio, el nuevo niño adulto, observa Neil Portman, en un inquietante artículo sobre La desaparición de la niñez3, cambia los comportamientos sociales, ropas, actitudes corporales, lenguaje coloquial. Una zona indeterminada infanto-juvenil-media-adulta, debilita la noción de edades cronológicas entre el niño mayor-púber-adolescente-adultos, adolescentes niños, hasta no ha días vigente. Dos modos culturales invaden el espacio imaginativo-lúdico de la niñez: el tradicional, reflejo del pensamiento de sociedades anteriores, y el tecnológico, nuevo avance de una «revolución industrial», una disuasión nuclear. En zonas semiurbanas y rurales esta demarcación no asume contornos tan definidos. Diríamos que en pueblos rurales la balanza se inclina por creencias, procesos tradicionales, naturaleza, su ritmo. Oscilando entre tradición y vanguardia -ley de retención y cambio- la cultura cotidiana y operativa adquiere connotaciones fascinantes por su complejo entramado. Mecanismo análogo al de los cuentos, en un tiempo pertenecientes a la comunidad, indistintamente narrados para adultos y niños, hoy convertidos en patrimonio de la literatura infantil, los —15→ juegos infantiles retienen las diversiones que antaño pertenecieron a un estamento «adulto» de la sociedad, o pasatiempos pertenecientes a mayores y niños. El juego de la gallina ciega, aparece en un manuscrito iluminado, de Motetes del siglo XIII4. Rodrigo Caro (s. XVII) dice ser jugado por los niños de su época, aunque remonte su antigüedad a juegos latinos5. En el cuadro La gallina ciega (s. XVIII), Goya reproduce una escena de adultos, escena juvenil, cortesana, en un entorno primaveral:
Retenida en el universo lúdico, la perdida gallina ciega da tres vueltas a los siglos, asentándose en la infancia. Por fijación de gestos y palabras, trasmitidos oral y dinámicamente, la cultura infantil retiene en la memoria la acción de viejos juegos. Retiene el código de un lenguaje no verbal, transmitido. En esta conservación, como en todo mecanismo de la tradición, surgen variantes, contaminación, refundición, de los textos juegos, interrelación del lenguaje gestual y verbal, la ritualización. —16→A este mecanismo de fijación, de estabilización -aun con las múltiples variantes- se opone el de la pérdida y olvido.
En los Juegos de las cuatro esquinas, la memoria del espacio localizado, el desarrollo del juego, subsiste en la diversión infantil. En las encuestas realizadas constatarnos la pérdida de la fórmula oral, de la palabra, manteniéndose la gramática del lenguaje no verbal, por ritualización del gesto, movimiento, las normas del juego en espacio-tiempo. La memoria del diálogo corporal, la gestualidad, en muchos juegos, confina al olvido a la memoria verbal, a las fórmulas, retahílas del lenguaje. ¿Pero no es también el lenguaje corporal una modalidad de transmisión colectiva tradicional, una forma cultural? Sintetizando: 1. La cultura colectiva infantil conserva un repertorio generalizado, uniformado, de letras, juegos, gestos, movimientos y desplazamientos, común y extendido en España y en Latinoamérica. Ley de retención -piénsese, por ejemplo, en La pájara pinta, en Cucú cantaba la rana..., etc. 2. Dado el proceso de olvido, existe una muestra de juegos, indicadores de un repertorio antes generalizado, en declive. Por ejemplo, el juego Cinta de oro (Hilo de oro) del romance Elección de novia, común a fines del XIX, hoy en casi desaparición en los juegos de los niños6. 3. Conservación del ritual gestual, de movimiento y forma en el espacio, pérdida de la fórmula oral. El patio de la escuela En la escuela -en patios y aun en aulas-, los grupos infantiles siguen transmitiendo activamente esa cultura recibida, ya sea verbal o gestual. En algunos casos, el educador impulsa los mecanismos transmisores, conecta la ardua tarea escolar con los mundos imaginarios y dinámicos de la infancia anclados en el juego colectivo, transmitido, espontáneo, creativo. Éste es un recuerdo, de aquel patio, aquellos juegos, aquel día..., entresacado de la memoria: —17→
La sucesión de las estaciones arrastra la noción de un tiempo para cada juego. Un calendario comunitario, calendario de fiestas populares, por ejemplo Navidad, Noche de san Juan: calendario misterioso como el tiempo transcurrido; en la primavera y el verano retoma el espacio y las tardes anochecidas la libertad de adentrarse en el pleno corazón del juego. —18→Deslízase el tiempo, en la concatenación de las distintas propuestas. Sin reglas precisas, cada grupo establece un ritual de juegos para comenzar, alternándose la noción de actividad física (correr, saltar, perseguir) con otros sedantes, juegos mímicos, escenificados; prendas, juegos con objetos, de competición. Los juegos de expectación, algunos juegos de «suspense» como el Milano o Lobo, dónde estás, juegos del asustarse, dando crédito a los informantes, son juegos terminales («eso era para el final»; «el milano, como era para meter miedo, lo dejábamos antes que nos llamara la madre»). Una niña nos comunica esta vivencia del juego terminal: el juego de la cueva oscura. El discurrir temporal Tiempo-espacio irreal, impregnado de magia. Una extraña percepción, tensión de vértigo y detención, como si el tiempo no transcurriera, de tantas acciones que podía sustentar, plenitud de la intensidad. Simultáneamente el asombro cuando había que poner fin al jugar porque había pasado ya el tiempo y el reclamo familiar era imperativo. Carmen Martín Gaite siente ese discurrir temporal sorprendente y extraño: —19→
Inscrito en un gran tiempo -un fuera del tiempo-, cada juego construye una percepción especial de la duración temporal, de velocidad, en la acción, entramándose con la duración «interior» temporal. El ayer, hoy, el antes y el después, el pasado mañana representan una incógnita para el niño. Que la abuela sea madre de mi madre, y mi padre hijo como yo de la otra abuela es un enigma indescifrable para el menor. La vivencia de quietud e inmovilidad, silencio y ruido, crean un antes y un después, se «oye pasar el tiempo», detenido o lanzado. Los juegos de azar (alea), de vértigo (ilinx), de competición (agón), dejan su huella profunda y diferenciada, el transcurso temporal. En el Taller de escritura, jugando con el juego Pídola, se instaló el tiempo con sus extraños laberintos y cercos7. Definición: Dícese del juego de saltar en los patios y descansillos de invierno. De saltar por saltar y, cayendo, ver pasar el tiempo. Pídola Recibe el niño pequeño un caudal rítmico, afectivo, en juegos primeros, unido a su experiencia con el vínculo maternal, con el nexo umbilical de la nutrición. La madre alimenta con la palabra táctil, palabra-gesto, palabra-emoción, la oralidad y la receptividad, siempre abierta, disponible, del niño pequeño. Funda los elementos afectivos, revelados posteriormente como constitutivos de la literatura vivida, jugada y conjugada, la literatura oral. —21→
Este emocionado recuerdo del autor mexicano de la figura materna es compartido por los mantenedores de la tradición oral: Eso lo sabía mi madre, si mi madre viviese, sí pero yo no, ella... La figura de la madre, en su iniciación al mundo mágico de la palabra, suele estar desplazada hacia la gran Madre, Abuela, tías, hermanas mayores, porque en realidad lo que aquí se desvela es la continuidad, reestableciéndose la presencia de una figura protectora, nutridora, depositaria y regidora. Que esta presencia del Antecesor, Mayor, sea inevitable, lo señala el hecho de que los niños en su ya organizado grupo infantil, nombran a la madre para designar a la niña o niño que conducirá el juego, llevará adelante su desarrollo, la mediación equilibrante, caso de interferirse el rayo de la contienda. Los niños pequeños repetirán las «enseñanzas recibidas» con los pequeños, les dejarán participar en sus juegos, con una permisividad especial. Al mismo tiempo los niños sienten la gran atracción de los grandes, los que ya tienen mayor habilidad, fuerza, memoria, resultando para los más pequeños la figura del Mayor. —22→
En el frágil archivo de la memoria yacen escondidas, a veces vívida presencia de gestos, lejanas voces jugadas. El niño, pequeño explorador del extenso universo, descubre su cuerpo, pies, boca, ojos, manos, sonidos, movimiento, protegido por el cuerpo materno. De las manos
La sabiduría popular guarda retahílas y cantarcillos para compartir ese cotidiano descubrimiento. Uno a uno los dedos de la mano -extender y replegar, el giro de la muñeca, cerrar, abrir-, adquieren su capacidad de distraer el aire. Y cuentan una historia admirable:
Construcción familiar, por la enumeración de sus personajes diferenciados y hermanados en una empresa, al parecer común, mientras no hace su aparición en escena el dedo pulgar -el tragón oficial-, dispuesto a arrasar con el alimento aderezado minuciosamente, admirando a los otros por esta cotidiana y eficaz hazaña. Sorprende pensar que a través de esta historia sin ningún sentido, el niño recibe variadas informaciones-emociones; el frágil meñique impulsa la acción inicial, secundado por la diligente ayuda —23→ de los otros, alegre victoria de satisfacción del pulgar, ligado a la imagen de la succión, del tragar vorazmente. Parte y todo, el niño es alternativamente meñique y pulgar, es él, en su pequeña historia, juega a ser cada uno de los miembros-acciones enumeradas. Su apetito despierto, su oralidad recibe un mensaje de búsqueda y satisfacción, hechos sucediéndose en el tiempo, indicadores del crecimiento, y aquella alegría sin culpa por ese ser tan pícaro, receptor de la ración triunfal. Descubrimiento maravilloso: el movimiento de las manos de un pequeño, extensión hacia el mundo, prolongación al espacio, contacto. Particular magnetismo de las manos, que aprisionando la mirada del ejecutor, observador, percibe esos instantes donde emerge una luz dirigida, deslumbramiento por la forma, fluencia, gozo.
Desde la memoria, realidad, reconstruyo el mundo sensible por las manos de un niño, los sonidos unidos a su exploración del movimiento, el semigiro rítmico de la mano de la madre conduciendo la mano del hijo, trazando al aire la historia aquélla:
Por fin este cantarcillo nos asegura asomos de justicia detrás de la escoba, equilibrio reparador, porque el alimento alcanzará a todos y cada uno. Tema, el de nutrición, alimento, tan importante para el niño pequeño, aparece reiterado en otros cantarcillos para las manos, identificadas como receptoras del sustento anhelado, deliciosos manjares, sean tortitas de manteca, turrones, leche nutricia. —24→
Para alimentar lo oral, palabras volcadas en demorar el tiempo, en apresurarlo, según cual sea el impulso dado, convocando imágenes en el universo hambriento del niño. Dando palmas / palmitas para llamar la atención hacia la espera apetente, expectante, confirmando tras el juego / símbolo la profunda relación establecida, asegurar el sustento indispensable. Otras sensaciones se exploran en la mano, palmas abiertas, siguiendo las inexplicables / explicables huellas y trazos, líneas enigmáticas -que algún día quisiéramos desvelar- ahora convertidas en misterio dibujado de la felicidad mínima, tamborileo rítmico, mano de la madre sobre la diminuta del hijo, lento recorrido, precipitándose en el picoteante final.
Así de fácil deberá ser la ventura y la desventura sentida como urticaria o picor. De cosquillas
Y puestos al regocijo, palpar, sensibilizar el cuerpo del pequeño, iniciar el ritual de las cosquillitas-cosquillón, recorriendo las piernas, el brazo, la nuca, entregadas a la solicitud amorosa del tacto:
Hormigueo desatado, contracción animada por la risa, respuesta, sensorialidad, flor de piel, tiempo del hallazgo recóndito, restallante la alegría del cuerpo despierto al contacto y la caricia, ser táctil bullicio animal: —25→
Un niño ríe acariciado, su risa nos acaricia, breve esplendor. Jorge Guillén siente la luz, la gracia, la fuerza de la vida en esa
Acunar. Balancear
Pocos momentos tienen más honda fusión que acunar el cuerpo del niño; nada más cerca del incomparable don de la protección. Balanceo, movimiento esencial de calma y seguridad, entrañable sabiduría del amor manteniendo en vilo, en vuelo, abierto, acurrucado, rescate del vacío y el temor11. Cuerpo contra cuerpo, alejando en el vaivén lejanías y sombras. Cuna primera, carpinteros del aire, cuerpos fusionados, movimiento primordial de las nanas12:
Ir y venir, alejarse, acogerse, implica riesgos. El cantarcillo del Aserrín aserrán oscila desde la vivencia del cuerpo todo cercanía, pronto abrazo, a la sensación contraria, pérdida del otro cuerpo, abandono en el espacio, en el vacío, es decir, caída, caída...
—26→ Al igual que en otros juegos con los pequeños, es fundamental la repetición, una y otra vez, de idénticas palabras-acción, porque en ese eterno retorno se asienta la seguridad del niño. A la caída singularmente peligrosa, sucederá el volver, acogerse entre los brazos. La aventura del alejamiento en el espacio resulta una probabilidad más de explorar la red de sentimientos, sensaciones, porque al final la protección prevalecerá. Experiencia mínima -pero no menos importante-, temor a que el espacio nos trague, alejamiento del cuerpo materno, para experimentar la alegría del reencuentro, del volver cerca del otro, contacto con la piel cálida, que la vida, en su vaivén, retoma en situaciones diversas. De ensalmos
La palabra ritmo, henchida de afectividad, cobra propiedades mágicas en los ensalmos para ahuyentar el dolor de los golpes, las pequeñas heridas. Apaciguar el dolor, el temor, en el viejo rito de curar con salivilla la carne maltrecha, mientras se repite, tocando levemente la piel:
Día tras día, la percepción del niño recibe con la palabra, el tacto visible de la presencia protectora, la huella imborrable de la fusión, latiendo en el ritmo, cadencia que desde la raíz alimentará el manantial, al que volverá cuando, ya hombre, necesite transfundir en otro las sensaciones primeras. Tal vez en esa nueva comunicación de amor, se vuelva evidente el por qué en esas imágenes a veces diluidas se encierra una fuerza soterrada. Y en el tiempo
—29→ Los cuentos maravillosos, de hadas, encantamientos, rescatan temas y motivos, imágenes primordiales14, elementos propulsores de la narración, errantes en uno y otro cuento, constituyendo unidades mínimas, micronarraciones. Estos motivos, imágenes esenciales, construyen el nivel de lo imaginario enlazando con estratos profundos de la interioridad de la persona. Tienen las imágenes / motivos un valor literario simbólico para ellas mismas; y, aunque engarzadas en la trama permanezcan aparentemente relegadas, replegadas, arrastradas por el desarrollo de la narración, estructuran el nivel simbólico. En la lírica tradicional infantil, en los juegos de corro, sorteo, comba, la acción narrativa se convierte en acción-ritmo, acción movimiento. Las imágenes / motivos, persisten, sintetizadas, aún más células primarias, envueltas, llevadas por impulsos rítmicos, cantinelas encantatorias, gestos, es decir, por la ceremonia simbólica ritual del juego. En los corros, los niños cantan, danzan, motivos míticos, cuando recuerdan el madrugar del Conde Olinos a las orillas del mar...
El canto circular de las niñas convoca el Motivo del poder del canto. La música, la palabra cantada, las más magnetizadoras melodías, enloquecen a los hombres del mar cuando escuchan el canto de las sirenas, naufragan irremediablemente atraídos por ellas. El poder del canto es tal, que el mítico Orfeo mantiene en quietud a la naturaleza, doblegada a su voz; por su mágico sonido accede al mundo de los muertos e intenta rescatar a Eurídice, su bien amada. Nada puede sustraerse a su música, excepto la duda deshacedora de hechizos. Orfeo regresa del Más Allá, pero Eurídice, su amada, se difumina en el reino de las tinieblas. El mito de Orfeo, el mito de las Sirenas, arcaicas y no perdidas creencias, se repliegan en el símbolo, sintetizado en el motivo del poder del canto, del romance del Conde Olinos, en los juegos de corro. —30→Reverencias, movimientos, gestos, palabras, ritmos, cantinelas, son actos rituales. Y el rito contiene, condensa lo simbólico, se constituye en mito expresado. Por el rito, re-presentación de lo mítico, por las sucesivas alusiones, analogías, renueva el hombre su presencia en el universo, restablece la alianza, y también implora, indaga su destino. Los ritos han perdido el nexo con lo sagrado, su función arquetípica, quedando sin embargo la presencia del símbolo, patente en las creencias del folklore. Con esto no quiero afirmar que cada vez que la infancia juega sea posible recordar, reconocer significaciones; pero a través del rito del juego infantil, aun sin descifrarlos, nos es dado percibir la fuerza de otra presencia, el entramado de un mensaje plurivalente. Hallamos la secreta fisura para poder deslizarnos a una percepción diferente, del tiempo por ejemplo, como indudablemente lo vivíamos en la infancia. El diferenciado tiempo del jugar, las leyes del tiempo concentrado, reproducen elementos mágicos de tiempo detenido, espacio mágico donde se adentra la comprensión de otra realidad. Evidentemente el niño no sabe, pero por la interpretación simbólica del mundo, por su imaginación, comprende:
En las prácticas mágicas, el pensamiento, la palabra, están ligados a un objeto que es la cosa misma invocada. En el niño, las prácticas mágicas, objetos / pensamiento / palabra / acción, son constantes. Con estos elementos simultáneos, el niño se apodera de la realidad exterior intentando modificarla. Piaget establece diferencias entre las prácticas mágicas del niño y su animismo. —31→
Guardianes de prácticas mágicas arcaicas, los juegos infantiles actualizan, ya por invocación, ya por protección, ya por mandato, la estrecha alianza con el juego simbólico. En el érase que se era, cuando se desliza la magia en la niñez perdida, la llegada del verano abría la posesión del paisaje, la naturaleza, la búsqueda de hierbas para tragar a gusto, la exploración de los insospechados escondrijos de bichos, lagartijas; atrapar luciérnagas que encendieran inéditas luces y caminos; jugar entre sombras, intentar descifrar el misterio de la desaparición y aparición de los signos celestes. La luna ejercía -sigue ejerciendo- un misterio insondable. Ella, la protectora, la dispensadora. Esperar que se alzara llena, roja e imposible, ascendiendo hasta el blancor total, entre estrellas y nubes...; la Cruz del Sur brillando como sólo la Cruz del Sur puede deslumbrar en la memoria, y entonces iniciar su invocación, bien medidos los pasos de un resplandeciente rito. Una moneda de cobre en la palma extendida, inmóviles frente a la cegadora blancura; implorar...
No, no llegaría la súplica a la luna, si la intensidad no estuviera quieta allí en la mano, la melopea inacabable, el hieratismo, superados los escalofríos del temor por tan poderosa presencia, el silencio por testigo, la alternancia de palma extendida, salmodia-silencios. Dueños de absoluta certidumbre: la multiplicación mágica de la moneda, signo revelador de haber sido escuchados. En las invocaciones infantiles recogidas de otras infancias se reitera la petición, la invocación mágica a la luna, como dadora de riquezas, multiplicación, nutrición.
Siete noches repitiendo tres veces la invocación lunar, saludando con una inclinación de cabeza a cada verso recitado; siete noches inclinándose a la luna, con la palabra metida en el misterio; siete noches, gestos y voz ajustados, ritual preciso cuando el niño anhelaba saberse protegido, regalado17. ¿Por qué la luna tendrá tan extremados poderes, si a veces veía en su redondez albar extrañas formas, rostros, guiños, que me llenaban de espanto? ¿Cómo hacía ella para acrecentar los menguados tesoros y peticiones tan reiteradas? ¿Por qué, me decía, era preciso buscar su luz y lograr que destellara la moneda en la palma con extraños fulgores?
Rodrigo Caro confirma cierta elemental asociación; la luna se hunde, desaparece, renace, crece, como la Fortuna. El simbolismo de la luna es complejo y teje una red de analogías, incluyendo sentidos opuestos. Si es Madre de cosas vivas, otorgadora de fecundidad, también es «el primer muerto (y muchas creencias) hacen de la luna el país de los muertos», recuerda Mircea Eliade19. La luna puede robar el alma de los niños, dejarlos sin razón, extraerles la vida, pero es la señora de la «fertilidad», la creación periódica, la vida inagotable. El mito lunar implanta el ritmo de nacimiento, crecimiento, desaparición, resurrección, distribuye ciclos, rige las mareas, la fertilidad femenina; el cambio de luna, sus cercos, presagian lluvias, acrecienta, y esta red asociativa se desplaza hacia otros significados. Un caso ejemplificador: El Cuerno de la Fortuna. —33→
Regreso a la imagen del niño y su mano suplicante, preguntándose, superados los atisbos de terror, inundado de luz, misterio, qué cosa movediza sería la Fortuna, evidentemente sólo Una, ya que así lo decía la canción:
Por las comarcas levantinas los niños juegan una mágica persecución en noches de luna llena. Un niño en la claridad, los otros desde las sombras, invaden el espacio iluminado diciendo:
Si el niño-lunar alcanza a cualquier niño-sombra, éste quedará en el lugar de aquél. El niño-lunar no puede, por reglas del juego, pisar la sombra, perteneciente al otro bando. ¿No percibimos en este juego singular el simbolismo dual de la luna deslizándose de la luz a la oscuridad, de la presencia vivida al sombrío espacio de su desaparición? ¿No rezuma simbolismo esta representación en dos bandos de jugadores, de los significados opuestos, aludido por Mircea Eliade, de la Madre-Luna? ¿No presentimos en la desnuda esencialidad de este juego una honda huella de supervivencias arcaicas? «Es verdad que me da que pensar esa ceremonia...», dice la antigua voz de Rodrigo Caro.
—34→ Aproximadamente por los años de 1767, en una de las copias del manuscrito de Días geniales..., de la Biblioteca Colombina (el manuscrito original está perdido), el copista escribió muchas notas a los juegos y «referencias de la vida intelectual y cotidiana de la segunda mitad del siglo XVIII»23. El anónimo copista en el juego de Sonsoluna anota:
Azorín, recordando su infancia de principios de siglo, llama a este juego La lunita (ver pág. 141)25. Sugerente imagen la de niños huyendo de la sombra para entrar en la luz. El niño-luz espera rozamiento, pesca del que esté en la sombra, para dejarlo a plena luz, y él, cumplido el ciclo, traspone el límite hacia la oscuridad. Intensa imagen la de perseguir, huir, sombras, luz, en cálidas noches de verano, a luna llena, movimiento, espacio emoción, arcaicos símbolos reactualizados, palpitantes en el universo lúdico, ritual de la infancia. Y es el símbolo, la red de símbolos percibidos en los niveles psíquicos, afectivos, sensoriales, dinámicos, lo que mantiene su prolongación en el espacio-tiempo de tantas infancias jugadas. Atraviesan siglos y culturas simplemente porque siguen vivos en el subconsciente, en la dinámica corporal, en la imaginación. ¿Y no son elementos esenciales, núcleos generadores de la creación literaria? Nada importa saber o no saber sobre el culto de Selene, la diosa lunar, porque desde la infancia la red de símbolos nos apresa a través de la luminosidad y navegación de emociones, en palabras referidas a la presencia-ausencia lunar. Porque más allá de la emoción de la naturaleza hay otras dimensiones. Las ocultas redes simbólicas... —35→
puntualiza con exactitud Mircea Eliade. Esta consistencia del símbolo es lo que permite la supervivencia del saludo rítmico lunar-solar en tantas latitudes, por pertenencia a ligazones, estadios profundos de pensamiento; y su relación en la configuración del mundo real-mundo imaginario, mundos poéticos...
Salta a la memoria el envés misterioso, oscuro de la luna, la robadora de niños, muerte, en el Romance de la luna, luna, de Federico García Lorca...27
Nada es uno sin su contrario, al juego-culto lunar, corresponde el culto-rito solar. Lo femenino y lo masculino, plata y oro, luz más luz, se reflejan en estas dos imágenes lorquianas.
Federico García Lorca traduce en estas imágenes la levedad de una luna extremadamente femenina, surgiendo del álbum de moda de fin de siglo, olorosa blancura floral, gestualidad antigua, misterio en puntillas. El sol rotundo, viril, seductor, es decir, poderoso, deslumbra en su entorchado uniforme, arrasante raso tornasolado, capitán de los tercios..., señor capitán. Lorca mueve al sol y a la luna, visualizados en teatrales personajes de principios de siglo28.
¿Desde cuándo los niños españoles cantan esta canción?
Gonzalo Correas, el gran humanista de Salamanca, recopiló, probablemente en las primeras décadas de 1600, esta cancioncilla y otras variantes de la canción saludo, canción invocación, al Padre Sol29.
Correas recoge la variante, como cancioncilla íntegra, de los cuatro primeros versos, y es la que hoy pervive en la memoria popular. Aunque no hemos encontrado una versión «completa», como la recogida por Correas, de invocación solar, sí comprobamos, una vez más, el mecanismo de la tradición oral, que funde textos, hace fórmulas de uno y otro verso, cambia las funciones, desplaza el texto a juegos diferentes, mantiene la red de símbolos. Como retahíla de sorteo recogemos esta versión:
—38→ En canciones para columpio (B) y en juegos para atajar la calle (C) reaparecen los versos viajeros:
A primera lectura, en los versos señalados de estas letrillas la invocación solar ha desaparecido. ¿Ha desaparecido totalmente? ¿No será más correcto decir que se ha desplazado en una red simbólica? El sol es dador de luz, calor, fuego, alegría, fuerza, vida, renacimiento continuo, riqueza, oro...30 En suma, un momento de exaltación y plenitud, amor. Deslumbrante como la fantasía del amor que deslumbra. En la imagen poética de estas letras, el símbolo solar sigue radiante, ahora desplazado en luminosa irradiación del caballito blanco / adornando / retumbando / que reluce en todo paisaje. Campo mayor-campo menor. Cabalga la luz. Y el sol deja sus llaves de oro para abrir el coro, para ver pasar a la Madre de Dios. Una imagen aureolada (Correas, y núms. 182 y 192). Pasa una, pasan dos... ¿Pasan las monjas, las toronjas, pasan? Releo la versión de Correas y la versión A. Condensado, ceñido estilo del motivo tradicional: lo femenino avanza con ese punto de sol concentrado que es la toronja, la naranja. Un viejo cuento conduce la analogía. En Las tres naranjas del amor, dentro de cada naranja que le entregaban al joven príncipe, moraba una niña. La elegida. El motivo de la naranja, símbolo de lo femenino y el amor, ofrenda, petición, está ampliamente difundido en la poesía tradicional... Dos breves ejemplos31:
En la cancioncilla antigua, las monjas, aunque cargadas de toronjas, no pueden pasar por el río de la mar (o tal vez por eso mismo). Y, sin embargo, Pasa una, pasan dos, llenan con su dorada promesa todo el campo. Constelación de imágenes, la red simbólica solar traspone siglos, reapareciendo en el surrealista Vals en las ramas32:
Así escuchó García Lorca la femenina voz oculta de la naranja, y vio en el Romancero gitano asomarse
—40→ Constelación que se extiende desde las imágenes tradicionales a la poesía contemporánea de García Lorca, de Rafael Alberti, transformándose en invocación, deslumbramiento solar, exaltación y plenitud amorosa en la bellísima Canción de Alberti
Frente a un devenir, a un destino que le es insondable, la sucesión a veces pavorosa de los días sin objeto, el hombre ha intentado escudriñar, desvelar su futuro, su fortuna. Oráculos, adivinos y echadores de suerte, anticipadores del porvenir, no son una invención de tiempos pretéritos. El azar de la propia existencia se ha emparentado con la atracción poderosa del azar en el juego (dados, barajas, apuestas...). Tirar cara o cruz, habas, tabas, piedrecillas, práctica para adelantar lo no venido. En los grandes rituales adivinatorios, el futuro era descifrado, leído, según la disposición, relación de piedras lanzadas, tres o cinco, desvelándose futuras incertidumbres, ya que el camino quedaba trazado, señalados los acontecimientos inesperados-esperados. Echar suertes, jugar a la suerte, lejos ya desconcierto y temor, llega al universo infantil, con expectativa del afortunado o —41→ desafortunado, prendidos ya en la emoción del azar, llámese chinas, vico, guá, canicas, payanas, hoyelos... Ganar o perder, sobresaltos y expectación, sufrimiento por la esquiva fortuna, pares o nones, chapas, cerillas, alfileres, cromos, constelación del juego, resplandeciente habilidad prodigiosa, picardía de la trampa, penar de perdedor, triunfo siempre tornadizo. Las chinas Increíbles juegos de habilidad de las manos al lanzar las cinco piedrecillas al aire, recoger dos, dejar tres, dejar cuatro, girar palma y dorso, construir puentes, huellas y giros de tejos al aire, cinco, cuatro, dos, uno, todo, cálculo exacto de tiempo-espacio, velocidad, juegos de birlibirloque. Y se pierde porque alguna piedra se escapa, o toca lo que no debe, o no llega con precisión a la que está en el aire. Un largo ritual con la palabra mágica que dibuja un ritmo.
—42→ Un pequeño objeto cónico, de madera, con un clavo o púa, en el que se enrolla una cuerda para lanzarlo y hacerlo girar; también se mantiene el movimiento con azotes de un látigo. La habilidad, la destreza necesaria para su manejo, la competencia entre dos trompos danzarines, dan a este juego de muchachos una evidente modalidad: dominio motriz, corporal, precisión, medición tónica de gesto, concentración en el movimiento, vigilancia avizora, ya que la duración-velocidad del movimiento de la peonza requiere ser mantenido, guiado, regulado. - Forma-movimiento, espacio-tiempo Trompo, juguete tradicional, verticalidad lograda en el continuo giro sobre su eje. Rotación sobre sí mismo, equilibrio en el máximo dinamismo, desplazamiento en trayectoria recurrente, circular espacio trazado previamente, regla elemental del juego. El movimiento del trompo es encantatorio, porque el giro atrapa la visión, suspende el tiempo lineal, internándonos en el hechizo al sustituir trompo por nuestro propio ser. La permanencia en lo rotatorio crea un estado hipnótico y se asocia con prácticas e ideas mágicas arcaicas35. Juliete Grange, en agudo «Relato de un caso ejemplar: el trompo», desarrolla esta noción del movimiento:
—43→ - Dinámica del movimiento
- El sonido, zumbido del trompo
Poder hipnótico de la imagen dinámica del trompo, acrecentado por el incisivo sonido, zumbador, agudo canto. Si encantatorio es el espacio que dinamiza, aún más este sonido extraño, inquietante, misterioso. Débil, agudo, persistente rumor, canto rotando, rodando, adentrándose en el oído, en las vistas, escarbando el corazón. —44→El escritor peruano Arguedas descubre en un capítulo de Los ríos profundos la intensidad del sonido-movimiento en la entrañable relación de los niños y el juguete, en un patio de escuela, extraña memoria recobrada, recuerdos infantiles novelados (ver págs. 135-137).
Sólo en la poesía, en el sueño y en el juego... podemos asomarnos a los ojos de ese niño. Contemplar con el corazón detenido sucesión de imágenes, analogías, semejanzas, la magia turbadora, reactualizante de otros gestos, otros rostros, otra mirada, otra percepción del objeto transformador, núcleo imán, juego de la infancia, trompo, peonza, peón, zumbador39. Estrechamente ligado a la noción de forma-espacio-tiempo, movimiento-sonido, el juego del trompo posibilita una imagen —45→ especulativa, la construcción de tramas imaginarias en la infancia. Desde la percepción y estructuración en imágenes dinámicas, los poetas, iluminando esa trama, la transfiguran en imagen poética. Antonio Machado, en la voz de Juan de Mairena, recuerda su aislamiento, un instante de su niñez, aprisionada en un cuarto oscuro, escuchando fluir el tiempo, la soledad, percibido en el sonido inquietante del paso destructor e incesante tiempo roedor, huidizo, tiempo carcoma...
El ahora adulto, poeta ya desde niño, enlaza el discurrir temporal -de la soledad, el tiempo, la poesía- con la imagen grabada en la memoria del gemido-zumbido del trompo-tiempo (llamado también peonza, peón):
Recurrentes imágenes primordiales, percepción, imaginación, emoción del juego infantil del trompo. El escritor prendido al hilo de la memoria como al cordón del juguete, se lanza a pulso del —46→ geométrico corazón de madera acuciado, acosado, canto gemido, danza torbellino, hiriendo el centro del mundo, su mundo, hechizo, maravilla. Tramas imaginarias: el trompo asociado a la trampa del amor, que turba, perturba, anuda, sin poder deshacer el hechizante lazo, otra imagen, en el poeta clásico, clamando:
—47→ Comienza el juego con el trazado de perímetro y estancias; luego, la partida por el jugador, empujando la piedra con el pie, girar hacia la mitad del camino, sin temor ni vacilación, justa voltereta total en el descanso, para retomar la trayectoria al frente, de frente hacia el término, continuar recto, si es posible, sorteando, saltando, deslizando el canto rodado hacia el centro de cada estancia, casilla, sin rozar los límites, en el difícil equilibrio de saltar y mantenerse con un solo pie, uno solo, menguada apoyatura en la tierra, para llegar al Cielo, Casa, Sol... Y desde allí mínimo-máximo triunfo, vislumbrar, sin ver, cuántos siglos de azar habranse recorrido desde la partida, sentir tal vez la extraña sensación de que al llegar a la meta (cielo, gloria, casa) quizás un día...
como bien jugará, en su Rayuela, Julio Cortázar.43 ¿Quién, sin perder su equilibrio, se atreve a jugar a la Rayuela? Columpios, mecedoras, conquistadores del movimiento en el aire, dibujan en la sensibilidad del niño, en su construcción dinámica imaginaria, la huella del vértigo, la ascensión. Gerardo Diego revela en plástica vanguardista la sensación del columpio como impulso, dominio, ensueño, en una imagen visionaria.
En la tradición oral infantil el columpiarse va acompañado de cantinelas al ritmo del balanceo, jugando con arriesgados pases por delante del columpio, alternando acelerando, desacelerando, intensidad y velocidad...
Con las llaves solares para abrir el vértigo del vuelo. Quien es mecido, quien se columpia quiere salirse del quicio del mundo, llegar cada vez más lejos, reactualizando un saber oculto en olvidados mitos y ritos. Constante presencia en la vida psíquica del niño y el hombre. Tanto en el mito, en el rito y en creencias populares, existen coincidencias permanentes: un idéntico impulso, intento de ascender, de llegar a un Más Allá, buscando en la altura el reencuentro con seres perdidos, después de agotar, en la tierra, la posibilidad de recuperar la presencia, audaz rescate de la Muerte.
En el norte argentino existe la creencia de que columpiándose, cercana la fiesta de los muertos, se logra rescatar almas del Purgatorio46, es decir, re-encontrar, revivir, llegar por este rito al umbral de la vida-muerte,
—49→ columpiarse..., comenzar el vuelo, convertirse en el señor del juego y el sueño. Medir, acelerar, saberse impulsado, subir alto, más alto, rozando el verde último de las hojas, y en esa instantánea frontera, imposible retorno, descenso, pies en tierra, ahora arriba-abajo y el universo oscilando. Aire, bandadas, movimiento sobreponiéndose al latido alarmante del corazón, en la boca ya, tensarse y lanzarse, repliegue, extensión y frágil equilibrio de la fuerza ascendiendo. Los gritos, de allá abajo, voces y cuerpos empequeñecidos. Acallado grito, corazón, corazón, ¿por qué gritas? Alucinante viaje de colores, olores, embriaguez de miedo, osadía en estallidos de luces, franjas, ráfagas de aire verde, pies y torso dibujando el impulso, para después regresar, cediendo, aposentarse, como un héroe, barco ebrio de qué, pisar vacilantes la tierra, mientras otro iniciaba el camino, el vuelo, tamaña hazaña. Pues sí:
En la infancia, recuerdo, no era tan difícil volar. Como Machado quería...
A tropel, saltar ¿cuántos escalones esta vez?; comenzar el «principio de vuelo»; correr y saltar, andar por los aires, imagen arquetípica del volar. Cometas, volatines, bailarín del espacio Otra imagen del vuelo simbólico, surcar el aire como las cometas, estela, volatín del espacio, frágil papel volador.
Cometa, bailarín del espacio Al juego de cometas48 le precede un minucioso trabajo de construcción y de reconocimiento de los materiales, las cañas, el papel de seda, la medición y la geometrización, el equilibrio del peso, la cola de la cometa, la proporción y el color. Artesanales manos, afectividad puesta en cada juntura, lenta construcción romboide de un corazón rumboso, que ése sí ascendería alto y libre, cuando llegue el día inexorable de la prueba del vuelo. Comparte el gozo, la emoción de hacer volar la cometa, elevarse, ser cometa, la plenitud de la infancia, la poesía, pasión de los hombres por el vuelo y el viaje sideral...
La cometa, sujeto corazón a las manos, a la percepción del aire, de la lejanía y altura, dinámica imagen literaria. Dámaso Alonso funde en la libertad de la cometa la personal libertad:
—51→ Cometa, vuelo, libertad, imagen dinámica, eso es
Primavera y verano desencadenan una variedad de juegos en los que la tierra, los vegetales, los pequeños bichos, se multiplican, como se multiplican las ramas y las hojas en los árboles. Qué emocionante riesgo trepar por entre las ramas, calcular la resistencia donde pie y peso sostenido, medir impulsos para el salto, el deslizamiento, la fuerza y flexibilidad para alcanzar el peldaño superior, no mirar, porque el vértigo, el miedo paraliza, y una invisible mano podría empujarte hacia la caída. Pero cuando has llegado a la copa no sientes las heridas ni rasguños que el árbol, corteza, espinas, ha dejado. ¡Qué sensación de triunfo, de poder, de haberte transformado en esa ascensión, mitad pájaro, mitad aire, mitad verde! Y allí, en ese territorio, construir el refugio, avistar las nubes más cercanas, el horizonte más distendido, envolverte, esconderte entre hojas, orugas, hormigas. Árboles grandes y protectores, árboles dadores de fuerza, valentía, árboles de la niñez memoria verde de los días -olmo, ombú-, paraísos, jacarandá, tala, castaños, acacias..., ceibal restellante de rojos, hirsutamente defendido, palo borracho. Los mágicos árboles de la infancia reactualizan en la percepción y sensorialidad infantil la creencia del Árbol de la vida, el Árbol sagrado, la naturaleza en su continuo devenir y regeneración. Árbol alzándose como centro del mundo, imagen axial del universo, árbol maravilloso que canta, que habla, que da frutos de oro, árbol paradisiaco de los cuentos de encantamiento. Árbol para ascender, árbol centro en las danzas de san Juan o mayo, es la primavera, —52→
cuando se renueva, ya en fiestas populares, esta creencia del árbol axial, la posibilidad de ascender49, en dura y resbaladiza prueba, al Palo de mayo o cucaña. Juego para niños y muchachos, trepando hasta lo más alto, hasta encontrar una simbólica porción, deleitable paraíso -regalos, golosinas-, prendidos en su punto terminal. «Plantada del mayo» entre los muchachos de la aldea, árbol de mayo para danzar los jóvenes alrededor del símbolo de fuerza y vigor, alto, inagotable. El subir a la cucaña Las fiestas populares renuevan un lazo entre los miembros de la comunidad, participación general, viejos, jóvenes, adultos, niños. La celebración del solsticio de primavera, relacionada con antiguos ritos de vegetación-fertilidad, tiene en la noche de san Juan una mágica efervescencia.
—53→ La noche es mágica, dadora de felicidad, la noche de amor. Vegetación y danza, amor y fuego se condensan en el cantar.
Para los niños, la mayor actividad se enlaza con los preparativos de la hoguera de san Juan51. Buscar las ramas, reconocerlas, disponerlas sabiamente en la gran pira, vigilantes, no vaya a ser que otros niños sustrajeran las ramas para las otras hogueras que arderán en la noche solar. Encendido el fuego, señor de la vida, la consumición, elemento purificador, fascinante, principio de Vida, acalladas las danzas y canciones, alistarse para el salto, el gran salto sobre el fuego menguado, pero fuego, y salir intacto, poderoso, quemados fantasmas, chamuscados miedos. La noche de san Juan, con toda su intensidad mágica y antigua que refleja en el niño, es evocada por Xosé Neira Vilas en Memorias dun neno labrego. De los juegos y su clasificación De las múltiples clasificaciones de los juegos, escogemos la de Roger Callois (1958)52. Divididos en juegos de
Los juegos de imitación (mimicry) y vértigo (ilinx) acogerán los juegos primeros. El columpio pertenece a ilinx; las chinas, rayuela, a agon-alea; los corros, molinillos, saltos, a ilinx, aunque combinen ciertos juegos con mimicry. Cometas, palos de mayo, ilinx, agón, alea; el trompo, ilinx, agón, alea, etc. —54→La red simbólica Arcaicas creencias, motivos míticos, prácticas mágicas, persisten ritualizados en los juegos infantiles. La red simbólica -subyacente en este material etnológico- opera en el psiquismo infantil, pensamiento e imaginación. Aunque diluida, olvidada, las débiles huellas afirman la consistencia del símbolo en el mundo infantil. Desde la génesis y comprensión del símbolo en el juego, el niño establece un acuerdo poético con esa fuerza soterrada, construye las vías de acceso a lo imaginario, a la literatura. Percepción del movimiento. Espacio-tiempo Gestos, movimientos, ritmos elementales -saltar-subir-bajar-correr-girar- almacenan imágenes dinámicas. Más allá de lo percibido, de lo que se ve, moviliza, escucha, opera la unicidad: Memoria-imaginación-afectividad interrelacionadas. Constructoras de tramas imaginarias, archivo de estructuras verbales rítmicas y gestuales interiorizadas. La imaginación y las instancias efectivas puestas en el juego transforman la percepción, el espacio-tiempo.
Espacio-tiempo deslizan en el juego una abstracción de lo real, un tiempo-espacio indeterminado, reiterativo, cíclico. El tiempo del juego es un tiempo irreal, mágico, detenido en su vertiginosidad, como el juego del trompo. Los juegos son ordenados en una sucesión, sin reglas fijas, en el espacio-tiempo: hay juegos para comenzar, juegos de alternancia de movilidad y quietud, de carrera y sedantes, y juegos terminales. En el transcurso anual, se ordenan los ciclos de juegos. Aunque —55→ algunos sean practicados en cualquier época, otros, sin embargo, corresponden a los ciclos temporales de primavera-verano-otoño-invierno. Construcción de la memoria. «El museo vivo, vibrante y sonoro» Las palabras, melopeas, cantos, que acompañan a los juegos trasmitidos oralmente (la madre, mayor, grupo de niños) pertenecen a una cultura infantil, oral, lúdica, subconsciente, marginal, raramente aceptada como valor cultural educativo. El cambio de los modos de trasmisión actuales (medios de comunicación, tecnología, aislamiento del niño urbano) interrumpe y disuelve esa forma de cultura infantil. En la supervivencia de los juegos tradicionales reencontramos estructuras, formas, fórmulas poéticas; movimiento y gesto, actitudes de un lenguaje no verbal, fórmulas corporales pertenecientes antaño a la sociedad adulta -culta y popular- confiscadas por los niños y olvidadas por los adultos. ¿Extinción de la práctica gestual, rítmica verbal? Retahílas, movimientos elementales, reiteración reguladora, vehículos del juego tradicional, «se identifican con la esencia misma de la fuerza vital que es emoción y ritmo», señala Guy de Bosschere54. El sinsentido de formulillas, retahílas poéticas, juegos verbales de sorteo, enlaza con la irracionalidad de la palabra que juega, con el absurdo y el disparate, azar compartido, magia-encantación de la palabra rítmica.
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