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Ioan Panzaru
Universidad de Bucarest El presente artículo propone un marco conceptual en el que podamos hablar de pintura y literatura en términos comunes, teniendo en cuenta al mismo tiempo lo específico de cada arte. Pretendemos circunscribir el tipo de complejidad que ha sido siempre imputado a los pintores flamencos y procuramos argumentar, empleando el ejemplo de Philippe de Commynes, que también (al menos algunos) escritores originarios de los Países Bajos presentan la misma característica: la mirada flamenca. La pintura y la literatura, comprendidas (muy vagamente) como formas de representación, filtran la experiencia teniendo algunos criterios comunes. Así, un primer terreno de cooperación es la función descriptiva. Para ver en qué contexto poesis similis picturae, es suficiente recordar las descripciones medievales de algunos personajes dichos «alegóricos», como por ejemplo la Ira, la Tacañería, la Hipocresía.
Desde este punto de vista, una pintura puede ser considerada como equivalente, al nivel de la intención simbólica, de un párrafo o de un número de versos. Aquí la correspondencia pintura-poesía se sitúa en el primer nivel, en el sentido de que (se cree que) transmiten el mismo contenido, y su contenido tiene dos niveles de significación, dado que las figuras descritas o pintadas deben ser más adelante reinterpretadas. La misma reinterpretación en el segundo nivel, es válida tanto en el caso de la obra pintada, como en el caso de la obra literaria; la interpretación en el segundo nivel no toma en cuenta el soporte o la forma de representación del primer nivel. Los emblemas de Alciato añaden en la misma página un texto a una imagen, el primero explicando a la segunda y desarrollando sus virtualidades. Desde este punto de vista, el texto y el grabado podrían ser considerados como variantes de notación de una obra ideal, que consta de un contenido puro, y que se encuentra sólo en la mente del artista. La tradición de la descripción poética de una obra plástica, ekphrasis, tan abundante por ejemplo en la Anthologia Palatina, tiene sus propios tópicos, como la extrañeza de que la figura no habla y no empieza a moverse, etc. Por fin, los retratos de Walter Scott (como los de Balzac, que siguen la técnica del escocés) son explícitamente pensados como análogos de una tela realizada por uno de los maestros que gozaban por aquel entonces de estima, como Rubens o Van Dyck. Pero también en el plano de la tradición, entre
pintura y poesía se observan diferencias importantes. El tiempo, que es
la dimensión principal (o al menos la más elemental) de la
narración, se deja difícilmente integrar en la imagen. La
solución habitual de presentar al mismo personaje en lugares y momentos
distintos para narrar un cuento es, al menos según los criterios de
nuestra cultura actual, bastante difícil de aceptar. La causalidad (un
fenómeno relacionado con el tiempo porque la idea de un efecto que se
produce antes que la causa resulta contradictoria), es difícil de
representar en la pintura y en el dibujo, mientras que en la novela y en los
textos históricos gozan de gran prestigio. La pintura puede representar
las causalidades «estáticas», es decir, los efectos que se
manifiestan visiblemente, como por ejemplo el pliegue de la piel de
Jesús al estar sujeto por debajo del brazo, en el momento de su
descendimiento de la cruz. En sentido contrario, la corporalidad de la pintura,
su materialidad no pueden tener un auténtico equivalente en el arte de
la palabra. La dinámica de la huella, la huella dejada por el movimiento
de la mano del artista, que desempeñan un papel considerable normalmente
en la pintura (mientras disminuye su dimensión simbólica) no se
pueden representar en la
Sin embargo, este modo de hablar, centrado en la función
descriptiva de las dos artes, tropieza con una dificultad. La función
descriptiva es además explicativa, por lo tanto contiene también
una dimensión interpretativa. Por supuesto, la hermenéutica no
puede ser eliminada de ninguna de las ciencias del hombre, pero estaremos de
acuerdo en que un uso atentamente controlado será mejor, para los fines
específicamente científicos del discurso, que uno oculto o
negado. Si suponemos -tal y como lo hace, por ejemplo, un exegeta de prestigio
como Michel Foucault en su análisis de las
Meninas de Velázquez- que los
elementos de la pintura son reconocibles, identificables, traducibles a
través de los signos del lenguaje (que a lo infinito y a lo vago les
corresponde algo de los dos), aceptamos desde un principio que ignoramos la
especificidad del trabajo del pintor, la naturaleza de los problemas que
él resuelve. Actuando así, eliminamos desde un principio todas
las indecisiones sobre las cuales se va a construir el trabajo
hermenéutico. Se nos puede olvidar con facilidad que, para poner con el
pincel los colores y, con la pluma, el recorrido de las palabras sobre el
Me parece necesario hacer explícitamente la pregunta: ¿con qué problemas creía el pintor que iba a enfrentarse y cómo ha pensado resolverlos? Luego voy a hacer la misma pregunta al intérprete, y tratándose de mí mismo como intérprete, me exigiré precisar qué indecisiones he eliminado para construir la interpretación. Paralelamente, haré la misma pregunta en relación con el trabajo del escritor: ¿cuáles son sus problemas, en qué medida se pueden adivinar éstos juzgando en función de la superficie de la obra (si no incluso las palabras y los sentidos idiomáticos) que trabajan durante la construcción de la obra? Michael Baxandall tuvo la idea de investigar qué categorías se utilizaban durante el Renacimiento para caracterizar la pintura de los maestros. Descubrió que a las obras de Botticelli, por ejemplo, se les atribuía una aria virile, que hoy no nos resulta fácil identificar. Reconocer nuestras categorías actuales, es más, el progreso de las categorías del pensamiento actual (en términos de resolución y refinamiento de discriminación), en todas las obras del pasado, significa reintroducir por la puerta de atrás un etnocentrismo que hemos echado con mucho jaleo por la puerta principal. Una renovada tentativa de arqueología del pensamiento, que intenta reconstituir modalidades pasadas de concebir e interpretar las obras de arte, sin recurrir a la empatía o a la intropatía, y sin renunciar al ideal de tratar de producir nuevas categorías para conferir al entendimiento un nuevo estado, se sitúa necesariamente cerca de la manera de pensar de las ciencias cognitivas. El lenguaje teórico común, capaz de describir en
la misma medida las obras de la pintura y de la literatura, podría ser
construido partiendo del concepto de representación. La
representación es un concepto que se encuentra con predilección
en el campo de la filosofía y de la psicología. En el primero,
designa la idea que un espíritu se hace sobre
En la psicología, la representación es la función de la mente por la que se evoca un conocimiento en relación con objetos ausentes o que no han sido todavía objeto de la experiencia. Es una función que la evolución de la vida inserta entre percepción y pensamiento reflexivo, estrechamente relacionada con la memoria. La representación, teorizada por Serge Moscovici, designa en la literatura de los últimos cincuenta años una forma de sistematización de unos conocimientos, que se transmite por medio de mecanismos sociales y tiene el papel de informar a la experiencia. El término de representación ha llegado, en disciplinas conexas como por ejemplo la sociología, a designar distintos tipos de prejuicios, de biases, como dicen los americanos. El valor positivo de la representación reside, sin embargo, en que permite la comunicación social mediante referencias cortas a paquetes de ideas complejos. La ruptura con la tradición clásica aparece cuando distinguimos firmemente entre ektypia, transposición de unas propiedades del objeto por la intervención de unos procesos físicos causales (la sombra, la huella, la fotografía, la imagen electrónica), y representación, actividad del espíritu. De este modo el arte aparece como la puesta de los procesos ectípicos al servicio de la representación, que los domina discretamente. Por representación artística entendemos la
relación compleja y estructurada entre la intención de
figuración y los elementos de la obra. Aquí el proceso es inverso
al de la psicología: en lugar de llegar a una configuración
intencional, partiendo de una experiencia u otra fuente de información
sobre el mundo que nos rodea, se parte de ésta para construir, con los
medios facilitados por la práctica de la sociedad, un objeto que mueve
estos contenidos y que favorece experiencias consideradas socialmente
válidas, incluso preciosas. El arte es representación de la
representación, es decir, una comunicación de unas experiencias y
contenidos por medio de unas técnicas y materiales socialmente
aceptados. Desde este punto de vista, es significativo si el arte llamado
escultura, por ejemplo, reconoce una sola materia significante, el
mármol, o si una lata de Coca Cola aplastada puede aparecer en una obra.
Si, en el deseo de ilustrar las posiciones relativas de las tropas combatientes
en Waterloo, utilizamos el plato para
Para que la fungibilidad potencial de un objeto se actualice, es necesario que él sea reconocido como remitiendo a algo. Más exactamente, parcialmente o en totalidad, debe ser integrado en una lectura que descubre una intención figurativa. Las constelaciones pueden ser consideradas como un ejemplo típico de actualización de lo fungible: donde algunas poblaciones ven una osa, otras descubren un carro. Lo icónico no oculta por completo lo fungible: así, las fotografías (que según la tradición antropológica hubieran podido ser en cierto momento objetos sin significado para otras poblaciones aisladas) necesitan a veces explicaciones incluso para el ojo experimentado. Un ejemplo todavía más claro es el de un diagrama, del que no resulta claro si se trata de la evolución de las personas mordidas por los perros en Bucarest o de la variación de la densidad de los crustáceos de las aguas de la Antártida. Según la definición de Peirce, el diagrama constituye la esencia de la iconicidad; sólo que la relación de referencia no es intrínseca a lo icónico, o mejor dicho, aquella forma que le es intrínseca, es plurívoca y confusa. Resulta que no podemos decidir a priori si un objeto representa o no; precisamente para eliminar esta indecisión, las sociedades utilizan sustancias reservadas para las representaciones: el mármol, los pigmentos en aceite de lino, el papel. Aquí apelamos a la noción de sistema de
representación, que cubre la arquitectura semántica que se
encuentra detrás de la producción del objeto. Se dice del pintor
alemán Caspar David Friedrich que, recibiendo una vez la visita del
francés David d'Angers, se quedó descontento porque éste
no logró comprender, mirando un cuadro en el que un cisne nadaba por
entre las cañas, que el tema de la imagen era la idea de
deificación. El sistema de representación de Friedrich
tenía también dos niveles de lectura, es decir, poseía
(para emplear las nociones introducidas por Erwin Panofsky) también una
iconografía y una iconología. A diferencia de la alegoría
medieval, él suponía una
La semiología de la imagen implícita en lo arriba
mencionado, supone que la lectura de una imagen tiene lugar partiendo de una
serie de «elementos minimales», organizados a un nivel que debe ser
llamado «umbral de representación». Los elementos minimales
no son las sombras de color o las palabras, sino las áreas de
identificación. Por ejemplo, en
la nieve es blanca, el área reconocible
como representación es toda la oración. (Es importante distinguir
entre signo y representación, ejercicio semiótico impuesto del
que me voy a dispensar aquí para no permanecer en la zona
propedéutica.) En
él camina triste, hay dos oraciones
de profundidad:
él camina y
él está triste, es decir, dos
áreas de identificación. René Huyghe (1965) ha publicado
en
Puissances de l'mage62, la foto de la nariz de un
personaje pintado por Rembrandt. Siendo más pequeña que el
área de identificación, la fotografía nos presenta
sólo una mancha blanca, en la que ni siquiera con la mayor benevolencia
se puede reconocer la iconicidad, es decir, el parecerse a una nariz. A pesar
de todo eso, el relieve de la pasta muestra que la zona ha sido fuertemente
trabajada por el pincel del artista y ha pasado por varias fases de
elaboración, guardando las huellas de unos rasgos con trayectos
distintos. Si son suficientemente «grandes» para ser reconocidos,
tales elementos de representación se
En la zona del umbral de la representación, la manera de identificación de estos elementos determina la interpretación del mensaje. Se conoce la célebre frase latina: mea pater, mea mater, filium tuum lupus est, donde mea no es el posesivo femenino, sino el imperativo del verbo meare, «ir» y est no es el presente del verbo esse, sino del verbo edere, «comer». Esta interpretación se valida por el hecho de que mea pater no es una expresión gramatical, pater siendo masculino, y que el acusativo filium tuum no se puede justificar en la versión que identifica los términos con sus homófonos más corrientes. De la misma manera, Hamlet puede ser el drama del hijo que venga a su padre (en el primer nivel de la ambivalencia de los sentimientos que nutre hacia él), o puede ser, en la misma medida, la tragedia de un espíritu contemplativo que no se siente entrenado en la carrera para los bienes de este mundo. Aquí podemos pensar en un test de validación análogo al test de gramaticalidad, pero tenemos que reconocer que la obra está construida de tal manera que permite la validación de varias interpretaciones. Un análisis del problema de la interpretación
(Pânzaru, 2000) nos ha llevado a la conclusión de que la
interpretación es posible por la asociación de unos elementos del
interpretandum con categorías
corrientes en la cultura del exegeta. La identidad de una cultura en esta
perspectiva está dada por la identidad de un conjunto de
categorías con una estructura dada. Tanto la arquitectura del conjunto,
como el contenido de las categorías, cambian con el tiempo. De tal modo
que algunas culturas pueden ser presentadas (partiendo de la bien conocida
teoría de las catástrofes de René Thom) como unas hojas
(no planas) con pliegues. En el lugar donde se produce el pliegue, la hoja pasa
tres veces por la misma vertical. La misma palabra o elemento de
representación cobra sucesivamente tres valores. Por ejemplo, la idea de
profeta en el Antiguo Testamento está ligada en la historia de
Moisés, a una relación personal directa entre el profeta y la
divinidad, al igual que a una función histórica actualizada del
profeta, líder y salvador del pueblo, que por su mediación, es
pueblo de Dios. El profeta del Éxodo es por lo tanto la forma eficiente
por la que Dios desciende la mano sobre su pueblo: El Señor golpea la
roca para sacar agua, separa las olas del Mar Rojo, y cura por la serpiente de
cobre. Después del período de los
Si se acepta este análisis, la interpretación aparece en simetría con la representación artística, es decir, tiene que ver con la reconstrucción del sistema de categorías incorporado en la obra. Aquí, por supuesto, la representación comprendida como «figurativa» ya no es pertinente, debido a que las categorías pueden ser «no figurativas», y lo que importa es la traslación (difícil o defectuosa) de los sistemas de categorías por inducción, intuición, etc. Por otra parte, el estudio de la representación artística es una de las caras de una hoja, la otra es la hermenéutica. La teoría de la representación y la hermenéutica funcionan como límite la una de la otra, es decir, prestándose más o menos explícitamente las ideas la una a la otra, se impiden mutuamente superarse y se mantienen en una perfecta conmensurabilidad. Por otra parte, el sistema de categorías resultado de su trabajo común no puede ser puesto bajo el signo de la conformidad, porque va a integrar muchas incertidumbres, al mismo tiempo que ofrece respuestas netas a una serie de indecisiones. ¿En qué medida el sistema de categorías del intérprete constituye un mapa fiable para el otro? ¿En base a qué criterios podemos verificar el dibujo del mapa? La teoría de las categorías de las
matemáticas nos puede sugerir en este punto ideas interesantes. En esta
teoría, que se dedica completamente al estudio de unas propiedades de
los conjuntos de relaciones, se utiliza la noción de
structure preserving map, mapa que
mantiene la estructura. Una categoría está compuesta por un
conjunto de relaciones
b. Los morfismos son asociativos,
se pueden componer y mantienen su identidad. Los morfismos entre
categorías son dados por las funciones y son el dibujo de un mapa de una
categoría encima de la otra, manteniendo la estructura.
El análogo del morfismo en el estudio del arte sería la idea de relación de representación de una categoría (esta vez, en sentido amplío, de noción o concepto) por medio de un procedimiento incorporado en la obra. Abordar la iconología (que llama la atención, por ejemplo, sobre el hecho de que lo divino está representado a través de la asociación de una figura humana con un aura redonda, y el papel social notable de alguien puede ser indicado por un aura cuadrada63), constituye obviamente un punto de partida en esta dirección. De este modo se adelanta en una cuestión importante, es decir, al aclarar cuáles son las convenciones de representación de una cultura, se indica lo que no es problemático para el artista. Uno de los primeros descubrimientos que vamos a hacer por esta vía es que las relaciones de representación son heterogéneas: por ejemplo, en el caso de un mapa tenemos una relación analógica cuando esbozamos el contorno de un río, y una relación simbólica cuando la ubicación de una iglesia se indica a través de una cruz. El uso del color en geografía es un ejemplo de cómo se sobrepone el mapa de un conjunto (los tonos de color) sobre otro (la escala de las alturas del relieve). ¿Podemos quizá concluir que una obra de arte aparece desde este punto de vista como un conjunto no estructurado por las categorías (en el sentido matemático), es decir, por pares de conjuntos homologados de manera convencional, pero no (obligatoriamente) integrados por las funciones en una estructura única y consolidada? El marco en el cual se desarrolla el trabajo de la
representación artística, es decir, el de la actualización
de unas
fungibilidades para transmitir contenidos y
facilitar experiencias de valor, constituye un espacio de inteligibilidad. Esta
oración no se refiere en ningún caso al funcionamiento del arte
en la sociedad, sino solamente al contexto arriba definido, en el que la
interpretación incumbe la fabricación de unas reconstrucciones
¿Hay un espacio de inteligibilidad tanto en la pintura como en la literatura? ¿Cómo se puede mostrar, poner de manifiesto? Por supuesto, las diferencias son las que se le imponen primero a la observación. La narración está centrada de costumbre en una idea de causalidad, limitada por la idea de sucesión. La sucesión domina, aunque esté fragmentada y sus segmentos mezclados, pero la inteligibilidad se da por medio de las ventanas de causalidad que se abren aquí. En segundo lugar, la palabra inteligibilidad, con su aura universal, oculta el hecho de que hay varios modelos de inteligibilidad concurrentes. Por ejemplo, la racionalidad teleológica está relacionada con el cálculo de las oportunidades en función de un fin, la intelectualidad se define por la capacidad de abstraer conceptos y posiblemente de contemplarlos, la heurística representa la posibilidad de descubrir conocimientos nuevos. El modulo estándar del espacio de inteligibilidad se define desde la antigüedad por una forma de representación que es el problema. El problema se compone de un enunciado, seguido de una pregunta (la parte visible), de un grupo de conceptos, relacionados entre sí por relaciones (la parte teórica), de un método de resolución y un método de validación (la parte pragmática). ¿Acaso podemos decir, y en qué sentido, que un
artista resuelve un problema? En el altar Portinari, pintado por Hugo van der
Goes (y es por aquí por donde llegamos a la cuestión de la
«mirada flamenca»), el retablo central está ocupado por una
Adoración de los pastores. Como se
sabe, en la iconografía de este tema se acostumbra marcar los dos
tiempos sucesivos: uno, en el que los ángeles avisan a los pastores, y
otro, en el que estos últimos vienen a saludar al niño
Jesús. La representación, en el mismo espacio, de dos hechos
sucesivos no constituye para el pintor un problema, ya que está resuelto
tradicionalmente por la ubicación de la escena anterior, y secundaria,
en un espacio marginal del tema central. El problema, para Hugo van der Goes,
lo constituye la relación entre los dos momentos. Un factor de
relación es la identidad de los personajes. Pero para que ellos sean
reconocibles deben ser suficientemente grandes, vestidos igual, con rasgos
anatómicos
Otro problema, menos evidente, está relacionado con la
manera de ubicar la escena alejada en el paisaje y la manera de referirse a
ella. Van der Goes ha elegido no evidenciarla en la indeterminación,
situándola en una zona abierta hacia el horizonte, sino encuadrarla como
en un marco. Por supuesto, la iconografía de la época, es decir,
el sistema
Con esto hemos tocado el punto sensible del problema de «la mirada flamenca». ¿Por qué era necesaria tanta meticulosidad, para que figuraran no sólo la estructura del tejado, sino también las huellas de los utensilios con los cuales sus elementos han sido trabajados? ¿Por qué hacía falta tanta racionalidad, y tanta complejidad en la racionalidad? Ya desde el siglo XV, cuando el Maestro de Flémalle y
luego los hermanos van Eyck han dado una fórmula propia a la perspectiva
de profundidad y luego han explotado el potencial de los óleos de manera
genial, los observadores italianos y españoles han notado esta
característica, que han atribuido inmediatamente a un factor
étnico: el ojo flamenco. Cientos de años más tarde,
Hippolyte Taine (Philosophie de l'art, la
traducción rumana de 1974: 144-174) aún intentaba una
explicación en la misma dirección, acentuando la
orientación determinista, sin embargo dándole una forma compleja
y matizada. El flamenco, dice Taine, tiene un
physique épais, le faltan, la gracia
y la volatilidad del italiano. Como todos los germánicos, es poco
sensible ante los placeres sensuales y, por lo tanto, es más
difícil de distraer, por lo que tiene una capacidad de trabajo muy
especial. Su imaginación trabaja en régimen concentrado, no se
desvía a menudo hacia canciones, conversaciones, por lo tanto, la
actividad germánica proporciona productos compactos, que destacan por el
pensamiento incorporado. Podríamos
Las explicaciones deterministas provocan en realidad mi desconfianza. No es menos verdad que, en el siglo XX, los trabajos de Magritte o de Delvaux recuerdan la minuciosidad de sus antepasados. Delvaux, pintando una estación, indica cada trozo del vagón, cada aislante de los palos de telégrafos. Es cierto que «el ojo flamenco» nos plantea a su vez un problema. Podríamos intentar evacuar la dificultad hablando de mentalidades específicas de una época, tal y como lo hace (con fundamento, en el campo de su propio discurso) Erwin Panofsky en Early Netherlandish Painting, y concluyendo que un místico como van der Goes dedicaba su actividad a Dios, trabajaba para Dios, acumulando los detalles y multiplicando el trabajo para homenajear mejor a Dios. Pero Delvaux es un pintor anticristiano, que ha presentado en bastantes trabajos esqueletos crucificados, para que no puedan acusarle de devoción religiosa. El problema del ojo flamenco se amplifica si lo buscamos, además de en pintura, en la literatura. Es verdad que, en comparación con el volumen inmenso de pintura flamenca, la literatura correspondiente es mucho más rara, por lo que un exegeta pudo decir que en el momento de la publicación de Ulenspiegel, de De Coster (1867), la literatura belga no había registrado ninguna obra más desde Froissart, desde finales del siglo XIV. (Hay aquí un poco de maldad, porque el último literato belga medieval es Philippe de Commynes, que empieza a escribir sus Memorias hacia 1489.) Pero, en De Coster encontramos seguramente un análogo de esta profundidad de justificación de la representación, bajo la forma de una colección de detalles cuya función queda por determinar. Tomemos, al azar, el pasaje en el que el futuro Felipe II de España, por el momento sólo un bebé, recibe regalos, con motivo de su bautizo: De Coster nos ofrece un poquito del enciclopedismo del siglo XVI, heredero de los lapidarios medievales, integrado en una escena en la que el número de los detalles es más que suficiente para el efecto real, incluso es demasiado abundante. Es inútil decir que los nombres de los personajes del párrafo anterior no se volverán a encontrar nunca en la novela. ¿Acaso era necesario que se nos dijeran las dimensiones del chorizo de Gand, o que se nos indicara el nombre flamenco de una especie de cerveza, el clauwert? Recuerdo la observación de Eugene Vance que decía que en la obra de San Agustín no existe casi ningún elemento visual, que pueda ser imaginado. Commynes es seguramente flamenco, porque su padre se llamaba Colard van der Clyte y había sido bailli de la ciudad de Gand. Su madre era Marguerite d'Armuyden. Se debe precisar, para los menos familiarizados con la historia de la cultura de los Países Bajos, que los flamencos de Flandes (término medieval que no se debe confundir con el significado actual acordado al etnónimo «flamenco») eran francófonos, al menos, la clase culta. De Coster (nombre que significa en neerlandés «sacristán») era por supuesto también francófono, 450 años más tarde. Hemos elegido para la discusión un pasaje del comienzo de las Memorias de Commynes, en el que cuenta la batalla de Montlhéry, de 1465. El memorialista tenía por aquel entonces 18 años y acababa de entrar al servicio del conde Charolais, el futuro Carlos el Valiente de Borgoña. Carlos no era demasiado viejo (había nacido en 1433), pero una auténtica madurez nunca iba a alcanzar. Estamos, por lo tanto, ante un testimonio anclado en una de las experiencias de juventud. No es muy reciente, ya que el autor la dicta a la edad de 42 años, lo que significa que había sido probablemente contada de nuevo y rememorada varias veces en la mente de Commynes, pero una serie de características siguen guardando su frescor. Tenemos, en el texto, una imagen extremadamente clara y precisa
de las situaciones, de las posiciones relativas y de los acontecimientos
observables. El rey Luis XI vuelve desde el este, y el conde de Charolais le
ataca viniendo desde el norte hasta el sur de París, en una tentativa
simultánea de juntarse con las tropas de los duques de Bretaña y
de Normandía, que sin embargo tienen retraso. Carlos había
Esta historia densa e importante se sitúa en un espacio de inteligibilidad fácil de explorar. Es verdad que la lectura del texto original es difícil. Commynes dicta a un escribano. Su frase es desordenada y desequilibrada, las referencias confusas. Todos los personajes tienen nombres franceses, de tal modo que hay que hacer un cuadro para entender quién en qué tropa está. Pero una vez superados los aspectos de legibilidad, constatamos que el autor nos transmite -a nivel liminal e implícito, específico de la lectura interpretativa- todos los elementos necesarios para permitirnos reconstruir un significado bien estructurado, rico en detalles, consolidado por una racionalidad general, pero al mismo tiempo sembrado de aspectos imprevisibles, inverosímiles, con accidentes increíbles. Leyendo la pintura flamenca ahora desde la literatura, ¿no son éstos los ingredientes de las obras de ambas artes? Es más, ¿no es el espacio el héroe principal del proceso de la representación, tanto en el retablo central del altar Portinari, como en la narración de esta batalla, en la que las tropas borgoñesas se separan en dos y tiran en sentido contrario, para que luego intenten reunirse, con dificultad, avanzando penosamente por el trigo alto, y acercándose lentamente, demasiado lentamente, como en una pesadilla en la que la distancia tamiza la arena del terror como por una clepsidra?
El problema de la construcción del espacio en la pintura, resuelto de madera magistral, según es sabido, aunque imperfectamente, a principios del siglo XV por el aparato formal de la perspectiva, puede ser comprendido como un caso particular de la construcción de un espacio de inteligibilidad, que permite el acercamiento, la adquisición de la experiencia, y su dominio. El descubrimiento de la perspectiva no es más que el comienzo. La fuerte estructuración del texto de Commynes, que hace que toda la batalla de Montlhéry derive de una palabra dicha por Carlos, un día que había sido humillado por su padre en presencia del embajador del rey, y que compara siempre las intenciones con las realizaciones, redactando al final de cada capítulo una especie de informe destinado a llamarnos la atención no sobre las reglas, sino los tipos de acontecimientos frecuentes en el mundo de los príncipes, esta estructuración puede ser leída como el signo de una necesidad, una necesidad de racionalidad, una necesidad de complejidad. La complejidad deseada por Commynes -y al mismo tiempo por los flamencos que hemos mencionado aquí- es de tipo especial. A diferencia de los italianos, que en el arte muestran una propensión hacia el descubrimiento de los principios y de las estructuras, dejando de lado los detalles, los flamencos se basan en las primeras, pero integran también a los últimos, dejándoles incluso proliferar. Los italianos prefieren poner de manifiesto el marco general de inteligibilidad, la estructura del espacio, las proporciones, las regularidades. Los flamencos añaden a este marco general un proceso de regionalización, de localización, que produce nudos, a su vez generadores de particularidad, de aberración, de contingente. Los italianos aciertan, los flamencos problematizan. Los italianos regularizan, los flamencos particularizan. Al igual que la lógica de lo individual de Scot, que no suprime las universalias, pero las crea en base al poder de localización de la existencia, la pintura flamenca textualiza el espacio. Esta textualiza ción, esta construcción celular del contenido intencional, son especialmente importantes en la prosa de Philippe de Commynes. La respuesta que propongo aquí a la cuestión de la
mirada flamenca no está ligada a una tipología étnica.
Propone sobre todo un comienzo de tipología cognitiva. Los que, sea cual
sea el país en el que hayan nacido, no se conforman con comprender los
hechos aislados, sintiendo la necesidad de llegar a las generalizaciones, pero
que se descubren insatisfechos por la simple enunciación de los
principios, buscando más adelante, dominados por una especie de hambre
análoga a aquel
desiderium naturale del que hablaba
la escolástica, de cerrar el círculo,
Referencias
bibliográficas
BAXANDALL, M. (1985). L'Oeil du Quattrocento. L'usage de la peinture dans l'Italie de la Renaissance. Paris: Gallimard. COMMYNES, Ph. de (1972). The Reign of Louis XI 1461-1483. Translated with an Introduction by Michael Jones. London: Penguin Books. HUYGHE, R. (1965). Les puissances de l'image. Paris: Flammarion. KENDALL, P. M. (1974). Louis XI. Paris: Fayard, Le Livre de poche. MARQUIS, J. P. Category Theory, Stanford Encyclopaedia of Philosophy, http://plato.stanford.edu/entries/category-theory. PANOFSKY, E. (1958). Early Netherlandish Painting. Its Origins and Character. 2 vols. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, t. I. PANZARU, l. (2000). Tehnici ale interpretării de text. Iaşi: Polirom. PAUPHILET, A. (ed.) (1952). Historiens et chroniqueurs du Moyen Age, édition établie et annotée par Albert Pauphilet, textes nouveaux commentés par Edmond Pognon. Paris: Bibliothèque de la Pléiade, NRF, Gallimard. TAINE, H. ([1924] 1974). Filozofia artei. Bucureşti: Editura ştiintifica română. WIRTH, J. (1989). L'Image médiévale. Naissance et développements (VIe-XVe siècles). Paris: Méridiens Klincksieck.
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