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[273] Capítulo XXXIIIIncidente sangriento con un inglés. -Fanatismo religioso. -Repique de campanas. -Concurrencia a las iglesias. -Diversiones. -Sucesos del año 10. -Zozobra de los españoles. -Contento de los sud-americanos. -25 de Mayo; fiestas mayas. -El himno nacional. -El doctor López. -Las danzas. -Pueblos de campo. -Paseos a caballo. -Carruajes hasta el año 20; el primer fabricante en ese año. I Por espacio de muchos años, las diversiones eran muy limitadas en Buenos Aires. A todas horas del día se oía el grave y acompasado tañido de las campanas y eran evidentes los hábitos clericales; poco a poco, sin embargo, fuéronse aumentando aquéllas y desapareciendo éstos. No se crea que queremos decir que hoy el pueblo sea menos dado a las prácticas religiosas, pero en aquellos tiempos había ciertamente más dedicación a los actos religiosos y en algunos un tanto de fanatismo. Para corroborar lo que acabamos de decir, citaremos un hecho. Por el año 22 o 23, un soldado [274] de los que acompañaban a Su Majestad hirió con la bayoneta a un joven inglés que recién llegaba al país, porque no se hincó, aunque estaba ya en actitud de hacerlo, agregándose que el soldado ejecutó este acto por mandato del sacerdote que llevaba a Su Majestad. No podemos creer que semejante proceder partiese de un ministro de una religión de paz, llevando en sus manos la imagen del Dios de caridad. Pero el fanatismo existía indudablemente en alguna parte; si no residía en el sacerdote, estaba ciertamente en el soldado, que creía, sin duda, que era obra santa herir a un hereje. Los repiques se oían todos los días por horas enteras, tan violentos eran que aturdían, obligando a los que andaban por la calle o vivían inmediato a una iglesia a elevar la voz hasta el grito a fin de hacerse oír de aquellos con quienes hablaban. Tan era así, que la autoridad tuvo que intervenir, como se verá por las siguientes palabras, de un periódico del tiempo, del señor Rivadavia. ..... ..... ..... ..... ..... «Será también agradable que publiquemos que el señor Provisor Gobernador del Obispado... ..... ..... ..... ..... ..... »Ha dictado un reglamento sobre el uso que debe hacerse de los campanarios tanto en los Conventos como en los Curatos, reduciendo a mucho menos tiempo el entretenimiento que facilitaban a la juventud ociosa; y, en fin, otras varias providencias de tanta importancia como trascendencia.» La concurrencia a la iglesia era casi constante. La verdad es que para cumplir y asistir debidamente [275] a todas las fiestas y funciones de iglesia, era preciso pasarse en ella gran parte del día y aun algunas horas de la noche. Las procesiones se repetían con admirable frecuencia, y la concurrencia era inmensa; una y aun dos horas antes de salir, las campanas atronaban el aire, lo mismo que durante la procesión. A propósito, recordamos un acontecimiento que pudo haber terminado de un modo muy serio. Salió de la Merced, la procesión del Sepulcro: iba en andas la Dolorosa, San Juan y la Verónica. Habría llegado a la mitad de la cuadra por la calle Reconquista (entonces de la Paz) entre Cangallo y Piedad, cuando repentinamente tuercen a escape, de la calle Piedad a la de la Paz, dos bueyes, perseguidos sin duda. Los bueyes o no pudieron o no quisieron retroceder y prefirieron abrirse paso a través de la masa de seres humanos. Más fácil será formarse una idea que describir la escena que entonces tuvo lugar: la gente se atropellaba, cayendo muchas personas al suelo; hubo sombreros pisoteados, vestidos despretinados y mantones desgarrados, golpes y contusiones; una señora buscaba a su criada, una madre a su hijo extraviado. Cayeron santos, andas, hachones y faroles; en fin, si no fuera una profanación tratándose de una ceremonia religiosa, diríamos que era aquello un verdadero infierno. Y esta concurrencia no interrumpida que entonces se notaba, ¿no podría atribuirse a la carencia casi completa de entretenimientos y de centros recreativos, y ser, para muchos, la iglesia un punto de reunión? Pero dejemos este punto, para ocuparnos sumariamente de las pocas distracciones que por entonces teníamos. [276] Acaso algún joven de los que hoy se desviven en medio de ellas, al ver lo exiguo del talle exclame: ¡oh, yo habría muerto de tedio a haberme tocado por desgracia vivir en una época semejante! Pues no, mi querido amigo; no habría sido así; usted estaría tan contento como lo estaban los jóvenes de aquel tiempo, y si, como es de suponer, es usted discreto y prudente, repetiría con Talleyrand, «un hombre cuerdo nunca se irrita contra los acontecimientos; éstos siguen su rumbo sin preocuparse del despecho de nadie»; y habría tomado las cosas y los tiempos como eran, creyendo que nadaba en un mar de diversiones. II Aunque una que otra vez hemos tenido que retroceder a épocas más remotas, para poder citar hechos o acontecimientos que hemos reputado de interés y pertinentes, debemos recordar al lector que, al principiar este bosquejo, nos propusimos hacer partir nuestras reminiscencias del célebre 1810; año en que llegó a Buenos Aires la noticia de la entrada victoriosa de las tropas francesas en Sevilla. Los españoles como era natural, se desconcertaron y alarmaron a la sola idea de que su país fuese subyugado por la Francia. Los americanos, al contrario, alborozados, preveían que el momento de su emancipación había llegado. Sin embargo, los patriotas procedieron con cautela [277] y prudencia; habían formado la resolución de ser libres, pero supieron con suma habilidad disimular su primordial objeto, disfrazándolo con un amor entrañable hacia la misma autoridad que pretendían derribar. Se posesionaron, pues, de lo que legítimamente les pertenecía, con la apariencia de defender los derechos del Soberano. Después de evoluciones más o menos hábiles, que no son de nuestro resorte referir, amaneció el glorioso 25 de Mayo que abría para la patria una era de libertad y grandeza. Día justamente reputado de los más conspicuos, en la historia de nuestro país. Llegamos, pues, a nuestro objeto, mencionar entre los entretenimientos y diversiones, los festejos con que se conmemoraba tan grande acontecimiento. III Las fiestas mayas constituían una de las recreaciones anuales: fueron establecidas y declarado de fiesta cívica el 25 de Mayo de cada año, por la Asamblea de Buenos Aires, el 5 de mayo de 1813. Duraban desde el 23 hasta el 26, día en que, como hasta hoy, distribuía desde su instalación, la Sociedad de Beneficencia, los premios en las escuelas confiadas a su dirección. De notarse es, que en esos cuatro días de regocijo, y en que el pueblo se entregaba libremente a sus expansiones, ni un desorden ni un robo ocurría. [278] Los niños, y especialmente los de las escuelas de la Patria, se reunían, como también hoy se acostumbra al pie de la pirámide, a saludar el sol glorioso del 25 de Mayo entonando el Himno Nacional; y a propósito de esta bella inspiración, reproducimos lo que a su respecto leemos en la Revista de Buenos Aires; dice así: «1813. -Mayo 13. -Siendo el doctor don Vicente López y Planes, miembro de la Asamblea General Constituyente del Río de la Plata, se le comisionó para proyectar un Himno Nacional, habiendo obtenido al efecto todos los votos menos 3 o 4 que hubo a favor de Fr. Cayetano Rodríguez; fue presentado por aquél, el grandioso canto que empieza:
En la sesión del 14 de mayo de 1816, fue aprobado por aclamación, y declarado el único Himno Nacional del Estado. Había en la sola aclamación de ese Himno, una verdadera declaración de independencia, al menos en esta poderosa estrofa:
Para colmo de acierto, si ningún poeta del mundo podía haber traducido, con más inspiración que López, el pensamiento de un pueblo ávido de libertad, ningún músico habría sabido comprender mejor al poeta. Y sin embargo, no era americano: [279] era un catalán, llamado don Blas Parera, que pocos años después regresó a España, donde es probable guardase el incógnito como autor, o mejor dicho, reo de aquella obra guerrera de arte, que por cierto equivalía al delito de suministrar armas al enemigo: tan poderosa ha debido ser, en efecto, la influencia de esa música llena de magnetismo, tocada en nuestros ejércitos. IV Existía mucha semejanza en las fiestas de cada año, como sucede aún hoy misino, que a la verdad poca variedad ofrecen. En 1822, y creemos que también en 23, había a más del palo jabonado, rompe-cabezas, calecitas, etc., que han alcanzado hasta nuestros días. Había entre otras diversiones, la de las danzas, niñas y niños elegantemente vestidos con los colores de la patria. Estas danzas bailaban en la plaza sobre un tablado construido con ese objeto. Elegían de entre las niñas, una de las más airosas y bonitas: llevábanla por las calles en un carro triunfal fantásticamente adornado y tirado por cuatro hombres disfrazados de tigres, leones, etc. Las danzas iban siguiendo el carro en orden de formación. Sobre el tablado bailaban, marchaban y formaban graciosos grupos, llevando cada uno un arco cubierto de tul blanco en buches, separados por moños de cinta celeste, con los que hacían también variedad de figuras. [280] La noche del 25, las danzas concurrían en cuerpo al teatro. El Gobierno ocupaba también su palco, en esas noches. Había como hoy Te Deum, formación en la plaza, salvas, etc., y no escaseaban los cohetes y la música, las rifas, los globos y los fuegos artificiales. Como se ve, pues, poca diferencia hay entre las fiestas de hoy y las de entonces. Los cohetes voladores han producido desgracias lamentables, entre las que recordamos se encuentra el caso de la señora doña Micaela Peralta, de 32 años de edad, que llena de vida asistía a la función de la Recoleta, acompañada de sus tres hijitas, cuando repentinamente un cohete volador, atravesando el espacio horizontalmente, fue a herirla en la frente, despedazando el cráneo y produciendo una muerte inmediata. El Cónsul holandés, señor Bilberg, murió herido por un cohete volador, en la inauguración del ferrocarril de Chivilcoy. En tiempo de Rosas, uno de éstos causó la muerte de una señorita, despedazándole el vientre. En fin, es larga la lista de las desgracias de diverso género que han producido estos instrumentos peligrosos. V Después de abolido el detestable entretenimiento de la corrida de toros, nos quedaban algunas, aunque muy pocas diversiones, más en consonancia con nuestros gustos y costumbres. Hemos tenido [281] ocasión de hablar de las tertulias; de la confianza y sencillez que reinaba en ellas; como también de los paseos, durante la estación, a los pueblos de campo inmediatos a la ciudad, donde concurrían muchas familias. Allí, a plus forte raison, continuaba esa franqueza que pudiéramos llamar primitiva; se hacían paseos, almuerzos verdaderamente campestres. Las niñas salían en grupos a caballo, solas o acompañadas de jóvenes de su relación, y si por acaso escaseaban las sillas de señora, la joven más elegante y de la mejor familia, no trepidaba en subir en un caballo con recado, por desmantelado que fuese, y con un pañuelito pasado por la cabeza y atado bajo la barba. Hoy... hoy se necesita caballo arrogante, silla de primer orden, pollerón hecho por modista, sombrero, etc. Lo que importa decir, que para la que no puede disponer de todo esto ¡no hay paseo! Lo cierto es que a la generalidad de pueblitos los han convertido en pequeñas cortes, en donde se hace una verdadera ostentación de lujo, desterrando así los placeres de la vida campestre, en la corta temporada en que se procura huir de la etiqueta y el fastidio de las grandes poblaciones. En la ciudad, los paseos a caballo eran distracción favorita de los jóvenes, que casi siempre se limitaban a la calle Florida hasta el Retiro y algunas veces hasta Barracas; debido sin duda al pésimo estado de la generalidad de nuestras calles. En cuanto a carruajes, pocos eran los existentes en Buenos Aires antes del año 20 o 21, en que se veían tal vez una veintena de ellos modernos (para la época) de propiedad particular: los demás y esos muy pocos, eran del siglo XVII. Antes del año 20, [282] se empleaban mulas; las guarniciones eran pésimas; no había pescante y se tiraba a la cincha. El primer fabricante en grande escala de carruajes a la europea y de gusto moderno, creemos que por el año 20 más o menos, fue un inglés, don Jorge Morris, que se estableció en la calle 25 de Mayo, detrás de la Merced, en el corralón en que hoy mismo existe una fábrica de carruajes. En cuanto a carruajes de plaza, por aquellos años, eran artículo desconocido. Tan escasas eran, en fin, las distracciones para el pueblo, que a veces concurrían las familias a presenciar alguna corrida de sortija; a pasear a pie por las quintas y aun a pararse a cierta distancia a ver bailar los negros en sus candombes. No teníamos paseos públicos, circo de carreras, juegos atléticos, ni tanto otro atractivo que ofrece distracción a los habitantes de esta ciudad. [283] Capítulo XXXIVAcademia de música. -El padre Picazarri. -Massoni. -Juan Pedro Esnaola. -Don Esteban Massini. -Trillo. -Robles. -Serenatas. -El Cancionero argentino- Introducción. -Canciones; sus autores. -Gusto por las óperas. -Los doctores Cordero y Albarellos. -Pancho Munilla. -La magna serenata. -Venia de Rosas. -Ocurrencia inesperada. I Hemos dicho en otra parte, que ha habido siempre entre nosotros decidida afición por la música, y también que fue Rosquellas quien creó aquí el gusto por la música italiana. No es de extrañar, pues, que gran número de jóvenes de ambos sexos, se dedicasen con entusiasmo a su estudio. II El martes 1.º de octubre de 1822 a las seis y media de la noche, (41) se hizo la apertura de la Academia [284] de Música que planteó y dirigió el señor don Antonio Picazarri (eclesiástico) en los altos de la casa del Tribunal de Comercio. Concurrieron los ministros de Gobierno y Hacienda y el doctor Seguí, enviado cerca del Gobierno de Buenos Aires, y Secretario del de Santa Fe. Se ejecutaron las piezas siguientes: Canción La gloria de Buenos Aires; poesía de Juan C. Varela. -Concierto de piano de Dusek. Cavatina de la Urraca ladrona. -Andante y Rondó del Concierto. -Dúo de la misma ópera. 2.ª parte. -Obertura de Mozart. -Dueto de Puchita. -Trío de piano. -Cavatina de la Italiana en Argel, de Rossini. -Cavatina de Torbaldo y Dorlizka, Rossini. -Terceto de Inés, y se cerró la función con la misma canción con que empezó. III El 15 de enero del 23, dio Massoni en una de las salas del Consulado, un concierto. Massoni, como ya hemos tenido ocasión de hacer notar, era de los profesores más aventajados que se conocían hasta entonces en el Río de la Plata. Ya había sido favorablemente juzgado en el Brasil, por jueces competentes, donde ocupó el puesto de primer violín en la Capilla Real. Amenizó el acto el entonces joven de 16 años Juan Pedro Esnaola, sobrino del que fue su maestro, el padre Picazarri; ese joven sobresalía ya en esa edad por su admirable ejecución en el piano. Cantó también tres arias de diferentes óperas. [285] IV Llevados de esa afición, los jóvenes se reunían, ensayaban canciones y daban serenatas con frecuencia. Después de otros muchos, cuyos nombres no recordamos, daba lecciones de guitarra el aventajado profesor don Esteban Massini. Figuraban como buenos guitarristas un Trillo y un Robles; ambos enseñaban, y muchas noches acompañaban a los jóvenes aficionados que querían dirigir sus endechas al tierno objeto de su amor. Mientras que uno de los jóvenes ejecutaba el sencillo acompañamiento de una canción, uno o los dos profesores preludiaban acompañados algunas veces de una bandurria y el efecto de esta armónica combinación, era magnífico en las horas calladas de la noche. A más de estas canciones, cuya variedad era inmensa, solía cantarse uno de aquellos tristes tan característicos y conmovedores. Tan grande era el número de canciones, que se notó la conveniencia y utilidad de hacer una recopilación de ellas. En efecto, el que esto escribe editó y publicó entonces en 1837, el primer número del «Cancionero Argentino», libreto de 100 páginas más o menos, que fue seguido por otros tres de igual tamaño. Servía de introducción una preciosa composición [286] del inolvidable Juan María Gutiérrez, que principiaba con la siguiente estrofa:
..... ..... ..... ..... ..... Y terminaba:
___ Como nos hemos propuesto salvar del olvido muchas cosas que el tiempo irá borrando, vamos a dejar en estas páginas el nombre de algunas de las numerosas canciones contenidas en el «Cancionero» el de sus autores y de los compositores que les arreglaron canto y acompañamiento; son éstos:
___ Lo que antecede lo tomamos de las primeras páginas del primer libro, por carecer de los números 2, 3 y 4, que constituían la colección; no hemos podido obtenerlos por más que los hayamos procurado. [288] V Como se ve, el gusto por la música se generalizaba. Del cielo, décima y triste, habíamos pasado por grados a las canciones españolas, muy graciosas y de un estilo especial; y más tarde aún, a una mezcla de éste con la italiana, que se adaptaba a las canciones. En la alta sociedad, prevalecía el gusto por las óperas, o sea la música italiana pura. Gran número de señoritas tuvieron afición por el canto, entre las que recordamos a Micaela Darragueira, a Carmen Madero, Feliciana Agüero, después de Maldonado; Enriqueta Molina y otras. Los instrumentos favoritos eran el arpa y el piano, en que muchas señoritas sobresalieron; en el arpa, Florencia, hija de la señora de Mandeville y creemos que una hermana de esta niña, Clementina. En el piano, muchas y en primera línea Florencia Albarellos y otras varias cuyos nombres no recordamos. Algunos jóvenes se dedicaron también al piano, como Esnaola, y más tarde, Alberdi; otros a la flauta, violín, guitarra, etc., entre los que figuraban Fernández, Rivero y otros. En esa época eran ellos los exclusivos compositores de piezas de baile y de canto, algunas de las que hasta hoy se conservan y que en nada ceden a las mejores que se componen por los primeros maestros. Entre los aficionados, que más bien merecían el [289] nombre de profesores, se distinguían por su habilidad el doctor Cordero (abogado), y el doctor Albarellos (médico), cuya ejecución y gusto en la guitarra eran admirables. El doctor Albarellos aun sigue deleitando a sus amigos (en los ratos que lo permite su ardua profesión), con ese difícil y armonioso instrumento, y ha llamado la atención la precisión y limpieza de su ejecución en varios conciertos. VI Vamos a terminar este capitulo refiriendo otro caso, tal vez el único entre nosotros, que demuestra la afición y gusto por la música que ya desde muchos años atrás se desarrollaba en el país. Don Francisco Munilla ocupaba el café anteriormente denominado de Marcos. Muy relacionado Munilla y situado en un paraje tan central (frente al Colegio), no podía ser sino muy concurrido. Tenía don Francisco, a más de un carácter jovial, extremada afición por el piano, de modo que la pieza en que él tenía éste, su instrumento favorito, era el punto de reunión de gran número de aficionados; allí se tocaba y se cantaba. De aquí surgió la idea de salir a dar una serenata magna: en vez de guitarras como se acostumbraba, debía hacerse con piano. Nacer la idea y llevarla a cabo, todo fue uno. Con la celeridad propia de la edad de las ilusiones, y de la realización de cuanto se concibe, sea cuerdo o descabellado, se resolvió que esa misma noche [290] tuviese lugar la serenata; se convino en las piezas que debían cantarse, y por quién, arreglándose, por fin, todos los detalles. La noticia, como es de suponer, se propagó rápidamente, esparcida por los mismos aficionados y sus relaciones, y por los numerosos concurrentes al café. A las doce de la noche, noche hermosa de verano, templada y de luna, salvó el dintel del antiguo Café de Marcos el piano, levantado en alto y como en triunfo, por los robustos brazos de cuatro changadores, seguidos éstos de otros cuatro, prontos para relevarlos, y de sirvientes con la música, atriles, faroles, etc. Acordonados en ambas veredas de toda la cuadra, esperaban más de 300 acompañantes, que la curiosidad había agrupado allí. No olvidemos decir, que esto pasaba ya en los primeros tiempos de don Juan Manuel, aunque antes que hubiese éste mostrado del todo las uñas; sin embargo, ya se reputaba conveniente obtener su venia o su aprobación, tan siquiera fuese indirecta, y excusado parece decir que los primeros pasos de la comitiva fueron hacia su morada, para dar la primera serenata a Manuelita. Fue muy bien recibida, y de allí salió, más satisfecha, a dirigirse a casa de las familias de la relación de cada uno de los que tomaban parte activa en este nuevo modo de dar música. VII Entre los aficionados que cantaron, citaremos a Fernando Oyuela, José María Cabral, Francisco Miró, el que esto escribe y varios otros, cuyos nombres [291] hemos olvidado. Entre las piezas cantadas recordarnos dos dúos de Tancredo, All'idea di quel metallo, del Barbero de Sevilla, un precioso dueto de Torbaldo y Dolizka, el dúo del Militar y varias canciones. Era curiosa la marcha que llevaba esta especio de procesión, que duró toda la noche. Frente ya a la casa convenida, se aproximaba el piano a la ventana con toda prontitud; se arreglaban los atriles, se colocaba la partitura, se acercaban los faroles; el tocador tomaba su asiento, y su puesto los designados para el canto. Terminado éste, seguía la recompensa; es decir, los agradecimientos, las felicitaciones por la idea, y... con la música a otra parte. Hubo esa noche una concurrencia que no podemos menos de recordar. La familia, a quien iba a darse la serenata vivía en altos; esto, hasta cierto punto, presentaba un inconveniente; pero, como era una noche calurosa de verano, dormían con los balcones abiertos; esta circunstancia favoreció nuestro intento. Se cantó; y cuál no sería nuestra sorpresa, cuando la respuesta inmediata fue un preludio en el piano desde los altos, seguido de la magnífica cavatina Una voce poco fá, del inmortal Barbiere de Rossini. Así terminó esta humorada, que no tonemos noticia que se haya repetido. [293] Capítulo XXXVSolicitud del interesado para continuar enseñando en un colegio. -Informe de los testigos requeridos. -Información del Director del Colegio. -Tramitación interminable. -Curiosa circular del Obispo Medrano. I Aunque de una época reciente, relativamente a lo que venimos recordando en este escrito, vamos a poner en conocimiento del lector un documento curioso que tenemos a la vista, y que transcribimos íntegro, para patentizar una de las innumerables excentricidades de don Juan Manuel Rosas. Es el testimonio de una solicitud hecha para poder enseñar en un establecimiento de educación. Dice así: II Corresponde
N. N. ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Buenos Aires, diciembre [294] veinte y seis de mil ochocientos cuarenta y cuatro. Año 35 de la libertad, 30 deo la Independencia y 15 de la Confederación Argentina. Solicita le conceda Su Excelencia la declaratoria de Federal, mediante la información, y lo permita continuar enseñando en el colegio N. -Excelentísimo señor. -N. N., natural y vecino de esta ciudad y ante Vuecelencia, sumisa y respetuosamente expone: -Que hace mucho tiempo se halla de profesor en el colegio N., y no pudiendo continuar en este destino, sin que acredite su firme adhesión por el Santo Sistema Nacional de la Federación, así como también su virtud, moralidad ejemplar, su profesión de la fe Católica Apostólica, Romana, y su competente idoneidad en el ramo que enseña, cuyos requisitos exige Vuecelencia por decreto de veinte y seis del mes de América del año presente, por tanto: A Vuecelencia suplica encarecidamente admita la competente información sobre los antecedentes expresados, para lo cual presenta por testigos a don Pedro Larrosa, Juez de Paz de la Parroquia de la Concepción y a don Domingo Diana, Juez de Paz de la del Pilar, y evacuada que sea, se sirva Vuecelencia concederle la declaratoria correspondiente y el permiso de continuar enseñando en el expresado Colegio, cuya gracia espera de Vuecelencia. -Excelentísimo señor. -N. N. Buenos Aires, Enero, 14 de 1845. -Por presentado: recíbase con citación del Ministerio Fiscal la información que ofrece. Los Jueces de Paz indicados, informen sobre los particulares que comprende el presente pedimento, pasándoselas al efecto. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos [295] Aires, día, mes y año de su fecha. Rufino Basavilbaso. -En 17 de dicho mes y año lo hice saber a don N. N., y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, lo hice saber, citándole, como en él se manda, al señor Fiscal, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, pasé este expediente a informe del señor Juez de Paz don Domingo Diana. Lo anoto para constancia. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! El que firma, evacuando el informe que ordena el precedente decreto del señor Asesor de Gobierno, dice: Que conoce individualmente a don N. N., por natural de esta ciudad, y sabe su adhesión a la Causa Nacional de la Confederación Argentina, como también su virtud, moralidad, profesión de fe Católica, Apostólica, Romana, y capacidad para enseñar. -Buenos Aires, Enero, 20 de 1845. -Excelentísimo señor Domingo Diana. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Buenos Aires, Enero, 21 de 1845. Excelentísimo señor. -El que firma, Juez de Paz de la Parroquia de la Concepción, evacuando el informe que se le pide por el señor Asesor de Gobierno, expone: Que conoce por algún tiempo a don N. N., vecino de esta ciudad, adicto a la Sagrada Causa Nacional de la Confederación Argentina y a la esclarecida persona del Excelentísimo señor don Juan Manuel de Rosas, Gobernador y Capitán General de la Provincia, como igualmente su virtud, moralidad de fe Católica, Apostólica, Romana, y talento para la enseñanza en el Colegio N. Excelentísimo señor. -Pedro Larrosa. -Enero, 25 de 1845. -Vista al Ministerio Fiscal. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor [296] General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos Aires, día, mes y año de su fecha. -Rufino Basavilbaso. -En el mismo día lo hice saber a don N. N., y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En 27 de dicho mes y año, lo hice saber, pasándole este expediente al señor Fiscal, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Excelentísimo señor. -Habiendo justificado don N. N. el tenor de la información que ha producido, hallarse con todas las aptitudes que requiera el Supremo Decreto de 26 de Mayo del año próximo pasado, para poder dedicarse, a la enseñanza pública, no hay inconveniente para que Vuecelencia se sirva otorgarle el permiso que solicita. Buenos Aires, Febrero, 13 de 1845. -Cárdenas. -Buenos Aires, Febrero, 20 de 1845. El Director del Colegio N. informe si el suplicante enseña en él y si está o no satisfecho de sus aptitudes para el efecto. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos Aires, día, mes, y año de su fecha. -Rufino Basavilbaso. -En 24 de dicho mes y año lo hice saber a don N. N. y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día le hice saber al señor Fiscal, y lo rubricó, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -En 25 de dicho mes y año, lo hice saber, pasándole este expediente, al Director del Colegio N. y firmó, doy fe. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Excelentísimo señor. -El que suscribe, evacuando el informe que ordena el anterior decreto del señor Asesor de Gobierno, dice: Que don N. N. enseña como profesor en [297] el Colegio N. y que está completamente satisfecho de sus aptitudes al efecto, como públicamente lo ha manifestado en los exámenes generales del presente año. Febrero, 26 de 1845. -Excelentísimo señor. -N. N. ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! -Excelentísimo señor. -El suplicante reúne las cualidades que debe tener un Preceptor, según lo últimamente dispuesto. Él, lo es del Colegio N., y el testimonio de su director sobre su suficiencia, de que también ha dado prueba pública, hace innecesario todo otro paso. Corresponde por lo tanto, que Su Excelencia le conceda el permiso que solicita para continuar enseñando el presente año en el establecimiento predicho. Al efecto, el Asesor, acompaña el conveniente proyecto de resolución. Buenos Aires, Marzo, 13 de 1845. -Pereda. -Marzo, 31 de 1845. -Atento el mérito de la información producida, lo expuesto por el Fiscal del Estado, y dictaminado por el Asesor General, se declara que don N. N. ha acreditado suficientemente ser adicto a la Causa Nacional de la Federación, igualmente que su profesión de fe Católica, Apostólica, Romana, su moralidad ejemplar e instrucción; en su virtud, se le concede el permiso que solicita para continuar enseñando el presente año 1845, en el Colegio N. Hágasele saber, y désele testimonio íntegro de este expediente para que le sirva de comprobante de este permiso: al efecto, vuelva a la Escribanía Mayor del Gobierno, archivándose después. Y transcríbase este decreto al Jefe interino de Policía. -Rúbrica de Su Excelencia. -Garrigós. -En 10 de Abril del mismo año, lo hice saber a don N. N. y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, lo hice saber al señor Fiscal, [298] quien lo rubricó, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. Concuerda este testimonio, con el expediente original en su contexto, que queda archivado en la Escribanía Mayor de Gobierno, y a que me refiero, y para entregarlo a la parte interesada, lo autorizo y firmo en Buenos Aires, a 11 de Abril de 1845. Año 36 de la libertad, 30 de la independencia y 16 de la Confederación Argentina.
III Tal era el fárrago a que tenía que lanzarse el infeliz que se dedicase a la enseñanza de cualesquiera ramo; probando o fingiendo ser de todo corazón adicto a la Santa Causa y a la esclarecida persona del ilustre Restaurador de las leyes. ¡Por cuánta humillación no tuvieron que pasar en aquella época, los hijos de este país! A más de las trabas que se ponían a la propagación de todo conocimiento útil, calcúlese el perjuicio individual que traían consigo estas largas y farsaicas tramitaciones. El expediente que nos ocupa se inició el 26 de diciembre de 1844 y como se ve, terminó su tramitación el 11 de abril de 1845; es decir, a los tres meses dieciséis días de haberse iniciado. Es evidente que mientras no fuese aceptado, el suplicante no podía ejercer su profesión, y, por lo tanto, se privaba a una familia [299] de ese, tal vez único recurso, por tres meses y medio. Nos abstenemos de hacer más comentarios, sobre la ridiculez y maldad de semejante procedimiento. El documento que acaba de leerse, jamás ha sido publicado, que sepamos, y lo damos con la misma ortografía y forma que tiene el original como igualmente la siguiente circular que reputamos digna de conocerse, aunque creemos se registre en la publicación «Diabluras de Rosas.» Él demuestra la abyección a que habíamos llegado y la torpeza, a más de la maldad e infamia que encierra, dice así: IV Circular ¡Viva la Federación!
Al Cura Vicario de Santos Lugares de Rosas. Nada más justo que el Clero conforme sus opiniones con las del Superior Gobierno; cualquiera divergencia en esta parte podría ser ruinosa al Estado, y perpetuar males que a todos nos serían sensibles y que una dilatada experiencia nos lo ha hecho sentir con dolor. Es preciso, por lo tanto, [300] que usted que está a la cabeza de esa feligresía desde el púlpito, y con su ejemplo, exhorte a todos sus feligreses a que lleven constantemente la divisa federal que tiene ordenada el Superior Gobierno, y que tan necesaria es en las presentes circunstancias para fixar el sistema Federal, sin el que seríamos víctimas de las más negras pasiones y veríamos correr la sangre de nuestros mismos hermanos. Extienda usted también sus alocuciones a todas las mujeres, sin exeptuar los jóvenes de uno y otro sexo, haciéndoles presente que llevando la divisa Federal hacen un servicio singular a la Patria, a sus familias y a sí mismos: pues que viviendo en quietud y tranquilidad gozarán de sus trabajos, y acabarán sus días, no en los campos y desiertos, sino en el regazo de los suyos y al lado de sus maridos y de sus hijos. Hágales usted entender igualmente, que los hombres deben llevar la divisa de Color punzó al lado izquierdo sobre el corazón; y las mujeres, en la cabeza, al mismo lado; debiendo, también, advertirles, que en adelante procuren abolir una moda que han introducido los lojistas unitarios de hacer usar a los paisanos la ropa almidonada con agua de añil, de modo que luego queda de un color que tira a celeste claro, lo que es una completa maldad en los Unitarios impíos, en cuya meda han hecho entrar a los paisanos, que la siguen con la mayor inocencia, y que es preciso advertirles para que la oborrescan y nadie la siga. Pero si usted advirtíese que alguno o algunas de sus feligreses fueran indiferentes a sus exhortaciones, reconvéngales por dos o tres veces, y si ni aun así cumpliesen con sus insinuaciones, hágales [301] usted entender que, por último resultado de su inobservancia, se les prohibirá la entrada en la iglesia, para cuyo efecto se pondrá usted de acuerdo con el Juez de Paz de ese Departamento. Recuerdo a usted, por último, que no omita rezar después de las Oraciones, el Rosario, las buenas noches y en seguida los dos Padre Nuestro que tiene ordenado el superior Gobierno, por las almas de los señores Generales don Juan Facundo Quiroga y don Manuel Dorrego; este acto de religión, será una prueba de la gratitud que toda la Provincia debe a estos señores, y una memoria de los distinguidos servicios que prestaron a la Santa Causa Nacional de la Federación, hasta derramar su sangre y perder sus vidas por ella. Espero, por lo tanto, que usted, cuyos sentimientos patrióticos son bien notorios al Público, cumplirá con lo que ordenamos. Acusándonos recibo de esta nuestra comunicación con la Celeridad que lo permita la distancia en que se encuentra. Dios guarde a usted muchos años. Mariano. -Obispo. [303] Capítulo XXXVIContraste notable. -La primera Sociedad Literaria. -Algunos de sus trabajos. -Sociedades en 1822. -Las de época anterior. I Los documentos que hemos consignado en el capítulo anterior forman un notable contraste, con lo que pasaba en el país, 23 años antes de la época en que esos documentos figuraban y obraban con fuerza de ley. Lo que prueba que los progresos no marchan siempre en relación con los años de existencia que cuenta una nación, sino que, circunstancias dadas, imprimen una fisonomía especial a cada época, sin tener en cuenta el número de años transcurridos. Compárese, si no, lo que vamos a recordar en el presente capítulo, y que tuvo lugar bajo la inspiración de un Gobierno ilustrado, liberal y progresista, con lo que 23 años más tarde se efectuaba bajo uno tiránico, absoluto y retrógrado. [304] II La primera Sociedad Literaria que existió en Buenos Aires, se estableció en 1822; emanación de sus trabajos públicos fueron el Argos y la Abeja; una revista de sus tareas literarias se publicó a principios de 1823. Vamos a hacer conocer algo de esos trabajos: La Sociedad Literaria de Buenos Aires, propone el premio de 25 de mayo de 1823, para quien desenvolviese mejor el siguiente programa: Determinar, por los acontecimientos históricos, el número de pueblos indígenas que habitaron el territorio del Río de la Plata, al tiempo de su descubrimiento, y qué influencia tuvo este acontecimiento sobre su civilización y estado. ___ ¿Se pueden designar con probabilidad sus costumbres, y la organización y fuerza en que al presente se hallan constituidas? ___ ¿Cuál es la forma de su sociedad interna y externa? ¿Podrán nuestros pueblos civilizados sacar algún partido de ellos, sea en punto a comercio, rentas o acumulación de población, o sería posible algún género de cultura, y por qué medio? ___ ¿Se han de tratar como naciones separadas, o han de ser reconocidos como enemigos a quienes es preciso destruir? [305] Propuso para el premio de 8de junio, del mismo año, este programa: ¿Cuáles son los medios prácticos de promover la población de nuestro país? ___ ¿Cuáles son las causas que detienen los progresos de la agricultura en esta provincia, y cuáles los medios de removerlas? ___ En ambos casos, el premio era una medalla. III Las Sociedades y Academias establecidas en 1822 fueron:
Antes de esa época, se habían hecho tentativas efímeras en ese sentido. Se ensayó en diferentes períodos la creación de cuerpos literarios, con la idea de disipar las tinieblas que nuestros mayores nos legaron. El «Club de 1810»; «La Sociedad Literaria», de 1812; «La Patriótica», en 1816; «El Buen gusto del teatro», de 18: todos desaparecieron casi al momento. Capítulo XXXVIIDon Santiago Wilde. -Sistema de contabilidad. -Memoria de Hacienda. -Caja de Ahorros. -El Argos. -Don Ignacio Núñez. -Carta del doctor Gutiérrez. I La célebre literata señora de Gorriti, en su obra «Impresiones y Paisajes», dice: «Córdoba. -Un anhelo me traía hacia esta ciudad. »Mi padre la llamaba patria de su espíritu; allí adquirió la vasta erudición que lo hizo el oráculo de su tiempo...» Si tal dice la ilustrada escritora, de su padre, ¿no me será permitido dedicar en este libro algunas palabras consagradas al recuerdo del mío, tanto más, cuanto que su nombre se encuentra vinculado con acontecimientos pertinentes a la época que venimos estudiando? Esperamos que el indulgente lector nos disimulará este acto que reputamos de justicia. No pretendemos escribir su biografía; vamos a dar simplemente algunos apuntes. [308] II Don Santiago Wilde fue, desde 1821, Contador de Cálculo, hasta 1834, época en que Rosas suprimió ese empleo en la Contaduría General, quedando, si mal no recordamos, encargado interinamente en ese puesto el señor don Antonio Marcó del Pont, oficial primero en esa repartición. Don Santiago Wilde dio nueva forma y organizó el sistema de contabilidad, no empleado hasta entonces en el país. Concurrió también a la organización e introdujo el orden y arreglo en los libros de la Policía, siendo Contador de ese Departamento don Damián de Castro, español. El plan propuesto por él, si bien fue el que recibió la sanción del tiempo y la práctica, no dejó de hallar opositores, o, por lo menos, un opositor, que lo fue don Ventura Arzac. Esa oposición se desprende de lo siguiente, que dice el Argos del 23 de junio de 1821: «Siente infinito el Argos no poderse contraer «todavía el examen de la Memoria presentada por uno de los Vocales de la Comisión de Hacienda; bien es que las mismas que se llaman contestaciones al plan que en ella desenvuelve el autor, con el método posible, la están justificando en términos de hacerla incontestable. Pero ¡¡¡hasta cuándo los errores del entendimiento se han de atribuir a la voluntad!!! »Entretanto, el Argos tendrá el mayor gusto en que se sirvan de las columnas que tiene destinadas [309] al artículo Crédito Público, los partidarios o antagonistas del plan presentado por el señor Wilde, y también tiene el honor de ofrecérselas a él mismo, para sostener o explanar los principios que ha establecido, lo propio que al señor don Sebastián Lezica, para lo que, sobre los puntos del día, quiera y tenga que publicar.» Hablando de la creación de recursos para la Policía, dice también el Argos: «¡Ojalá que el autor de la Memoria sobre los ramos de Hacienda nos favoreciese con sus ideas sobre este punto, que también recomienda al fin de sus observaciones.» Daremos una breve relación de algunos de sus trabajos, en sentido de mejoras, en la época en que vivió, dejando, al efecto, que hablen otros. En 1821, como Miembro de la Comisión de Hacienda, escribió una Memoria, que se mandó publicar en folleto, por la Junta de Representantes. He aquí la nota con que la Comisión de Hacienda la elevó a dicha Junta: El Vocal de esta Comisión de Hacienda, don Santiago Wilde, ha presentado a ella la adjunta Memoria sobre los objetos que debe proponerse esta Provincia en el nuevo sistema de hacienda que quiere entablar. -Motivos que hace apetecibles estos objetos. -Medios de conseguirlos. La Comisión la ha leído con sumo gusto, y se ha propuesto tomar en consideración oportunamente cada uno de los puntos que abraza. Ella tiene el honor de elevarla a V. H., creída en que merecerá su agrado; y que, si lo tiene a bien podrá mandarla dar a la prensa, para que se estimulen los periodistas y sabios a escribir y a hablar de las materias que envuelve, con lo que es de esperar se generalice en ellas la instrucción pública, se forme y fije la opinión; y que ilustrada con abundantes luces esta Comisión, logre concluir un plan de hacienda, que, si no perfecto, sirva a lo menos de base a la común felicidad. Dios guarde a V. H. muchos años. Buenos Aires, 28 de mayo de 1821. -Muy Honorable Junta. -Juan de Bernabé y Madero. -Manuel José de la Valle. -Sebastián Lezica. -Antonio de Dorna. -Muy Honorable Junta de Representantes de esta Provincia de Buenos Aires. III Esta Memoria, como otros muchos trabajos suyos, no tuvieron más móvil que su deseo de ser útil al país de su predilección. En 1822, formó parte de la Sociedad Literaria. -A este respecto dice el señor Cabenago, en su Tributo a la memoria de don Bernardino Rivadavia. -«Se formaron algunas sociedades científicas, entre otras, la literaria, en cuyo programa del 8 de julio de 1822, se propuso, como motivo de una memoria, lo siguiente: -¿Cuáles son las causas que detienen los progresos de la agricultura en esta Provincia; y cuáles los medios de removerlas? Entrando en este certamen, el finado señor don Santiago Wilde, uno de sus miembros, escribió un interesante Ensayo sobre la Agricultura de la Provincia de Buenos Aires»; y agrega en una nota: -«Existe en nuestro poder este trabajo inédito, que nos ha facilitado su hijo, don José [311] Antonio Wilde, y que publicaremos en el Labrador Argentino.» Esta publicación no se hizo, y por el inesperado fallecimiento de este laborioso y patriota amigo, el folleto no volvió a nuestras manos. Tuvo intervención en la instalación de la primera Caja de Ahorros, como se desprende del final del decreto al efecto, del 24 de abril de 1823, que dice: «Quedan nombrados para componer la Junta Directiva el dignidad de Diácono, actual Gobernador del Obispado, doctor don Mariano Zabaleta, Presidente. -Don Francisco del Sar, Vice-presidente. -Don Guillermo Robertson, Tesorero. -Don Santiago Wilde, Contador. -Don Miguel Riglos, Secretario.» «Líbrense las órdenes correspondientes, e insértese en el Registro Oficial, para su cumplimiento. -Bernardino Rivadavia.» Tomó una parte activa en la publicación de algunos de los periódicos de aquella época. Para demostrarlo, sirve a nuestro propósito la siguiente rectificación que hace el doctor don Luis Varela, con motivo de un artículo publicado por el doctor Gutiérrez (don Juan María), en la Revista de Buenos Aires. «A la fundación del Argos de 1822», dice: «no había periódico ninguno en Buenos Aires, como usted lo afirma, pues el decreto de 11 de setiembre de 1821, con el destierro del doctor Castro, dio muerte a la Gaceta, que había atravesado todas las vicisitudes que siguieron a la Revolución de 1810 que le dio origen. »Pero el primer Argos ya había nacido el 12 de mayo y muerto el 24 de noviembre de 1821. [312] »Su fundador fue el señor don Santiago Wilde, hombre notable en muchos conceptos, y a quien dieron en las sociedades literarias el puesto que le correspondía. El señor Núñez, campeón de la reforma que entonces se operaba en la sociedad de Buenos Aires, contribuyó, es verdad, con sus escritos, a dar importancia a ese periódico, pero no fue su fundador, etc., etc.» IV Encontramos también otro dato que no conocíamos en los Nuevos Capítulos de la Historia de Belgrano por Bartolomé Mitre, refiriéndose a las impresiones y publicaciones de aquellos tiempos: «La imprenta de los Niños Expósitos, la primera del Río de la Plata que originariamente establecieron los jesuitas en Córdoba, era a la sazón del Estado. Publicábanse por ella tres periódicos. Era el primero de ellos la Gaceta de Buenos Aires, el monitor de la Revolución en sus relaciones con la América independiente y con el país, que, contraída exclusivamente a los intereses generales, prescindía generalmente de la política interna por un discreto patriotismo. »Era el otro el Redactor del Congreso, órgano de la Asamblea Constituyente, que daba cuenta al país de sus operaciones explicándolas. »El tercero era el Censor, que, como queda explicado, ejercía una especie de magistratura periodística establecida por la Constitución, que gozaba del privilegio de censurar al Gobierno [313] con sus propios tipos, siendo inviolable su Redactor. »El cuarto periódico, que por la imprenta de los Expósitos se publicaba, era una revista miscelánica destinada a la ilustración popular, que redactaba con amenidad don Santiago Wilde, inglés aclimatado en el país.» V Volviendo al Argos, parece que sus redactores guardaron por mucho tiempo el incógnito, según demuestra lo siguiente que tomamos de dicho periódico. «Hemos reconocido un grande interés entre nuestros compatriotas los argentinos, por descubrir los autores de ese periódico; pero para que en adelante no pierdan el tiempo y se empleen más bien en considerar lo bueno y lo malo que contengan nuestros trabajos, queremos anticiparles la noticia de que no es fácil acierten con los nombres de los que se los dedican. »Conocemos el motivo de que nace este interés; pero es menester que nos acostumbremos de una vez a juzgar de las cosas como ellas son en sí, y no por la más o menos prevención o predilección que tengamos respecto de las personas que las promuevan.» [314] VI Con gusto transcribo algunas palabras referentes a mi padre, de carta que nos dirigió en 1873 nuestro inolvidable amigo, el doctor Juan María Gutiérrez cuando fundamos en Quilmes, el Progreso, porque estas palabras expresan el juicio de un hombre como Gutiérrez, dice así: ..... ..... ..... ..... ..... «Ahora que usted, que, como he recordado y lo pregona su apellido, lleva sangre sajona en sus venas, ha tenido la buena idea de crear un periódico en ese pueblo donde se ha avecindado. En esto continúa usted la obra de su padre a quien imita, cediendo a inclinaciones heredadas, tal vez sin advertirlo. El señor don Santiago Wilde fue del número de los que tienen fe en el poder de la letra de molde, cuando se acerca a la comprensión del pueblo, y a imitación de Franklin, publicó entre otras cosas por varios años, bajo la forma de modestos Almanaques, una serie de opúsculos llenos de noticias curiosas y anécdotas humorísticas de agradable lectura aun para las personas más desaplicadas. »Conservo todavía en la memoria muchos de esos cuentecillos que saboreaba como caramelos cuando era muchacho. También arregló para el teatro algunas comedias inglesas llenas de buena doctrina moral, y emprendió otros muchos trabajos [315] civilizadores que no es del caso mencionar, sin incurrir en la reprobación de Horacio: non est hic locus.» ..... ..... ..... ..... ..... En cuanto a las piezas dramáticas, el mismo doctor Gutiérrez nos dice en carta de fecha anterior: «Agradezco a usted mucho las interesantes publicaciones con que me ha favorecido. La piecita dramática, a más de ser escasa, tiene el mérito de contener una lista autógrafa de las composiciones que su padre de usted arregló para nuestro teatro. Repito, pues, mis agradecimientos.» Con lo que antecede creemos haber llenado un deber. [317] Capítulo XXXVIIILas flores. -Jardines. -Jardines antiguos. -Incidente. -Vasijas para plantas. -El Barón de Holmberg. -Catálogo antiguo. -Sillas en la calle. -Braseros en la vereda. -Pescado frito. -Puestos. -Cómo se vendía la carne. -Carretas de carne en las calles. -Traje del carnicero de entonces. -Carnereros. I La afición a las flores no es de fecha reciente en Buenos Aires; existía desde los años que venimos recitando, y tal vez aún antes del año 1810. No había entonces ni hubo por muchos años, el lujo y gusto que se nota hoy en los jardines, tanto en las casas de campo como en los patios en la ciudad, siendo muy pocas las casas en que no los hay. Las estatuas, los copones, las fuentes, etc., no se conocían; sin embargo, existía el gusto por las flores, con la diferencia que entonces las señoras las cultivaban con sus propias manos y hoy gran número de ellas las hacen cuidar con sus jardineros. [318] II Los jardines se improvisaban con la mayor facilidad: con unos pedazos de tabla acomodados sobre unos pequeños pilares de ladrillo o sobre pies de madera, formaban lo que llamaban bancos; en hilera se colocaban en ellos, y con la simetría posible, las vasijas con plantas. En las casas en que se contaba con mayores recursos, había cierta uniformidad, pues se empleaban pequeñas tinas o cajones más o menos iguales en el tamaño, y con una mano de pintura, verde generalmente, hasta el tiempo de Rosas en que todo era colorado. Esto nos trae a la memoria un pequeño incidente; buscábamos en esa época la casa de un amigo; sabíamos la calle en que vivía pero no conocíamos el número. Cuando nos suponíamos próximos a la casa, preguntamos a una mujer parada en una puerta de calle, y nos contestó: «camine usted dos cuadras derecho, y como a la mitad de la otra cuadra, sobre la derecha, una puerta colorada; no tiene usted cómo errar.» Se comprenderá que las señas eran infalibles o lo que llaman mortales... ¡todas las puertas eran coloradas! Pero volvamos a los jardines. En las casas más pobres era una verdadera miscelánea; allí todo se aprovechaba, desde la cacerola agujerada, o el balde de lata viejo, hasta la... en fin, todo se utilizaba y cuando un tiesto viejo ya no servía para su primitivo destino, decían «para poner una planta está bueno.» El balde de lata abollado a fuerza [319] de servir formaba al lado de un tarro viejo o de una palangana rajada. Allí pasaban las señoras sus horas en sacar el pastito y los yugos que crecían en las vasijas, en poner varillas a las plantas de clavel, en perseguir las hormigas, en regar, etc. Por lo que hace a las niñas eran probablemente lo que son hoy día, muy afectas a las flores, pero enemigas de cuidarlas. III Por muchos años fue muy limitada la variedad en las flores: más tarde empezaron a llegar diversidad de plantas y semillas. El Barón de Holmberg fue de los primeros, sino fue el primero, que introdujo plantas exóticas y se dedicó a su aclimatación. Los introductores y cultivadores se multiplicaron hasta elevar ese ramo a la altura que todos conocemos, y que el extranjero admira al contemplar la variedad y el gusto que ostentan nuestros jardines. A pesar de esto hay algo con que no puede lo importado competir. Por ejemplo, en el inmenso número y variedad de rosas que ha venido al país, desde algunos años acá: ¿puede presentarse alguna, cuya fragancia se aproxime siquiera a la de nuestra rosa de todo el año o rosa criolla?... ¿y el jazmín del país? Trataremos mientras tanto de salvar, aun cuando no sea más que en parte, el catálogo que entonces imperaba y que dentro de algunos años quedaría sepultado en el olvido. Aun hoy mismo ha de [320] haber muchas personas que ni tan siquiera han oído el nombre de algunas de las flores que en tiempos pasados formaban parte de un bouquet. He aquí algunos: Clavel, Clavellina, Rosa de olor, de cien hojas y de la India, de mayo, bomba, morada, Multiflora, Congona, Toronjil, Bergamota, Cedrón, Albahaca, Palma imperial, Campanilla, Unquillo blanco y amarillo, Clérigo boca abajo, Violeta del país (la francesa no se conocía), Alelí blanco y amarillo, Retamo, Jazmín del país, de Chile y del Paraguay, Marimonias, Botón de oro, Siempreviva, Jacinto, Agapanto, Espuela de Caballero, Trébol de olor, Flor de cuenta, Virreina, Copete, Nardo, Yuca, Pensamiento, Margarita, Madreselva, Buenas noches, Narciso, Don Diego de día, Calá, Diamela, Alberjilla, Pastilla de olor, Mosqueta, Flor de caracol o tripa de Fraile, Pelegrina, Viuda, Taco de la reina, Amapola, etc., etc. IV Una costumbre muy generalizada fue por muchos años la de sacar sillas los tenderos, almaceneros, talabarteros, etc., en las noches de verano, y sentarse en la calle debajo del cordón de la vereda, a fin de no impedir el tránsito de los pedestres; y como tenían la calle por suya, puesto que no había peligro de tranways, carruajes y demás, allí tocaban algunos tranquilamente la guitarra, instrumento favorito, divirtiendo a los transeúntes. [321] V En nuestras enlodadas calles de aquellos tiempos, veíase con frecuencia al frente de los puestos que entonces abundaban, o impidiendo el paso en las veredas, enormes braseros con su correspondiente sartén en que se freía pescado, que vendían a 3 centavos la posta, en dichos puestos. Según el estado de vacuidad o de plenitud del estómago del transeúnte, así le incitaba o le repugnaba el olor que el pescado despedía. Esta clase de obstrucciones en las veredas, como otras muchas, eran toleradas por la Policía. En los puestos se vendía pan, chorizos asados y cocidos, verdura, etc., y los había en todas partes de la ciudad. En la estación, a más de éstos, establecíanse, también por diversas partes, puestos especiales para la venta de sandías, melones, duraznos y otras frutas. Todo esto desapareció con el establecimiento de mercados con sus correspondientes radios; pero parece que volveremos a los puestos aun en los puntos más centrales, si hemos de estar a una resolución municipal de fecha reciente. [322] VI El modo de vender carne fue por muchos años, entre nosotros, repugnante por mil circunstancias y muy especialmente por falta de aseo. A ciertas horas de la mañana y de la tarde, se estacionaban en diversos puntos, principalmente en las boca-calles, unas carretillas con toldas y costados de cuero vacuno o caballar, en que venía la carne colgada en ganchos. Llegados allí desprendían los caballos, quedando la carreta inclinada hacia adelante, descansando sobre el pértigo; frente a éste, extendía el carnicero sobre el suelo (con barro o con polvo), un cuero en el que destrozaba la carne con hacha, pues que entonces nadie soñaba en dividir los huesos con serrucho. El cuero presentaba centenares de soluciones de continuidad, por las que pasaba a la carne, o el barro o el polvo. Es claro que el carnicero no lo mudaba sino cuando ya estaba hecho trizas e inservible. Cuando llegaba la noche, raro era el que ostentaba un farol: casi siempre encendían una vela de sebo (vela de baño), hacían una incisión en un cuarto de carne y allí colocaban la vela, que con la brisa o el viento fuerte, según fuese el caso, goteaba o chorreaba el sebo sobre la carne, que era un gusto. Como el despacho se hacía inmediato al cordón de la vereda, el viandante no dejaba de pasar con cierto recelo, al ver enarbolar la enorme hacha, ni se veía libre de algunos salpiques. Esta carne, tan desaseadamente conducida, tan [323] desaseadamente despachada, iba a dar a la tipa no menos desaseada, de la negra cocinera que era la compradora. Esas tipas eran de cuero, y cuando más de junco con fondo de cuero, de las que construían los negros; poco se conocía la canasta de mimbre. Aquellas tipas, por mucho que se quisiesen cuidar, siempre ofrecían una vista desagradable y un aspecto repugnante, repugnancia que sólo la costumbre podía atenuar un tanto. El traje del vendedor o carnicero estaba en relación; calzoncillos anchos con fleco, y en los más lujosos con cribo, salpicado de sangre y de lodo; en mangas de camisa en verano, con poncho en invierno, descalzo o con bota de potro. El modo desaseado de conducir la carne desde los mataderos sobrevivió por muchos años a la abolición de las carretillas, pues hasta hace poco se traía en carros y aun a caballo, expuesta al sol, el polvo, el lodo, etc. Es de data muy reciente su condución en carros aseados, con cortinas y demás accesorios. Cruzaba también por nuestras calles el carnerero con una pila sobre el caballo, de cuartos de carne de oveja, que colgaban por ambos costados, atravesando pantanos y recibiendo sus correspondientes salpiques de barro. Los vendedores eran generalmente muchachos, gastaban el mismo traje que los carniceros e invariablemente andaban descalzos. Así transitaban las calles, gritando «Capón de grasa pa el alivio de tu casa» o «de peya pa el alivio de la beya.» [324] VII Después de las carretas en las calles, vinieron los puestos o cuartos de carne en diversas partes de la ciudad. Esto duró mientras no se establecieron los mercados y con ellos los radios. Entonces poco a poco fuese introduciendo el traje más decente de los vendedores, las mesas de mármol y demás mejoras que hoy todos conocen. Emprendiéronse también importantes reformas en los mataderos. [325] Capítulo XXXIXLa lotería. -Los billeteros de aquellos días. -Seña y contraseña. -¡Viva Clavijo! -Los esclavos y la lotería. I Allá por el año 1816 hasta 1821 se jugaba una lotería -creo que por cuenta de la Hermandad de Caridad-, que se efectuaba en armonía con el atraso en materia administrativa de aquellos tiempos. El billete se vendía a 10 centavos; para efectuar esta venta se ponía en la esquina de cada cuadra un hombre a quien se le llamaba lotero, que estaba sentado teniendo por delante una mesita con los papeles necesarios rayados y numerados, un enorme tintero y arenillero de estaño, una larga pluma de ganso, etc. Cuando se retiraban de noche, dejaban la mesita en el zaguán de alguna casa inmediata. El que quería comprar una o más cédulas, que así se llamaban los números, que eran unos papelitos de dos pulgadas cuadradas, numerados y al reverso llevaba escrita la contraseña, le decía [326] al lotero: -«Quiero una cédula» -«¿Qué quiere usted poner?» -le preguntaba aquél, calándose ya las antiparras. -«Ponga usted» -contestaba el comprador- «San Antonio, dame suerte», -«¿y de contraseña?» -«Ánimas benditas.» Esta se transcribía en el reverso del pequeño billete que contenía el número elegido. II La lotería se jugaba todos los martes en la plaza de la Victoria, delante del Cabildo, y en presencia del pueblo, a la una del día. Unos muchachos sacaban de los globos los números y un andaluz llamado Clavijo los repetía en alta voz. A cada suerte que salía el populacho gritaba: ¡viva Clavijo! Las suertes eran de cien pesos y una entre ellas de trescientos. Sólo había ocho o diez suertes y los extractos impresos se entregaban a los loteros a quienes ocurrían los interesados a saber si sus números habían obtenido premio. III Como en ese tiempo, como nuestros lectores saben, había esclavos, éstos entraban con interés a tomar un billetito todas las semanas, y como éste sólo valía 10 centavos, tenían casi siempre cómo comprarlo y sucedió más de una vez, que [327] uno de estos desgraciados se sacase una de 300 pesos y con ellos rescatase su libertad. Los extractos se publicaban con la seña y contraseña, en esta forma: por ejemplo: «Virgen del Carmen, dame suerte.» Contraseña. -«Alma de mi abuela, con 100 pesos, número 240.» «La calva de Clavijo». -Contraseña. -«Jesús me ampare, con 100 pesos, número 350.» Tal era la lotería de aquellos días. [329] Capítulo XLDon Manuel Álvarez, el primer médico en 1601. -Doctor don Cosme Argerich. -Primer curso de anatomía por el doctor Fabre. -El protomedicato. -Médicos de policía de campaña. -Don Salvio Gafarot. -Anécdota. -Doctor Montufar. I En otra parte hemos hecho mención de algunos de los médicos que existieron aquí en tiempos pasados; vamos ahora a dar algunos detalles, mas sin invadir, sin embargo, demasiado este terreno, pues que todo lo relativo se hallará en orden cronológico hábilmente estudiado en la Historia de la Medicina, que se nos asegura pronto publicará nuestro inteligente amigo el doctor Albarellos. Será curioso, no obstante, recordar que en 1601 apareció el primer médico que tuvo este vecindario; entonces Manuel Álvarez (que así se llamaba) se presentó al Cabildo ofreciendo exhibir carta de examen para acreditar que era hombre de ciencia en el arte de la cirugía y conocimientos de algunas enfermedades, pidiendo se le señalase un salario por asistir a los vecinos, quedando éstos [830] obligados a pagarle el valor de las medicinas, ungüentos y demás cosas que precisare para las tales enfermedades y heridas. Pero, como antes hemos dicho, no teniendo la intención de ocuparnos de la historia de la medicina desde su origen entre nosotros, daremos, por lo tanto, un salto mortal sobre dos siglos, para caer de pie en la época cuyos acontecimientos nos hemos propuesto referir. Sin embargo, haremos un retroceso todavía de 10 años a fin de recordar un nombre ilustre. El doctor don Cosme Argerich. A él cupo la gloria de establecer en la ciudad de Buenos Aires una escuela de Medicina. Por requisición de algunos médicos prácticos, hecha al Virrey del Pino, a fin de fundar una escuela en este virreinato, en agosto de 1801 se recibió en ésta, una real cédula que con intervención del Protomedicato de Madrid nombraba para la enseñanza de este ramo de la ciencia, a los doctores don Eusebio Fabre y al protomédico, don Miguel O'Gorman para fundar dicha escuela. El doctor O'Gorman renunció y fue reemplazado por el doctor don Cosme Argerich. La escuela se abrió con 14 alumnos. En 1808 concluyó el primer curso, del que salieron jóvenes médicos muy aventajados, considerando las dificultades de la época. En 1813 se dio a la enseñanza una forma regular, dotando 5 catedráticos, proveyendo un anfiteatro anatómico, y fue nombrado director del Instituto Médico el doctor Argerich. Este hombre, que prestó tan buenos servicios a su país, falleció el 14 de febrero de 1820. La creación de la Universidad cerró el segundo [331] período. Las cátedras de Medicina fueron agregadas a ella, disuelto el Instituto y reunidos todos bajo la vigilancia del Rector. Entre los primeros arreglos que meditó el Gobierno entró el de la Facultad de Medicina; y, por mucho que nos duela, necesario es confesar que hasta principios de 1822 ella se hallaba en un estado de completa anarquía; sus miembros en una hostilidad abierta y encarnizada, sin un reglamento que les rigiera, desatendidos los principales objetos de su Instituto y en un estado tal, que los efectos de este desorden eran transcendentales al público. En estas circunstancias el Gobierno suprimió el tribunal del Protomedicato, que por su misma naturaleza había caducado; se erigió en su lugar el Tribunal de Medicina; hoy Consejo de Higiene. Por aquel mismo año se sentó, en vano, establecer médicos de Policía en la campaña. No bien se hacía el nombramiento, cuando renunciaba el nombrado, como consta por publicaciones de esa época. II No pretendemos pasar en revista a todos los médicos que practicaron en aquellos tiempos, pero no podemos menos que citar uno que otro, debido a ciertas peculiaridades que llamaban la atención. Conservamos, por ejemplo, un débil recuerdo de la figura y modales del entonces célebre cirujano catalán, doctor don Salvio Gafarot; era por el año [332] 22, ya hombre cincuentón; muy esmerado en su traje; usaba corbata blanca; en invierno un sobretodo o levitón muy largo con una especie de esclavina semejante a la de la capa española; bota granadera charolada y con borla de seda, bastón con puño de oro y borlas de seda negra. Su porte arrogante; era bastante serio y mesurado, hombre de buena educación e instrucción, pero con un dejo catalán bastante pronunciado. En sociedad, agradable aunque algo excéntrico. Casó en el país y tuvo un hijo que lo fue el malogrado doctor José Gafarot, Catedrático de materia médica. Vivió don Salvio Gafarot por muchos años, en la calle hoy San Martín, en unos altos al lado casi de la familia de Escalada, y que se conservan en el mismísimo estado con sus balcones antiguos, etc. Algunos años después, edificó una buena casa con altos en la acera frente al Colegio. Estaba muy preocupado con esta construcción a que asistía en todos los momentos que su profesión le permitía. Esto dio origen a una anécdota que de él se refería. Dicen que, requerido por un enfermo de gravedad que se había empeorado, salió de la obra, y al formular, recetó a su cliente 25.000 ladrillos de piso. ¡Es de suponer que el boticario quedaría atónito con semejante receta! Probablemente esto no pasa de una de las mil y una bromas con que satirizan a los médicos, pues que para eso hay en el mundo más de un Moliére. Otro personaje digno de mención era el doctor don Martín Montufar. Por los años 23 o 24, tendría, creemos, próximamente 68 o 70 años; tenía el cabello abultado y completamente blanco; vestía [333] esmeradamente; su traje era generalmente negro; muy atento y constante admirador del bello sexo, hacía grandes esfuerzos por parecer joven. III No olvidaremos de entre los médicos antiguos a los doctores Justo García Valdés, O'Gorman, Fernández, Carlos Durand, que fue el primer médico de Policía que hubo en la ciudad de Buenos Aires, padre del actual doctor Carlos Durand, etc. Los médicos de aquellos tiempos no gastaban el boato que ostentan, desde hace algunos años, los de la época presente. No lucían entonces hermosos carruajes con arrollantes caballos y apuestos cocheros; marchaban humildemente a pie y cuando más a caballo, dejándolo, como antes hemos dicho, en algún poste lejano, cuando algún pantano mediaba entre éste y la casa de su enfermo. IV Ya hemos tratado, currente cálamo, de los médicos; en lo poco que hemos dicho, sólo hemos querido no excluirlos del cuadro de una época ya [334] remota. En cuanto al cambio de personal, progresos en la ciencia y mejoras llevadas a cabo honrosamente entre nosotros, el lector hallará cuanto apetezca a este respecto en la Historia de Medicina por el doctor Nicanor Albarellos. [335] Capítulo XLIEl pasaporte. -El pase. -La Sociedad de Beneficencia. -Su instalación. -Quiénes fueron socias. I Entre los resabios de la época colonial debemos incluir el pasaporte, que creemos desapareció recién con la caída de Rosas. Por muchos años, pues, ningún residente en este país, aun cuando no lo fuese sino transitoriamente, podía salir de él sin estar munido de su correspondiente pasaporte. El infeliz habitante de la campaña no podía salir de su partido tan siquiera por un día, sino llevaba un pase de su Comandante o del Juez de Paz. Lo gracioso es que un pobre paisano, que vivía, por ejemplo, en los confines de su partido, tenía que galopar 5, 6 o más leguas, a procurar la autoridad que debía darle el pase para poder penetrar tal vez unas cuantas cuadras en el partido lindante; y no tan malo cuando daba con él, pues que muchísimas veces sucedía estar ausente u ocupado y tener el solicitante que volver a su casa, habiendo galopado 10 o 12 leguas inútilmente, o que quedarse [336] un día o más en el pueblito, perdiendo su tiempo y gastando, como es de suponer. Esto último no nos debe sorprender, porque entre nosotros siempre ha sucedido y aun hoy sucede con lamentable frecuencia, que en vez de estar las autoridades cumpliendo con su deber para con el público, es éste el que invariablemente se ve sometido a las conveniencias, comodidades a veces, y aun a los caprichos de aquéllas. El paisano tenía, pues, que someterse a todas estas molestias y cumplir con lo ordenado, porque si lo tomaba sin pase una partida, en un distrito que no fuese el suyo, aun cuando no distase sino pocas cuadras de su casa, no le valía decir que no había podido dar con la autoridad que debía concedérselo y recibía el castigo que la ley imponía. En la ciudad, el que quería ausentarse del país, tenía que solicitar de la Policía su pasaporte. Dejaba en la Oficina de pasaportes, que en tiempo de Rosas la servía el Comisario don Ramón Torres, su nombre y el destino a que iba, y tenía que esperar que se hiciese su publicación por tres días seguidos en el Diario de la tarde y no recordamos si en otros también. Como dijimos antes, la caída de Rosas nos libró de esta traba molesta y perjudicial. II Vamos ahora a ocuparnos, aunque ligeramente, de algunos detalles respecto a la creación de una [337] institución que prestó valiosos servicios al país; nos referirnos a la «Sociedad del Beneficencia». Por decreto del 2 de enero de 1823 se nombró una Comisión destinada a acelerar la erección de la «Sociedad de Beneficencia» y esta Comisión elevó al Gobierno las bases sobre que estimaba conveniente realizar su instalación; reservándose presentar el proyecto de reglamento para cuando el Ministerio les indicase los establecimientos que han de estar a cargo de la Sociedad, y los trabajos a que ella debía contraerse con antelación. El resultado fue que, facultado sin duda el Ministro de Gobierno para el nombramiento de las señoras que debían componer este cuerpo, expidio títulos de socias a las expresadas. Las señoras nombradas fueron:
III El 12 de abril de 1823 se celebró la instalación de la Sociedad. Reunidas las señoras socias en su sala, se presentó en ella el Ministro Secretario en los Departamentos de Gobierno y Relaciones Exteriores, don Bernardino Rivadavia, acompañado del Oficial Mayor en el Ministerio de Gobierno, y de algunos jefes militares. El patio de la Casa de Expósitos, en cuyo edificio estaba la Sala de la Sociedad se encontraba lleno de un lucido numeroso concurso. El Ministro después de haber hecho leer al indicado Oficial Mayor todos los decretos y reglamentos que se relacionan con esta Sociedad, la proclamó instalada a nombre del Gobierno de la Provincia, y en seguida pronunció un brillante discurso, que creemos se encontrará en la Abeja Argentina, mandado publicar por la Sociedad literaria de Buenos Aires. La señora Vice-Presidenta, doña María Cabrera, tomó en seguida la palabra, agradeciendo al Gobierno por la confianza que depositaba y el honor que confería a la «Sociedad de Beneficencia». Así terminó este importante acto, creando un cuerpo cuyos servicios y abnegación jamás deben olvidar los argentinos. Se necesitarían volúmenes para dar completa la historia de los bienes que ha prodigado; el consuelo [339] que ha esparcido esta bella institución desde su instalación en 1823. Por otra parte, su marcha es demasiado bien conocida en época más inmediata, razón por la cual nos hemos limitado a dar algunos datos relativos sólo a su instalación. Hemos dicho que al doctor don Valentín Gómez debió la Sociedad su Reglamento. Algunos de nuestros lectores desearán, sin duda, saber quién es; vamos, pues, en pocas palabras, y con permiso de aquellos que ya lo saben, a satisfacer su legítima curiosidad. Fue un hombre conspicuo en su época, que, como muchos otros, yace en el olvido. Don Valentín Gómez nació en Buenos Aires el 3 de noviembre de 1774. Muy niño aún, fue destinado al estudio de latinidad; pasó luego a la Universidad de Córdoba y recibió el grado de doctor en teología a los 20 años de edad. En 1796 recibió de la Universidad de Chuquisaca el grado de bachiller en derecho canónico y civil. Entró luego en la Real Audiencia en esta capital a la práctica forense para recibirse de abogado, y si no concluyó esta carrera, fue por haberse dedicado a la de la cátedra. A los 23 años de edad, fue nombrado Fiscal Eclesiástico; permaneció en este empleo hasta que hizo voluntaria renuncia por incompatibilidad de sus funciones con la cátedra de filosofía que se le había dado en concurso de opositores en 2 de enero de 1799. Cuando tuvo la edad competente, recibió las órdenes sagradas que le fueron conferidas en la ciudad de Córdoba por el Ilustrísimo señor doctor don Ángel Mariano Moscoso, Obispo de esa diócesis. Después de 5 años de servicio en la parroquia [340] de Moron, obtuvo, en concurso, el curato de Canelones en el E. O., ejerciendo igualmente las funciones de Vicario foráneo. De vuelta de Canelones en 1811, fue nombrado, en esta ciudad catedrático interino de teología, sirviendo el cargo hasta que en 1812 obtuvo la canonjía, habiendo sido gradualmente promovido hasta la segunda dignidad del Senado Eclesiástico. En 1813 fue Provisor y Gobernador del Obispado, cargo que renunció en 1815. Fue elegido nuevamente en 1821. En 1826 el Presidente de la República le nombró Rector de la Universidad, encomendándole la organización y reglamentación de los estudios. Planteó importantes mejoras, y renunció en 1830. II En el orden político prestó eminentes servicios, cuando se proclamó la Independencia en 1810. Fue diputado en la Asamblea Constituyente desde su instalación hasta que terminaron sus trabajos, y desempeñó en ella por algún tiempo el cargo de Secretario por el término que fijaba la ley. A la creación del Directorio, fue miembro del Consejo de Estado. En 1818 fue enviado extraordinario a las Cortes de Londres y de París, hasta 1821. Poco tiempo después, fue nombrado Diputado para la Junta de la Provincia, cargo que desempeñó hasta 1823. [341] En todo sentido era el doctor Gómez un hombre ilustrado. En política, sus principios fueron siempre los más liberales; su moral ejemplar; grande fue siempre el amor a su familia. Murió rodeado de ella, lleno de virtudes, el 20 de septiembre de 1833. [343] Capítulo XLIII Vamos a dedicar en este capítulo algunas palabras a la memoria de un hombre que prestó eminentes servicios a nuestro país, que ha contraído para con él una deuda de gratitud: nos referimos al denodado almirante Brown. El año 1814 fue de grande movimiento y excitación, como fueron importantes los sucesos que en él se desenvolvieron. Los hombres que se hallaban al frente de los negocios públicos eran inteligentes y de reconocida capacidad. Veamos cómo se expresa Robertson, para presentar en la escena a su héroe Guillermo Brown. «Posadas, el Director, sensato, prudente y reflexivo. »Herrera, su secretario, perspicaz, activo y elocuente; un verdadero hombre de Estado. »Rondeau, como jefe del Ejército que sitiaba a Montevideo, era, sin faltarle valor, circunspecto y precavido, mientras que: »Alvear, que le sucedió en el mando, era vivo, ambicioso de renombre, valiente y resuelto.» Pero el que aparecía en primera línea, el héroe [344] de la jornada, un segundo Cockrane, o nuevo Napier, como se le ha llamado, era el almirante de la Escuadra Argentina, Guillermo Brown, secundado eficazmente en la empresa de su improvisada creación por Mr. White, ciudadano norteamericano. El mismo día en que el general Alvear se recibió del mando en jefe del ejército (mayo 17), participó al Gobierno que las escuadras, la de Buenos Aires al mando del almirante Brown, y la de Montevideo a las órdenes de Michelena, después de dos días de calma, a la vista la una de la otra, al levantarse la brisa, habían partido, Brown en seguimiento de la escuadra enemiga, haciéndose cada vez más recio el cañoneo, hasta que disminuía gradualmente cesando por completo a las 3 de la tarde. Tal era el conocimiento dado por Alvear desde el Miguelete, cerca de Montevideo. La escuadra enemiga se componía de las corbetas Mercurio, Mercedes, Neptuno y Paloma; los bergantines San José, Hiena, Cisne, una goleta, la chata de Castro, la falúa Fama y la chata San Carlos. La del Río de la Plata la formaban las corbetas Hércules, Belfast, Agreable, Zephir; el bergantín Nancy, la polacra Nancy y sumaca Santísima Trinidad. El Hércules,
llevaba la enseña del almirante; en su parte del 19 de mayo da cuenta de un glorioso triunfo sobre [345] una fuerza naval, muy superior a la que mandaba el día 14 del mismo. Nuestro almirante, después de haber incendiado el bergantín Cisne y la balandra Castro, que se hallaban varados, trayendo escoltados por su flotilla los buques capturados, corbetas Neptuno y Paloma, y una goleta, 500 prisioneros, incluso varios oficiales de alta graduación, muchos pertrechos de guerra, desembarcó el 25 de mayo, aniversario de la gloriosa Revolución. Fue recibido con indecible entusiasmo por la población entera, en medio de ardorosas felicitaciones. ¡Viva Brown! ¡Viva la patria! se repetía por miles de espectadores. ¡Viva la patria! ¡Palabras mágicas que hoy rara vez, o mejor dicho, nunca se oyen! El tomo I de la Revista de Buenos Aires, en sus Fastos de la América Española, dice: «Junio, 11 -1826. -Cuatro buques de la escuadra argentina, al mando del general Brown, anclados en los pozos del Río de la Plata, rechazan a 30 naves portuguesas, entre las que se encontraban algunas corbetas y fragatas. Desde las alturas inmediatas a la ribera, el pueblo, sobrecogido, asistía a aquel desigual combate, en el que una vez más triunfó el almirante Brown. Publicó la proclama de éste el número 63 de El Correo Nacional.» Esto basta para dejar inscripto en estas páginas destinadas a recordar nuestro pasado el glorioso nombre de Brown, y estimular, especialmente a los jóvenes, para que lean su biografía y escritos, que narran sus heroicas acciones. Mencionaremos ahora uno que otro incidente, que se relaciona, más bien, con su vida privada. [346] II Se dice que, después de muchísimas aventuras en sus primeros años, Brown estableció el primer paquete entre Montevideo y Buenos Aires; por esa época fue que compró el terreno en Barracas, donde construyó la casa-quinta que aun existe, y que todos conocen por del almirante Brown, y en la que vivió, con su familia, por más de 40 años. ___ Entre las anécdotas que se refieren del inteligente e intrépido Brown, se recuerda la siguiente: Visitándolo algún tiempo después de las acciones navales entre nuestra escuadra y la del Brasil, el almirante Norton, su reciente adversario, le dijo: -«Si como usted ha servido a la República, hubiese servido al Imperio, sería usted, a esta hora, Duque, gozando de una buena pensión.» A lo que Brown, modestamente, replicó: -«Yo sé que Buenos Aires no olvidará nunca mis servicios.» Después de 33 años de esclarecidos servicios, prestados a su patria adoptiva, muere Guillermo Brown, en Buenos Aires, en 1857, a los 80 años de edad. [347] III Todos conocen la Aduana Nueva; esta circunstancia, y la de quedarnos ya poco espacio, nos justificará para sólo ocuparnos de la vieja, de la que diremos algunas palabras. La Aduana es de la época de la fundación de la ciudad, que, como se sabe, lo fue por el general Juan de Garay, en nombre del Adelantado don Juan de Torres de Vera, en 1580. Es de presumir, por los documentos que se conocen, que en 1581, don Diego de Olabarrieta, funcionario público en esta ciudad, cobró los derechos correspondientes al capitán Alonso de Vera y demás personas, que importaron mercancías en su buque; quedando, incuestionablemente, establecida la Aduana, desde entonces. El primer Administrador (que después se denominó Colector General) que nombró el Gobierno patrio, fue el señor don Manuel José de Lavalle, quien había desempeñado el cargo de Administrador General de la Real Renta de Tabacos, desde el tiempo colonial, cuyo ramo de monopolio fiscal abolió el nuevo Gobierno. La Aduana era un edificio de pésimo y ruinoso aspecto, aunque interiormente presentaba la suficiente comodidad para el tráfico y exigencias de aquellos tiempos. Ya que nos hemos ocupado de este edificio, mencionaremos otro inmediato, que ha desaparecido, el Cuartel de Restauradores. [348] IV La manzana circunvalada por las calles Defensa, Balcarce, Méjico y Chile, con excepción de una pequeña fracción ocupada por las dos últimas casas en la calle Defensa hasta la esquina de la de Chile, era el Hospital y Convento de los Religiosos Betlemitas, hospitalarios, fundado en 1748. Suprimido por la ley de la Provincia de 1822, fue ocupado por el piquete de policía que se le llamaba por el pueblo La partida de Alcaraz, que era el apellido de su jefe; la cual se hizo célebre por su celo y habilidad en perseguir a los criminales y los vagos. Posteriormente, sirvió algunas veces de cuartel de tropa, hasta que, finalmente, y por muchos años, lo ocupó el batallón de infantería, de negros, denominado Restaurador de las leyes, por cuyo nombre lo conocen los modernos; después sirvió de depósito de los carros de limpieza, y en el sitio que ocupaba, acaba de construirse el bello edificio para Casa de Moneda Nacional. El primer jefe que tuvo el batallón Restauradores, lo fue el general don Félix Alzaga; quien fue separado por Rosas, en 1835, y puesto dicho batallón al mando del coronel don Agustín Ravelo, comandante Narbona, negro, y mayor del cuerpo, Barbarín, negro también. [349] Capítulo XLIIIPulperías. -Pulperos. -Su traje. -¿Quiénes eran? -Refrescos. -Cómo se hacían. -La llapa. -Cómo eran los pulperos.-Su libro de fiados. -Almacenes. -Progresos. I El establecimiento de almacenes de comestibles es, entre nosotros, de fecha relativamente reciente. También la mayor parte de los artículos que hoy constituyen el surtido de un almacén de comestibles, eran completamente desconocidos algunos, y otros sumamente escasos, como el azúcar de pilón, y aun refinada, la cerveza inglesa, y tanto otro artículo que hoy abunda. El té, por ejemplo; quien quisiese tomarlo bueno, tenía que valerse de algún comerciante inglés, para que le hiciese venir una caja o dos. En las pulperías se vendía en cartuchos, que habían estado en exhibición, expuestos al aire por meses enteros. Allá, de tiempo en tiempo, alguien pedía un medio de té, agregando siempre para remedio, pues nadie tomaba té. Lo particular es que, por muchos [350] años, se vendía en las boticas como hierba medicinal. Antes de esa época, sólo teníamos pulperías o esquinas, como también se llamaban esas casas de negocio, sin duda porque ocupaban siempre los ángulos de las calles. A las pulperías sólo concurrían los sirvientes en busca de lo necesario para la casa, como hierba, azúcar, etc., y las gentes de baja esfera a comprar bebida, que tomaban allí mismo. En muchas de estas casas, pasaban algunos de estos hombres bebiendo hasta caer y quedar dormidos allí dentro, o tal vez en la vereda; mientras no llegaba este caso, algunos tomadores cargosos vociferaban, pronunciaban palabras obscenas, insultaban o se mofaban de los que pasaban, y mortificaban a las familias, inmediatas a la pulpería. Sin embargo, acostumbrado estaba el pueblo a estas escenas, que nadie hacía caso; los hombres se encogían de hombros, y decían: «cosas de borrachos.» Las señoras tenían a menudo que cruzar a la vereda opuesta, a cierta distancia de una pulpería en que hubiese reunión de tomadores, que a veces obstruían completamente el paso. Una que otra vez, un policiano llevaba a planazos a alguno de estos molestos parroquianos, pero esto sucedía rarísima vez, a no haber ocurrido pelea. II La mayor parte de los pulperos eran hombres, no diremos, precisamente, que de baja esfera; pero [351] sin duda tenían, en general, muy poca instrucción, más allá de lo que se relacionaba con su negocio. Su traje, durante el verano, era, comúnmente, el siguiente: se ponían tras del mostrador, en los primeros tiempos, en mangas de camisa, sin chaleco, con calzoncillos anchos y con fleco; sin pantalón, con chiripá de sábana o de algún género delgado, o bien un pañuelo grande de algodón o de seda, que entonces se usaban más que hoy, a guisa de delantal, medias (algunas veces), y chancletas. Como no entraban personas de lo que se llama decentes, como hoy sucede en los almacenes, ese traje estaba más que suficientemente bien para la clase de parroquianos o marchantes que tenían; sin embargo que, algunas veces, cuando estaban desocupados, salían a lucirlo a la puerta, y aun paseándose por la vereda. III Originariamente, los pulperos eran, puede decirse, todos españoles; más tarde, fueron reemplazados por hijos del país, quienes, a su vez, cedieron el puesto a los italianos. (42) El pulpero no sólo vendía comestibles, vino y toda clase de bebida blanca, sino que en invierno despachaba café, que servía en jarritos de lata, con [352] tapa, por la cual pasaba una bombilla, también de lata, o a veces de paja. En verano se consumía gran cantidad de refrescos. Estos eran sangría, que se hacía con vino carlón, agua y azúcar; vinagrada, como su nombre lo indica, con vinagre, y naranjada hecha con el zumo (agrio de naranja), que se traía, generalmente, de las islas del Paraná. Los tres refrescos se preparaban por el pulpero a la vista del solicitante, del mismo modo. Se echaba en un vaso cantidad suficiente del líquido que la iba a servir de base; es decir, vino, vinagre o agrio y se le echaba el azúcar. Con una especie de macanita de madera, ad hoc, revolvían y deshacían los terrones; terminada esta operación, se agregaba el agua, y pasaba todo a un embudo de lata. Retiraba entonces el pulpero el dedo índice del émbolo, haciendo caer, de más o menos altura (que en esto también había lujo), el líquido dentro del vaso. Este procedimiento se repetía dos o tres veces, como hemos dicho, en presencia del impaciente solicitante, cuyas glándulas salivares estaban, durante la operación, en pleno juego, o como se dice vulgarmente, la boca se le hacía agua, en vista del brebaje que debía aplacar su ardiente sed. A estas naranjadas se les agregaba, muy frecuentemente, un vasito de caña, por ser fresca, según el dicho de los tomadores. IV La ñapa o llapa era una especie de guerra de recursos, que se hacía el gremio, con la intención de atraerse cada uno mayor número de marchantes, [353] especialmente entre los muchachos del barrio. Consistía en dar en proporción a lo que cada uno compraba, maní o unas cuantas pasas de uva o un terrón de azúcar, etc. Es presumible que el terrón salía de lo que acababa de comprar. Los pulperos no eran hombres que se preciaban de ser comerciantes, en cuanto a las formas y ordenanzas comerciales. Sus libros contenían, las más veces, simples apuntes, y éstos con una letra y ortografía, a la verdad, poco envidiables. Su libro de fiados constaba del nombre, y a veces tan sólo de las iniciales del marchante, y en seguida tantas rayas cuantos reales debiese, poniendo un crucero en la parte superior de cada octavo real, para representar otros tantos pesos. Este modo de llevar cuentas de fiados era tan general, tan conocido de todos, que cuando alguien creía que el pulpero no la recaudaría, le decía: «ráyela en la tina del agua.» Así como hemos dicho que los pulperos españoles iban gradualmente cediendo su puesto a los argentinos, y éstos a los italianos, así también, las pulperías mismas, fueron, poco a poco, cediendo el suyo a los cómodos, bien surtidos y lujosos almacenes que hoy vemos esparcidos por la ciudad en todas direcciones, y aun en la campaña. Del mismo modo que se ha operado esta importante modificación en el antiguo pulpero, así se han sucedido con asombrosa rapidez las mejoras y adelantos en este hermoso, fértil y rico país, que sólo necesita paz, para ocupar su puesto entre las naciones más cultas y prósperas. Entre otras innumerables que pudiéramos citar, hace 25 años (1855), se construyó el espléndido [354] edificio para la nueva Aduana. En 1856 se introdujo el gas. En 1857 se inauguró el ferrocarril del Oeste, el primero en el país. En 1863, empezaron, y terminaron en 65, los trabajos para el ferrocarril a la Ensenada. En 1866, el cable eléctrico. En 1868, las aguas corrientes; en fin, sería inacabable la lista de nuestras mejoras; basta decir que, especialmente desde 1852, cada año que ha transcurrido, señala una nueva adquisición en sentido de progreso. [355] Capítulo XLIVLa educación entre nosotros. -El primer maestro de escuela. -Belgrano y Rivadavia. -Adelanto en la educación; esfuerzos por mejorarla en 1823. -Otra vez la Sociedad de Beneficencia. -Ateneos y colegios. -Primer acto de distribución de premios. I Curioso e interesante sería recorrer la historia, y estudiar las vicisitudes porque ha pasado la educación entre nosotros, no diremos desde el primer maestro que tuvo Buenos Aires, que lo fue don Francisco de Victoria, quien se presentó al Cabildo en 1600 y tantos, pidiendo se le señalase casa para establecer una escuela, de que carecía la ciudad, sino, por ejemplo, desde muchos años después, aunque bajo el sistema colonial todavía, el ilustrado general Belgrano decía: -«No hay objeto más digno de la atención del hombre, que la felicidad de sus semejantes», fundando, con razón, esa felicidad, en la educación; hasta la época [356] en que Rivadavia pronunciara su favorito axioma: -«La escuela es el secreto de la prosperidad de los pueblos», y desde esa fecha hasta el presente. Pero, como se comprende, no podemos afrontar la cuestión en esa forma, mas lo haremos, si, como en otra parte hemos dicho, este trabajo mereciese los honores de una nueva edición, en la que trataríamos los diversos puntos en él contenidos, en distinto orden, y con mayor latitud. II Bien pobre cosa fue, a la verdad, la instrucción dada a la juventud en los primeros tiempos de nuestra emancipación. La de la mujer estaba muy lejos de lo que es en el día. Entonces, se las enseñaba a leer mal, a escribir mal, las cuatro reglas de la aritmética, y, en casos raros, la música y el baile; perdiendo, por consiguiente, la oportunidad de reportar todas las ventajas que ofrece el talento natural de la mujer argentina. Otro tanto sucedía con los varones: se les enseñaba a leer, escribir y contar. En las escuelas de la Patria, tal vez sin sospecharlo, se les daba ligeras nociones de higiene, en las repetidas marchas y evoluciones que ejecutaban. Por muchos años, se siguió con ambos sexos una rutina, de poco o ningún provecho. Después, la educación marchó en escala ascendente, en relación [357] siempre con los medios de que podíamos disponer, de la mayor o menor voluntad de los Gobiernos, y de las perturbaciones políticas, tan frecuentes en nuestro país. Desde la época del Gobierno de que formó parte don Bernardino Rivadavia, es, como todos saben, que se viene haciendo esfuerzos en sentido de favorecer la enseñanza elemental, como base de sólida instrucción. Por los pocos periódicos publicados en aquel tiempo, vemos que el pueblo se preocupaba ya algo de este punto importante para el adelanto del país. En uno de ellos se leía, en 1823, lo siguiente, que era entonces una verdadera novedad, y es una prueba de lo que acabamos de exponer: «Manual para las escuelas elementales de niñas, o resumen de enseñanza mutua, aplicada a la lectura, escritura, cálculo y costura. »Con este título se acaba de publicar en Buenos Aires, una obra escrita en francés, por madama Quignon, y traducida de aquel idioma al nuestro, por la señora doña Isabel Casamayor de Luca, secretaria de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires. -Esta obra se vende a tres reales en las tiendas de Osandivares y Ochagavia.» Este pequeño libro puede reputarse, pues, de los primeros que en favor de la educación, aparecieron en el país, después de las publicaciones hechas, por años enteros, por la imprenta de los Niños [358] Expósitos, de catones, cartillas y libros puramente religiosos. Y en otro periódico del mismo año, se lee: «Sociedad Lancasteriana de Buenos Aires. -El 23 del pasado junio empezó sus tareas la Junta directiva de esta Sociedad, que continuará los días 15 y 30 de cada mes. Desea extender el benéfico influjo de este útil establecimiento a la campaña, donde más se necesita. Al efecto, espera que los amantes del bien público, aumenten el número de suscriptores.» El sistema Lancasteriano era el más generalizado. Ya en esa época empezaron a establecerse Ateneos, Colegios, etc., en que la instrucción era más lata; muchos de estos establecimientos de educación, tuvieron por directores a extranjeros de vasta instrucción, y avezados en la enseñanza, tales como Brodart, Persi, Rives, y tantos otros, y antes que éstos, Cabezón, Rufino Sánchez, Peña, etc. Inútil parece indicar que la Sociedad de Beneficencia, de la que ya hemos hecho mención, prestó desinteresados e importantes servicios en favor de la educación, en la dirección y enseñanza de niñas pobres. Conocida es de todos la solemne distribución de premios hecha por ella desde su instalación, el 26 de mayo, de cada año, acordados a la aplicación, la industria, la moral, y al amor filial. Recordaremos aquí, con este motivo, que el primer acto de distribución de premios en las escuelas de campaña, tuvo lugar en San José de Flores [359] el 1.º de junio de 1828, a virtud del decreto de 5 de mayo del mismo año. Larga es la lista de las inteligencias que han puesto sus conocimientos y voluntad al servicio de la juventud, en tiempos más modernos; las señoras Manso y Caprilli, los señores Sarmiento, Sastre, Peña, Gutiérrez, Domínguez y otros muchos. [361] Capítulo XLVPrácticas religiosas. -Oración en la mesa. -El rosario. -El toque de oraciones. -La primera salida a la calle. -Nacimientos. -La bendición. -El repartidor de pan. -Su modo de vivir. -El apero. -Lomillerías. -Dónde había más. -El señor Adrogué. -Inconvenientes y ventajas del recado. -Puebleros transformados en gauchos. -Su despedida. -Rosas. I Hemos hablado ya de ceremonias de la Iglesia Católica; de la inmensa concurrencia que a ellas asistía, pero hemos omitido algunas de las prácticas observadas por el pueblo, con escrupulosa exactitud, hasta hace algunos años, habiéndose borrado aún el recuerdo de algunas de ellas, en la época presente. Por ejemplo: Al ir a la mesa, antes de empezar a comer, la persona de más respetabilidad, decía: -«Dadnos, Señor Dios mío, vuestra santa bendición, [362] y bendecid también el alimento que vamos a tomar, para mantenernos en vuestro divino servicio. Padre nuestro, etc.» Y después de haber comido: -«Os damos gracias por el manjar que nos habéis dado; esperando que, así como nos habéis concedido el sustento corporal, os dignaréis también concedernos un día la eterna bienaventuranza. Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.» Rarísima era la casa en que dejaba de reunirse de noche la familia a una hora fija, para rezar el Rosario; a ese acto concurría todo el personal de la casa, inclusive la servidumbre de ambos sexos. Las visitas de confianza solían también asistir. ___ Al primer toque de campana que anunciaba la Oración, todo movimiento cesaba como por encanto, en un instante. Esto no sólo sucedía en las casas; todos los hombres, a quienes la primera campanada sorprendía en la calle, se paraban en el acto, se sacaban el sombrero, rezaban el Angelus Domini, se persignaban, volvían a cubrirse, y seguían su camino. Desde ese momento daban ya las «buenas noches.» ___ Los españoles, y más tarde algunos de sus descendientes, jamás dejaban de persignarse en la puerta, al ir a efectuar su primera salida a la calle. ___ [363] Los Nacimientos eran otro motivo de atracción y de devoción. ___ Los niños jamás dejaban de pedir su bendición a sus padres, al levantarse y al acostarse; otro tanto hacían con sus abuelos, tíos, etc., en su primer encuentro, a cualquiera hora que fuera. Aun los adultos pedían la bendición a sus padres al separarse de ellos. Los criados hacían lo mismo con sus amos. Esta señal de respetuosa sumisión ha desaparecido casi por completo, como otras muchas costumbres de tiempos pasados. Creemos que aun subsiste en algunos pueblos de las Provincias Argentinas. Pasemos a otra cosa. II Nos hemos ocupado, sucesivamente, del lechero, del vendedor de carne, del carretillero, del aguatero, del pulpero, etc., justo es que no olvidemos al panadero, o repartidor de pan, que no es, a fe, exactamente el repartidor actual, que se instala en su carro o jardinera, llevándose por delante cuanto encuentra al paso, como una de tantas manifestaciones de la vida activa en el día. Entonces, cuando todo era calma, y había, como [364] tantas veces lo hemos repetido, tiempo para todo, el panadero llevaba sus enormes árganas sobre el lomo de una paciente mula, que no salía del tranco, y cuando más, de un trote corto. Los repartidores eran, puede decirse, en su totalidad, hijos del país. Madrugaban, y a las diez de la mañana ya habían terminado su reparto en las casas particulares y en las pulperías. Por consiguiente, como no se conocían las necesidades que hoy apremian, y como la palabra economía no existía en su vocabulario, como buen porteño franco, desprendido, y aun derrochador, creía completamente inútil emplear las largas horas que quedaban a su disposición, después de su reparto, en cosa alguna de provecho, las mataba, pues, comiendo, durmiendo y jugando. Lo primero en que pensaba el repartidor de pan era en hacerse de un caballo trotador y de un apero más o menos lujoso, con algunas prenditas de plata; cosa que pronto adquiría (pues parecía una especie de símbolo del gremio), con sus ganancias, o (lo que era aún más común), con el atraso de sus cuentas con el patrón. A la tarde, pues, salía en su caballo criollo puro, tusado a la criolla, con su apero arreglado, también a la criolla, y con su mejor ropita, a recorrer las pulperías, y buscar, tal vez, marchantes. Tal era el panadero de aquellos tiempos, que malgastó sus horas de ocio, y que, como muchos, muchísimos de sus paisanos, no «leyó en el porvenir...» Hoy ha desaparecido, casi por completo, de la escena: habrá tal vez un repartidor hijo del país, entre mil extranjeros. [365] III Hemos hecho mención del apero, y esto nos conduce, inevitablemente, a ocuparnos del lomillero. Las lomillerías existían esparcidas por varias partes de la ciudad, especialmente en los barrios de Monserrat y la Concepción; pero donde se encontraban aglomeradas, era por la plaza Nueva (Mercado del Plata), en las calles Cangallo y Artes. En esas cuadras se oía un ruido fastidioso y continuo todo el día, y aun en las primeras horas de la noche, producido por los golpes de maza sobre los fierros o pequeños instrumentos con que tallaban o floreaban las orillas de las caronas de suela, etc. Las lomillerías eran entonces tan numerosas, como escasas eran las talabarterías. El consumo de recados de todas clases era inmenso, como que era lo que más generalmente se usaba. Muchos dueños de lomillerías ganaron dinero, y dícese que el señor Adrogué, fundador del pueblo que lleva su nombre, hizo una fortuna, como proveedor de monturas, correajes, etc., para el ejército, en tiempo de Rosas. IV Esta montura, aunque muy pesada para el caballo, o incómoda para ensillar, especialmente en un día de viento, ofrecía, sin embargo, gran comodidad, [366] particularmente cuando hacía las veces de cama. Así es que, cuando alguien se aventuraba a salir en silla de la ciudad, aun cuando fuese a corta distancia, los paisanos, al verle, exclamaban en tono de mofa: «¡qué güena cama lleva ese mozo!» Por gran número de años, muchos hombres de campo no conocían otra cama que su recado. Los viajeros, aun cuando fuesen hombres de pueblo, y habituados a los regalos, iban ya dispuestos a dormir también sobre su recado, porque en aquellos años no se conocían las estancias llenas de comodidades, como se encuentran hoy. Rara es, en efecto, en el día, la que no proporciona una buena cama y demás comodidades, al que llega a pernoctar. En aquellos tiempos apenas había otra clase de población que ranchos, y aunque los dueños fuesen ricos, no en todas habían camas sobrantes. Por consiguiente, ya dentro del rancho, ya bajo el alero, ya en la ramada, tendía su cama, colocando las piezas de que se componía su apero, más o menos en el orden siguiente: Primero la carona de vaca, luego las bajeras, después la carona de suela (a no ser que fuese verano y entonces la ponían encima), luego las jergas, el cojinillo y sobrepuesto; para cabecera el lomillo o recado, relleno con la chaqueta o chaquetón y demás ropa de que se despojaba al acostarse. Por mucho que se crea que no, podemos asegurar que era esta una magnífica cama, especialmente después de una jornada a caballo de 25 o 30 leguas. Los más delicados, cuando andaban de viaje, solían llevar entre las caronas un par de sábanas; pero esto sucedía rarísima vez, porque temían exponerse a la rechifla, particularmente los jóvenes. [367] Estos, en vez de usar bola fuerte, que podía garantirlos un tanto contra el frío, el agua, las espinas de cardo, etc., se ponían botas de potro, con los dedos del pie de fuera: usaban calzoncillos con cribo y fleco, chiripá; llevaban lazo y bolas, aun cuando en su vida hubieran enlazado o boleado animal alguno; no les faltaba la espuela grande, aunque fuese de hierro, y los ricos las usaban de plata, de dos a tres libras de peso. De manera que, en lugar de procurar con nuestro contacto levantar al gaucho a nuestra altura, tan siquiera fuese en las costumbres, nosotros hacíamos lo posible por descender hasta él. V Con este traje atravesaba el pueblero la ciudad, de regreso de la campaña. Cuando iba a pasar dos o tres meses en una estancia, ya sea que la tuviese a su cargo, o sólo fuese a pasear, la operación era más larga complicada; se vestía con su traje de gaucho, y así ataviado, y con su caballo enjaezado en toda regla, iba a despedirse de las familias de su relación. Joven hemos conocido nosotros, que hacía durar esta operación dos o tres días, antes de salir definitivamente de la ciudad. Según él, debía partir al momento, pero, no podía menos que ir a casa de las señoritas de N a despedirse. Repentinamente, en esa casa se oía un ruido inusitado, áspero, pero acompasado, que llamaba la atención de sus habitantes; era la enorme rodaja de la espuela de [368] Fulano, que rechinaba en el pavimento del zaguán y luego del patio. Pasado el primer momento de sorpresa, era recibido, como es de suponer, con algazara. Las muchachas lo rodeaban; ésta admiraba el bordado de su tirador, aquélla se extasiaba con el cabo cincelado del inmenso puñal que traía a la cintura; la de más allá hacía una exclamación al contemplar el tamaño descomunal de sus espuelas. -Debía marchar al momento, pero... Alguna de las muchachas (tal vez la que más le agradaba), decía:»¡Ave María! ¡Qué apuro! tome, siquiera, un mate con nosotras, y luego se irá.» No era posible resistir, y entre mate y mate y cambio de palabras, y uno que otro ramito para recuerdo, las horas volaban; al fin se despedía, pero no crean ustedes que para seguir su viaje, no; era para ir a otra y otra casa, en donde se repetía más o menos la misma escena, con variación de personal. VI Nos hemos desviado, sin pensarlo, de lo que íbamos refiriendo, respecto al recado. Hemos citado ya las piezas de que se componía. Los había para todos los gustos y todos los posibles; desde el recadito cantor, hasta el que costaba miles de pesos; lo que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que muchos gastaban riendas con argollas y pasadores de plata, cabezada y fiador del mismo metal, chapas de plata en las cabezadas del recado (chapeado), espuelas hasta de tres libras de peso, estribos [369] más o menos pesados, pasadores en las estriberas, rebenque, etc., todo de plata, y algunas veces con rosetas o adornos de oro. Los estribos de zahumador y el pretal, fueron introducidos por los Orientales; los jefes y oficiales de Oribe todos los usaban. En tiempos de Rosas, poquísimas personas usaban silla; el recado estaba a la orden del día, aun entre los hombres más decentes. Temían pasar por Salvajes Unitarios, y salían a caballo con apero, chaqueta, chaleco colorado, cintillo ancho del mismo color, en el sombrero, y divisa. ¡Tal era la librea que Rosas impuso, por muchos años, a los hijos de esta tierra! Dicen que esta clase de humillaciones no las sufren las naciones sino una sola vez... ¡Quiera Dios que así sea! [371] Capítulo XLVIFiesta de la Recoleta. -Opinión de la prensa a su respecto. -Duración de la fiesta en años atrasados. -Bailes. -La tempestad. I Mucho se ha hablado últimamente sobre la supresión de las Fiestas de la Recoleta. Algunos diarios las han reprobado como ofensivas y peligrosas. Entre otros, dice el Standart, del 15 de octubre del 79: «La Pampa publicó ayer un elocuente y enérgico artículo contra las vergonzosas escenas y asesinatos en la Fiesta de la Recoleta. Pensamos con nuestro colega que la Municipalidad debe abolir una vez, y para siempre, dicha fiesta.» No es de nuestra competencia abrir opinión respecto de que si, por regla general, las fiestas públicas deben suprimirse por temor de sus efectos, o si deben ser más vigiladas por la Policía. [372] Vamos, pues, a nuestro rol, que es simplemente el de narrar algo relativo a estas fiestas, in illo tem pore. Sabido se está que esta fiesta tradicional empieza el 12 de octubre, día de Nuestra Señora del Pilar. Duraba en su origen, y por mucho tiempo, una semana. La mayor parte de la concurrencia (y era siempre numerosa), se componía de pedestres. Entonces no se veían filas prolongadas de vistosos carruajes ni había tramways. Así es, pues, que la calle larga era una verdadera romería. La gente de toda clase y condición iba y venía a pie, porque a la verdad, ¿quién no iba a la Recoleta?... sin cuidarse, sin duda, del dicho español: «a las romerías y a las bodas, van las locas todas.» Un número, relativamente limitado, iba a caballo. Las familias concurrían durante el día, dando lugar a que a los sirvientes les tocara también su turno. A la noche quedaban los compadritos y la gente baja, y en las barracas se armaban bailecitos o changangos, que duraban hasta el día, con uno que otro barullo, como accesorio indispensable. II En 1822 sobrevino una tempestad espantosa; volaron tiendas o barracas, lienzos, banderas, tablas, causando muchas pérdidas y algunas desgracias personales. Centenares de personas se refugiaron en la iglesia. [373] En aquellos tiempos, el embanderamiento, las decoraciones, las barracas, galpones, etc., ocupaban la plazoleta, en vez del bajo, como hoy sucede. Como hemos dicho, se notaba un constante ir y venir de gente, a todas horas, sin exceptuar la noche; aunque entonces en número menor. En esos tiempos, la calle larga, como es de suponer, no estaba como hoy, guarnecida de edificios; sólo había tal cual casa de mala apariencia, a gran distancia la una de la otra; circunstancia, sin duda, que la haría parecer más larga aún. Los cercos de pita, con su correspondiente zanja, ocupaban casi toda su extensión. Los muchachos, para acortar el camino, se entretenían, en su tránsito, tirando pedradas a los pájaros, que volaban de entre los cercos o se posaban sobre los encumbrados pitones, o bien chupando los tallos de vinagrillo, que crecían en el cerco o en la zanja. En aquellos años, casi siempre hacía calor por ese tiempo; tan era así, que el 12 de octubre solía ser el día de estreno del pantalón blanco. La compostura de la calle larga se hacía con arena, y puede decirse que todo él era un vasto y profundo arenal, que cruzaba jadeando el viandante. A la ida se notaba mayor animación, había más brío, sin duda alentados los concurrentes por el placer que iban, o creían iban a gozar a su llegada a la Recoleta. En cuanto a la vuelta, la cosa cambiaba de aspecto; era un verdadero sacrificio, un cansancio inexplicable. De ahí vendría, a no dudarlo, una frase que se popularizó. Cuando se veía que alguien se desalentaba, después de haber emprendido alguna cosa [374] con empeño y animación, se le decía: -«¿Adónde vas?... ¡A la Recoleta! ¿De dónde vienes?... De la... Re... co... le... ta.» Dando a la voz una entonación viva y de resolución en la primera contestación y de decaimiento y languidez extrema a la segunda. Hubo una época, creemos que en tiempo de Rosas, en que esta fiesta se suprimió, o, por lo menos, se restringió mucho; tenemos idea de que algo se hizo análogo, pero en escala menor, en la hoy plaza de la Libertad. III Aun cuando el incidente que pasamos a referir no tiene conexión con la fiesta que venimos describiendo, acaeció en el paraje en que ella tenía lugar, y siendo un episodio de la época, no nos parece fuera de propósito recordarlo. Sucedió que cierto día, o noche, no estamos ciertos, y al fin esto poco importa, les ocurrió a un par de tigres llegar sobre uno o más camalotes a nuestras playas, y tomar tierra frente a la barranca del Retiro. De uno de ellos no se supo el paradero, pero el otro, deseando satisfacer su apetito, estimulado, sin duda, por una larga travesía, lo efectuó devorando un caballo que se encontraba en un potrero inmediato, y era de la silla del padre Ascola. Parece que el tigre, satisfecho, se dirigió tranquilamente hacia la Recoleta, acomodándose en [375] un matorral, terreno que hace esquina con la plazoleta, y perteneciente al canónigo Figueredo. Un pulpero, que vivía en la esquina opuesta, abrió muy temprano su puerta, y lo primero con que se encontró fue con el señor tigre, que, desde su escondite, le clavaba los ojos. Verlo y volver a cerrar, se supone que fue obra de un instante. Previno en el acto a la familia, y dio la voz de alarma. En esos momentos acertaron a llegar dos cazadores (creemos que eran franceses), acompañados de un par de perros. Al ver al tigre, era imposible retroceder; mandaron como vanguardia a sus perros, e hicieron fuego sobre el animal, que por entonces no mostraba intención de atacarlos. No tenían sino munición gruesa, y parece que ésta no producía efecto. Empezó a reunirse gente; algunos traían también perros. La falange, pues, iba haciéndose más formidable; sin embargo, nadie se resolvía a llevar el ataque, y el tigre se mantenía en sus trece, puesto, no obstante, en jaque por los perros. Apareciose, en esto, un ebrio, empeñado en desafiarlo, con un poncho envuelto en el brazo izquierdo, y un pequeño palo en la mano derecha, que pretendía, según decía, introducirle en la boca. Costó disuadirlo y alejarlo de allí. No tardó en presentarse en la arena un nuevo campeón, en mejores condiciones que el anterior; era nada menos que el Alcalde de barrio Darmao; hombre fornido y de garras, armado de un trabuco naranjero, con cuatro o cinco balas. Avanzó sereno, trabuco en mano, pero con precaución, hasta cierta distancia de su formidable enemigo; levantó [376] el arma, pero antes de poder descargar su trabuco, el tigre se echó sobre él, arrojándole al suelo. Darmao, sin embargo, no había soltado su arma, y el tigre, constantemente acosado por los perros, atendía a éstos, volviendo a todos lados la cabeza, sin hacer más que tener sujeto a su presunta víctima, con las uñas clavadas en su pecho. Hombre resuelto y de previsión, fue trayendo su arma a una buena posición y, colocando la boca del trabuco en la garganta del tigre, hizo fuego; éste dio un vuelco, cayendo para atrás, quedando el Alcalde libre, pero destilando sangre. El tigre aun vivía; se acercó un carnicero, y, sacando su puñal, lo acodilló. Aquí pudo haber terminado el asunto, pero no fue así. Suscitose la grave cuestión de saber a quién pertenecía el cuero, si a Darmao o al carnicero. No sabemos cómo terminó la cuestión; creemos que no hubo pleito, que, a haberle, es más que probable que ¡ambos se habrían quedado sin el codiciado cuero! [379] EpílogoI Hemos terminado nuestra obra; el objeto que en ella nos propusimos fue arrancar del olvido ciertos rasgos característicos de nuestro estado social, en una época ya lejana, y por su simple exposición poner en relieve el progreso actual. Conocemos que no es completa; pero estamos satisfechos con que estas páginas sirvan de mamotreto o pedestal para un trabajo más amplio. Creemos haber sido imparciales en nuestras opiniones, emitidas parcamente; sin embargo, el juicio que de ellas se forme, dependerá de la apreciación individual. Nos explicaremos: se ha dicho que todos los hombres han sido y serán eternamente dominados por dos potencias diametralmente opuestas; en unos, la fuerza del hábito; el amor a la novedad, en otros. Por una parte, se encomia todo lo relativo a los buenos tiempos pasados; por otra, se ridiculiza todo cuanto hicieron los antiguos. Alguien ha hecho esta pregunta: ¿somos mejores que nuestros antecesores? That is the question, [380] diremos, repitiendo las palabras de Shakespeare. Para muchos, la antigüedad no es sino un inmenso vacío, que nada enseña, que nada vale. «¿Pueden acaso -exclaman-, los sabios de otros tiempos compararse siquiera con los del día?...» Pónesenos a algunos entre ceja y ceja que nada tenemos que aprender en el gran libro del pasado; que en la historia del mundo, el presente es la época más notable, más culminante; que, si nosotros no hubiésemos venido a él, todo sería obscuridad y atraso: que somos, en fin, los inventores de todo lo bueno, lo luminoso, y los reconstructores de todo lo que estaba desquiciado; y que para la marcha gigantesca de progreso que llevamos, tanto mejor será cuanto menos nos acordemos de los hábitos, costumbres y usanzas de tiempos que pasaron. Para otros, a pesar de este asombroso adelanto, a pesar de nuestros telégrafos, máquinas, luz eléctrica, observatorios astronómicos, institutos da toda clase, civilización e inmenso progreso, muchas veces conviene hacer alto en la carrera vertiginosa, y volver atrás para ampararnos de alguna medida, alguna costumbre, alguna ley que imperaba, antes tal vez de nuestra emancipación, o aun de época más remota. Estos, sin duda, están de acuerdo con Moratín, cuando decía:
II Las grandezas que admiramos no son la obra de un día; paulatinamente, y en el curso de muchos años, han ido eslabonándose los anillos que forman la larga cadena que en el día asombran a aquellos que, con los ojos de la imaginación, contemplan a Buenos Aires, de ahora setenta años. Mucho se ha hecho, es verdad, desde entonces acá; pero es preciso confesar que mucho hicieron también, y con poquísimos elementos, nuestros antepasados. Seamos, pues, ante todo, justos; ensalzemos, saludemos con entusiasmo y placer los rápidos progresos que debemos a la actividad e inteligencia actual; pero tributemos, a la vez, nuestro respeto a los primeros obreros, a los que colocaron la primera piedra. Si nuestros antecesores volviesen a la vida, de cuántas cosas se admirarían, pero, ¡de cuántas, también, no tendrían que ruborizarse!... Fin
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